Brooklyn

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PRIMERA PARTE

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PRIMERA PARTE

Sentada junto a la ventana en el salón del piso superior de su casa, en Friary Street, Eilis Lacey vio a su hermana Rose volver del trabajo con paso enérgico. La observó mientras cruzaba la calle, del sol a la sombra, con el nuevo bolso de piel que se había comprado en las rebajas de Clery’s, en Dublín. Llevaba una rebeca color crema sobre los hombros. Los palos de golf estaban en la entrada; en pocos minutos, Eilis lo sabía, alguien iría a buscarla y Rose no volvería hasta que aquella tarde de verano se hubiera apagado.

Las clases de contabilidad de Eilis casi habían finalizado; en el regazo tenía un manual de sistemas contables y en la mesa que estaba tras ella había un libro mayor en el que había introducido, en las columnas de debe y haber, como parte de sus deberes, las operaciones diarias de una empresa de la que había anotado todos los datos la semana anterior en la escuela de formación profesional.

En cuanto oyó abrirse la puerta principal, fue al piso de abajo. Rose, en la entrada, sostenía su espejito de bolsillo y se observaba atentamente mientras se aplicaba pintalabios y maquillaje de ojos. Después contempló su aspecto en el gran espejo del recibidor y se retocó el cabello. Eilis observó en silencio a su hermana mientras esta se humedecía los labios y volvía a mirarse en el espejito de bolsillo antes de guardarlo.

Su madre salió de la cocina.

—Estás preciosa, Rose —dijo—. Serás la más guapa del club de golf.

—Estoy muerta de hambre —contestó Rose—, pero no tengo tiempo de comer.

—Te prepararé un té más tarde —dijo su madre—. Eilis y yo lo vamos a tomar ahora.

Rose revolvió en su bolso y sacó el monedero. Lo abrió y dejó una moneda de un chelín sobre el perchero de la entrada.

—Por si quieres ir al cine —le dijo a Eilis.

—¿Y yo qué? —preguntó su madre.

—Eilis ya te contará la historia cuando vuelva a casa —replicó Rose.

—¡Muy bonito por tu parte! —dijo su madre.

Las tres se echaron a reír. Un coche se detuvo fuera y se oyó una bocina. Rose cogió los palos de golf y se fue.

Más tarde, mientras la madre lavaba la vajilla y Eilis la secaba, llamaron a la puerta. Al abrir, Eilis se encontró a una chica que reconoció era de Kelly’s, la tienda de comestibles que había junto a la catedral.

—La señorita Kelly me ha enviado para darle un recado —dijo la chica—. Quiere verla.

—¿Ah, sí? —preguntó Eilis—. ¿Y ha dicho para qué?

—No. Tiene que ir allí esta noche.

—¿Por qué quiere verme?

—Dios mío, no lo sé, señorita. No se lo he preguntado. ¿Quiere que vaya a preguntárselo?

—No, da igual. Pero ¿estás segura de que el recado es para mí?

—Sí, señorita. Dice que tiene que ir a verla.

Como había decidido ir al cine otro día y estaba cansada del libro mayor, Eilis se cambió de ropa, se puso una rebeca y salió de casa. Recorrió Friary Street y Rafter Street hasta llegar a Market Square y después subió por la cuesta en dirección a la catedral. La tienda de la señorita Kelly estaba cerrada, así que llamó a la puerta lateral que llevaba al piso superior, en el que Eilis sabía que residía la propietaria. Abrió la puerta la misma joven que había ido a su casa, y le dijo que esperara en el vestíbulo.

Eilis oyó voces y movimiento en el piso de arriba, y poco después la chica volvió y le dijo que la señorita no tardaría en bajar.

Eilis conocía de vista a la señorita Kelly, pero su madre no compraba en su tienda porque era demasiado cara. Creía que tampoco le caía bien, aunque no se le ocurría cuál podía ser la razón. Se decía que la señorita Kelly vendía el mejor jamón de la ciudad y la mejor mantequilla natural, y los productos más frescos, incluida la crema de nata, pero Eilis no recordaba haber entrado nunca en su tienda, tan solo haber mirado dentro al pasar por delante y ver a la dueña en el mostrador.

La señorita Kelly bajó lentamente las escaleras y al llegar al vestíbulo encendió la luz.

—Bueno —dijo, y lo repitió como si fuera un saludo. No sonrió.

Eilis iba a decirle que habían mandado a buscarla y a preguntarle educadamente si llegaba en un buen momento, pero al ver la forma en que la señorita Kelly la miraba de arriba abajo decidió no decir nada. La actitud de la señorita Kelly la indujo a preguntarse si alguien la había ofendido y ella la habría confundido con aquella persona.

—Así que aquí estás —dijo la señorita Kelly.

Eilis vio varios paraguas negros apoyados en el perchero.

—He oído decir que no tienes trabajo pero sí muy buena cabeza para los números.

—¿De verdad?

—Oh, toda la ciudad, todos los que son alguien, vienen a mi tienda, y yo lo oigo todo.

Eilis se preguntó si aquello era una referencia al hecho de que su madre compraba siempre en otra tienda, pero no estaba segura. Las gruesas gafas de la señorita Kelly hacían difícil interpretar la expresión de su rostro.

—Y estamos hasta arriba de trabajo todos los domingos. Lógico, no hay nada más abierto. Viene gente de toda clase, buena, mala y corriente. Y, por norma, abro después de la misa de siete, y desde que acaba la misa de nueve hasta la misa de once esto está abarrotado, no cabe ni un alfiler en la tienda. Mary me ayuda, pero es muy lenta, en el mejor de los casos, así que estoy buscando a alguien espabilado, alguien que conozca a la gente y sea capaz de dar bien la vuelta. Pero solo los domingos, cuidado. El resto de la semana podemos arreglárnoslas solas. Y te han recomendado. He pedido informes sobre ti y serían siete con seis a la semana, eso podría ayudar un poco a tu madre.

La señorita Kelly hablaba, pensó Eilis, como si estuviera describiendo un desaire que le hubieran hecho, apretando los labios con fuerza entre frase y frase.

—Ya no tengo nada más que decir. Puedes empezar el domingo, pero ven mañana a aprenderte todos los precios y para que te enseñemos a usar la balanza y la cortadora. Tendrás que recogerte el pelo y comprarte una buena bata de trabajo en Dan Bolger’s o en Burke O’Leary’s.

Eilis ya estaba memorizando aquella conversación para repetírsela a su madre y a Rose; deseó que se le ocurriera algo inteligente que decirle a la señorita Kelly sin ser abiertamente maleducada. Sin embargo, se quedó en silencio.

—¿Y bien? —preguntó la señorita Kelly.

Eilis se dio cuenta de que no podía rechazar la oferta. Era mejor que nada y, de momento, no tenía otra cosa.

—Oh, sí, señorita Kelly —dijo—. Empezaré cuando usted quiera.

—El domingo puedes ir a misa de siete. Es lo que hacemos nosotras, y abrimos después.

—Muy bien —dijo Eilis.

—Pues entonces ven mañana. Si estoy ocupada te mandaré a casa, o puedes llenar paquetes de azúcar mientras esperas. Pero si no estoy ocupada, te enseñaré cómo funciona todo.

—Gracias, señorita Kelly —dijo Eilis.

—A tu madre le complacerá que tengas algo. Y a tu hermana —dijo la señorita Kelly—. He oído decir que es muy buena jugando al golf. Y ahora ve a casa como una buena chica. Tú sola encontrarás la salida.

La señorita Kelly dio media vuelta y empezó a subir despacio las escaleras. Eilis se dirigió a su casa sabiendo que su madre se alegraría de que hubiera encontrado una forma de ganar dinero y que Rose pensaría que trabajar tras el mostrador de una tienda de comestibles no era lo bastante bueno para ella. Se preguntó si su hermana se lo diría directamente.

Por el camino se detuvo en casa de su mejor amiga, Nancy Byrne, y allí encontró también a una amiga común, Annette O’Brien. En la planta baja de la casa de los Byrne solo había una habitación que servía de cocina, comedor y salón, y era evidente que Nancy tenía ciertas novedades que contar, algo que daba la impresión de que Annette ya sabía. Nancy aprovechó la llegada de Eilis como excusa para salir a dar un paseo y poder hablar a solas.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Eilis una vez en la calle.

—No digas nada hasta que estemos a un kilómetro de esta casa —dijo Nancy—. Mamá sabe que hay algo, pero no se lo pienso contar.

Bajaron por Friary Hill, cruzaron Mill Park Road hasta el río y luego recorrieron el paseo en dirección a Ringwood.

—Salió con George Sheridan —dijo Annette.

—¿Cuándo? —preguntó Eilis.

—El domingo por la noche, en el baile del Athenaeum —dijo Nancy.

—Creía que no ibas a ir.

—Primero no y después sí.

—Bailó con él toda la noche —dijo Annette.

—No, solo los últimos cuatro bailes, y después me acompañó a casa. Pero todo el mundo lo vio. Me sorprende que no te hayas enterado.

—¿Y vas a volver a verle?

—No lo sé —suspiró Nancy—. Puede que solo lo vea en la calle. Ayer pasó en coche por mi lado y tocó la bocina. Si hubiera habido alguna chica más en el baile, me refiero a una de su categoría, habría bailado con ella. Pero no había ninguna. Estaba con Jim Farrell, que se limitó a quedarse allí plantado, mirándonos.

—Si su madre lo descubre, no sé qué dirá —dijo Annette—. Es una mujer horrible. Detesto ir a esa tienda cuando George no está. Mi madre me envió una vez a comprar dos lonchas de beicon y esa vieja me dijo que ella no vendía lonchas a pares.

Entonces Eilis les contó que le habían ofrecido un trabajo de dependienta los domingos en la tienda de la señorita Kelly.

—Espero que le hayas dicho lo que podía hacer con él —dijo Nancy.

—Le he dicho que aceptaba. No pierdo nada. Y significa que podré ir al Athenaeum con vosotras y pagar con mi dinero, y que podré evitar que se aprovechen de vosotras.

—No pasó nada de eso —dijo Nancy—. Fue muy amable.

—¿Vas a volver a verlo? —volvió a preguntar Eilis.

—¿Me acompañarás el domingo por la noche? —le preguntó Nancy a su vez—. Puede que él ni siquiera vaya, pero Annette no puede ir, y yo necesitaré apoyo en caso de que esté y no me invite a bailar o ni siquiera me mire.

—Quizá esté demasiado cansada después de trabajar para la señorita Kelly.

—Pero ¿irás?

—Hace siglos que no voy por allí —dijo Eilis—. Detesto a esos tipos de campo, y los de ciudad son peores. Van medio borrachos y solo buscan llevarte a Tan Yard Lane.

—George no es así —dijo Nancy.

—Es demasiado engreído para acercarse siquiera a Tan Yard Lane —dijo Annette.

—Podemos preguntarle si contempla la posibilidad de vender las lonchas a pares en el futuro —dijo Eilis.

—No le digas nada —dijo Nancy—. ¿De verdad vas a trabajar para la señorita Kelly? Ya tenemos quien corte lonchas.

Durante los dos días siguientes, la señorita Kelly repasó con Eilis todos los productos de la tienda. Cuando Eilis le pidió una hoja de papel para anotar las diferentes clases de té y los tamaños de los paquetes, la señorita Kelly le contestó que apuntar las cosas solo les haría perder tiempo; que era mejor memorizarlo. Los cigarrillos, la mantequilla, el té, el pan, las botellas de leche, los paquetes de galletas, el jamón cocido y la carne en conserva eran, con diferencia, los productos más populares de los domingos, dijo, y después seguían las sardinas y el salmón en lata, los tarros de mandarinas, peras y macedonia, las latas de pasta de pollo y jamón, la crema para untar bocadillos y la salsa para ensalada. Le enseñó cada artículo antes de decirle el precio. Cuando creyó que Eilis se los había aprendido, pasó a otros productos, como los cartones de nata fresca, las botellas de limonada, los tomates, las lechugas, la fruta fresca y las barras de helado.

—Hay gente que viene los domingos a comprar cosas que, con perdón, debería haber comprado entre semana. No hay nada que hacer. —La señorita Kelly apretó los labios con desaprobación mientras enumeraba el jabón, el champú, el papel higiénico y la pasta de dientes y le iba diciendo los precios.

Algunas personas, añadió, incluso compraban azúcar el domingo, o sal, o pimienta, pero no muchas. Y las había también que querían melaza, bicarbonato sódico o harina, pero la mayoría de esos productos se vendían el sábado.

Siempre había niños, siguió la señorita Kelly, que querían barritas de chocolate o caramelo, o bolsitas de polvos efervescentes o gominolas, y hombres que querían cigarrillos sueltos y cerillas, pero Mary se ocuparía de ellos porque no se le daba bien recordar pedidos largos ni precios y a menudo, continuó, más que una ayuda era un estorbo cuando había mucha gente en la tienda.

—No puedo evitar que se quede mirando a la gente con cara de boba sin motivo alguno. Incluso a algunos de los clientes habituales.

Eilis vio que la tienda estaba bien surtida. Tenía muchas clases de té, algunas de ellas muy caras, y todas a precios más altos que en la tienda de comestibles Haye’s, en Friary Street, o L&N en Rafter Street, o Sheridan’s en Market Square.

—Tendrás que aprender a empaquetar el azúcar y a envolver el pan —dijo la señorita Kelly—. Ah, esa es una de las cosas que Mary hace bien, gracias a Dios.

Durante los días que estuvo haciendo prácticas, a medida que los clientes entraban en la tienda, Eilis se dio cuenta de que la señorita Kelly mostraba diferentes actitudes. A veces no decía absolutamente nada y se limitaba a apretar las mandíbulas y a quedarse tras el mostrador, sugiriendo con su postura que desaprobaba la presencia de aquel cliente en su tienda, y su impaciencia por que dicho cliente se fuera. A otros les sonreía con sequedad y los observaba con sombría contención, cogiendo su dinero como si les estuviera haciendo un inmenso favor. Después había clientes a los que recibía calurosamente y por su nombre; muchos de ellos tenían cuenta en su tienda y por lo tanto no había intercambio de dinero, pero se anotaban las cantidades en un libro mayor al tiempo que ella hacía preguntas sobre la salud, comentarios sobre el tiempo y observaciones acerca de la calidad del jamón o las lonchas de beicon o las variedades de pan que había en el mostrador, desde el pan de hogaza hasta el pan con pato o el pan de pasas.

—Intento enseñar a esta jovencita —le dijo a una clienta a la que parecía valorar más que a los demás, una mujer con la permanente recién hecha a quien Eilis no había visto nunca—. Intento enseñarle y espero que tenga algo más que voluntad, porque Mary, Dios la bendiga, tiene voluntad, pero eso no sirve, no sirve de nada. Espero que sea rápida, espabilada y fiable; pero hoy en día eso no se consigue con cariño o dinero.

Eilis miró a Mary, que estaba inquieta junto a la caja registradora, escuchando atentamente.

—Pero de todo hay en la viña del Señor —dijo la señorita Kelly.

—Oh, tiene usted razón, señorita Kelly —dijo la mujer de la permanente mientras llenaba su bolsa de redecilla con comestibles—. Y no tiene sentido quejarse, ¿verdad? ¿Acaso no necesitamos gente para barrer las calles?

El sábado, con dinero prestado de su madre, Eilis compró una bata de trabajo de color verde oscuro en Dan Bolger’s. Por la noche pidió a su madre el despertador. Tenía que levantarse a las seis de la mañana.

Dado que Jack, el hermano que iba antes que ella, había seguido los pasos de sus dos hermanos mayores y se había ido a Birmingham, Eilis se había trasladado a la habitación de los chicos, dejando todo el dormitorio para Rose; su madre lo ordenaba y limpiaba cuidadosamente cada mañana. Como la pensión que recibía la madre era pequeña, dependían de Rose, que trabajaba en las oficinas de Davis’ Mills; su sueldo pagaba la mayor parte de los gastos. El dinero para los extras lo mandaban los chicos desde Inglaterra. Rose iba a las rebajas a Dublín dos veces al año; cada enero volvía con un abrigo y un traje y cada agosto con un vestido y rebecas, faldas y blusas, que elegía porque creía que no pasarían de moda, y que después se guardaban hasta el año siguiente. La mayoría de las amigas de Rose eran ahora mujeres casadas, a menudo mujeres maduras con hijos ya crecidos, o esposas cuyos maridos trabajaban en el banco y tenían tiempo para jugar al golf las tardes de verano o en partidos dobles los fines de semana.

A sus treinta años, pensaba Eilis, Rose estaba más elegante cada año, y, aunque había tenido varios novios, seguía soltera; a menudo comentaba que su vida era mucho mejor que la de la mayoría de sus antiguas compañeras de clase, a quienes veía por la calle empujando cochecitos de bebé. Eilis estaba orgullosa de su hermana, de lo mucho que cuidaba su aspecto y de la gran cautela que tenía con respecto a las personas con las que se relacionaba en la ciudad y en el club de golf. Sabía que Rose había intentado encontrarle trabajo en una oficina, y le pagaba los libros ahora que estaba estudiando contabilidad, pero también sabía que, al menos de momento, no había trabajo para nadie en Enniscorthy, por muy preparado que se estuviera.

Eilis no le dijo nada a su hermana de la oferta de trabajo de la señorita Kelly. En cambio, como continuaba las prácticas, memorizaba cada detalle para contárselo después a su madre, que se reía y le hacía repetir algunas anécdotas.

—Esa señorita Kelly —dijo su madre— es tan mala como su madre. Una persona que trabajó allí me comentó que esa mujer era el mismo diablo. Y antes de casarse solo era una criada en Roche’s. Y antes Kelly’s era una pensión además de una tienda, y si trabajabas para ella, o incluso si te hospedabas allí o comprabas en la tienda, era el diablo en persona. A no ser, claro, que tuvieras mucho dinero o fueras miembro del clero.

—Solo estaré allí hasta que me salga algo mejor —dijo Eilis.

—Es lo que le he dicho a Rose cuando se lo he contado —replicó su madre—. No le hagas caso si te dice algo.

Sin embargo, Rose no hizo comentario alguno con respecto al trabajo de Eilis para la señorita Kelly. Lo que hizo fue regalarle una rebeca color amarillo pálido que apenas se había puesto, insistiendo en que aquel color no le sentaba bien y que a Eilis le quedaría mejor. También le dio un pintalabios. El sábado por la noche salió hasta tarde, por lo que no vio que Eilis se acostó pronto, a pesar de que Nancy y Annette iban al cine, para estar fresca su primer domingo de trabajo en la tienda de la señorita Kelly.

Eilis solo había ido una vez a misa de siete, años atrás fue una mañana de Navidad, cuando su padre vivía y los chicos todavía estaban en casa. Recordaba que ella y su madre habían salido de casa de puntillas antes de que los demás se hubieran despertado siquiera, tras dejar los regalos bajo el árbol en el salón de arriba, y habían vuelto justo después de que los chicos, Rose y su padre se levantaran y empezaran a abrir los paquetes. Recordaba la oscuridad, el frío y la belleza de la ciudad vacía. Ahora, tras salir de casa en cuanto sonó la campanada de llamada de las siete menos veinte, con su bata de trabajo en una bolsa y el pelo recogido en una cola de caballo, recorrió las calles hasta la catedral segura de tener tiempo suficiente.

Recordó que aquella mañana de Navidad, años atrás, casi todos los asientos de la nave central de la catedral estaban ocupados. Las mujeres con una larga mañana en la cocina por delante querían empezar pronto. Pero ahora casi no había nadie. Miró a su alrededor buscando a la señorita Kelly, pero no la vio hasta la comunión; entonces se dio cuenta de que había estado sentada frente a ella todo el rato. La observó mientras recorría el pasillo central con las manos juntas y la mirada baja, seguida de Mary, que llevaba una mantilla negra. Ambas debían de estar en ayunas, pensó, al igual que ella, y se preguntó cuándo desayunarían.

Acabada la misa, Eilis decidió no esperar a la señorita Kelly a la salida de la catedral. Estuvo un rato junto al quiosco mientras desempaquetaban los fardos de periódicos y después esperó delante de la tienda a que llegaran. La señorita Kelly no la saludó ni sonrió al llegar, sino que se dirigió bruscamente a la puerta lateral y les ordenó, a ella y a Mary, que esperaran fuera. Mientras la señorita Kelly abría la puerta principal de la tienda y encendía las luces, Mary fue a la parte trasera y empezó a llevar barras de pan al mostrador. Eilis observó que era el pan del día anterior; los domingos no llevaban pan fresco. Se quedó mirando mientras la señorita Kelly desplegaba una larga y pegajosa tira de papel atrapamoscas de color amarillo y le decía a Mary que se subiera al mostrador, la pegara al techo y retirara la vieja, que estaba repleta de moscas muertas.

—A nadie le gustan las moscas —dijo la señorita Kelly—, en especial los domingos.

Pronto entraron dos o tres personas a comprar cigarrillos. A pesar de que Eilis ya se había puesto la bata de trabajo, la señorita Kelly ordenó a Mary que las atendiera. Cuando los clientes se fueron, la señorita Kelly le dijo a Mary que subiera a preparar té; luego se lo llevó al quiosquero a cambio de lo que Eilis supo que era un ejemplar gratis del Sunday Press, que la señorita Kelly dobló y puso a un lado. Eilis se dio cuenta de que ni la señorita Kelly ni Mary tenían nada para comer o beber. La señorita Kelly la hizo pasar a un cuarto trasero.

—Este pan —dijo, señalando la mesa— es el más fresco. Llegó ayer por la tarde directamente desde Stafford’s, pero solo es para los clientes especiales. Así que no lo toques bajo ningún concepto. Para la mayoría de la gente, el otro pan ya está bien. Y no tenemos tomates. Los que hay allí no son para nadie salvo que yo dé instrucciones precisas.

Tras la misa de nueve empezaron a llegar las primeras personas. La gente que quería cigarrillos y dulces parecía saber que debía dirigirse a Mary. La señorita Kelly se quedó detrás, su atención dividida entre Eilis y la puerta. Comprobaba todos los precios que Eilis anotaba, la informaba de los precios enérgicamente cuando no los recordaba, anotaba y sumaba las cifras ella misma después de que Eilis lo hubiera hecho, y no le dejaba dar la vuelta a los clientes hasta que le enseñaba a ella lo que le habían dado para pagar. Al mismo tiempo, saludaba a determinados clientes llamándolos por su nombre, los hacía pasar al mostrador e insistía en que Eilis dejara lo que estuviera haciendo para atenderlos.

—Oh, señora Prendergast —dijo—, la chica nueva la atenderá y Mary se lo llevará todo al coche.

—Tengo que acabar esto —contestó Eilis, a quien solo le faltaban unos artículos para completar otro pedido.

—Oh, lo hará Mary —replicó la señorita Kelly.

En ese momento había cinco personas ante el mostrador.

—Ahora me toca a mí —exclamó un hombre cuando la señorita Kelly volvió al mostrador con más pan.

—Estamos muy ocupadas, tendrá que esperar su turno.

—Pero ahora iba yo —dijo el hombre— y ha servido antes a esa mujer.

—¿Y qué es lo que quiere?

El hombre tenía una lista de productos en la mano.

—Ahora le atenderá Eilis —dijo la señorita Kelly—, cuando haya acabado con la señora Murphy.

—También estaba antes que ella —dijo el hombre.

—Me temo que está equivocado —replicó la señorita Kelly—. Eilis, date prisa, este señor está esperando. Nadie dispone de todo el día, así que él es el siguiente, después de la señora Murphy. ¿A cuánto has cobrado este té?

Siguió así hasta casi la una. No hubo pausas ni nada para comer o beber, y Eilis tenía muchísima hambre. No habían atendido a nadie en orden. La señorita Kelly informó a algunos de sus clientes, incluidos dos que saludaron a Eilis con familiaridad porque eran amigos de Rose, de que tenía unos maravillosos tomates frescos. Los pesó ella misma, aparentemente impresionada porque Eilis los conociera, pero a otros clientes, sin embargo, les dijo con firmeza que aquel día no tenía ni un solo tomate. Para los clientes privilegiados sacaba abiertamente, casi con orgullo, pan tierno. Eilis se dio cuenta de que el problema radicaba en que no había otra tienda en la ciudad tan bien surtida como la de la señorita Kelly ni que abriera en domingo. Pero también tuvo la impresión de que la gente iba allí por costumbre y que no le importaba esperar, que les divertía sentirse apretujados en la aglomeración.

Aunque no tenía intención de mencionar su nuevo trabajo en la tienda de la señorita Kelly mientras comían, a no ser que Rose sacara primero el tema, Eilis no pudo contenerse y, en cuanto se sentaron a la mesa, empezó a contar cómo le había ido la mañana.

—Una vez fui a esa tienda —dijo Rose— cuando volvía a casa al salir de misa, y la señorita Kelly atendió a Mary Delahunt delante de mí. Me di la vuelta y me fui. Y olía a algo. No sabría decir a qué. Tiene una pequeña esclava, ¿verdad? La sacó de un convento.

—Su padre era un buen hombre —dijo la madre—, pero no tuvo la menor oportunidad porque su madre era, como te dije, Eilis, el diablo en persona. Oí decir que una vez que una de sus criadas se quemó, ni siquiera la dejó ir al médico. Ella puso a trabajar a Nelly en la tienda en cuanto empezó a caminar. Nunca ha visto la luz del sol, eso es lo que le pasa.

—¿Nelly Kelly? —preguntó Rose—. ¿Ese es realmente su nombre?

—En la escuela la llamaban de otra manera.

—¿Cómo?

—Todos la llamaban Ortigas Kelly. Las monjas no podían impedírnoslo. Me acuerdo bien de ella; iba uno o dos cursos detrás de mí. Cuando volvía del convento de la Misericordia siempre tenía cinco o seis chicas detrás que la seguían gritándole «Ortigas». No es de extrañar que esté tan loca.

Se hizo un silencio mientras Rose y Eilis asimilaban el comentario.

—No sé si reír o llorar —dijo Rose.

Durante la comida, Eilis descubrió que su forma de imitar la voz de la señorita Kelly hacía reír a su hermana y a su madre. Se preguntó si ella sería la única que recordaba que Jack, su hermano pequeño, solía imitar el sermón de los domingos, a los comentaristas de deportes, los profesores de la escuela y muchos personajes de la ciudad, y que también entonces se reían. No sabía si su madre y Rose se habían dado cuenta también de que era la primera vez que se reían en aquella mesa desde que Jack había seguido a sus hermanos a Birmingham. Le hubiera encantado decir algo sobre él, pero sabía que eso entristecería mucho a su madre. Cuando llegaba una carta suya, se la pasaban en silencio. Así que siguió burlándose de la señorita Kelly, y no paró hasta que pasaron a recoger a Rose para ir a jugar al golf y su madre y ella quitaron la mesa y lavaron los platos.

Aquella noche, a las nueve, Eilis fue a casa de Nancy Byrne consciente de que no se había esmerado lo bastante en arreglarse. Se había lavado el pelo y llevaba un vestido de verano, pero pensó que tenía un aspecto anticuado y estaba resignada a la idea de volver a casa sola si Nancy bailaba más de una vez con George Sheridan. Se alegraba de que Rose no la hubiera visto antes de salir porque la habría obligado a peinarse mejor, a ponerse algo de maquillaje y, en líneas generales, a intentar estar más elegante.

—Bien, la norma es —dijo Nancy— que ni siquiera miraremos a George Sheridan, y puede que venga con todo su grupo del club de rugby o que ni siquiera aparezca. Los domingos por la noche suelen ir a Courtown. Por lo tanto, nosotras estaremos absortas en nuestra conversación. No bailaré con nadie, por si viene y me ve. Si se acerca alguien para invitarnos a bailar, nos levantamos y vamos al aseo de señoras.

Era evidente que Nancy, ayudada por su hermana y su madre, con quienes finalmente había compartido la noticia de que el domingo anterior había bailado con George Sheridan, se había dedicado muy en serio a su aspecto. Había ido a la peluquería el día anterior. Llevaba un vestido azul que Eilis solo le había visto una vez y ahora se estaba maquillando frente al espejo del lavabo, mientras su madre y su hermana entraban y salían obsequiándola con consejos, comentarios y admiración.

Caminaron en silencio por Friary Street hasta Church Street, después por Castle Street hasta el Athenaeum, y finalmente subieron las escaleras del salón. A Eilis no le sorprendió que Nancy estuviera tan nerviosa. Un año antes su novio la había dejado de mala manera; apareció una noche con otra chica en aquel mismo salón y pasó toda la velada con ella, sin darse por enterado de la existencia de Nancy, mientras ella estaba sentada mirando. Más tarde se había ido a Inglaterra y había vuelto una sola vez, en un viaje breve para casarse con la chica de aquella noche. No era solo que George Sheridan fuera apuesto y tuviera coche, sino que además dirigía un próspero negocio en Market Square; un negocio que heredaría íntegramente a la muerte de su madre. Para Nancy, que trabajaba tras el mostrador en Buttle’s Barley-Fed Bacon, salir con George Sheridan era un sueño del que no deseaba despertar, pensó Eilis mientras ambas miraban a su alrededor simulando que no buscaban a nadie en particular.

Había varias parejas bailando y algunos hombres de pie junto a la puerta.

—Parece que están en una feria de ganado —dijo Nancy—. Y, Dios mío, cómo detesto la gomina en el pelo.

—Si alguno de ellos se acerca, yo me levanto inmediatamente —dijo Eilis— y tú le dices que tienes que acompañarme al guardarropa.

—Deberíamos llevar gafas gruesas y tener dientes de conejo y habernos dejado el pelo grasiento —dijo Nancy.

El salón se fue llenando, pero ni rastro de George Sheridan. Y aunque los hombres fueron cruzando la sala para invitar a bailar a las mujeres, nadie se acercó a Nancy ni a Eilis.

—Cogeremos fama de quedarnos comiendo pavo —dijo Nancy.

—Podrían llamarnos algo peor —contestó Eilis.

—Oh, sí. Podrían llamarnos el autobús de Courtnacuddy —replicó Nancy.

Aun después de que dejaran de reír y tras dar una vuelta para echar un vistazo por el salón, una de ellas empezaba de nuevo y hacía reír a la otra.

—Debemos de parecer locas —dijo Eilis.

Pero Nancy, a su lado, se había puesto seria de repente. Eilis miró hacia la barra en la que vendían refrescos y vio que George Sheridan, Jim Farrell y un grupo de amigos suyos del club de rugby habían llegado acompañados de varias chicas. El padre de Jim Farrell era el propietario de un bar en Rafter Street.

—Ya está —susurró Nancy—. Me voy a casa.

—Espera, no lo hagas —dijo Eilis—. Cuando acabe este baile iremos al aseo y después decidiremos qué hacemos.

Esperaron y después cruzaron el salón, ahora sin bailarines; Eilis supuso que George Sheridan las habría visto. En el servicio de señoras, le dijo a Nancy que se limitarían a esperar y que saldrían cuando el siguiente baile hubiera empezado. Así lo hicieron y al salir Eilis echó una ojeada hacia el lugar en el que habían visto a George Sheridan y sus amigos, su mirada se cruzó con la de él. Cuando buscaban dónde sentarse, el rostro de Nancy se sonrojó intensamente; era como si las monjas la hubieran echado de clase. Se quedaron sentadas sin hablar mientras el baile continuaba. Todo lo que a Eilis se le ocurría decir era ridículo, así que no dijo nada, pero era consciente de que ambas debían de ofrecer una triste imagen a quien las estuviera observando. Decidió que si Nancy hacía la más leve sugerencia de marcharse tras aquel baile, ella accedería de inmediato. De hecho, anhelaba estar ya fuera de allí; sabía que más adelante encontrarían la forma de reírse de aquello.

Sin embargo, al final del baile, George cruzó el salón, antes de que la música empezara a sonar de nuevo e invitó a Nancy a bailar. Sonrió a Eilis mientras Nancy se levantaba y Eilis le devolvió la sonrisa. Empezaron a bailar; George charlaba relajado; Nancy parecía esforzarse por parecer vivaz. Eilis apartó la mirada para que su amiga no se sintiera incómoda y después bajó la vista, esperando que nadie la invitara a bailar. Si al acabar el baile George le pedía a Nancy el siguiente, pensó, sería más fácil escabullirse discretamente y volver a casa.

Sin embargo, George y Nancy fueron hacia Eilis y le dijeron que iban a la barra a tomar una limonada, y que a George le gustaría invitarla a ella también. Eilis se levantó y cruzó el salón con ellos. Jim Farrell estaba en la barra guardando sitio para George. Junto a él estaban algunos de sus amigos; Eilis conocía a un par de ellos por el nombre, y al resto, de vista. Cuando se estaban acercando, Jim Farrell se volvió y apoyó el codo en la barra. Miró a Nancy y a Eilis de arriba abajo sin saludar ni hablar y después se apartó ligeramente y le dijo algo a George.

La música empezó a sonar de nuevo y algunos de sus amigos salieron a la pista de baile, pero Jim Farrell no se movió. Mientras alargaba a Eilis y a Nancy los vasos rebosantes de limonada, George las presentó formalmente a Jim Farrell, que las saludó con un breve gesto de cabeza pero no les tendió la mano. George dio unos sorbitos a su limonada con aire desconcertado. Le dijo algo a Nancy y ella contestó. Después dio otro sorbo. Eilis se preguntó qué haría a continuación; era evidente que a su amigo no le caían bien ni Nancy ni ella, y que no tenía intención de entablar conversación. Deseó que no la hubieran invitado a acercarse a la barra. Dio un sorbo a la bebida y bajó la vista. Al levantarla, vio que Jim Farrell estaba examinando a Nancy con frialdad; después, al darse cuenta de que Eilis le estaba observando, cambió de postura y se volvió hacia ella con rostro inexpresivo. Eilis vio que llevaba una cara chaqueta deportiva, camisa y corbata.

George dejó el vaso en la barra, se dirigió a Nancy y la invitó a bailar, al tiempo que hacía un gesto a Jim, como sugiriéndole que debía hacer lo mismo. Nancy sonrió a George y después a Eilis y a Jim, dejó el vaso y se encaminó a la pista de baile con George. Parecía aliviada y feliz. Eilis miró a su alrededor y se dio cuenta de que ella y Jim Farrell estaban solos en la barra y que no había espacio en el lado del salón destinado a las señoras. Salvo que fuera de nuevo al aseo o se marchara a casa, estaba atrapada. Durante un instante, pareció que Jim Farrell se inclinaba para invitarla a bailar. Como sentía que no tenía otra opción, estaba dispuesta a aceptar; no quería ser maleducada con el amigo de George. Justo cuando iba a aceptar, Jim Farrell pareció pensarlo mejor, retrocedió y miró a su alrededor casi con arrogancia, ignorándola. No volvió a mirarla, y al terminar el baile Eilis fue a buscar a Nancy y le dijo bajito que se marchaba. Estrechó la mano a George, se excusó diciendo que estaba cansada y después salió del salón con toda la dignidad de la que fue capaz.

Al día siguiente, durante el té, les contó la historia a su madre y a Rose. La noticia de que Nancy hubiera bailado dos domingos seguidos con George Sheridan despertó su interés al principio, pero se animaron mucho más cuando les habló de la rudeza de Jim Farrell.

—No vuelvas a acercarte a ese Athenaeum —dijo Rose.

—Vuestro padre conocía bien a su padre —dijo su madre—. Hace años. Fueron juntos a las carreras algunas veces. Y de vez en cuando vuestro padre iba al bar de los Farrell. Está muy bien. Y su madre es una mujer muy agradable, es una Duggan de Glenbrien. El club de rugby lo debe de haber vuelto así; será triste para sus padres tener un fanfarrón por hijo, porque es hijo único.

—Habla como un fanfarrón y tiene aspecto de fanfarrón —dijo Rose.

—Bueno, sea como fuere, anoche estaba de malhumor —replicó Eilis—. Es lo único que puedo decir. Supongo que pensaba que George debería bailar con alguien de más categoría que Nancy.

—No es excusa —contestó la madre—. Nancy Byrne es una de las chicas más bonitas de la ciudad. George será muy afortunado si la consigue.

—Me pregunto si su madre estaría de acuerdo —dijo Rose.

—Algunos tenderos de esta ciudad —dijo la madre—, especialmente los que compran barato y venden caro, poseen tan solo unos metros de mostrador y tienen que estar allí sentados todo el día esperando clientes. No sé por qué se tienen en tan alto concepto.

Aunque la señorita Kelly solo pagaba a Eilis seis con siete peniques a la semana por trabajar los domingos, enviaba a Mary a buscarla también en otras ocasiones: cuando quiso ir a la peluquería sin cerrar la tienda y cuando les pidió que sacaran todas las latas de los estantes, les quitaran el polvo y las volvieran a colocar en su sitio. En esas ocasiones la señorita Kelly le pagaba dos chelines pero la tenía allí durante horas, y se quejaba de Mary siempre que podía. En cada ocasión, al irse, le daba además una barra de pan, que Eilis sabía que estaba duro, para su madre.

—Debe de pensar que estamos en la miseria —dijo su madre—. ¿Qué se supone que vamos a hacer con una barra de pan duro? Rose se pondrá hecha una furia. La próxima vez que mande a buscarte, no vayas. Dile que estás ocupada.

—Pero no estoy ocupada.

—Ya aparecerá un trabajo como Dios manda. Rezo por ello todos los días.

La madre ralló el pan seco y preparó cerdo relleno. No le dijo a Rose de dónde procedía el pan rallado.

Un día mientras comían, Rose, que llegaba de la oficina a la una y volvía a irse a las dos menos cuarto, comentó que la tarde anterior había jugado al golf con un sacerdote, un tal padre Flood que, años atrás, cuando era joven, había conocido a su padre hacía ya años y a su madre, cuando esta era joven. Había venido desde América para pasar las vacaciones, su primera visita desde que estalló la guerra.

—¿Flood? —preguntó su madre—. Había un montón de Flood cerca de Monageer, pero no recuerdo que ninguno se hiciera sacerdote. No sé qué ha sido de ellos, ahora nunca se los ve por aquí.

—Está Murphy Floods —dijo Eilis.

—No son los mismos —replicó su madre.

—En fin —dijo Rose—, que cuando me dijo que le gustaría hacerte una visita le invité a tomar el té, y va a venir mañana.

—Oh, Dios mío —exclamó su madre—. ¿Qué le gustará tomar a un sacerdote norteamericano con el té? Tendré que comprar jamón dulce.

—La señorita Kelly tiene el mejor jamón dulce —dijo Eilis, riendo.

—Nadie le va a comprar nada a la señorita Kelly —replicó Rose—. El padre Flood comerá lo que le pongamos.

—¿Jamón dulce con tomate y lechuga irá bien? ¿O puede que rosbif? ¿O le gustaría una fritura?

—Cualquier cosa estará bien —dijo Rose—. Con un montón de pan negro y mantequilla.

—Tomaremos el té en el comedor y sacaremos la vajilla buena. Podría comprar un poco de salmón. ¿Le gustará?

—Es un hombre muy agradable —dijo Rose—. Se comerá lo que le pongas.

El padre Flood era alto; su acento era medio irlandés, medio americano. Nada de lo que dijo pudo convencer a la madre de Eilis de que le conocía o conocía a su familia. Su madre, dijo él, era una Rochford.

—No creo que la conociera —dijo la madre—. El único Rochford que conocíamos era el viejo Caracuchillo.

El padre Flood la miró, solemne.

—Caracuchillo era mi tío —dijo.

—¿De verdad? —inquirió la madre. Eilis notó que estaba al borde de la risa nerviosa.

—Aunque, naturalmente, nosotros no le llamábamos así —continuó el padre Flood—. Su verdadero nombre era Seamus.

—Bueno, era un hombre muy agradable —dijo la madre—. Qué malos éramos al llamarle así.

Rose sirvió más té mientras Eilis salía de la habitación discretamente; temía no poder contener la risa si se quedaba.

Al volver, vio que le habían contado al padre Flood lo de su trabajo con la señorita Kelly, se había enterado de cuánto cobraba y había expresado sorpresa al descubrir lo poco que era. Le preguntó por su titulación.

—En Estados Unidos —dijo— habría mucho trabajo para alguien como tú, y bien pagado.

—Eilis había pensado en ir a Inglaterra —dijo la madre—, pero los chicos le dijeron que esperara, que no era un buen momento y que probablemente solo encontraría trabajo en una fábrica.

—En Brooklyn, donde está mi parroquia, habría trabajo de oficina para alguien trabajador, culto y honesto.

—Pero está muy lejos —dijo la madre—. Es la única pega.

—Algunas zonas de Brooklyn —replicó el padre Flood— son como Irlanda. Están repletas de irlandeses.

El sacerdote cruzó las piernas, dio un sorbo al té de la taza de porcelana y no dijo nada durante un rato. El silencio que se hizo le dejó claro a Eilis lo que pensaban los demás. Miró a su madre, quien, deliberadamente, pensó, no le devolvió la mirada sino que la mantuvo fija en el suelo. Rose, que solía ser muy hábil llevando la conversación cuando tenían visitas, tampoco dijo una palabra. Se retorció el anillo y después la pulsera.

—Sería una gran oportunidad, sobre todo para una chica joven —dijo finalmente el padre Flood.

—Podría ser muy peligroso —dijo la madre, con la vista aún fija en el suelo.

—No en mi parroquia —replicó el padre Flood—. Hay mucha gente encantadora. Y numerosos centros sociales, incluso más que en Irlanda. Además, hay trabajo para todo aquel que desee trabajar.

Eilis se sintió como de niña cuando el médico iba a casa; su madre escuchaba con tímido respeto. Era el silencio de Rose lo que le resultaba novedoso; la miró deseando que hiciera alguna pregunta o comentario, pero su hermana parecía sumida en una especie de ensueño. Al observarla, pensó que nunca la había visto tan bonita. Y entonces fue consciente de que habría de recordar aquella habitación, a su hermana, esa escena, como desde la distancia. En medio de aquel silencio se dio cuenta de que, de alguna forma, ya se había acordado tácitamente que Eilis iría a América. Creía que el padre Flood había sido invitado a casa porque Rose sabía que podría planearlo.

Su madre se había opuesto con tanta rotundidad a que se fuera a Inglaterra que aquel descubrimiento fue un shock para ella. Se preguntó si habrían estado tan dispuestas a dejar que aquella conversación tuviera lugar si ella no hubiese aceptado el trabajo en la tienda y no hubiera hablado de la humillación a la que la sometía cada semana la señorita Kelly. Lamentó haberles contado tantas cosas; lo había hecho principalmente porque aquello hacía reír a Rose y a su madre, animaba muchas de las comidas que compartían, hacía que comer juntas volviera a ser más agradable después de la muerte de su padre y de que sus hermanos se hubieran ido. Se dio cuenta de que su madre y Rose no consideraban en absoluto divertido que trabajara para la señorita Kelly, y, cuando el padre Flood pasó de alabar su parroquia en Brooklyn a decir que creía que podría encontrarle un trabajo adecuado allí, no pusieron ningún objeción.

En los días que siguieron no se hizo mención alguna a la visita del padre Flood ni a su propuesta de que se marchara a Brooklyn, y fue el silencio en sí mismo lo que hizo pensar a Eilis que Rose y su madre ya habían hablado del tema y estaban a favor. Ella nunca se había planteado la posibilidad de irse a América. Conocía a muchas personas que se habían ido a Inglaterra y solían regresar en Navidad o en verano. Era parte de la vida de la ciudad. Aunque tenía amigos que recibían regalos en dólares o ropa de América con regularidad, siempre provenían de tías y tíos, gente que había emigrado mucho antes de la guerra. No recordaba que ninguno de ellos hubiera vuelto a la ciudad en vacaciones. Era un largo viaje a través del Atlántico, Eilis lo sabía, al menos una semana en barco, y debía de ser caro. También tenía la sensación, aunque no sabía por qué, de que los chicos y las chicas de la ciudad que se iban a Inglaterra tenían trabajos corrientes con sueldos corrientes, y que la gente que iba a América podía hacerse rica. Intentó descubrir por qué había llegado a creer también que la gente de la ciudad que vivía en Inglaterra añoraba Enniscorthy, pero que los que se iban a América no añoraban su hogar. Al contrario, allí se sentían felices y satisfechos. Se preguntó si eso podía ser verdad.

El padre Flood no volvió a visitarlas; en cambio, escribió una carta a la madre de Eilis desde Brooklyn diciendo que, nada más llegar, había hablado de Eilis a uno de sus parroquianos, un comerciante de origen italiano, y que quería que la señora Lacey supiera que pronto habría un puesto vacante. No sería en una oficina, como había esperado, sino en la planta de ventas de los grandes almacenes que aquel caballero poseía y dirigía. Pero, añadía, le habían asegurado que si Eilis realizaba satisfactoriamente su primer trabajo, tendría muchas posibilidades de ascender y muy buenas perspectivas. Decía también que podría facilitarle la documentación necesaria para obtener el visto bueno de la embajada, lo que en esos momentos no era tan fácil, y que, estaba seguro, podría encontrar un alojamiento adecuado para Eilis cerca de la parroquia, no muy lejos de su lugar de trabajo.

La madre le dio la carta a Eilis una vez la hubo leído. Rose ya se había ido a trabajar. El silencio reinaba en la cocina.

Eilis leyó de nuevo la frase sobre la planta de ventas. Imaginó que se refería a que trabajaría tras un mostrador. El padre Flood no mencionaba cuánto ganaría o cómo podía conseguir el dinero para pagar el pasaje en barco. En cambio, le sugería que se pusiera en contacto con la embajada estadounidense en Dublín y averiguara con precisión qué documentos necesitaría, para poder prepararlos todos antes de partir. Mientras leía y releía la carta, su madre se movía por la cocina dándole la espalda, sin decir nada. Eilis se sentó a la mesa, también sin hablar, preguntándose cuánto tardaría su madre en volverse hacia ella y decirle algo, y decidió esperar sentada, contando cada segundo, sabiendo que su madre en realidad no tenía nada que hacer. Vio que, de hecho, se entretenía con menudencias para no tener que volverse hacia ella.

Finalmente, su madre se volvió y suspiró.

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