Ciudad de las nubes
Agradecimientos
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Agradecimientos
Tengo una profunda deuda con tres mujeres extraordinarias: Binky Urban, cuyo entusiasmo por los primeros borradores me sostuvo durante muchos meses de dudas; Nan Graham, quien editó y mejoró más versiones de este manuscrito de las que ni ella ni yo podemos contar, y, sobre todo, con Shauna Doerr, quien pasó gran parte de nuestro año de pandemia encorvada sobre las páginas de este libro, evitó que lo tirara a la basura en cinco momentos distintos y es alguien que me llena el alma de música y el corazón de esperanza.
Gracias enormes también a nuestros hijos Owen y Henry, que me ayudaron a inventar la Ilium Corporation y las zarzaparrillas caídas de Alex Hess y que me hacen reír cada día. Os quiero, chicos.
Gracias a mi hermano Mark por su optimismo inquebrantable; a mi hermano Chris, a quien se le ocurrió que Konstance usara electrolisis para prender fuego a su propio pelo; a mi padre, Dick, por animarme y empujarme a seguir, y a mi madre, Marilyn, por plantar las bibliotecas y los jardines de mi juventud.
Gracias a Catherine «Deambulador» Knepper, cuyo apoyo me sostuvo durante una ardua serie de revisiones; a Umair Kazi por creer en Omeir; a la American Academy de Roma —y especialmente a John Ochsendorf— por darme una vez más acceso a su brillante comunidad, y al profesor Denis Robichaud por corregir mi griego de neófito.
Gracias a Jacque y a Hal Eastman por animarme, a Jess Walter por comprenderme y a Shirley O’Neil y Suzette Lamb por escucharme. Gracias a todos los bibliotecarios que me ayudaron a encontrar un texto que necesitaba o todavía no sabía que necesitaba. Gracias a Cort Conley por enviarme cosas interesantes. Gracias a Betsy Burton por ser mi defensora. Gracias a Katy Sewall por ayudarme a documentar la encarcelación de Seymour.
Gracias al maravilloso equipo de Scribner, en especial a Roz Lippel, Kara Watson, Brianna Yamashita, Brian Belfiglio, Jaya Miceli, Erich Hobbing, Amanda Mulholland, Zoey Cole, Ash Gilliam y Sabrina Pyun.
Gracias a Laura Wise y Stephanie Evans por mejorar mis frases. Gracias a Jon Karp y Chris Lynch por su maravilloso apoyo.
Gracias a Karen Kenyon, Sam Fox y Rory Walsh de ICM, y a Karolina Sutton, Charlie Tooke, Daisy Meyrick y Andrea Joyce de Curtis Brown.
Megasupergracias a Kate Lloyd, ella sabe por qué.
Una novela es un documento humano hecho por un único (y particularmente imperfecto) ser humano, así que, a pesar de mis desvelos y los desvelos de la fantástica Meg Storey, estoy seguro de que sigue habiendo errores. Cualquier inexactitud, falta de sensibilidad y libertad histórica excesiva son culpa mía.
Gracias siempre al profesor Wendell Mayo, de quien me gusta pensar que habría disfrutado de este libro, y a Carolyn Reidy, que falleció el día antes de enviarle el manuscrito.
A mis amigos: gracias.
Por último y sobre todo, gracias a ti, querido lector. Sin ti estaría completamente solo, a la deriva en un mar oscuro, sin hogar al que volver.