Choque de reyes (ed. ilustrada)
Jon (3)
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—Todos los exploradores —repitió Mormont—. Y tú crees que debería impedírselo. Matarlo, si fuera necesario. —El Viejo Oso suspiró—. Si lo hiciera para librarse de unas cuantas bocas, de buena gana enviaría a Yoren o a Conwy para recoger a los niños. Los educaríamos para que vistieran el negro, y la Guardia sería más fuerte. Pero los salvajes sirven a dioses más crueles que los tuyos y los míos. Esos niños son las ofrendas de Craster. Sus plegarias.
«Seguro que sus mujeres rezan plegarias muy distintas a esas», pensó Jon.
—¿Cómo te has enterado? —le preguntó el Viejo Oso—. ¿Por alguna de las esposas de Craster?
—Sí, mi señor —confesó Jon—. Preferiría no deciros cuál. Estaba asustada y quería ayuda.
—El mundo está lleno de gente que quiere ayuda, Jon. Ojalá algunas de esas personas juntaran el valor necesario para ayudarse a sí mismas. Craster está ahora mismo inconsciente en su lecho, apestando a vino. En su mesa hay un hacha nueva bien afilada. Si se tratara de mí, la llamaría Plegaria Escuchada y pondría fin a todo.
«Sí». Jon pensó en Elí. En ella y en sus hermanas. Eran diecinueve, y Craster solo uno, pero…
—Pero si Craster muriera, sería un día triste para la Guardia. Tu tío podría contarte cuántas veces su Torreón ha supuesto la diferencia entre la vida y la muerte para nuestros exploradores.
—Mi padre… —Se detuvo, titubeante.
—Sigue, Jon. ¿Qué ibas a decir?
—Mi padre me explicó una vez que no vale la pena tener a ciertos hombres —continuó el muchacho—. Un vasallo brutal o injusto deshonra a su señor tanto como a sí mismo.
—Pero Craster no nos ha hecho ningún juramento, ni se somete a nuestras leyes. Tienes un corazón noble, Jon, pero debes aprender una lección de esto. No podemos hacer justicia en todo el mundo. No es nuestro objetivo. Las guerras de la Guardia de la Noche son otras.
«Otras. Sí. No debo olvidarlo».
—Jarman Buckwell dijo que quizá necesitara mi espada pronto.
—¿De veras? —Mormont no parecía satisfecho—. Lo mismo dijo Craster anoche, y confirmó mis temores hasta el punto de condenarme a una noche de insomnio en su suelo. Mance Rayder está reuniendo a los suyos en los Colmillos Helados. Por eso nos hemos encontrado desiertas las aldeas. Es lo mismo que le dijo a ser Denys Mallister el salvaje que sus hombres capturaron en la Garganta, pero Craster también nos ha aportado el dónde, y eso marca toda la diferencia del mundo.
—¿Está reuniendo gente para una ciudad, o para un ejército?
—Esa es la cuestión. ¿Cuántos salvajes hay? ¿Cuántos hombres en edad de luchar? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Los Colmillos Helados son un lugar salvaje, cruel, inhóspito, todo piedra y escarcha. No hay nada allí que ofrezca sustento a un gran número de personas. Esa reunión solo puede tener un propósito. Mance Rayder va a lanzar un ataque hacia el sur, se va a adentrar en los Siete Reinos.
—No sería la primera vez que los salvajes invaden el reino. —Jon recordó las historias que la Vieja Tata y el maestre Luwin contaban en Invernalia—. Raymun Barbarroja encabezó una invasión en tiempos del abuelo de mi abuelo, y antes hubo otro rey al que llamaban Bael el Bardo.
—Sí, y en tiempos aún más antiguos estuvieron el Señor Astado y los reyes hermanos Gendel y Gorne, y aún antes, Joramun, que hizo sonar el Cuerno del Invierno y despertó a los gigantes de la tierra. Todos ellos se estrellaron contra el Muro, o fueron derrotados por el poder de Invernalia… Pero la Guardia de la Noche no es más que una sombra de lo que fue, ¿y quién queda para enfrentarse a los salvajes, aparte de nosotros? El señor de Invernalia ha muerto, y su heredero ha llevado su ejército hacia el sur para combatir a los Lannister. Puede que los salvajes no vuelvan a tener una ocasión como esta. Yo conocí a Mance Rayder, Jon. Es un perjuro, sí… pero tiene dos ojos en la cara, y nadie se atrevería a decir de él que sea un cobarde.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Jon.
—Buscarlo —dijo Mormont—. Combatirlo. Detenerlo.
«Trescientos —pensó Jon—, contra la furia de lo indómito». Abrió y cerró los dedos.