Ciudad de las nubes
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Omeir
Una niña. Una niña griega. Este hecho es tan sorprendente, tan inesperado, que le cuesta recobrar la compostura. Él, que lloró cuando castraron a Rayo de Luna y Árbol, que sufría cada vez que se mataban truchas o gallinas, le ha partido una rama en la cabeza a una niña cristiana de pelo corto y piel clara más joven que su hermana.
Está desplomada sobre las hojas caídas sin moverse, con el espetón de la perdiz aún en la mano. Tiene el vestido sucísimo, sus babuchas ya no pueden considerarse tales. En la luz de las estrellas, la sangre que le baja por la mejilla parece negra.
De los carbones de la hoguera sube humo, unas ranas croan en la oscuridad, algún mecanismo dentro de la noche avanza y la niña gime. Omeir le ata las muñecas con el viejo ronzal de Rayo de Luna. Ella vuelve a gemir, luego patalea. Se le mete sangre en el ojo derecho; consigue ponerse de rodillas, se lleva las muñecas atadas a los dientes; cuando ve a Omeir, chilla.
Omeir vuelve la vista hacia los árboles, asustado.
—Calla, por favor.
¿Está llamando a alguien que anda por allí? Ha sido un tonto al hacer fuego: demasiado arriesgado. Mientras tapa las ascuas, la niña aúlla un torrente de palabras en una lengua que Omeir no conoce. Intenta taparle la boca con la mano y recibe un mordisco.
La niña se pone de pie, da varios pasos tambaleantes en la oscuridad y se cae. Quizá está borracha: los griegos siempre están borrachos, ¿no es lo que dicen todos? Criaturas medio salvajes permanentemente ebrias de sus propios placeres corporales.
Pero es muy joven.
Probablemente es una trampa. Una bruja disfrazada.
Intenta al mismo tiempo oír si se acerca alguien y examinar la herida que tiene en el filo de la mano. A continuación da un mordisco a la perdiz, que tiene la piel quemada y el centro crudo, mientras la niña jadea caída sobre las hojas con sangre en la cara, y entonces le asalta un nuevo pensamiento: ¿ha adivinado por qué está solo? ¿Presiente lo que ha hecho? ¿Se pregunta por qué no va de camino a la ciudad con los otros vencedores a reclamar su botín?
La niña se retuerce para alejarse de él. Quizá esta criatura también está sola. Quizá también ha huido de algún sitio. Cuando se da cuenta de que está reptando hacia un objeto a los pies de un árbol, se adelanta para quitarle el saco y la niña se rebela. Dentro hay una cajita ornamental y un bulto envuelto en lo que puede ser seda; es imposible saberlo en la oscuridad. La niña se pone otra vez de rodillas y chilla maldiciones en su idioma, a continuación emite un grito tan agudo y lastimero que parece más de cordero que de persona.
El terror le sube a Omeir por la espina dorsal.
—Por favor, calla.
Imagina el grito de la niña viajando por entre los árboles en todas las direcciones: por la gran extensión oscura de agua que hay más adelante, por las carreteras que salen de la ciudad hasta el vasto campamento, directamente al oído del sultán.
Acerca el saco a la niña y esta lo coge con las muñecas atadas y vuelve a tambalearse. Está débil. Es el hambre lo que la ha empujado a acercarse.
Omeir deja lo que queda del ave todavía caliente en el suelo cerca de la niña, y esta la coge con los dientes y come igual que un perro, y Omeir aprovecha el silencio para ordenar sus pensamientos. Están demasiado cerca de la ciudad. En cualquier momento aparecerán hombres a caballo, derrotados o triunfales. Cogerán a la niña como esclava y a él lo ahorcarán por desertor. Pero, piensa, si los encuentran a los dos juntos, quizá pueda usar a la niña como una especie de escudo: un trofeo que ha ganado. Quizá viajando con ella despierte menos sospechas que si lo hace solo.
La niña lo mira fijamente mientras chupa los huesos de la perdiz y entonces se levanta una brisa y las hojas todavía nuevas tiemblan en la oscuridad. Mientras Omeir se arranca una tira de tela de su camisa de lino lo asalta un recuerdo: de Abuelo y él en la luz del amanecer con los pantalones mojados hasta las rodillas, unciendo a Rayo de Luna y Árbol a su primer yugo.
La niña sigue quieta y no grita cuando Omeir le venda la cabeza con el trozo de tela. A continuación engancha la soga de Rayo de Luna al ronzal que le ata las manos.
—Ven —susurra—. Tenemos que irnos.
Se echa el saco al hombro y tira de la niña atada como si fuera un asno recalcitrante. Rodean los arbustos que bordean un amplio humedal, la niña tropieza de vez en cuando y el sol sale a su espalda. Con la primera luz, Omeir encuentra un grupo de setas lengua de gato y se acuclilla entre ellas para comerse los sombreros.
Le ofrece algunos a la niña, quien los observa unos instantes y luego come. Parece que la venda ha detenido la hemorragia y la sangre del cuello y garganta se ha secado y es de color de hierro oxidado. A mediodía dan un gran rodeo para no atravesar un pueblo calcinado. Cinco o seis perros esqueléticos los persiguen y se acercan peligrosamente antes de que Omeir los espante a pedradas.
Al atardecer atraviesan un paisaje en ruinas: huertos arrasados, palomares vacíos, viñedos quemados. Cuando Omeir se arrodilla junto a arroyos a beber, la niña hace lo mismo. Justo antes de que anochezca encuentran guisantes en un huerto pisoteado y comen, y, pasada la medianoche, Omeir encuentra una pequeña abertura en un seto junto a un campo sin cultivar y ata la soga al tronco de un ciprés. La niña lo mira con los párpados entornados y Omeir ve cómo el sueño se impone al terror.
A la luz de la luna se aleja un poco con el saco y saca la caja de rapé. Está vacía, huele a tabaco. Pintada en la tapa hay una escena que no consigue ver bien. Una casa alta bajo un cielo. Quizá es la casa de la niña.
El bulto está envuelto en seda oscura, bordada con flores y pájaros, y dentro hay un fajo de pieles de animal sin pelo, aplastadas, cortadas formando rectángulos y atadas por uno de los lados. Un libro. Tiene las hojas húmedas, huelen a hongos y están cubiertas de glifos que forman pulcras líneas, y al verlos tiene miedo.
Recuerda un cuento que le contó una vez Abuelo sobre un libro que los dioses olvidaron cuando huyeron de la tierra. El libro, dijo Abuelo, estaba guardado dentro de una caja dorada, que a su vez estaba dentro de una caja de bronce, y a continuación dentro de una de hierro, y esta iba guardada dentro de una arqueta de madera, y los dioses dejaron la arqueta en el fondo de un lago y apostaron dragones de cien pies de largo que nadaban a su alrededor y que ni los hombres más valerosos podían matar. Pero si consiguieras llegar hasta el libro, dijo Abuelo, y leerlo, entonces entenderías las lenguas de las aves del cielo y de los seres que reptan bajo la tierra y si fueras un espíritu recobrarías la forma que habías tenido en la tierra.
Omeir envuelve de nuevo el paquete con manos temblorosas, lo devuelve al saco y estudia a la niña dormida a la sombra de la luna. Le late la mordedura de la mano. ¿Será un espíritu que ha recobrado forma humana? ¿Contendrá el libro que lleva con ella la magia de los antiguos dioses? Pero, si su brujería es tan poderosa, ¿por qué iba a estar sola, lo bastante desesperada para robarle la perdiz del fuego? ¿No podría haberse limitado a convertirlo en comida y engullirlo? Y ya puestos, ¿a transformar los soldados del sultán en escarabajos y aplastarlos con el pie?
Además, se dice en un intento por tranquilizarse, los cuentos de Abuelo eran eso, cuentos.
La noche mengua y Omeir anhela volver a su hogar. Falta una hora para que el sol salga por la montaña y su madre vaya por entre las rocas musgosas a llenar la olla en el arroyo. Abuelo encenderá la lumbre y el sol proyectará sombras temblonas en la cañada y Nida suspirará bajo su manta en busca de un rato más de sueño. Se imagina acostándose al lado de su hermana y entrelazando sus extremidades con las de ella como hacían cuando eran pequeños, y, cuando se despierta, entrada la mañana, la niña se ha desatado y está de pie junto a él con el saco en la mano y mirándole la hendidura del labio superior.
Después de eso no se molesta en atarle las muñecas. Avanzan en dirección noroeste por planicies onduladas, corriendo de árbol en árbol cuando atraviesan campos abiertos, y la carretera a Edirne aparece de cuando en cuando a lo lejos, al noreste. La herida de la cabeza de la niña ya no sangra y no parece cansarse nunca, mientras que Omeir necesita descansar más o menos cada hora, fatigado hasta el tuétano, y mientras camina oye el chirrido de carretas y los mugidos de los animales y le parece sentir a Rayo de Luna y Árbol a su lado, enormes y dóciles bajo la percha del yugo.
En la cuarta mañana de viajar juntos el hambre empieza a ser peligrosa. Incluso la niña se tambalea cada pocos pasos y Omeir entiende que no podrán seguir mucho más sin alimento. A mediodía ve polvo levantarse detrás de ellos y se agachan junto al camino en una abertura entre cambroneras y esperan.
Primero llegan dos portaestandartes, con las hojas de sus espadas chocando con las sillas de montar, la encarnación misma del conquistador que vuelve a casa. Los siguen arrieros con camellos cargados con el botín de guerra: alfombras enrolladas, gruesos sacos, una enseña griega desgarrada. Detrás de los camellos, en laxas filas de a dos, veinte mujeres y niñas caminan por el polvo atadas de pies y manos. Una chilla mientras que las otras avanzan en silencio, con la cabeza descubierta, y sus rostros delatan un sufrimiento tal que Omeir tiene que apartar la vista.
Detrás de las mujeres, un buey enclenque tira de una carreta llena de estatuas de mármol: torsos de ángeles; un filósofo togado de cabeza ensortijada con la nariz descascarillada; un único y gigantesco pie blanco como un hueso en la luz de junio. Cierra la comitiva un arquero con un escudo colgado en la espalda y un arco atravesado en la silla, canturreando para sí o para su caballo y con la vista perdida en los campos. Sobre el lomo de su caballo viaja un cabritillo muerto y, al verlo, el hambre da saltos dentro de Omeir. Se levanta y está a punto de salir de los arbustos para abordar la comitiva cuando nota la mano de la niña en el brazo.
Está sentada con su saco, los brazos llenos de rasguños, la cabeza afeitada, la desesperación escrita en cada una de sus facciones. Unos pajarillos marrones aletean en el arbusto de cambronera sobre su cabeza. Se toca el pecho con dos dedos, lo mira y a Omeir le late con fuerza el corazón y al minuto siguiente los carros ya han pasado.
Esa tarde llueve. La niña camina abrazada a su saco haciendo lo posible por mantenerlo seco. Cruzan un campo embarrado, y encuentran una casa abandonada ennegrecida por el fuego, y se sientan muertos de hambre bajo el techo de paja, y una fatiga oceánica se apodera de Omeir. Cierra los ojos y oye a Abuelo desplumar y sazonar dos faisanes, rellenarlos de puerro y cilantro y ponerlos a asar sobre un fuego. Huele la carne asada, oye la lluvia silbar y chisporrotear en las ascuas, pero cuando abre los ojos no hay ni fuego ni faisanes, solo la niña que tirita a su lado en la creciente oscuridad, inclinada sobre su saco, y lluvia torrencial sobre los campos.
Por la mañana se adentran en un gran bosque. De los árboles cuelgan péndulos chorreantes de amento y caminan entre ellos como entre miles de cortinas. La niña tose; los grajos chillan; algo repiquetea en las ramas altas, después silencio y la enormidad del mundo.
Cada vez que se pone de pie los árboles se diluyen en largas franjas y tardan varios latidos en recobrar sus formas. Ansía ver la silueta de la montaña en el horizonte, pero no aparece. De cuando en cuando la niña murmura palabras, Omeir no sabe si son plegarias o maldiciones. Si tuvieran a Rayo de Luna con ellos, piensa. Rayo de Luna sabría el camino. Ha oído decir que Dios hizo al hombre superior a las bestias, pero ¿cuántas veces perdieron un perro en la cima de la montaña y lo encontraron esperándolos en casa cubierto de abrojos? ¿Se guían por el olor o por el ángulo del sol en el cielo o por alguna facultad oculta, que los animales poseen y el hombre no?
Necesitan comida. En el largo crepúsculo de junio, Omeir se sienta en el suelo del bosque, demasiado cansado para seguir, y arranca corteza de las ramas de un barbadejo. La mastica hasta reducirla a papilla y con las últimas energías que le quedan embadurna todas las ramas que puede con la pegajosa pasta, tal y como hacía Abuelo.
La niña le ayuda a coger leña, y el sol se marcha, y Omeir se levanta tres veces a comprobar sus trampas, y las tres las encuentra vacías. Pasa la noche en duermevela. Cuando se despierta, ve a la niña cuidando el fuego, con cara pálida y sucia, el orillo de la falda desgarrado, los ojos grandes como puños. Omeir ve una sombra separarse de su propio cuerpo y volar bosque adentro, sobre el río, sobre la casa de su familia, con manadas de ciervos corriendo entre árboles en lo alto de la montaña y lobos acechando entre las sombras detrás, hasta que llega a ese lugar del confín norte donde dragones marinos nadan entre montañas de hielo y una raza de gigantes azules sostiene las estrellas. Cuando regresa a su cuerpo, haces de luz de luna se cuelan por entre las hojas y proyectan manchas cambiantes y relucientes en el suelo del bosque. Junto a él, la niña tiene el saco en el regazo y recorre con los dedos las líneas del libro mientras murmura en su extraño idioma. Omeir escucha y cuando la niña para, como si la hubiera invocado con su libro mágico, de la maleza sale una bandada de alcaravanes graznando y parloteando y Omeir oye el aleteo aterrorizado de uno apresado en una trampa y, a continuación y casi inmediatamente, el de varios más y la noche se llena de sus chillidos y la niña mira a Omeir y este mira el libro.
Los montículos se convierten en colinas y las colinas en montañas. Ya están cerca de casa. Omeir lo siente. Las variedades de árboles, la textura del aire, un olor a menta al subir una pendiente, los guijarros relucientes en el lecho de un río: son recuerdos o discurren en paralelo a recuerdos. Quizá, al igual que les ocurre a los bueyes cuando prosiguen camino en la oscuridad lluviosa, hay algo en su interior, un imán que tira de él de vuelta a su hogar.
Para cuando coronan una montaña y bajan por un sendero hacia el camino que sigue el río, la noticia de la caída de la ciudad ha llegado a las aldeas. Omeir mantiene a la niña con las muñecas atadas y sujetas a la soga y a todo el que se cruza en su camino le cuenta la misma historia: la victoria fue gloriosa; a mayor honra del sultán, a quien Dios guarde; me envía de vuelta a casa con mi recompensa. A pesar de su cara nadie parece desconfiar de él y aunque muchos miran el fardo sucio y el saco que lleva, ninguno pide ver su contenido. Unos pocos carreteros incluso lo felicitan y le desean ventura, y uno les da queso y otro una cesta de pepinos.
Pronto están cerca del gran cañón negro donde el camino se estrecha y el puente de troncos se extiende sobre el río angosto. Pasan unos cuantos carros en ambas direcciones; dos mujeres cruzan con una manada de gansos de camino al mercado. Omeir escucha el río adentrarse en la cañada y, cuando se quiere dar cuenta, lo han cruzado.
Al anochecer pasan por la aldea en que nació. Cuando están a media milla de su casa, Omeir saca a la niña del camino, la conduce hasta un peñasco sobre el río y se detienen bajo las ramas desplegadas del tejo medio hueco al que solía trepar de niño.
—Los niños —cuenta— decían que este árbol es tan viejo como los primeros hombres y que en las noches más oscuras sus espíritus bailan en su sombra.
El árbol agita sus mil ramas en la luz de la luna. La niña mira a Omeir con expresión alerta. Omeir señala las ramas y a continuación el saco que la niña lleva todavía pegado al pecho.
Omeir se quita la capa de piel de buey y la deja en el suelo.
—Lo que llevas está a salvo aquí. Estará protegido de los elementos y nadie se acercará.
La niña lo mira y la sombra de la luna juega en su cara, y, en el momento preciso en que Omeir decide que no está entendiendo nada de lo que dice, la niña le da el saco. Lo envuelve en la capa, trepa a las ramas, lo mete en el tronco hueco y lo empuja hacia dentro.
—Estará a salvo.
La niña levanta la mirada.
Omeir dibuja un círculo en el aire.
—Volveremos.
Cuando regresan al camino, la niña le tiende las muñecas y Omeir se las ata. El río es sonoro y, en la luz de las estrellas, las agujas de los pinos parecen relucir. Conoce el camino al dedillo, conoce el timbre y los tonos del agua. Al llegar al sendero que conduce a la cañada se vuelve a mirar a la niña: flaca, sucia, arañada, caminando dentro de los jirones de su vestido. Los mejores compañeros de viaje que he tenido, piensa, nunca hablan mi idioma.