Ciudad de las nubes

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Veinticuatro » Boise, Idaho » Seymour

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Seymour

Su apartamento durante el régimen de inserción laboral tiene una cocinita que da a una colina aporreada por el sol y cubierta de cola de conejo. Es agosto y el cielo es color beis por el humo y todo tiembla en borrones de calor.

Seis mañanas a la semana coge un autobús de conducción autónoma a un parque empresarial donde cruza media hectárea de asfalto hirviendo hasta un edificio bajo y desgarbado propiedad de Ilium. En el vestíbulo, una Tierra de poliuretano con relieve, de cuatro metros de diámetro, gira sobre un pedestal, con polvo acumulado en las hendiduras de las montañas. Una placa desvaída en la pared dice: «Capturando la Tierra». Trabaja doce horas al día con equipos de ingenieros probando versiones de última generación de la cinta y los auriculares para recorrer el Atlas. Es un hombre fibroso y pálido que prefiere comer sándwiches envasados en su mesa a visitar la cafetería, y que encuentra paz solo en el trabajo, en sumar kilómetro tras kilómetro subido a la cinta de correr igual que un peregrino del medievo cumpliendo una grave penitencia.

De vez en cuando encarga unos zapatos nuevos, idénticos a los que ha gastado. Aparte de comida, compra poco. Escribe un mensaje a Natalie Hernandez una vez a la semana, los sábados, y casi siempre recibe contestación. Natalie enseña latín y griego a adolescentes reacios en un instituto, tiene dos hijos, un monovolumen autónomo y un dachshund que se llama Dash.

En ocasiones Seymour se quita los auriculares, se baja de la cinta, pestañea por encima de las cabezas de los otros ingenieros y le llegan volando líneas inesperadas de la traducción de Zeno: «… Por su superficie se extendían los cielos y la tierra, todas las regiones repartidas, todas sus bestias y, en el centro…».

Cumple cincuenta y siete, cincuenta y ocho: el insurgente en su interior sigue vivo. Cada noche al llegar a casa enciende su terminal, desactiva la conexión y se pone a trabajar. Bullendo en servidores de todo el mundo, la cosecha de imágenes del Atlas sin editar de alta intensidad permanece: escenas de sufrimiento y violencia, sequía y hambruna, columnas de migrantes que huyen de Chennai; familias apiñadas en barcas diminutas a la entrada de Rangún; un tanque ardiendo en Bangladesh; agentes de policía detrás de escudos de plexiglás en El Cairo; una ciudad de Luisiana llena de barro… Las calamidades que pasó años suprimiendo del Atlas siguen ahí.

En el curso de los meses construye pequeñas plantillas de código tan sutiles y refinadas que cuando las introduce en el código del Atlas el sistema no las detecta. Luego las esconde dentro del Atlas, por todo el mundo, en forma de pequeños búhos: grafitis de búhos, una fuente de agua con forma de búho, un ciclista con esmoquin y careta de búho. Busca un búho, tócalo y habrás retirado la imaginería higienizada, pulida, para poder ver la verdad que hay debajo.

En Miami, seis macetas con helechos a la puerta de un restaurante, un adhesivo de búho pegado a la jardinera número tres. Toca el búho y los helechos se evaporan; aparece un coche humeante; hay cuatro mujeres tiradas en el suelo.

No se arriesga a comprobar si hay usuarios que descubren sus buhitos. En cualquier caso, el Atlas está dejando de ser una de las prioridades de la compañía; regiones enteras del complejo de Boise están dedicadas ahora a perfeccionar y miniaturizar la cinta y los auriculares para otros proyectos de Ilium, en otros departamentos. Pero Seymour sigue haciendo sus búhos, introduciéndolos en el código, destejiendo las mentiras que lleva todo el día tejiendo y, por primera vez desde que encontró el ala amputada de Amigofiel junto a la carretera, se siente mejor. Más sereno. Menos asustado. Con menos sensación de tener que huir de algo.

Tres días en el nuevo complejo vacacional junto al lago de Lakeport. Billete de avión, pensión completa, todos los deportes acuáticos que quieran…, lo paga todo él, al menos mientras le duren los ahorros. Las familias son bien recibidas. Recurre a Natalie para la convocatoria. Al principio ella dice que no cree que vengan los cinco, pero lo hacen: Alex Hess viaja con dos hijos desde Cleveland; Olivia Ott vuela desde San Francisco; Christopher Dee viene en coche desde Caldwell; Rachel Wilson viaja desde Australia suroccidental con su nieto de cuatro años.

Seymour no coge el coche para subir por el cañón desde Boise hasta la última noche para no alterar a nadie presentándose demasiado pronto. Al amanecer se toma una gragea extra para la ansiedad y sale al balcón en traje y corbata. Más allá del embarcadero del hotel el lago centellea en la luz del sol. Espera a ver si llega volando un águila pescadora, pero no ve ninguna.

Notas en el bolsillo izquierdo, llave de la habitación en el derecho. Recuerda cosas que sabes. Los búhos tienen tres párpados. Los humanos son complicados. Para muchas de las cosas que amas es demasiado tarde. Pero no para todas.

Se reúne con los dos técnicos de Ilium en una habitación hexagonal que da al lago destinada a recepciones de boda y los mira instalar cinco cintas multidireccionales de última generación que llaman Deambuladores. Los técnicos los sincronizan con cinco auriculares y se van.

Natalie llega pronto. Sus hijos, dice, están terminando de comer. Es muy valiente por su parte, dice, hacer esto.

—Más valientes sois vosotros —contesta Seymour.

Cada vez que toma aire teme que la piel se le desabroche y se le caigan los huesos.

A la una empiezan a entrar las familias. Olivia Ott lleva melenita hasta la barbilla y pantalones capri de lino y tiene aspecto de haber llorado. Alex Hess llega escoltado por dos adolescentes gigantes y hoscos, los tres con el pelo amarillo brillante. Christopher Dee llega con una mujer menuda; se sientan en un rincón, separados de los demás, y se cogen de la mano. Rachel es la última en entrar, en vaqueros y botas; su cara tiene las arrugas profundas de alguien que trabaja muchas horas al sol. Un nieto de aspecto alegre y pelo color fuego la sigue y se sienta en la silla con las piernas colgando.

—No tiene pinta de asesino —dice uno de los hijos de Alex.

—No seas maleducado —le reprende Alex.

—Solo parece viejo. ¿Es rico?

Seymour evita mirar a las caras, las caras lo desbaratarán todo. Mantén la vista baja. Lee las notas.

—Aquel día de hace muchos años os quité a cada uno de vosotros algo preciado. Sé que nunca podré expiar del todo lo que os hice. Pero porque yo también sé lo que se siente al perder un lugar que te importa cuando eres niño, que te sea arrebatado, he pensado que quizá significaría algo para vosotros que os devolviera el vuestro.

De su bolsa saca cinco libros de tapa dura con sobrecubiertas azul eléctrico y le da uno a cada uno. En la cubierta, pájaros revolotean alrededor de las torres de una ciudad en las nubes. Olivia da un respingo.

—Los he hecho con las traducciones del señor Ninis. Con mucha ayuda por parte de Natalie, debo añadir. Todas las notas del traductor son suyas.

A continuación distribuye auriculares.

—Primero deberían subir los cinco adultos. Luego todo el que quiera. ¿Os acordáis del buzón de devolución de libros?

Todos asienten con la cabeza.

—Cada mochuelo a su libro —dice Christopher.

—Tirad de la manilla del buzón. A partir de ahí sabréis qué hacer.

Los adultos se ponen de pie. Seymour los ayuda a ajustarse los auriculares a la cabeza y los cinco Deambuladores se encienden con un zumbido.

Una vez están instalados en sus cintas, Seymour va a la ventana y mira el lago. «Hay por lo menos veinte sitios como ese al norte de aquí a los que podría volar tu búho. Bosques más grandes, mejores». Bunny estaba intentando salvarlo.

A su espalda los Deambuladores vibran y giran; los niños adultos caminan. Natalie dice: «Dios mío».

Alex dice: «Es exactamente como lo recordaba».

Seymour evoca el silencio de los árboles mientras se cubrían de nieve detrás de la casa prefabricada de doble ancho. Amigofiel en su rama, a tres metros de altura en el gran árbol muerto: lo sobresaltaba el crujido de neumáticos en la grava a medio kilómetro de distancia. Oía latir el corazón de un topillo bajo dos metros de nieve.

Motores neumáticos levantan la parte delantera de los Deambuladores. Deben de estar subiendo los escalones de granito del porche.

—Mirad —dice Christopher—. Es el letrero que hice.

En la silla junto a la que ha dejado vacía Rachel, el nieto de esta se agacha, coge el libro azul, se lo pone en el regazo y pasa las páginas.

Con la mano derecha, Olivia Ott palpa el aire y abre la puerta. Uno a uno los niños entran en la biblioteca.

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