Cap. 26 De su hijo a su mujer

Cap. 26 De su hijo a su mujer

Benjamin Ljubetic

Papá estaba muy cariñoso, hace meses que eso no ocurría, desde la discusión de esa mañana en el auto y luego que me hiciera el amor en el asiento del piloto a la orilla del camino las cosas estuvieron de maravillas, claro que después de que don René nos vió mi papá se puso un poco nervioso, intercambiaron un par de palabras, yo me quedé en el auto, pero al parecer no pasó a mayores o él no vió mucho. Preferí no preguntarle nada a papá, percibí su incomodidad pero no quería que por eso no quisiera volver a tenerme entre sus brazos.


Después de esa pequeña charla  nos fuimos a casa para almorzar algo y don René nos siguió en la camioneta en la que él andaba. Doña Clara, la esposa de don René nos estaba esperando con pollo asado y puré, me encanta como ella los prepara. Ellos son los cuidadores de esa casa, viven ahí todo el tiempo y se hacen cargo de que esté limpia, el jardín en perfecto estado y cuando alguien de la familia va a la casa ellos hacen el servicio. Esa tarde no dormimos siesta pues como comenzaba a ponerse nublado preferimos aprovechar lo poco de buen tiempo que podría haber en Viña del Mar.

El día pasó de un perfecto sol a casi un invernal domingo, menos mal que la Nené me había puesto ropa abrigada en el bolso, así que el paseo por la playa con papá  no había sido arruinado. Hacía frío, estaba muy húmedo y gris, la playa estaba vacía, solo nosotros caminando en la arena y jugando de vez en cuando. La playa más cercana de la casa de la familia en Olmué, está en Viña del Mar, es una ciudad muy linda y turística de mi país. Me gustaba ir ahí porque siempre hacíamos cosas entretenidas con mi papá, mi mamá cuando aún vivíamos con ella y con mis abuelos. Ellos tenían un departamento muy grande justo frente al mar. Recuerdo muchas visitas que les hicimos a mis abuelos ahí.


Nos subimos al auto bastante cansados, y muy mojados, la lluvia había comenzado con mucha fuerza y nos pilló bien lejos del auto y en medio de la arena, así que decidimos hacer una carrera quien llegaba primero al auto. Me encantaba hacer esas cosas con papá, correr, reírnos, jugar. Me sentía feliz. Verlo sonreír, abrazarme, contarme cosas. Nos quitamos las chaquetas mojadas y miramos a través del parabrisas como la lluvia se había apoderado de toda la ciudad, las olas del mar eran intensas, el viento las elevaba y las hacía más fuerte, a la distancia se veían las luces que comenzaban a encenderse en la ciudad que estaba al otro lado de la bahía. Valparaíso es una ciudad que está construída a la orilla del mar, y la mayor parte de ella está sobre los cerros que llegan al mar, es por eso que las luces se podían ver desde donde nosotros estábamos. Para quienes no la conocen me pueden pedir que les muestre algunas fotos. Yo estaba fascinado mirando como las olas golpeaban la playa, el sonido estruendoso del agua y la fuerza del impacto, de pronto sentí la barba de papá rozar mi mejilla izquierda y al segundo sus labios me dieron un beso sonoro en mi infantil mejilla, me giré, lo miré y le sonreí. Lo amaba, la verdad lo amaba, me sentía protegido, cuidado, amado y deseado por él. Sus hermosos ojos marrones, con sus pestañas largas me miraban curiosos, sus dientes perfectos y blancos se dejaban ver por entre sus gruesos labios. Su mano se posó en mi muslo y me acerqué para besarle los labios, él me recibió el beso y nos quedamos unidos unos segundos, aún podía sentir la agitación de nuestra respiración por la carrera que habíamos hecho, eso hizo que compartiéramos nuestros alientos como muchas veces lo habíamos hecho. Su nariz estaba pegada a la mía y nos quedamos así un momento, solo nuestras narices estaban conectadas y con los ojos cerrados podía escuchar su respiración, podía sentir su aliento acariciando mis labios, podía oler su aroma a hombre, su perfume, el olor de piel, podía sentir como movía lentamente su nariz como si me estuviera acariciando con ella, esos pequeños movimientos hacían que mi piel se erizara, más aún cuando su barba de algunos días tocaba mi piel blanca y delicada de mis mejillas o de mi mentón. No se cuanto tiempo duró ese momento, fue tan especial pues era como decirnos mil cosas sin hablar, era como expresar miles de sensaciones sin pronunciar palabra. 


Su gran cuerpo de más de un metro ochenta y cinco, su gran espalda firme, sus hombros redondos, sus manos grandes con dedos gruesos y perfectamente cuidados, era todo su masculino ser que tan solo con el contacto de su nariz con la mía hacía que mi pequeño cuerpo de un metro veinte y algo, mi delicada y pequeña espalda, mi estrecha cintura, mi piel completamente sin vellos, mis dedos finos, mis labios delgados y rosa, se estremecieran por él. Era tal su poder, su masculinidad y su presencia, que sólo su nariz sobre la mía era suficiente para sentirme vulnerable ante él.


De pronto su mano se posó en mi nuca y los escasos centímetros que separaban nuestros labios dejaron de existir, mi boca fue devoraba por la suya, su lengua me lamía los labios, la comisura de ellos, su barba me acariciaba la piel de mi rostro, el sabor de su saliva inundaba mi boca, y su mano hacía más presión sobre mi nuca, como si quisiera que nos fundiéramos en un beso lleno de pasión; recuerdo que perdía el aliento ante tal intensidad, y recuerdo como su experta boca le daba placer a la mía mientras de fondo las olas seguían golpeando la arena, al compás de la lluvia incesante y sonora. A medida que la lluvia menguó la intensidad de su beso también. Pasó de ser un beso intenso a convertirse poco a poco en caricias delicadas que sus gruesos labios le daban a los míos, nuestra respiración se calmó, la presión de su mano en mi nuca fue disminuyendo la intensidad, hasta que nos separamos para tomar un largo aliento. Nos miramos sorprendidos, un beso único, maravilloso, lleno de todo.


  • Te amo bebé
  • Yo también papá
  • Quiero hacerte mio
  • Soy tuyo
  • Lo sé, pero quiero estar dentro de ti
  • ¿Cómo hoy en la mañana?
  • ¡Qué rico papi!
  • ¿Quieres qué te haga el amor?
  • Sí, quiero que me toques por todas partes
  • ¿Por todas?
  • Sí…  y que me pases la lengua por todas
  • Mmmm… Bebé que rico que me digas eso, lo haremos en casa, bueno
  • ¿Vamos a comer algo?
  • ¿Hamburguesas?
  • Sí, puede ser


Y así es como nos fuimos a un restaurante para cenar juntos antes de regresar a la casa de campo. Ya la tarde había acabado, la noche estaba apoderándose de la ciudad y la lluvia no dejaba de caer. Nos sentamos en un restaurante muy elegante, a papá siempre le gustaban lugares así, los meseros estaban muy bien vestidos, las mesas con manteles blancos y largos, flores y velas decoraban el lugar, la música era suave y las personas conversaban al calor de la chimenea. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, el mesero me acomodó la silla y me sentí como una señorita. En ese momento sentí que estaba en la cita perfecta, como lo que uno ve en las películas, papá era mi hombre y yo era su chica. Ambos enamorados en un restaurante elegante con ganas de que nunca acabara.


  • Te fijaste que grande es la chimenea
  • Sí, es gigante bebé… oh, voy a hacer una llamada.


Ese año recuerdo que llegaron los teléfonos celulares a mi país, muy pocas personas tenían, pero como papá siempre estaba a la vanguardia, era muy moderno y tenía los medios para darse ciertos lujos, ya tenía uno de esos. 


  • Aló! René, ¿me escucha? … Sí, soy Ignacio … René, dos cosas, dígale a Clara que me prepare el sillón cama de la sala de estar, vamos a ver películas con el Benjita y es mejor que durmamos ahí… Sí, solo el sillón cama grande… Sí claro, dormiremos los dos en el mismo que no se preocupe de armar el otro …. No, de verdad René… Lo otro, Usted podría prender la chimenea de la sala de estar, así está calientita cuando lleguemos… sí… muchas gracias… No, no. Estamos cenando acá en Viña y nos vamos… No René, no es necesario que nos espere, si quiere se puede ir a descansar… Perfecto. Buenas noches.


Mientras escuchaba las instrucciones que papá le daba a René, mi corazón comenzó a palpitar como queriendo salir, y mi pequeño pene comenzó a dar saltitos de alegría, se contraía y junto con él mi culito, se abría y cerraba, como expectante de lo que vendría.


  • Listo bebé, noches de películas con la chimenea encendida.
  • Qué rico papá… tengo muchas ganas de dormir contigo - dije bajando la voz para que solo papá pudiese escuchar.
  • Yo también bebé
  • Te extrañaba papá


Y papá posó su mano en mi rodilla por debajo del mantel. La mantuvo un momento mientras me daba tímidas caricias con sus dedos en mi delgada pierna cubierta por mi pantalón, mientras ya estábamos comiendo nuestra cena.


  • ¿Papi? ¿Habías hecho esto antes?
  • ¿Esto qué?
  • Lo que hacemos nosotros
  • No bebé, ya te dije una vez que no
  • Nunca has estado con otro hombre
  • hahaha, no mi amor
  • Y con un niño como yo
  • Menos
  • ¿Y te gusta?
  • … - Hizo un silencio mientras sus ojos se quedaron fijos en nada, como mirando más allá de lo que es posible ver.
  • Papi
  • … - Seguía estático, su cara era una mezcla entre intriga y sorpresa
  • Papi…
  • Sí bebé, disculpa ¿Qué me dijiste?
  • Te pregunté si habías estado con un niño como yo, y que si te gustaba y te quedaste pegado, como congelado.
  • Es que me acordé de algo.
  • ¿De qué papá?
  • ¿Quieres que te cuente?
  • - dije acomodándome en la silla, y poniendo la mejor cara de atención que podía, de verdad quería saber lo que papá me tenía que contar. Ahora el intrigado era yo.
  • Esto que te diré es un secreto, no puedes contarle a nadie
  • Bueno
  • ¿Lo prometes?
  • Sí papá, lo prometo
  • Ahora que estábamos conversando de esto se me vino a la memoria una cosa que no sabía que la tenía o que la olvidé en algún momento.
  • ¿Es de que estuviste con un hombre?
  • Escucha, un día estábamos en mi casa cuando yo era chico, había llegado del colegio con un compañero de curso, Ramiro se llamaba, teníamos como siete u ocho años. Normalmente nos íbamos a la casa y aprovechábamos de hacer las tareas, Ramiro era super buen alumno y me ayudaba. Luego de las tareas jugábamos a alguna cosa, si hacía calor nos bañamos en la piscina, o escuchábamos música, los abuelos tenían televisión, pero no habían muchos programas, era como el año sesenta y cinco o sesenta y seis. Bueno la cosa es que ese día que te digo, yo me puse a leer un libro a la orilla de la piscina de pronto Ramiro no estaba en el pasto un poco más allá, no sé cuánto rato había pasado, la cosa es que leí un poco más y como Ramiro no llegaba lo fui a buscar. No lo encontraba por ninguna parte, me asusté un poco, y fui a buscar a la señora Matilde, la nana que teníamos en la casa y cuando camino a la habitación del lavado que estaba al otro lado de la casa, pasé por la oficina que tenía tu abuelo, que es la que a veces usábamos para hacer tareas y vi que estaba Ramiro en el suelo y de rodillas, traía la camisa del colegio, en ese tiempo usábamos unas celestes, desabotonada completamente, todo el resto del cuerpo estaba totalmente desnudo, y tenía todo el pene de Andrés en su boca.
  • ¿El tío Andrés? - Pregunté con evidente impacto. Andrés es el hermano de papá, el padre de mi primo Felipe, que como les conté en el capítulo ocho fue parte de mi sueño durante la siesta aquella vez que me reencontré con Roberto cuando había llegado del servicio militar para ver a la Nené.
  • Sí, el tío Andrés. Yo me quedé petrificado, nunca había visto algo así, ya tenía algunas ideas o nociones de lo que era el sexo, pero nunca había visto o experimentado algo, ni solo, ni con nadie. Mis ojos estaban fijos en la pequeña boca de Ramiro y en como el gran pene de Andrés se metía en ella - Continuó papá
  • ¿Era grande? - Lo interrumpí
  • Sí, bueno la recuerdo muy grande


Ya casi terminamos de cenar, tenía tantas preguntas en mi cabeza estaba impactado por la confesión de lo que papá había visto, y no podía ser mucho más explícito porque estábamos en el restaurante y los meseros pasaban todo el tiempo junto a nosotros, o nos interrumpían para preguntarnos si estaba todo en orden. Papá pidió la cuenta, y el tiempo que tardó en pagar fue suficiente para que mi infantil erección desapareciera. El auto no estaba tan lejos, pero apuramos bastante el paso pues la lluvía no había cesado y ya las chaquetas ya estaban lo suficientemente mojadas como para soportar un poco más de agua.


En cuanto papá puso en marcha el auto para iniciar el recorrido de los cuarenta kilómetros que separaban Viña del Mar de la casa de campo en Olmué, le pregunté qué más había pasado.


  • Estás curioso bebé.
  • Sí papi, porque no me habías contado nunca eso
  • Porque no sabía que lo sabía… o sea, lo había olvidado.
  • Entonces tu amigo le estaba chupando el pene al tío Andrés.
  • ¿Y qué edad tenía el tío?
  • Bueno debe haber tenido unos quince o dieciséis años, porque es ocho años mayor que yo.  La cosa es que mi amigo Ramiro estaba de rodillas, como un perrito y le chupaba el pene a tu tío que estaba sentado en una banqueta donde mi mamá se sentaba a leer o a tejer. Yo estaba muy asustado, pensé en irme, o en hacer ruido para interrumpirlos, entonces me decidí a tocar la puerta de la oficina de tu abuelo. Y justo antes de golpear, Andrés puso la mano en la cara de Ramiro y la llevó hacia la de él y lo besó. Guau! no puedo creer que me esté acordando de todo esto ahora.


Papá parecía entusiasmado, asustado y ansioso, al parecer estaba reviviendo esa situación y las emociones que sintió, yo por mi parte estaba muy intrigado, quería saber todo, no solo yo, también mi penecito que se había vuelto a erectar, mientras papá conducía y me contaba este recuerdo, yo tenía mis manos en mi pequeño paquete haciendo presión porque estaba muy excitado.


  • ¿Y golpeaste la puerta para interrumpir el beso?
  • No, porque Andrés se puso de pie, Ramiro también para acomodarse de rodillas otra vez, pero ahora sobre la banqueta. Andrés se agachó atrás de Ramiro, pero antes le dio algunos golpes con su pene en los cachetes. Cuando se agacho, le abrió los cachetes y metió la cara entre ellos. Me acuerdo que gemían mucho, los dos, pero más tu tío. Ramiro se reía un poco, quizás le daba cosquillas. No pasó tanto rato y Andrés se paró y le puso el pene entre los cachetes de Ramiro. Lo agarró de las caderas y ví como el poto le quedó pegado a los pelos de tu tío, porque como tenía quince ya tenía muchos pelos y el pene muy grande. Cuando se separó me di cuenta que lo que había pasado era que le había metido el pene. Yo me asusté, pero tenía mi pene, que era chiquito, muy parado. Así como el tuyo ahora - Me dijo mirándome, riéndose y acercando su mano a mi paquete para sentir la erección de mi pequeño penecito
  • ¿Y qué pasó después?
  • No me acuerdo mucho, sí sé que lo cambió de posición, porque lo acostó en la banqueta, y le levantó las piernas, se las puso en su pecho y lo penetró así, ahí pude ver como le entraba toda. A veces se la sacaba y le golpeaba con su pene grande en las bolitas y en el penecito de Ramiro. Sí el mío era chico, el de Ramiro era mucho más chico. Me acuerdo que Ramiro le decía que estaba rico. Y ahí me di cuenta que no era la primera vez porque Andrés le dijo: “te la vai a tragar otra vez” y Ramiro asintió, entonces después de harto rato que lo estuvo penetrando, se la sacó, Ramiro se arrodilló, y Andrés de masturbó rápido sobre la cara de mi amigo. A veces paraba y le pegaba en la frente, en los labios, en las mejillas; hasta que soltó el semen y se lo puso en la boca y le decía “ábrela, ábrela”. Y Ramiro sólo obedecía y abría la boca, mientras mi hermano le echaba todo el semen adentro y mi amigo sacaba la lengua a la par que Andrés le decía “trágatela”, luego se acomodaron para salir y yo salí corriendo al jardín.


Mientras papá me contaba yo lo miraba atento, y mis ojos iban a su paquete que ya había reaccionado y podía verlo, pues el pene de papá es muy grande. Mientras papá me relataba que mi tío Andrés ponía las piernas del amiguito de papá en su pecho, pude ver como el pene de papá dio un salto en su paquete y desde ese momento mi mano se pegó a ese pedazo de carne, podía sentir el calor de su pene atravesando la tela del pantalón. El grosor era monstruoso, si el pene de papá ya era grande normalmente, la tela de su ropa interior y de los pantalones lo hacían parecer muchísimos más grande. Mi boca se hacía agua y desde un rato mi culito no dejaba de apretar y de soltar. Así, con la excitación y la hombría de papá en mi pequeña mano, y mi culito palpitante llegamos a la casa justo cuando papá apagó el motor del auto su confesión, por primera vez contada, llegaba a su fin.


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