Ciudad de las nubes
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Konstance
«Oxígeno al siete por ciento», dice la voz dentro de la capucha.
En el vestíbulo, gira a la izquierda. Pasa delante de los Compartimentos 8, 9, 10, todos con las puertas selladas. ¿Seguirá circulando el contagio por el aire del pasillo, despertando de un largo sueño? ¿Enmohecen en las sombras cadáveres de casi cuatrocientos días? ¿O hay miembros de la tripulación bullendo a su alrededor bajo el silbido de los extintores: amigos, niños, profesores, la señora Chen, la señora Flowers, Madre, Padre?
Pequeñas espitas en el techo del pasillo la rocían de bruma. Con el libro de encuadernación casera metido dentro del mono de trabajo y el hacha de fabricación casera en la mano izquierda, se aleja en espiral del núcleo del Argos y las botas que le cubren los pies se deslizan sobre las sustancias químicas que hay en el suelo.
Desperdigadas por el pasillo hay mantas arrugadas, mascarillas usadas, una almohada, trozos de una bandeja de comer.
Un calcetín.
Una forma encorvada recubierta de moho gris.
No bajes la vista. No te pares. Aquí está la entrada a oscuras al aula, a continuación más puertas de compartimentos cerrados, algo que parece un guante de uno de los trajes de protección contra riesgos biológicos que usaban la doctora Cha y el ingeniero Goldberg. Más adelante, el Deambulador de alguien volcado en el centro del pasillo.
«Oxígeno al seis por ciento», dice la capucha.
A su derecha está la entrada a la Granja 4. Konstance se detiene en el umbral y se quita sustancias químicas de la pantalla facial: las plantas de todos los caóticos anaqueles están muertas. Su pinito bosnio sigue en pie, más de un metro de alto; rodea su base un halo de agujas secas.
Suenan alarmas. El frontal de Konstance parpadea mientras corre a la pared del fondo: no hay tiempo para pensar. Elige el cuarto tirador desde la izquierda y abre un cajón con semillas. Vapor frío se derrama a sus pies: dentro aguardan centenares de sobres de papel de aluminio dispuestos en hileras. Coge todos los que puede con los guantes del traje, se le caen unos cuantos y los sujeta contra el pecho junto con el hacha.
En algún lugar cercano está el fantasma de Padre o su cadáver o las dos cosas. Sigue andando. No tienes tiempo.
Un poco más adelante por el pasillo, entre los Aseos 2 y 3, está el parche de titanio donde dijo Madre que Elliot Fischenbacher pasó múltiples noches atacando la pared. El parche está fijado con unos trescientos remaches, muchos más de los que Konstance recordaba. Se le cae el alma a los pies.
«Oxígeno al cinco por ciento».
Suelta los paquetes de semillas y levanta el hacha con las dos manos. Su memoria le susurra las advertencias que ha estado oyendo desde antes de tener uso de razón. Radiación cósmica, gravedad cero, 2,73 grados Kelvin.
Da un hachazo y la hoja hace una muesca en el parche, pero enseguida rebota. Golpea más fuerte. Esta vez la hoja penetra y tiene que usar todas sus fuerzas para liberarla.
Una tercera vez. Una cuarta. No conseguirá atravesarla a tiempo. El sudor se acumula dentro del traje y le empaña la pantalla de la cara. Las alarmas suben de volumen; los extintores llueven a su alrededor. A veinte pasos a su derecha está la entrada a Intendencia, llena de tiendas de campaña.
«A toda la tripulación —dice Sybil—. Está en peligro la integridad de la nave».
«Oxígeno al cuatro por ciento», dice la capucha.
Con cada hachazo la raja del parche se hace más grande.
Bastan tres segundos fuera de estas paredes para que manos y pies dupliquen su tamaño. Te asfixiarías. Luego te convertirías en un bloque de hielo.
La abertura crece y a través del vaho de la pantalla facial Konstance puede ver lo que hay detrás, donde Elliot ha apartado conductos de cables envueltos en cinta de aluminio y cortado varias capas de aislamiento. Al otro lado hay una nueva capa de metal: lo que Konstance confía en que sea la pared exterior.
Desclava el hacha, respira hondo, coge impulso y golpea otra vez.
«Konstance —atruena Sybil y su voz es pavorosa—. Detente ahora mismo».
Un miedo atávico recorre a Konstance. Echa los brazos atrás y, con toda la fuerza de meses de ira, aislamiento y pena, clava el hacha y la hoja de esta corta cables y atraviesa la capa exterior. Forcejea para sacarla.
Cuando lo consigue hay una perforación en la pared exterior, una porción de oscuridad.
«Konstance —sigue gritando Sybil—, estás cometiendo una grave equivocación».
Estaba en un error. Es la nada, el vacío del espacio sideral, está a cien billones de kilómetros de la Tierra; se asfixiará y será el fin. Se le cae el hacha; el espacio se arruga a su alrededor; el tiempo se pliega sobre sí mismo. Su padre rasga un sobre y en la palma de su mano se desliza una semillita unida a un ala marrón pálido.
«Contén la respiración».
«Todavía no».
La semilla tiembla.
«Ahora».
Al otro lado de la brecha en la capa externa la oscuridad sigue donde estaba. Konstance no es succionada, no se le congelan los ojos; simplemente es de noche.
«Oxígeno al tres por ciento».
¡De noche! Coge el hacha, la clava una y otra vez, caen fragmentos de metal en la oscuridad. Más allá del agujero creciente, miles y miles de diminutas motas plateadas, iluminadas por el haz moribundo del frontal, caen en la noche. Konstance saca un brazo y cuando lo vuelve a meter está mojado.
Lluvia. Fuera llueve.
«Oxígeno al dos por ciento».
Sigue dando hachazos hasta que le arden los hombros y le duelen los huesos de las manos como si los tuviera hechos astillas. El agujero es más irregular a medida que crece; le cabe la cabeza, un hombro. El vapor que empaña la pantalla facial no tiene solución y el bioplástico del traje se está rompiendo, pero merece la pena arriesgarse y, después de un hachazo más, el agujero es casi lo bastante grande para que le quepan los dos hombros.
«El olor a cebollas silvestres».
«El rocío, las siluetas de las colinas».
«La dulzura de la luz, la luna en el cielo».
«Oxígeno al uno por ciento».
Las gotas de lluvia caen mucho más abajo del agujero de lo que Konstance había esperado, pero no hay tiempo. Tira brazadas de sobres con semillas a la oscuridad, a continuación el hacha y por último mete el cuerpo por la abertura.
«Señorita Konst…» —ruge Sybil. Pero la cabeza y los hombros de Konstance ya están fuera del Argos. Se retuerce, se le engancha un muslo en una daga de metal.
«Oxígeno agotado», dice la capucha.
Aún tiene las piernas dentro de la estructura de la pared, la cintura atrapada. Konstance coge aire una última vez, luego se quita la capucha rompiendo la cinta adhesiva y la suelta. La capucha rebota, rueda y se detiene unos cuatro o cinco metros más abajo, entre lo que parecen ser piedras húmedas y largas briznas de hierba de tundra, con el frontal orientado hacia arriba, hacia la lluvia.
La única manera de salir es dejarse caer. Todavía conteniendo la respiración, Konstance apoya los brazos en el exterior de la nave, cierra los ojos, y cae.
Se le tuerce un tobillo, se golpea un hombro contra una roca, pero consigue sentarse y respirar. No está muerta, no se ha asfixiado, no se ha convertido en un bloque de hielo.
¡El aire! Rico húmedo salado vivo: si hay virus acechando dentro de este aire, si se escapan por el agujero que ha perforado en un costado del Argos, si se están reproduciendo en este instante dentro de sus fosas nasales, si toda la atmósfera de la Tierra es veneno, que así sea. Se conforma con vivir cinco minutos más, respirando este aire, oliéndolo.
La lluvia le bombardea el pelo empapado en sudor, las mejillas, la frente. Se arrodilla en la hierba y la escucha golpearle el traje, la siente posarse en sus párpados. Es una sensación de derroche increíble, peligrosa y promiscua: agua, dada por el cielo, en grandes cantidades.
El frontal se apaga y solo hay una luz tenue procedente de la abertura que ha cortado en el costado del Argos. Pero la oscuridad de este lugar no se parece en nada a la NoLuz. El cielo, estarcido de nubes, parece resplandecer y las briznas de hierba húmeda atrapan la luz y la devuelven, decenas de miles de gotitas brillantes, y Konstance se baja el traje de Padre hasta la cintura y se arrodilla en la hierba de la tundra y recuerda lo que dijo Etón: «Un baño, esa es toda la magia que necesita un pastor necio».
Encuentra el hacha, se quita el resto del bioplástico, reúne todos los sobres de semillas que puede y se los guarda en el mono de trabajo junto con su libro casero. A continuación cojea por la hierba y las rocas hasta la valla perimetral. El Argos se alza enorme y pálido a su espalda.
La cerca está rematada por alambre de espino y es demasiado alta para saltarla, pero usando la hoja del hacha contra uno de los postes consigue romper una docena de alambres, retorcerlos y salir.
Al otro lado hay muchos miles de piedras brillantes más. En cada una crece liquen en costras, en escamas… Podría pasar un año entero estudiando cada uno de ellos. Pasadas las piedras se oye un rugido, es el rugido de algo en perpetuo movimiento, bullendo, cambiando, agitándose…: el mar.
El alba dura una hora y Konstance trata de no pestañear en ningún momento. Primero se extiende una lenta capa de morados, luego de azules, una diversidad de tonos infinitamente más compleja que cualquier simulación de la Biblioteca. Está descalza metida en el agua hasta los tobillos, con el mar calmo y poco profundo moviéndose sin cesar en mil vectores distintos y por primera vez en su vida el zumbido del Argos, el goteo de las cañerías, el ronroneo de conductos, de las extremidades trepadoras de Sybil, la máquina que la ha acompañado durante toda su vida, desde antes de ser concebida, no se oyen.
—¿Sybil?
Nada.
A su derecha, a lo lejos, le parece distinguir los contornos del edificio gris que descubrió en el Atlas, la caseta para barcos, un embarcadero rocoso. Cuando se gira para mirar lo que deja atrás, el Argos parece más pequeño, una bola blanca bajo el cielo.
Delante de ella, en el horizonte, el filo azul de la aurora se vuelve rosa y levanta sus dedos para hacer retroceder a la noche.