Cartas a Milena
Milena a Max Brod
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MILENA A MAX BROD

[Praga, 9 de julio de 1920]
Viernes
Todas las cartas que escribió Milena a Kafka han desaparecido. Pero Max Brod guardó las cartas que él recibió de Milena entre los años 1920 y 1924 y, en la tercera edición de su biografía de Kafka (1954), las publicó en extracto o completas. Las reproducimos aquí casi en su totalidad porque ofrecen una imagen muy viva de Milena y porque en ellas se trasluce su actitud (ambivalente en ocasiones) frente a Kafka.
1.
[Fechada por Max Brod: 21 de julio de 1920]
Escrita en alemán (incorrecto); Brod reproduce la carta, salvo algunas supresiones, sin cambiar ni corregir nada.
Brod había pedido información a Milena sobre Karl Příbram (N. N.), internado en el sanatorio Weleslawin; él sabía por Kafka que Milena también había estado algún tiempo allí.
Distinguido doctor:
Usted desea que le envíe pruebas de que se está cometiendo una injusticia con el señor N. N. Por desgracia puedo decirle muy pocas cosas precisas […]. Yo estuve en Weleslawin desde junio de 1917 hasta marzo de 1918, vivía en la misma villa, y todo lo que pude hacer por él fue prestarle libros de vez en cuando y en alguna ocasión comportarme de forma que me encerrasen; no se le permite hablar con nadie; si ven que habla con alguien, incluso de cosas sin importancia y delante del celador, encierran a todos y despiden al celador. […]
Pero un psiquiátrico es una cosa horrible cuando se hace mal empleo de él; todo puede ser anormal, y cada palabra es una nueva arma para el atormentador. Quiero jurar que en el fondo es así, que el señor N. N. también puede existir de otro modo en el mundo. Pero probarlo… eso no puedo.
Milena dedica la parte final de la carta a Franz Kafka («Frank»):
Todavía tengo que pedirle un gran favor, doctor. Usted sabe que nunca me puedo enterar por Frank de cómo está, porque siempre, en el fondo, esa buenísima persona se encuentra «estupendamente» y está, por así decirlo, sanísimo y tranquilísimo, etcétera. Quiero pedirle, realmente pedir, pedir que, si ve usted, si nota usted que sufre, que sufre, sí, físicamente, que por favor me lo explique en una carta, yo no le diré a él que lo sé por usted, y estaré un poco más tranquila si me lo promete. No sé cómo le ayudaré entonces, pero sé muy bien que ayudaré. Frank dice que a usted hay que «quererlo, que hay que estar orgulloso de usted, admirarlo», así que yo hago todo eso y le doy efusivamente las gracias ya por anticipado: y por el solo hecho de poder confiar en usted.
2.
[Fechada por Max Brod: 29 de julio de 1920]
Escrita en alemán; Brod reproduce la carta literalmente —salvo los numerosos subrayados de Milena—, y sin abreviar. En su respuesta a Milena, Brod había pedido antes «que tratara al enfermo con más cuidado» («Franz Kafka. Una biografía»).
Me he quedado de piedra, no sabía que la enfermedad de Franz fuese tan grave, aquí estuvo realmente como rebosante de salud, no le oí toser ni una sola vez, estaba animado y alegre y dormía bien[187]. Me da usted las gracias, querido, querido Max, me da las gracias en lugar de llenarme de reproches porque debía estar con él hace tiempo, porque estoy aquí y sólo escribo cartas. Le ruego: se lo ruego, no piense que soy mala, que me lo tomo a la ligera. Estoy aquí hecha polvo, completamente desesperada (no se lo diga a Frank), y no sé qué hacer, qué partido tomar. Pero usted escribe que para Frank soy una ayuda, que le aporto algo, y eso, Max, eso es realmente la mayor felicidad. Frank viajará seguro a algún sitio[188] y yo lo haré todo para que así sea, y si no es posible otra cosa iré yo misma a Praga en el otoño y le enviaremos fuera, verdad, y también espero que allí esté tranquilo y sereno, yo —¿tengo que decirlo?—, yo lo haré todo para que así sea.
La historia de mi matrimonio y de mi amor a mi marido es muy complicada para contarla aquí. Pero es de tal modo que ahora no puedo marcharme, quizás no pueda nunca, yo…, no, las palabras son muy tontas. Pero busco constantemente una salida para mí misma, constantemente una solución, constantemente lo bueno y lo adecuado. Max, por favor, convénzase de que no dejaré sufrir a Frank, por favor, créame que para mí eso es más importante que cualquier otra cosa en el mundo.
Bueno, ahora usted está ahí con él, y me lo dirá en seguida en cuanto haya algo que decir, será riguroso y veraz conmigo, verdad, hoy me siento algo más aliviada porque le tengo a usted, porque ya no estoy tan sola.
Cuando haya regresado usted, escríbame por favor las condiciones exteriores del viaje (en la oficina por ejemplo) y, en general, cómo y qué hace falta para ese viaje y sobre todo: si por parte del médico existe alguna esperanza de que pueda recobrar la salud. Todo esto no es importante, ¿por qué lo escribo? Lo importante es que él se marche, y lo hará, seguro.
Le doy mil gracias. Le estoy realmente muy agradecida, su carta ha sido muy buena para mí. Perdone que le llame Max, Franz le llama así y yo ya estoy acostumbrada.
Muchos saludos
Milena P.
3.
[Principios de agosto de 1920]
Escrita en checo; traducida por Max Brod, quien suprimió las primeras líneas de la carta, en las que Milena encomia su libro.
A su carta podría responder durante días y noches. ¿Dice usted que cómo es posible que Frank tenga miedo del amor y no de la vida? Pero yo pienso que es distinto. Para él la vida es algo completamente distinto de lo que es para el resto de los hombres; sobre todo el dinero, la bolsa, la central de divisas, una máquina de escribir, son para él cosas completamente místicas (y lo son, en efecto, sólo no lo son para los que somos distintos), son para él los más extraños enigmas frente a los que él no se comporta como nosotros. ¿Es su trabajo de funcionario el simple cumplimiento de un servicio? Para él una función —también la que él ejerce— es algo tan enigmático, tan admirable como es para un niño pequeño una locomotora. No entiende la cosa más sencilla del mundo. ¿Ha estado alguna vez con él en una oficina de correos? Cuando redacta un telegrama y con gesto perplejo busca una ventanilla que le guste más que las otras, cuando entonces, sin comprender en absoluto cómo ni por qué, va de una ventanilla a otra hasta que da con la correcta, y cuando paga y le dan la vuelta, y recuenta lo que le han dado, comprueba que le han devuelto una corona de más, y devuelve la corona a la señorita de la ventanilla. Luego se va despacio, cuenta una vez más y en el último tramo de la escalera, abajo, ve que la corona devuelta le pertenecía. Bueno, una está ahora perpleja a su lado, él se apoya sobre un pie, sobre el otro, y da vueltas a lo que habría que hacer. Volver sobre sus pasos es difícil, arriba se agolpa un montón de gente. «Entonces déjalo estar», le digo. Él me mira completamente espantando. ¿Cómo puedo dejarlo estar? No lo lamenta por la corona. Pero eso no está bien. Hay una corona de menos. ¿Cómo va a dejarlo así? Habló mucho tiempo sobre ello. Estaba muy descontento de mí. Y eso se repetía en cada tienda, en cada restaurante, con cada mendiga, en diversas variaciones. Una vez le dio a una mendiga dos coronas y quería que le devolviera una. Ella dijo que no tenía nada. Estuvimos más de dos minutos allí pensando cómo podíamos solucionar el asunto. Entonces se le ocurre que puede dejarle las dos coronas. Pero apenas había dado unos pasos, se pone de mal humor[189]. Y esa misma persona me daría al momento con entusiasmo, lleno de felicidad, veinte mil coronas. Pero si le pidiera veinte mil una coronas y tuviéramos que cambiar dinero en algún sitio y no supiéramos dónde, entonces reflexionaría seriamente sobre cómo solucionar lo de esa corona que no me corresponde. Esa inhibición frente al dinero es casi la misma que tiene frente a la mujer. Asimismo su miedo a la oficina. Una vez le telegrafié, le telefoneé, le escribí, le supliqué por Dios que viniera a verme un día, sólo un día. Tenía urgente necesidad de él en aquellos días. Le maldije con toda mi alma. No durmió noches enteras[190], se atormentó, escribió cartas llenas de autoaniquilamiento, pero no vino. ¿Por qué? No podía solicitar permiso. A su director, a ese mismo director al que admira en lo más hondo de su alma (en serio) porque escribe muy deprisa a máquina, no podía decirle que se iba de viaje para verme. Y decir otra cosa —de nuevo una carta horrorizada—, ¿cómo es posible? ¿Mentir? ¿Decir una mentira al director[191]? Imposible. Si le pregunta por qué quería a su primera novia, responde: «Tenía una gran capacidad para los negocios[192]», y su rostro irradia veneración.
Oh, no, todo este mundo es y será siempre un enigma para él. Un misterio místico. Algo que él no puede hacer y que, con pura y conmovedora ingenuidad, valora muchísimo, porque es «de gran capacidad para los negocios». Cuando le hablé de mi marido, que me es infiel cien veces al año, que ejerce una suerte de fascinación sobre mí y sobre muchas otras mujeres, se le iluminó el rostro con la misma veneración de entonces, cuando hablaba de su director que escribe a máquina a tanta velocidad y que por eso es una persona excelente, y lo mismo que entonces, cuando habló de esa novia «tan capacitada para los negocios». Todo eso es para él algo ajeno. Una persona rápida escribiendo a máquina y otra que tiene cuatro queridas es para él algo tan incomprensible como la corona en la oficina de correos y la corona de la mendiga, incomprensible porque tiene vida. Pero Frank no sabe vivir. Frank es incapaz de vivir. Frank no recobrará nunca la salud. Frank morirá pronto.
La cosa, no cabe duda, se presenta de la siguiente manera: todos, a lo que parece, somos capaces de vivir porque alguna vez nos refugiamos en la mentira, en la ceguera, en el entusiasmo, en el optimismo, en una convicción, en el pesimismo o en lo que quiera que sea. Pero él nunca se ha refugiado en un asilo protector, en ninguno. Es absolutamente incapaz de mentir, como es incapaz de emborracharse. Carece del menor refugio, no tiene techo. Por eso está a merced de todo aquello de lo que nosotros estamos resguardados. Es como un hombre desnudo entre gente vestida. Y ni siquiera es verdad todo lo que dice, todo lo que es y lo que vive. Es un modo de ser perfectamente determinado, que existe por sí mismo, despojado de todos los ingredientes que podrían ayudarle a configurar su vida: en la belleza o en la miseria, da igual. Y su ascetismo carece totalmente de heroísmo: y es por eso, sin embargo, tanto mayor y superior. Todo «heroísmo» es mentira y cobardía. Él no es un hombre que se construya su ascetismo como un medio para alcanzar un fin, es un hombre que por su horrible clarividencia, por su pureza y su incapacidad para llegar a un compromiso se ve obligado al ascetismo.
Hay personas muy inteligentes que tampoco quieren pactar. Pero se ponen unas gafas milagrosas con las que lo ven todo distinto. Por eso no necesitan aceptar compromisos. Además, saben escribir velozmente a máquina y tener mujeres. Él está a su lado y lo contempla todo lleno de admiración, incluidas esa máquina de escribir y esas mujeres. Nunca lo comprenderá.
Sus libros son admirables. Él es más admirable aún. A usted le doy otra vez mil gracias por todo. Mis mejores deseos. Cuando yo vaya a Praga, podré ir a verle, ¿verdad? Le envío mis más cordiales saludos.
4.
[Probablemente comienzos de enero de 1921]
Escrita en checo; traducida al alemán por Max Brod y reproducida sin acotaciones.
Querido doctor:
Perdone que no escriba en alemán. Quizás sepa usted tanto checo que pueda comprenderme; perdone que le moleste. Pero, simplemente, no sé qué hacer, mi cerebro ya no soporta más impresiones, más pensamientos, ya no asimila nada, no sé nada, no siento nada, no comprendo nada; me parece que en estos meses me ha ocurrido algo espantoso, pero no sé bien lo que es. No sé nada del mundo, sólo siento que me mataría si de algún modo llegara a tener conciencia de lo que se escapa a mi conciencia.
Podría contarle cómo y por medio de qué y por qué ha ocurrido todo; podría contarle todo sobre mí, sobre mi vida; pero para qué; y luego, no sé, sólo sé que tengo en la mano la carta que me envía Frank desde el Tatra[193], un ruego completamente mortal y al mismo tiempo una orden: «No escribas e impide todo encuentro entre nosotros, cumple en silencio este único deseo mío, sólo eso puede darme la posibilidad de seguir viviendo de alguna manera, todo lo demás sigue destruyéndome[194]». No me atrevo a enviar una pregunta, una palabra, tampoco sé lo que quiero saber de usted. No sé lo que…, no sé lo que quiero saber. Dios mío, quisiera hundirme las sienes en el cerebro. Dígame sólo una cosa; usted ha estado con él durante estos últimos tiempos, usted lo sabe: ¿es culpa mía o no es culpa mía? Por Dios le pido que no trate de consolarme, no me escriba que nadie tiene la culpa, no me escriba ningún psicoanálisis. Mire, todo lo que podría escribirme, lo sé. Tengo confianza en usted, Max, en la hora tal vez más angustiosa de mi vida, Dios lo sabe; por favor, tenga confianza también usted. Por favor, comprenda lo que quiero. Sé quién es Frank, sé lo que ha ocurrido, y no sé lo que ha ocurrido; estoy al borde de la locura; me he esforzado por obrar correctamente, por vivir, pensar, sentir conforme a mi conciencia, pero en alguna parte hay culpa. Es eso lo que quiero saber. No sé si puede entenderme. Quiero saber si yo estoy conformada de tal manera que Frank sufre y ha sufrido conmigo como con todas las otras mujeres, y así su enfermedad ha empeorado hasta tal punto que en su miedo también tuvo que huir de mí y ahora yo también tengo que desaparecer, quiero saber si tengo la culpa de eso o si es una consecuencia de su propio modo de ser. ¿Es claro lo que digo? Tengo que saberlo. Usted es el único que quizás sepa algo. Le ruego que me responda, por favor respóndame la verdad pura y dura, si es necesario, la verdad brutal, es decir, dígame lo que piensa de verdad. [Tres líneas tachadas, ilegibles]. Le estaré muy agradecida si me contesta. Esto es cierto punto de partida para mí. Y luego le pido que me informe de cómo está. Hace meses que no sé nada de él. [Dos líneas tachadas]. Mi dirección: M. K.[195], Viena VIII, Oficina de correos 65, Bennogasse. Perdone, no puedo cambiar esta carta; ni siquiera puedo leerla. Muchas gracias. Milena.
5.
[Enero/febrero de 1921]
Escrita en checo; traducida al alemán por Max Brod.
Le doy las gracias por su amabilidad. Entretanto he recobrado un poco la conciencia. Puedo pensar de nuevo. Pero eso no significa que me encuentre mejor. Huelga decir que no voy a escribir a Frank, eso está clarísimo[196]. ¡Cómo iba a hacerlo! Si es cierto que los seres humanos tienen una tarea que cumplir en este mundo, yo he cumplido muy mal esa tarea junto a él. ¿Cómo iba a estar tan carente de humildad y a hacerle daño si no he sido capaz de ayudarle?
Yo sé hasta la última fibra qué es su miedo. Existió ya siempre en él, antes de conocerme. He conocido su miedo antes de conocerle a él. Y, entendiéndolo, me he acorazado contra ese miedo. En los cuatro días en los que Frank estuvo conmigo, lo perdió[197]. Nos burlamos de él. Sé con seguridad que ningún sanatorio conseguirá curarle. Nunca recobrará la salud, Max, mientras siga teniendo ese miedo. Y ningún fortalecimiento psíquico puede hacerle superar ese miedo, porque el miedo impide el fortalecimiento. Ese miedo se refiere no sólo a mí sino a todo lo que vive sin pudor, también, por ejemplo, a la carne. La carne está demasiado al descubierto, no soporta verla. Así pues, eso es lo que entonces conseguí eliminar. Cuando sentía ese miedo, me miraba a los ojos, esperábamos un poco, como si no consiguiéramos respirar o como si nos dolieran los pies, y al cabo de un rato había pasado. No había que hacer el menor esfuerzo, todo era sencillo y claro, lo llevé por las colinas de los alrededores de Viena[198], yo iba delante, ya que él caminaba despacio, él marchaba detrás de mí, y cuando cierro los ojos, aún veo su camisa blanca y el cuello quemado por el sol y el esfuerzo que hacía. Caminaba todo el día, subía, bajaba, marchaba a pleno sol, no tosió una sola vez, comía muchísimo y dormía como un lirón, gozaba simplemente de buena salud, y su enfermedad fue para nosotros durante esos días como un pequeño resfriado. Si entonces me hubiera ido con él a Praga, habría seguido siendo la misma para él. Pero yo estaba, con ambos pies, firmísimamente enraizada en esta tierra, no era capaz de abandonar a mi marido y quizás era demasiado mujer para tener la fuerza de aceptar esa vida que, eso lo sabía, iba a ser, a perpetuidad, el más riguroso ascetismo. Pero en mí hay un invencible anhelo, sí, un furioso anhelo de una vida completamente distinta a la que llevo y a la que seguramente llevaré siempre, a una vida con un hijo, una vida muy cerca de la tierra. Y eso es lo que seguramente ha vencido en mí a todo lo demás, al amor, al amor a alzar el vuelo, a la admiración y, una vez más, al amor. Lo que quiera que se diga sobre esto sólo resultará ser una mentira. Ésta es quizás la más pequeña aún. Y entonces era ya demasiado tarde. Entonces ese combate dentro de mí se volvió demasiado evidente y eso le asustó. Contra eso precisamente luchó él toda su vida, desde el otro lado. Junto a mí ha podido descansar. Pero luego eso empezó a perseguirle también cuando estaba conmigo. Contra mi voluntad. Yo sabía muy bien que había ocurrido algo que ya no era posible eliminar. Yo era demasiado débil para hacer, para realizar lo que, yo lo sabía, era lo único que habría podido ayudarle. Ésa es mi culpa. Y usted también sabe que es mi culpa. Lo que se achaca a la no-normalidad de Frank, eso es justamente su atractivo. Las mujeres que han vivido con él han sido mujeres corrientes y no han sabido vivir sino así, como mujeres. Creo más bien que todos nosotros, el mundo entero y todos los seres humanos, estamos enfermos y que él es el único sano, que comprende y siente correctamente, el único hombre puro. Sé que no se protege contra la vida, sino sólo contra este modo de vida. Si yo hubiera sido capaz de irme con él, él habría podido vivir feliz conmigo. Pero esto no lo he sabido hasta hoy, todo esto. En aquel entonces yo era una mujer corriente como todas las mujeres del mundo, una pequeña hembra dominada por el instinto. Y de eso surgió su miedo. Ese miedo era legítimo. ¿O es posible que ese hombre sienta algo que no sea cabal? Sabe del mundo diez mil veces más que todos los hombres del mundo. Ese miedo suyo era legítimo. Y usted se equivoca, Frank no me escribirá nunca por propia iniciativa. No hay nada que él pueda escribirme. No hay, en efecto, una sola palabra que pueda decirme con ese miedo. Sé que me quiere. Es demasiado bueno y honesto para dejar de quererme. Lo consideraría una culpa. Él siempre se tiene por el culpable, por el débil. Y sin embargo no hay en el mundo entero otra persona con su inmensa fuerza: esa absoluta, esa irrevocable necesidad de perfección, de pureza y de verdad. Así es. Sé, hasta la última gota de sangre, que es así. Solamente, no puedo tomar plena conciencia de ello. Cuando eso suceda, será terrible. Deambulo por las calles, paso noches enteras junto a la ventana, a veces los pensamientos me saltan como las chispas a la piedra del afilador, y el corazón me cuelga como de un anzuelo, sabe usted, como de un diminuto anzuelo, y eso desgarra con un dolor finísimo, horriblemente agudo.
En cuanto a mi salud, estoy definitivamente acabada, y si algo me mantiene aún en la superficie, ocurre contra mi voluntad, y eso es seguramente lo mismo que me ha traído hasta aquí, algo muy inconsciente, un amor involuntario a la vida. Hace poco, en alguna parte al otro extremo de Viena, encontré de pronto unas vías, sabe usted, imagínese kilómetros de calles, como una fosa cuadrada, y abajo vías, luces rojas, locomotoras, viaductos, vagones, era un negro y espantoso organismo, yo me quedé allí de pie y era como si algo respirase. Pensé que iba a volverme loca de dolor, de anhelo y de horrible amor a la vida. Estoy tan sola como están solos los mudos, y si ahora le hablo de mí, es porque ya vomito las palabras, me salen a bocanadas completamente contra mi voluntad, porque ya no puedo guardar silencio. Perdóneme.
No escribiré a Frank, ni una línea, y no sé lo que ocurrirá de aquí en adelante. En primavera viajaré a Praga e iré a verle a usted. Y si me escribe de cuando en cuando cómo sigue él —voy a diario a correos, no puedo perder la costumbre—, seré muy feliz.
Otra vez muchas gracias
M. P.
Un favor aún, un favor muy ridículo. Mi traducción de los libros La condena, La metamorfosis, «El fogonero», Contemplación, va a publicarse en Neumann —Ediciones Červen[199]— en la misma presentación que Bubu de Charles Louis Philippe, conocerá usted el libro, supongo.
Bueno, ahora he terminado —en los últimos tiempos me ha devorado el cerebro y el corazón, era atroz estar tan sola y trabajar en sus libros—, pero Neumann quiere que yo «anteponga unas palabras sobre él para los lectores checos». Santo cielo, ¿que yo escriba sobre él para la gente? Y además: no estoy capacitada para ello. ¿No querría usted hacer eso por mí? No sé si usted tiene algo políticamente en contra. Červen es comunista pero la colección es imparcial. Neumann publica el librito de buen grado, con cariño, y se alegra de publicarlo; como es natural, el nombre de usted aparecería con el mío; ¿le causa molestias esto? Si no es así, se lo pido por favor. Unas tres o cuatro páginas, yo las traduciré y las añadiré como prefacio. He leído una vez algo de usted —una Introducción a Laforgue[200]—, una cosa muy bella. ¿Quiere hacer esto por mí? Me alegraría mucho. El libro ha de salir con todo esplendor, verdad. La traducción es buena. Y la introducción de usted sería buena, con toda seguridad. Por favor, si no tiene objeciones políticas, hágalo por mí. Por supuesto, tiene que ser una especie de información para los lectores checos. Pero no lo escriba para la gente sino para usted mismo, como ese prefacio a Laforgue. Allí donde usted pone cariño, es sincero y muy clarividente. Y luego lo que usted dice es muy muy hermoso. Tendría que ser muy pronto, Max, y por favor hágalo por mí. Me gustaría aparecer ante los ojos del mundo con ese libro, perfecto en la medida de todas nuestras fuerzas: mire, tengo la sensación de que he de defender algo, justificar algo. Se lo ruego.
Y no diga nada a F. Vamos a darle una sorpresa, ¿de acuerdo? A lo mejor, a lo mejor, eso le alegra un poco.
6.
[Primavera/verano de 1921]
Escrita en checo; traducida por Max Brod.
Distinguido doctor:
Perdone que haya tardado tanto en contestar. Ayer me levanté por primera vez de la cama, mis pulmones están en las últimas, el médico sólo me da unos meses si no me marcho inmediatamente. Escribo al mismo tiempo a mi padre; si me envía dinero, me pongo en camino, no sé aún adónde ni cuándo. Pero antes iré seguro a Praga y me permitiré hacerle una visita para saber algo más preciso sobre Frank. Le escribiré diciéndole cuándo llego. Pero le pido por lo que más quiera que no diga nada a F. de mi enfermedad.
No tengo idea de cuándo aparecerá el libro, parece que será en el invierno. Lo edita K. St. Neumann, en la editorial Borový, y en la colección Červen, Stefansgasse 37; quizás pueda usted preguntar allí si puede publicar el prefacio por separado antes de que aparezca en el libro[201]. Hay poco papel y poco dinero, todo tarda mucho tiempo, yo no quería suprimir nada de su prefacio. (Es demasiado bueno).
Tengo la impresión de que le he irritado en algo. No sé por qué saqué esa impresión de su carta. Perdóneme los «análisis» de Frank, es ignominioso y me avergüenzo, pero a veces es como si tuviera que apretarme el cerebro entre las palmas de las manos para que no salte hecho añicos.
Gracias por todo y adiós
Suya M. P.
7.
[Probablemente mediados de julio de 1924]; cf. carta 8.
Escrita en alemán.
Querido doctor:
Le devuelvo con mil gracias el libro, perdone, por favor, que no vaya a verle. No creo que yo pueda hablar ahora de Franz, y usted seguramente tampoco querrá hablar conmigo de él. Si voy en septiembre a Praga, se lo comunicaré, si me lo permite. Le ruego que guarde un recuerdo amigable de mí y que dé un cordial saludo de mi parte a su esposa, con la que en una ocasión probablemente fui injusta sin quererlo. Si tiene usted ocasión, encárguese, por favor, de quemar las cartas mías que tenía Frank, las pongo con toda confianza en sus manos, pero no es importante. Sus manuscritos y diarios[202] (que no eran para mí sino que procedían de la época en la que él no me conocía aún; son unos quince cuadernos grandes) los tengo yo y, si usted los necesita, están a su disposición. Esto corresponde a lo que él deseaba, me pidió que no se los enseñara a nadie más que a usted y sólo después de su muerte. Quizás también los conozca usted en parte.
Le saludo muy cordialmente y con toda amistad
Suya Milena Polak.
8.
[Fechada por Max Brod: 27-VII-24]
Escrita en alemán.
Querido doctor:
No he podido viajar a Praga para entregarle los manuscritos, aunque me habría gustado mucho hacerlo. Tampoco he encontrado a nadie a quien confiárselos y por correo aún me atrevo menos a enviar esos cuadernos. Intentaré aplazar hasta octubre mi viaje, espero que entonces ya haya regresado usted a Praga y yo pueda entregárselo todo personalmente. También quiero pedirle que recoja mis cartas en casa de la familia Kafka, con ello me hará un gran favor. No quiero pedírselas yo personalmente, mi relación con ellos no fue nunca buena.
Otra vez muchas gracias y hasta la vista en Praga después del 1 de octubre. Si tampoco estuviera entonces en Praga, escríbame a Viena, por favor, diciendo cuándo regresará de Italia.
Sinceramente
Milena Polak.