Ciudad de las nubes

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Veintitrés » A nueve millas de una aldea de leñadores en las Montañas Ródope de Bulgaria » Anna

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Anna

Viven en la casita que construyó Abuelo: muros de piedra, hogar de piedra, un tronco pelado a modo de viga cumbrera, un tejado de paja lleno de ratones. Catorce años de boñiga y paja y trozos de comida han compactado el suelo de tierra hasta convertirlo en algo parecido al hormigón. Dentro no hay imágenes y solo adornan los cuerpos de la madre y la hermana los ornamentos más sencillos: un aro de hierro, un ágata ensartada en un cordel. Los cubiertos son pesados y rudimentarios, las pieles están sin curtir. Da la impresión de que el propósito de todo, desde las ollas a las personas, es sobrevivir el mayor tiempo posible y lo que no es duradero no se valora.

A los pocos días de llegar Anna y Omeir, la madre de este va al arroyo y desentierra un saquito con monedas y el niño se va solo por el camino del río y regresa cuatro días después con un buey castrado y un asno para pocos trotes. Con ayuda del buey se las arregla para arar una serie de terrazas de hierba crecida más arriba de la casa y plantar algo de cebada de agosto.

La madre y la hermana miran a Anna con el mismo interés con que mirarían una vasija rota. Y lo cierto es que, durante esos primeros meses, ¿para qué sirve Anna? No entiende las instrucciones más simples, no consigue que la cabra se esté quieta para ordeñarla, no sabe cuidar aves de corral ni hacer requesón ni cosechar miel ni gavillar paja ni regar las terrazas detrás de la casa. La mayoría de los días se siente como una criatura de pecho de trece años, capaz solo de realizar las tareas más simples.

¡En cambio el niño! Comparte su comida con ella, le murmura en su extraña lengua; da la impresión, como podría haber dicho Crisa la cocinera, de ser tan paciente como Job y tan dulce como un cervatillo. Le enseña a buscar pulgones en la cebada, a limpiar una trucha para ahumarla, a llenar la olla en el arroyo sin que entren sedimentos en el agua. En ocasiones lo encuentra solo en el establo de madera, tocando viejas trampas para pájaros y redes para peces, o de pie en una terraza sobre el río, con tres grandes piedras blancas a sus pies y expresión de dolor en la cara.

Si Anna es propiedad suya, no la trata como tal. Le enseña las palabras que significan leche, agua, fuego y perro; cuando se hace de noche duerme a su lado, pero no la toca. En los pies Anna lleva unas madreñas enormes que pertenecieron al abuelo del niño y la madre de este la ayuda a hacerse un vestido nuevo de lana tiesa, y las hojas amarillean, y la luna mengua y vuelve a crecer.

Una mañana en que la escarcha centellea en los árboles, la hermana y la madre cargan el asno con tarros de miel, se envuelven en mantones y se dirigen río arriba. En cuanto doblan el recodo, el niño llama a Anna desde el establo. Envuelve trozos de colmena en una estopilla y los pone a hervir. Cuando la cera está hecha, coge las tortas y las aplasta hasta formar una pasta. Luego desenrolla un trozo de piel de buey en la mesa sin lijar y juntos esparcen la cera de abeja aún caliente por el cuero. Cuando está toda extendida, el niño enrolla el pellejo, se lo pone debajo del brazo y le hace una señal a Anna para que lo siga por un tenue sendero en la cima de la cañada hasta el viejo tejo medio hueco en el peñasco.

A la luz del día el árbol es magnífico: su tronco está festoneado de mil nudos entrelazados; docenas de ramas bajas, cuajadas de bayas rojas, se enroscan hasta el suelo igual que serpientes. El niño trepa por las ramas, se mete por la parte hueca del tronco y sale con el saco de Himerio.

Juntos examinan la capucha de seda, la caja de rapé y el libro para asegurarse de que siguen secos. A continuación el niño desenrolla la piel de buey recién encerada en el suelo, envuelve la caja y el libro y la seda con ella y lo ata bien todo. Lo guarda de nuevo dentro del árbol y Anna comprende que ese va a ser su secreto, que el manuscrito, igual que la cara del niño, será objeto de temor y desconfianza, y recuerda los pozos llameantes de los ojos de Kalafates, su furia y su exaltación mientras sujetaba la cara inconsciente de María cerca de la lumbre y quemaba las manos de papel de Licinio.

Aprende a decir casa, frío, pino, olla, escudilla y mano. Topo, ratón, nutria, caballo, liebre, hambre. Para cuando llega la siembra de primavera empieza a entender matices. Fanfarronear es «simular ser dos y medio». Meterse en problemas es «vadear cebollas». El niño tiene múltiples expresiones para los diferentes sentimientos que despierta la lluvia: la mayoría transmiten desdicha, pero varios no. Uno es el mismo sonido que el de felicidad.

A principios de la primavera Anna está acarreando agua del arroyo cuando pasa junto al niño y este da una palmadita en la roca en la que está sentado. Anna deja la pértiga con los dos cántaros y se sienta a su lado.

—A veces —dice el muchacho—, cuando tengo ganas de trabajar, me siento y espero a que se me pasen.

Entonces sus ojos se encuentran con los de Anna y esta cae en la cuenta de que ha entendido el chiste y los dos ríen.

La nieve se repliega, se abren las flores de saúco, las ovejas paren, una pareja de palomas torcaces anida en el tejado de la casa y Nida y su madre venden miel y limones y piñones en el mercado del pueblo y para finales de verano tienen plata suficiente para comprar un segundo buey que haga pareja con el primero. Pronto Omeir empieza a usar un viejo carretón para traer árboles talados en los bosques altos y venderlos a aserraderos río abajo, y en otoño Nida se casa con un leñador de una aldea a veinte millas de allí. Durante el segundo invierno de Anna en la cañada, la madre del niño, en su soledad, empieza a hablarle, despacio primero, luego de modo torrencial, sobre los secretos de cultivar abejas, sobre el padre y el abuelo de Omeir, y por último sobre su vida en la pequeña aldea de piedra a nueve millas río abajo antes de que naciera Omeir.

Cuando los días se vuelven más cálidos, las dos se sientan junto al arroyo y ven a Omeir trabajar con sus bueyes cenceños y recalcitrantes empleando las voces solícitas que se reserva para el ganado y la madre dice que su amabilidad es como una llama que lleva dentro y cuando hace buen tiempo Anna y Omeir pasean juntos entre árboles y él le cuenta historias de cosas divertidas que decía su abuelo: que el aliento de los ciervos mata serpientes o que la vesícula de un águila, mezclada con miel, puede devolver la vista a un ciego, y Anna empieza a ver la pequeña cañada bajo la montaña de anchos hombros no tan amenazadora y escarpada y salvaje como le pareció al principio, sino como algo que, de hecho, con cada estación y en momentos inesperados, le revelará una belleza que hará sus ojos llenarse de lágrimas y su corazón saltar dentro de su pecho y empieza a creer que tal vez sea cierto que ha viajado a ese lugar mejor que siempre imaginó que podía estar esperándola al otro lado de las murallas de la ciudad.

Con el tiempo deja de reparar en el defecto de la cara de Omeir: se convierte en una parte del mundo, no distinta del barro en primavera, los mosquitos en verano o las nieves en invierno. Da a luz a seis varones y pierde tres y Omeir entierra los hijos perdidos en el claro más arriba del río, donde están enterrados su abuelo y sus hermanas, y señala cada tumba con una piedra blanca que trae desde un lugar alto que solo él conoce. La casita de piedra se llena y Anna se las arregla para coser ropa a los niños, en ocasiones añadiendo una torpe hoja de vid o una flor torcida hechas de hilo, sonriendo al pensar lo bastos que encontraría María sus bordados, y Omeir lleva a su madre en asno a vivir con Nida y entonces están solo ellos cinco en la cañada junto a la entrada de la cueva.

En ocasiones sueña que está de nuevo en la casa de bordados, donde María y las demás siguen encorvadas sobre sus mesas, trabajando con la aguja, tenues, fantasmagóricas, y cuando intenta tocarlas su dedo las atraviesa. En ocasiones siente dolor en la parte posterior de la cabeza y Anna se pregunta si así es como se sentía su hermana, si la afección que se llevó a María se la llevará también a ella. Pero en otros momentos esa clase de pensamientos están muy lejos y ya no recuerda las caras de las mujeres que la criaron y tiene la sensación de que su vida con Omeir es la única que ha conocido.

Una mañana del vigesimoquinto invierno de Anna, después de una noche lo bastante fría para congelar el agua de la superficie de la olla, el hijo más pequeño cae víctima de la fiebre. Le arden los ojos en las cuencas y tiene la ropa empapada de sudor. Anna se sienta en la pila de alfombras donde duermen, se pone la cabeza del niño en el regazo y le acaricia el pelo y Omeir camina de un lado a otro abriendo y apretando los puños. Al cabo de un rato llena el candil, lo enciende, sale y vuelve cubierto de nieve. De su abrigo saca un bulto envuelto en piel de buey encerada y se lo da a Anna con gran solemnidad y esta entiende que cree que el libro podrá salvar a su hijo igual que cree que los salvó a ellos durante el viaje hasta allí más de una década atrás.

Fuera rugen los pinos. El viento lanza nieve por la chimenea y desperdiga las cenizas por la habitación y los dos hijos mayores se pegan a Anna en las alfombras, deslumbrados por el resplandor del candil y por aquel bulto nuevo y extraño que acaba de traer su padre de a saber dónde. El asno y la cabra están con ellos, y el mundo entero al otro lado de la puerta parece bramar enfurecido.

La piel de buey ha hecho su trabajo: su contenido está seco. Un niño examina la caja de rapé mientras el otro pasa los dedos por la capucha de brocado, recorriendo los pájaros terminados y a medio terminar, y Omeir sostiene la lámpara para Anna mientras esta abre el libro.

Hace años que no intenta leer griego antiguo. Pero la memoria es una cosa extraña y, ya sea por el temor por uno de los hijos o por la excitación de los otros dos, cuando mira la escritura uniforme, regular con su inclinación hacia la izquierda, el significado de las letras vuelve a ella.

Α es alfa es ἄλφα; Β es beta es βῆτα; Ω es omega es ὦ μέγα; ἄστεα son «ciudades»; νόον es «pensamiento»; ἔγνω es «conoció». Despacio, en la lengua de su segunda vida, traduciendo palabra a palabra, empieza.

… Porque yo, al que llaman cabeza de chorlito y bobo —sí, el torpe, el zoquete, el pánfilo de Etón— viajé una vez hasta los confines de la tierra y más allá…

Usa tanto la memoria como el manuscrito y dentro de la casita de piedra algo sucede: el niño enfermo que tiene en el regazo con la frente brillante de sudor abre los ojos. Cuando Etón se transforma por accidente en un asno y sus dos hermanos rompen a reír, sonríe. Cuando Etón llega al confín helado del mundo, se muerde las uñas. Y cuando Etón ve por fin las puertas de la ciudad de las nubes, asoman lágrimas a sus ojos.

La lámpara chisporrotea, queda poco aceite, y los tres niños suplican a Anna que siga.

—Por favor —dicen, y les centellean los ojos en la luz—. Cuéntanos qué encontró dentro del libro mágico de la diosa.

—Cuando Etón se asomó a sus páginas —dice Anna—, como quien se asoma a un pozo mágico, vio los cielos y la tierra y todas sus regiones repartidas por el océano y a todos los animales y aves que las poblaban. Las ciudades estaban llenas de lámparas y jardines y le llegaba el sonido de música y cantos y en una ciudad vio una boda con muchachas vestidas de alegres túnicas de lino y muchachos con espadas de oro en cintos de plata, pasando por anillas, dando volteretas y saltando y danzando al compás. Pero en la página siguiente vio negras ciudades en llamas en las que los hombres eran masacrados en sus campos, sus esposas raptadas y encadenadas y sus hijos ensartados en picas en lo alto de murallas. Vio perros comiendo cadáveres y cuando acercó la oreja a las páginas oyó los lamentos. Y al ver aquello, mientras pasaba y volvía la misma página, Etón comprendió que las ciudades de ambas caras, las oscuras y las alegres, eran la misma, que no hay paz sin guerra, no hay vida sin muerte, y tuvo miedo.

El candil chisporrotea; la chimenea gime; los niños se acercan más a Anna. Omeir envuelve de nuevo el libro y Anna aprieta a su hijo pequeño contra su pecho y sueña que una luz alegre y límpida cae oblicua sobre las pálidas murallas de la ciudad y cuando se despiertan, entrada la mañana, la fiebre del niño ha desaparecido.

En los años siguientes, si los niños cogen reúma o sencillamente se ponen demasiado insistentes —siempre después de anochecido, siempre cuando no hay nadie en millas a la redonda—, Omeir la mira y se entienden sin necesidad de palabras. Omeir enciende la lámpara de aceite, sale de la casa y regresa con el fardo. Anna abre el libro y los niños se sientan alrededor de ella en las alfombras.

—Madre —dicen—, cuéntanos otra vez la parte del mago que vivía dentro de la ballena.

—Y la del país de cisnes que hay en las estrellas.

—Y la de la diosa de mil pies de altura y el libro que contenía todas las cosas.

Interpretan papeles; suplican que les explique lo que es una tortuga, y una torta de miel, y parecen intuir que el libro envuelto en seda y luego en piel de buey encerada es un objeto de raro valor, un secreto que los enriquece y los pone en peligro al mismo tiempo. Cada vez que Anna lo abre hay más texto ilegible y recuerda al escriba alto en el taller iluminado por velas.

El tiempo: la máquina de guerra más violenta de todas.

El buey más viejo muere y Omeir trae un ternero nuevo y los hijos de Anna crecen hasta ser más altos que ella y se marchan a trabajar a la montaña, trayendo troncos de los bosques altos y transportándolos por el río para venderlos en los aserraderos de Edirne. Anna pierde la cuenta de los inviernos, pierde recuerdos. En momentos inesperados, mientras acarrea agua o cose una herida en la pierna de Omeir o lo despioja, el tiempo se dobla sobre sí mismo y ve las manos de Himerio en los remos, o nota el vertiginoso tirón de la gravedad mientras baja por el muro del priorato. Hacia el final de su vida estos recuerdos se entremezclan con los de las historias que ha amado: Ulises nostálgico de su hogar que abandona su balsa en la tormenta y nada hacia la isla de los feacios. Etón el asno cerrando sus tiernos labios alrededor de una ortiga punzante y todos los momentos y todas las historias son al final una misma cosa.

Muere en mayo, en el día más hermoso del año, a la edad de cincuenta y cuatro años, recostada contra un tocón de árbol junto al establo, acompañada de sus tres hijos, con el cielo sobre el hombro de la montaña de un azul tan intenso que si lo mira le duelen los dientes. Su marido la entierra en el claro sobre el río, junto a su abuelo y los hijos que perdieron, con la capucha de seda de su hermana sobre el pecho, y señala la tumba con una piedra blanca.

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