Ciudad de las nubes

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Zeno

A finales de agosto dos incendios forestales gemelos en Oregón destruyen medio millón de hectáreas cada uno y Lakeport se llena de humo. El cielo se vuelve color masilla y quien sale a la calle vuelve oliendo a hoguera. Cierran las terrazas de los restaurantes, las bodas se celebran a cubierto, se cancelan los deportes juveniles; el aire se considera demasiado peligroso para que los niños jueguen al aire libre.

En cuanto termina el colegio, la biblioteca se inunda de niños que no tienen otro sitio adonde ir. Zeno está en su mesa, detrás de su pila de blocs de hojas amarillas rayadas y notas adhesivas, forcejeando con su traducción. A su lado, en el suelo, una niña pelirroja en pantalones cortos y botas de agua hace globos con su chicle mientras hojea libros de jardinería. Unos pocos metros más allá un niño de ancho tórax con melena rubia de león acciona la palanca de la fuente de agua con la rodilla y usa ambas manos para echarse agua por la cabeza.

Zeno cierra los ojos: se avecina una jaqueca. Cuando los abre se encuentra con Marian.

—Uno —dice—: estos incendios han convertido mi lugar de trabajo en un campamento juvenil. Dos, el aparato de aire acondicionado del piso de arriba suena como si alguien lo hubiera obligado a comerse un bocadillo de metal. Tres, Sharif ha ido a la ferretería Bergesen a comprar uno nuevo, así que tengo que enfrentarme a veinte fieras con subidón de azúcar en el piso de arriba.

Como si se hubiera dado por aludida, una niñita arrastra un puf escaleras abajo detrás de Marian, aterriza de rodillas, mira a la bibliotecaria y sonríe.

—Cuatro: si no me equivoco llevas toda la semana tratando de decidir si tu pastor borrachín es «analfabeto», «humilde» o «ignorante». Hay unos niños de quinto curso que van a estar aquí un par de horas, Zeno. Son cinco. ¿Me echarías una mano?

—«Humilde» o «ignorante» son en realidad muy distintos…

—Enséñales lo que estás haciendo. O hazles un truco de magia, lo que sea. Por favor.

Antes de que le dé tiempo a inventarse una excusa, Marian le lleva el niño empapado de la fuente de agua a su mesa.

—Alex Hess, te presento al señor Zeno Ninis. El señor Ninis te va a enseñar una cosa muy chula.

El niño coge una de las hojas facsimilares impresas de la mesa y unos cuantos blocs amarillos de Zeno caen a la moqueta igual que pájaros heridos.

—¿Qué es esto? ¿Escritura alienígena?

—Parece ruso —dice la niña pelirroja de las botas de agua que se ha acercado también a la mesa.

—Es griego —dice Marian mientras guía a otro niño y dos niñas más hasta la mesa de Zeno—. Un cuento muy antiguo. Tiene magos dentro de ballenas y búhos centinela que ponen adivinanzas y una ciudad en las nubes donde todos los deseos se hacen realidad e incluso… —Marian baja la voz y mira a su espalda en un gesto teatral— pescadores con tres penes.

Dos de las niñas ríen. Alex Hess sonríe con aire de suficiencia. Del pelo le caen gotas de agua que van a parar a la hoja.

Veinte minutos después los niños están sentados en corro alrededor de la mesa de Zeno y cada uno de ellos estudia el facsímil de un folio distinto. Una niña con melenita que parece cortada con una guadaña levanta la mano e inmediatamente empieza a hablar.

—Vale, entonces lo que dices es que este Ethan tiene un montón de aventuras rarísimas.

—Etón.

—Debería llamarse Ethan —dice Alex Hess—. Es más fácil.

—… y la historia la escriben hace sopocientos años en veinticuatro tabletas, que se entierran con su cuerpo cuando se muere, ¿no? Y luego las descubre, siglos más tarde, en un cementerio, un señor que se llama Dióxido. Y copia toda la historia otra vez como en cientos de trozos de papel…

—Papiro.

—… y se lo manda por correo a su nieta que está en plan muriéndose.

—Eso es —dice Zeno repentinamente perplejo y eufórico y exhausto al mismo tiempo—. Aunque no olvidéis que entonces no existía el correo, no como lo conocemos ahora. Si existió esa sobrina, lo más probable es que Diógenes le diera los rollos de papiro a un amigo de confianza, quien…

—Entonces esa copia la copiaron otra vez en Constanti-algo, y esa copia estuvo perdida como tropecientos años más, y ahora acaban de encontrarla en Italia; pero sigue siendo un lío porque faltan un montón de palabras, ¿no?

—Lo has entendido perfectamente.

Un niño menudo llamado Christopher se revuelve en su silla.

—Así que pasar esta escritura antigua a inglés es superdifícil y solo tienes trozos de la historia, y ni siquiera sabes el orden, ¿no?

Rachel la pelirroja le da vueltas a su facsímil.

—Y los trozos que sí tiene es como si los hubieran manchado de Nutella.

—Así es.

—Entonces —dice Christopher—, ¿por qué?

Todos los niños miran a Zeno: Alex; Rachel; el pequeño Christopher; Olivia, la niña con la melena cortada con guadaña, y una niña callada de ojos castaños, piel morena, ropa marrón y pelo negro azabache llamada Natalie.

—¿No habéis visto nunca una película de superhéroes? —pregunta Zeno—. ¿Donde no hacen más que dar palizas al héroe y siempre parece que…?

—El héroe o la heroína —dice Olivia.

—¿… que no lo va a conseguir? Pues eso son estos fragmentos: superhéroes. Intentad imaginar las batallas épicas a que han sobrevivido en los últimos dos mil años: inundaciones, incendios, terremotos, caída de gobiernos, invasiones bárbaras, fanáticos, ¿quién sabe cuántas cosas más? Sabemos que este texto consiguió llegar a manos de un escriba en Constantinopla nueve o diez siglos después de haber sido escrito, y lo único que conocemos de este escriba…

—O esta escriba —dice Olivia.

—… es su caligrafía pulcra, un poco inclinada a la izquierda. Pero ahora las pocas personas capaces de interpretar este texto tan antiguo tienen la oportunidad de devolver la vida a estos superhéroes para que puedan batallar unas cuantas décadas más. El peligro del borrado siempre acecha, ¿sabéis? Así que tener en las manos algo que lo ha burlado durante tanto tiempo…

Se seca los ojos, avergonzado.

Rachel pasa los dedos por las tenues líneas de texto que tiene delante.

—Es como Ethan.

—Etón —dice Olivia.

—El loco del que nos has hablado. El del cuento. Aunque siempre se equivoca, se transforma en lo que no quiere, nunca se rinde. Sobrevive.

Zeno la mira y una comprensión nueva se abre paso en su cabeza.

—Cuéntanos más —dice Alex— del pescador que tenía tres penes.

Aquella noche, mientras cena, con Néstor rey de Pilos hecho un ovillo a sus pies, Zeno saca sus blocs amarillos. Mire donde mire no ve más que la torpeza de sus primeros intentos. Estaba demasiado pendiente de detectar referencias ingeniosas, de evitar los escollos sintácticos, de traducir correctamente cada palabra. Pero fuera lo que fuera esta extraña y vieja comedia, no era ni decorosa ni elevada ni preocupada por decir bien las cosas. Era una historia pensada para consolar a una niña a punto de morir. Todas esas disertaciones académicas que se obligó a leer —«¿escribía Diógenes comedia popular o metaficción compleja?»— han quedado en nada frente a cinco niños de quinto curso que olían a chicle, a calcetín sudado y a humo de leña. Diógenes, fuera quien fuera, intentaba fundamentalmente construir una máquina que capturara la atención de una niña, algo para burlar la realidad.

Se ha quitado un gran peso de encima. Hace café, abre un bloc nuevo, coloca el folio β delante de él. «Palabra faltante palabrapalabrapalabra faltante faltante palabra». No son más que marcas en la piel de una cabra muerta hace mucho tiempo. Pero debajo de ellas algo cristaliza.

Soy Etón, un sencillo pastor de Arcadia, y la historia que os voy a contar es tan disparatada, tan increíble, que no creeréis una sola palabra… y sin embargo es verdadera. Porque yo, al que llaman cabeza de chorlito y bobo —sí, el torpe, el zoquete, el pánfilo de Etón—, viajé una vez hasta los confines de la tierra y más allá…

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