Cara de pan

Cara de pan

Elena de Troya sin H
"Cara de pan". Libro de Sara Mesa.

Contextualizando a la autora

Las historias de Sara Mesa son lo que yo llamo historias iceberg. Bajo la aparente simplicidad e inocencia de su superficie, se esconde una violencia latente que cerca al lector conforme éste avanza entre las páginas de sus libros.

Los conflictos en los que involucra a los personajes de sus breves novelas son tan humanos como tóxicos. Su estilo narrativo, aparentemente irrelevante para el transcurso de la trama, contribuye a que el lector focalice su atención en la acción principal.

Sara Mesa construye un microclima literario en el que la temperatura del relato depende fundamentalmente de lo que no se dice, pero se sobreentiende. Esta omisión de cierta información, que para el lector podría parecer importante, no empobrece en absoluto la experiencia lectora. Al contrario, la enriquece, porque permite que cada uno, según su propia forma de entender el relato, después de relacionarlo con sus experiencias personales, pueda completar los huecos dejados a conciencia por la autora.

Esto convierte al lector, como ejemplo de la sociedad en que vive, en un personaje más del relato. De esta manera, es testigo pero también juez de unos hechos acontecidos a unos personajes tan humanos como lo pueden ser también sus luces y sombras. El lector no sólo está para contemplar los hechos narrados como mero espectador, sino que se ve comprometido a reflexionar sobre la inocencia y culpabilidad de cada personaje.

Reseña troyana

Cara de pan, breve novela de Sara Mesa, cuenta la historia de una amistad que tiene poco de convencional y mucho de "arriesgada". La de Casi, una preadolescente de casi 14 años, y la del Viejo, que no es tan viejo. Ambos, por distintas circunstancias, no encajan en la sociedad.

Desde hace un mes, cada día Casi se desvía en su itinerario a clase hacia los arbustos del parque, tras los que deja transcurrir las horas (no) lectivas. Sin embargo, qué hace allí Casi y por qué no está en clase no es algo que el Viejo se pregunte. A él le basta con sentirse escuchado cuando habla de sus dos pasiones: los pájaros y Nina Simone.

Mientras que el Viejo arrastra consigo un pasado incierto, Casi arrastra consigo un mote: Cara de pan. Marga entró en la vida de Casi por la puerta de clase, para ocuparse de criticar la redondez de su cara, los granos que cubren su piel y los kilos que oculta bajo ropa de tallas grandes. Aunque Casi tampoco es su verdadero nombre, al menos, no es el insulto desnatado de una Marga en la que radica la etimología de la palabra "amargura".

Por suerte, el Viejo no encuentra nada negativo en Casi. Él se limita a dejar que la amistad fluya. Con la inocencia de un niño, le relata a Casi algunos episodios de su vida. Su narración es tan arbitraria y desorganizada que lejos de calmar la curiosidad de Casi, aumenta su intriga.

Ella es consciente de los prejuicios sociales: de lo que la gente podría pensar si los viese juntos ahí, ocultos tras los setos; de cómo reaccionarían al saber que cada mañana se ven, cuando Casi no va a clase y el Viejo... bueno, Casi no sabe a lo que el Viejo se dedica cuando no está con ella. Sin embargo, nada de esto la impide anotar cada uno de sus encuentros en su diario, y aderezar dichas "reuniones clandestinas" con alarmantes escenas subidas de tono que ponen en guardia a sus padres.

Esta es una novela 100% iceberg: inofensiva en su superficie, pero profundamente inquietante si se bucea en ella. Sara Mesa no critica, expone. Es el lector quien ha de reflexionar sobre quién es culpable y quién, inocente.

Opinión personal

Cara de pan es una novela que demuestra que lo bueno, si es breve, es dos veces bueno.

Narrada con un lenguaje sencillo y cercano, su lectura induce a la reflexión, que no a la crítica. Sara Mesa no juzga a ninguno de sus personajes. Lo que ella hace es plantear una situación poco habitual que, de dar prioridad a los prejuicios sociales en lugar de dotar de credibilidad a la realidad en sí misma, podría ser tachada de inmoral.

Los hechos son claros: Casi sufre acoso escolar, el Viejo ha sido siempre una persona a la que la sociedad ha dado la espalda y el parque es el escenario en el que confluyen ambas historias. Todo ello termina por derivar en una relación de amistad que pende de un hilo muy fino, especialmente al desafiar lo que se considera "normal" según los convencionalismos sociales.

Como en sus otras novelas, Sara Mesa utiliza un contexto y unos personajes muy restringidos. Un parque y dos personajes bastan para conformar el relato. Eso sí, hay un tercer personaje que también interviene: la sociedad.

Para aportar inquietud a la historia basta con olvidarnos de la buena voluntad del Viejo y valorar sólo lo siguiente: una niña no va a clase, se marcha al parque, día tras día se ve con un hombre de cincuenta y cuatro años, la chica carece de confianza en su físico, el hombre no tiene buena apariencia (aunque vaya trajeado, su traje es anticuado y muy usado), tanto él como ella se ocultan tras los setos y pasan horas juntos tras dichos arbustos. En una sociedad como la de hoy día en la que poco nos falta a todos para saltar por los aires, vemos que esta situación, únicamente con estos datos, ya nos hace sospechar que el Viejo ha de tener algún interés especial. Y además, no sólo pensamos en que tenga dicho interés oculto, sino que rápidamente consideramos víctima inocente a la niña. ¿Pero y si la sociedad, que es el tercer personaje, se equivocase?

Lectura recomendable

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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.

Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!

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