Ciudad de las nubes
Epílogo » Biblioteca pública de Lakeport » Zeno
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Zeno
El chico baja el arma. El teléfono dentro de la mochila suena por segunda vez. Allí, pasado el mostrador de recepción que bloquea la puerta, pasado el porche, le espera el otro mundo. ¿Tendrá la fuerza necesaria?
Cruza el espacio hacia la puerta principal y se apoya en la mesa; fluye un poder a sus piernas como enviado por Athena misma. El mostrador se aleja; sujeta la mochila, tira de la puerta y sale al resplandor de las luces de la policía.
Baja los cinco peldaños de granito, cruza la acera, se interna en la nieve virgen, en una red de sirenas, en los puntos de mira de una docena de rifles. Una voz que grita: «¡No disparéis! ¡No disparéis!», y otra —quizá la suya— que grita algo que está más allá del lenguaje.
El teléfono suena por tercera vez.
Cae tanta nieve del cielo que el aire parece más nieve que aire. Zeno corre por el túnel de juníperos, se mueve todo lo rápido que es capaz de moverse un hombre de ochenta y seis años con una cadera mal y botas de velcro y dos pares de calcetines de lana, con la mochila pegada a la corbata de pingüinos. Se lleva las bombas más allá de los ojos amarillos del búho del buzón de devolución de libros, más allá de una furgoneta en la que dice «Desactivación de artefactos explosivos», más allá de hombres con trajes de protección; es Etón dando la espalda a la inmortalidad, feliz de ser otra vez un loco, los pastores bailan bajo la lluvia, tocan sus flautas y pellizcan sus liras, los corderos balan, el mundo es húmedo y embarrado y verde.
De la mochila sale el cuarto timbrazo. Un timbrazo más de vida. Durante un cuarto de segundo atisba a Marian agachada detrás de un coche de policía; la dulce Marian con su anorak rojo cereza, sus ojos almendrados y sus vaqueros sucios de pintura lo ve pasar y se tapa la boca con una mano. Marian la Bibliotecaria, cuya cara, cada verano, se convierte en una tormenta de pecas.
Baja Down Street, lejos de los vehículos de la policía, dejando atrás la biblioteca. «Imagina —dice Rex— lo que debía de ser oír los viejos cantos sobre héroes que vuelven a casa». A su izquierda, a medio metro de distancia, está la vieja casa de la señora Boydstun, sin cortinas en las ventanas, con la mesa del comedor cubierta de traducciones, cinco soldaditos Playwood Plastic en una lata en el piso de arriba, junto a la camita de latón, y el pequeño Néstor, rey de Pilos, dormitando en el felpudo de la cocina. Alguien tendrá que dejarlo salir.
Delante está el lago, helado y blanco.
«¡Pero bueno! —dice una bibliotecaria—. Tienes pinta de estar helado».
«¿Dónde está tu madre?», dice la otra.
Corre por la nieve y el teléfono suena por quin