Boulevard

Boulevard


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LO QUE FUE Y SERÁ, ES POR TI.

Incorporándome en la cama, tallé mi cabeza para poder desvanecer el dolor, había desventajas de despertar todos los días, recordar a Luke era una de ellas.

Miré a mi lado y él no estaba.

Apreté mis labios reteniendo las ganas de querer llorar. Cerré los ojos para desaparecer el ardor que había comenzado a plasmarse en ellos. Aún no me acostumbraba, tenía la necesidad de correr sin destino alguno en busca de él, aún podía oír sus risas, sus gruñidos, aún tenía en mi mente su semblante vacío, su voz… Y el olor que desprendía su ropa. La nicotina mezclada con su perfume.

Eché todos mis pensamientos al fondo de mi cabeza y quité las sabanas que cubrían mi cuerpo para comenzar a vestirme. No quería ir al instituto, hoy empezaban las clases después de las vacaciones de diciembre. Me negaba a tener que presenciar muchos lugares que me hacían recordar a Luke, pero, sobre todo, las gradas. Aquellas donde lo conocí, esas en las cuales mis ojos y sus ojos se encontraron por primera vez.

Había pasado Navidad sin él. Estuve esperando a que tocaran la puerta y detrás de ella se encontrara su angelical rostro con una sonrisa lánguida diciendo algo que para mí me resultase muy lindo, pero nunca pasó.

Y año nuevo, también. La pasé en mi habitación encerrada admirando el collar que me había regalado.

Abrí mi closet encontrándome con su suéter, y no pude evitarlo, di un jadeo. Lo cogí entre mis manos y lo apreté sobre mi pecho soltando unas lágrimas, cavilé que lo mejor era secarlas y salir de mi habitación tomando mis cosas sin dejar el suéter de Luke.

Mamá se encontraba en la cocina y al sentir mi presencia su mirada se dirigió a mí. Me dedicó una sonrisa cálida, ella colocó mi desayuno sobre el mesón y siguió buscando en la alacena, me senté sobre el taburete sin muchas ganas de querer comer y di un profundo suspiro.

—Este año Luke iría a rehabilitación —pronuncié en un susurro.

Me dolía decir esas palabras, de hecho, me dolía todo lo que viniera del chico, porque no había nada más doloroso que recordar algo que ya no estaba, pero era demasiado necia, para querer olvidarle y tratar de seguir con mi vida sin que su recuerdo me lastimara.

—Y yo tendría que ser fuerte por él.

Mi madre no dijo nada solo se quedó quieta, dándome la espalda.

Ella había intentado hacer de todo para que yo pudiera tratar de dejar a Luke en el pasado, Neisan siempre intentaba sacarme de mi habitación, indicando que hiciéramos algo que me gustara, como antes. Pero no entendían. No podía dejar en el olvido a alguien que me había marcado para siempre.

Luke se había alejado de mí, llevándose consigo mis gritos, arrasó como el peor de lo huracanes llevándose mis sueños en murmullos, fue el más grande incendio en mi vida y tan solo me dejó cenizas. Ella anhelaba que siguiese mi vida como antes de conocerlo, pero él había tomado gran parte de ella y sin darse cuenta me hizo dependiente a su persona, sujetó mi corazón y lo guardó para que nadie más lo hiciera. Se encargó de tomarlo de una manera tan bella e inocente para adueñarse de él.

—Y lo iba a hacer por mí —murmuré.

Escuché como suspiró mi madre antes de darse la vuelta y hacer que nuestros ojos se encontraran, los suyos ya estaban cristalizados, me dio una mirada triste después de un jadeo y se acercó a mí. Tomándome de las manos dio un beso suave a mi frente haciéndome sentir débil.

—No sabes cuánto me duele verte así —confesó, en un pequeño gemido.

—¿Cómo alguien, solamente en unos meses se puede convertir en tu todo? —pregunté al borde del llanto—. ¿Cómo es que empiezas a depender de esa persona? Pero, ¿cómo puede llegar a doler de esta forma?

Ella bajó la mirada y negó unas cuentas veces, vi como una lágrima se escapó rodando por su mejilla y cayó al suelo.

—No sé… no sé —musitó dándose la vuelta—. Dios, se supone que soy psicóloga y no puedo responderle a mi hija —dijo en un tono casi inaudible sin que yo pudiese escuchar, pero lo hice.

Alejé la comida de mí levantándome del taburete, caminé unos cuantos pasos para salir de la cocina y antes de cruzar la puerta, regresé mis ojos a mi madre y la llamé.

—Yo sí —pronuncié ganándome su mirada, relamí mis labios y observé el suéter negro de Luke—. Ahora sé que la droga más fuerte de un ser humano es otro ser humano.

Finalizando lo pasé por mis brazos, recordando la noche en que me lo dio, diciéndome lo diminuta que me veía con él puesto, cuando vi aquellos hematomas y esa misma noche sintiendo la vibración en su espalda cuando carcajeó. Todo parecía tan real. Di una sonrisa melancólica ante tal recuerdo y salí.

??

Neisan venía a mi lado, platicándome sobre algo de lo cual no estaba prestando atención, me encontraba pensando en cómo todo ahora era tan penumbroso, absolutamente todo el instituto sabía de mi existencia y la de Luke. Después de su muerte dejé de asistir al instituto, no presenté los exámenes finales y eso causó que mis calificaciones decayeran.

Suspendería historia.

—Cálculo, ciencias sociales e… historia.

—¿Historia? —reí—. ¿Quién suspende historia?

—¡Luke Howland!

Y no pude seguir fingiendo que era fuerte, las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, sintiéndome tan débil ante tal recuerdo, uno de los últimos.

—¿Hasley? —La voz del chico sonó, tomándome del hombro y obligándome a que lo mirara—. No, por favor, tranquilízate.

—Quiero estar sola —pedí—. Solamente quiero pensar, pero a solas.

Él dio un suspiro.

—¿Estás segura de ello? —preguntó y yo asentí—. Está bien, pero te aviso que yo te llevaré hasta tu casa, y entra a las siguientes clases, preguntaré a los profesores si lo has hecho. Te veo en la salida, ¿bien?

Yo asentí una vez más y me di la vuelta.

Neisan era el único acompañante que tenía en el instituto, justamente como los días en que todo el peso del drama con Matthew.

Antes de que comenzara a sollozar caminé hasta donde mis pies me llevaran, pero al parecer mi sentido común no estaba en esos momentos, porque me dirigía al campo.

Fue tan poco el tiempo cuando todo empezó a atacar mi mente, los recuerdo venían en largos y rápidas ráfagas de imágenes con sonido. Mi mirada fue hasta las gradas y visualicé el primer día que lo conocí, cayendo torpemente de ella, él me miró teniéndome su mano y aquel fue el primer tacto que tuve con su piel. Ardía, ardía no volver a sentirlo nunca más.

Yo solo quería saber que había sacado de su bolsillo aquel chico.

Subí cada grada y me dejé caer en una donde caía la sombra, me acomodé a horcajadas, puse mi mochila entre mis piernas, intenté sentir el calor de su suéter, pero no era lo mismo, no se sentía igual, no me proporcionaba la calidez que sus brazos me brindaban.

Lloraba destrozada, ¿dónde estaba él para decirme que no me dejaría sola?, ¿que no me dejaría caer? Lloré y nunca escuché el «aquí estoy».

Tiré mi mochila y subí mis rodillas hasta la altura de mi pecho para abrazarme a mí misma, porque de ahora en adelante así sería. No me importaba quien me viera, o me tuvieran lástima, de por sí ya la daba, aunque estábamos en horarios de clases, así que lo más probable es que no hubiera casi nadie por el campo.

El reloj nunca me pareció tan lento cuando estábamos juntos, pero ahora, con su ausencia reinando era una tortura, una de las más difíciles. No puedo continuar, pero sé que tampoco debo echarme para atrás. Solo veo que la vida va pasando, las personas siguen y yo siga hundida en su recuerdo.

Un sollozo fuerte se escapó de entre mis labios y limpié mis mejillas. Ya no quería que doliera. Quería olvidar todo, un día despertar y no saber que ocurrió en mi pasado, aunque no podía ser tan egoísta ante mi pensamiento. No quería olvidarle. No quería olvidar a la persona que más feliz me hizo, a la persona que me protegió, me cuidó y me amó sobre todo lo que cometí e hice.

—¿Hasley?

Volteé mi cabeza, encontrándome con la mirada de André. ¿Qué hacía aquí en el instituto? ¿Justamente en las gradas?

—¿André?

—Te estaba buscando —murmuró, tomó asiento en unas de las gradas de abajo, y jugó con sus dedos—. Sé que no has estado bien, es por ello que no preguntaré. —Se quedó en silencios durante varios segundos.

—Lo extraño —confesé y pasé mi dorso por mis mejillas.

—Yo también —admitió—. Todos lo extrañan.

—Si tan solo hubiese dejado que…

—Hasley, no, no. Él simplemente salvó su vida —inició y mostré confusión—. Si Luke seguía de pie era por ti, prácticamente tú eras su vida, su mundo. Solo hizo lo que hubieses hecho tú.

Mi corazón ya no soportaba más. Todo se había derrumbado, ya no quedaba nada de mí.

La mano de André se posó sobre mis hombros dando leves acaricias.

—Extrañaré sobre todo fumar y hablar mal de todos con él, o cuando iba al cine con mis citas y le suplicaba que me diera todo gratis. —Él rio haciendo que yo igual. A mi mente vino el día en que Luke le deseó que su próximo condón saliese defectuoso.

Sequé algunas lágrimas que vagaban por mi rostro e inhalé hondo.

—¿Para qué me buscabas? —me atreví a preguntar al chico.

André sacó de su chamarra un sobre blanco y fruncí el ceño.

—Hacía limpieza en mi habitación hoy en la mañana y la encontré… —Él hizo una mueca—. Es una carta de Luke, se supone que debía de estar dentro del disco de vinilo, pero al parecer mi torpeza se presentó y no la metí —admitió y sentí como mi pecho se oprimió—. Él te iba a pedir que la leyeras cuando estuviera fuera de Australia, pero… ya no tiene caso si la lees ahora.

André me la extendió. Con temor y dolor en mi corazón la tomé, mi vista no se despegó de la carta, al frente pude observar la mala caligrafía de Luke y mis ojos se volvieron a cristalizar.

No podría.

—Gracias —murmuré.

—Me tengo que ir —avisó—. No quiero que me atrapen y te castiguen. —Él hizo una mueca con sus labios—. Hasta luego, Hasley.

Empezó a bajar las gradas, pero antes de que saltara la última, lo llamé:

—¡André! —Él se giró, lo que diría a continuación sería tan raro, pero no me importó—. ¿Podrías conseguirme ropa de Luke?

—¿Ropa? —preguntó incrédulo.

—Sí, por favor —supliqué.

—Lo haré, te la llevo hoy en la noche. —Él sonrió y se alejó, permitiéndole irse.

Esto no sanaría de la noche a la mañana. No en un abrir y cerrar de ojos. Ese tipo de cosas no funcionaban así, el dolor quedaría por siempre. Viviría con eso hasta que pudiese superarlo, salir adelante y curar mi corazón, sanar sus heridas y evitar dañarlo de nuevo.

Las horas pasaban y la culpabilidad me emanó.

Le fallé a Neisan, no entré a ninguna clase, se enojaría y me daría su sermón lleno de positivismo, aclarándome que mi actitud no ayudaría en nada. Qué no me dejaría tirar la toalla sin antes luchar.

Mis pensamientos se eclipsaron cuando vi a Zev mirándome desde lejos. Tragué saliva por lo alto y apreté mis dientes.

Ocurrió.

Zev Nguyen subía las gradas una por una, tomándose su tiempo. Llegó a mi lado y cogió asiento, aunque guardó una distancia considerable entre los dos. Mis párpados pesaron y el aire helado se coló entre mis labios.

—Perdón.

En un hilo de voz, él dijo. No me dirigió la mirada. Yo tampoco.

—No tiene caso.

—Lo sé, quizá no arregle nada, pero normalmente uno se disculpa para demostrarle al otro que en verdad se arrepiente. Lo estoy. Me equivoqué de la peor manera, perdí a la única persona que nunca me dio la espalda… y yo lo hice cuando más me necesitaba.

—Solemos darnos cuenta una vez que perdemos a ese alguien. —Lo miré y él a mí—. Así es la vida, Zevie. Una ruleta que no podemos controlar.

—Hasy. —Arrastró el apodo que hacía tiempo dejó de usar.

Algo que mamá me enseñó desde pequeña fue perdonar a quienes te lastimaron, pues el rencor y el odio no eran buenos para nuestros corazones. Vivir con resentimientos te volvía una persona miserable.

—Te perdono —indiqué.

—Gracias, no quise perderte. —Cogió mi mano, esbozando una sonrisa.

Sus hoyuelos.

—No —negué—. Te he dicho que acepto tus disculpas, solo por la amistad que tuvimos, porque pasamos muchas cosas juntos, y no me gustaría que fuesen fríos recuerdos, pero el perdonarte no significa que volvamos a ser amigos.

Deshice nuestro agarre y me puse de pie.

—Hasley, no lo hagas.

—Zev, no se traiciona a alguien que has conocido desde hace años —comenté—. Posiblemente aún tengas en claro la definición de lo que es la amistad incondicional. Te deseo toda la suerte del mundo.

Finalicé. Cerrando una de las tantas heridas. Diciéndole adiós a otra persona más.

??

Alrededor de las veinte horas, André tocó el timbre de mi casa esa noche, mamá estaba presente, por lo cual tuvimos que subir a mi habitación, pude notar un poco de felicidad en sus ojos, quizá imaginaba que comenzaba a ambientarme más, pero la realidad era que había pedido ropa de mí… Luke, nunca fue mi novio.

Pero Luke y yo fuimos el claro ejemplo que no se necesitaba tener una estúpida etiqueta para amar ante los ojos de los demás.

—No traje ropa interior —murmuró saliendo de mi habitación—. Creo que eso sería un poco enfermizo.

—Por supuesto que no. —Reí por lo bajo—. Gracias en serio.

—De nada —susurró—, y también te traje algunos discos de Luke, elegí los que más escuchaba.

Mi corazón se encogió al oír eso.

—Eres una gran persona. Muchas, muchas gracias —repetí cuando llegamos a la puerta principal.

—Oye, no agradezcas, fue hermoso escabullirme, sentí la adrenalina correr por mis venas —fingió emoción y le regalé una sonrisa—. Cuídate —indicó—. Vivo a unas cuantas cuadras de aquí por si se te ofrece algo más.

Antes de que se marchara, le regalé un fuerte abrazo. Cerré la puerta detrás de mí, caminé hasta la cocina y me apoyé en el marco, mi madre estaba preparando jugo, al verme, ella me sonrió.

—Voy a salir por unas horas, ¿puedo? —pedí permiso.

—Claro, pero, ¿a dónde? —cuestionó frunciendo su ceño.

—Oye, estaré bien, lo prometo. Solo iré a un lugar…

Me di la vuelta para ir hacia mi habitación. Me quité la blusa y hurgué entre la mochila que André había traído, me había traído muchas. Por favor, por favor… Y sí, ahí estaba.

La camisa que había empezado todo.

Tomé la prenda entre mis manos, aspirando. Joder, su olor estaba presente, a pesar de que el olor a jabón se sentía, también se presentaba su perfume y la nicotina. No iba llorar, no ahora.

Me puse la camisa de Luke, y tomé mis cosas junto al suéter negro. Antes de salir, abrí mi mochila para sacar la carta que André me había entregado. Grité a mi madre que ya me iba, ella dijo algo, pero no pude entender, comencé a correr sin importarme que me cansara, que a estas horas fuera peligroso, simplemente; ya nada importaba.

Crucé la barda de madera como Luke me había enseñado la primera vez, el callejón seguía luciendo exactamente igual, la luna estaba en su punto y el arco del espejo con el grafiti hacía la semejanza de la iridiscencia. Todo parecía más hermoso, pero a la vez tan triste.

Me dejé caer apoyándome en aquel tronco del árbol en donde habíamos hablado de tantas cosas que hoy ya eran recuerdos que se desvanecían con el viento.

—Aún puedo sentir tu presencia —murmuré aferrándome a su suéter.

Miré la carta entre mis manos. Dios mío, dame fuerzas. Sentía que al momento de abrirla lloraría y me quebraría más de lo que ya estaba.

Sin embargo, tomé una gran bocanada de aire, y la abrí.

Su mala caligrafía. Y al leer las primeras letras, mis ojos se inundaron.

«Weigel:

¿Te he dicho lo tanto que me fascina decir tu apellido? Es como un placer; la facilidad con que puedo arrastrar cada palabra entre mi boca es sorprenderte y eso solo tú lo haces.

Weigel, promete que después de leer esto tratarás de ser fuerte por los dos y no irás a buscarme, ¿sí? ¡Promételo!

Sabes que si me estoy yendo es por ti, porque quiero ser alguien mejor para ti. Estoy preparado para darte un futuro junto a mí, pero primero necesito sanar. Quiero ir de la mano contigo en frente de todos, caminar al altar y esperar a que entres con un hermoso vestido blanco; tener hijos y cuando estemos lo demasiado ancianos reprocharte que tú fuiste el amor de mi vida.

Te confieso que antes de conocerte no sabía que iba a ser de mi vida y aunque estoy dolido aún por todo, me estoy poniendo de pie junto a ti. ¿Alguna vez has sentido como el mundo se te viene encima?, ¿cómo que todos se ponen en tu contra? Así me sentía, hasta que tú apareciste.

Y quizá llegaste un poco tarde, demonios Weigel, ¿dónde estabas? ¿Por qué tardaste tanto?

Pero, ¿estamos bien? Yo me siento bien ahora. Es por eso que me voy a rehabilitación, porque quiero comprobar que me estoy equivocando, que no llegaste un poco tarde, ¿verdad?

Ya estoy llorando y no tengo idea del porqué. He decido escribirte esto, dos días antes de pedirte que fueras mi novia. Claro, cuando llegues hasta aquí podrás decir “Luke Howland es mi novio”.

Te amo demasiado. Tú eres la razón de mi ser.

¿Te acuerdas cómo nos conocimos? Confieso que ya lo hacía desde antes.

¿Te acuerdas cuando me burlé de qué bebías raíz? Sigo pensando que es asqueroso.

¿Te acuerdas cuando preguntaste sobre mi camisa? Tuve ganas de encerrarte en la bodega del conserje, ¿qué demonios ocurría contigo? Me sentí ofendido.

¿Te acuerdas cuando te hice que subieras conmigo a las gradas y el profesor nos pilló con el cigarrillo? Entré en pánico por pensar que te llevarían a detención por mi culpa.

¿Te acuerdas cuando Matthew te invitó a salir? Sabía que no saldría nada bueno, joder, sentí la rabia.

¿Te acuerdas cuando fuimos a comprar los discos? Me sentí muy feliz, pero todo se esfumó cuando peleamos, te confieso que lloré esa noche por haber arruinado nuestro momento.

¿Te acuerdas cuando nos besamos por primera vez? Santo Dios, me quería ahogar en azúcar, era la persona más feliz y sobre todo porque pasó mientras sonaba Wonderwall.

¿Te acuerdas cuando le dijiste sí a Matthew? Lo hiciste porque te lo dije con los labios y me rompiste el corazón, pero no te fuiste, cumpliste tu promesa, y eso recompensó todo.

¿Te acuerdas aquella vez que fuimos sin destino alguno en la furgoneta? André me sobornó. Pero valió la pena por ti, aparte con ello comprobé que te ponías celosa por mí, ¡joder! Daliaah era la conquista de mi mejor amigo.

¿Te acuerdas cuando te desperté a las tres de la mañana, nos subimos a la moto y condujimos hasta que dejó de funcionar? La verdad es que lo hice para estar más tiempo juntos, porque me han dicho que la madruga devela secretos y hace que te enamores de la persona. ¿Y sabes? Lo hizo, pero más de lo que ya lo hacía.

El día que te tomé de la mano y te miré a los ojos, te di mi corazón con ellos.

Creo que hay muchas cosas que hemos pasado juntos y las que falta recorrer.

Concluyendo, te pido que mientras estoy fuera durante un tiempo trates de cuidarte, porque si me llamas una noche llorando juro que me volveré loco y tomaré el primer vuelo hacia Australia para abrazarte. Aunque lo más probable es que eso no sea posible, Pol me lo impediría. Así que haz el favor de cuidar por ti, yo sé que puedes, eres muy fuerte, mi pequeño ángel, sobrevive un año sin mí, por favor.

Te amaré hasta que dejes de recordarme, hasta que me convierta en polvo y hasta que mi alma deje de existir.

Porque mi sueño tiene que estar completo y para eso tú tienes que estar en él.

Weigel, ¿acaso la mancha de pasta dental es tu forma de flirtear? Porque funcionó demasiado bien.

Cuídate y no me eches mucho de menos.

Por siempre tuyo,

Luke Howland».

Mi respiración estaba entrecortada, si antes me había dolido, ahora me estaba quemando y destruyendo desmesuradamente. Suprimí todos los ruidos y me concentré en sus ojos, tratando de mantenerme en calma y no colapsar en el intento.

La gélida brisa azotaba en mi rostro. Debía ser fuerte. La carta fue una despedida, pero no sabíamos que para siempre.

Traté de tragarme las palabras, pero todo daba vueltas, mi cabeza dolía, estaba llorando demasiado, porque ahora era yo y el recuerdo de Luke contra todos. Tenía que ser fuerte por los dos, porque se lo había prometido.

Y esa noche el cielo le dio tanta nostalgia nuestra historia, que lloró conmigo y tiñó de otros tonos los colores.

Fuimos perfectamente imperfectos, pero a la vez fuimos ambos negativos.

Las leyes de la física dicen que dos polos iguales se repelen, pero las reglas de las matemáticas dicen que negativo por negativo igualaba a positivo. Entonces, ¿qué fuimos Luke y yo?

Él se había alejado de mí, llevándose consigo mis gritos, arrasó como el peor de lo huracanes llevándose mis sueños, dejándome con una amarga melancolía, fue el más grande incendio en mi vida y tan solo me dejó cenizas.

Luke se volvió aquella forma de la vida que es bella y triste a la vez diciéndome que no se podía tener todo.

Esa parte que te muestra cuando dos personas se conocen, pero no están destinados a estar juntos.

Habían pasado ya diez meses desde que se marchó y aún dolía, dolía como el primer día en que lo hizo.

En el transcurso del tiempo comprendí muchas cosas, tantas de las que me decía y yo jamás le busqué algún sentido porque no me interesaba, no sabía que algún lo necesitaría, como aquel día que me enseñó el boulevard por primera vez y me dijo algo referente a lo que nunca comprendí hasta que él se fue.

«Cuando un sueño muere, alimenta al boulevard. Hasta que uno de tus sueños se rompa, lo entenderás».

Él fue el mío. Entendí que entre más hermoso fuese el sueño, más lo sería el boulevard, que era el lugar de los amantes y el cajón de lo inauditos, porque mayormente los sueños son hechos de algo lo suficientemente bello y con tantas desilusiones, solo se quedaban allí, decorándolo para que solo fuesen un recuerdo de lo que querían ser y nunca pudieron.

Luke se convirtió agua y fuego, verano e invierno, cristal y piedra. Fue la estrella que siempre brilló ante todas, la cual se paraba justo en la línea de la maldad y bienestar, Luke era tanto y dejó tan poco.

Se quedó tatuado en mí.

Fue tan injusto que solo el destino supiera que ese sería nuestro último abrazo.

Luke no se despidió de la mejor manera, pero sabía que su amor fue real, es por eso que lo dejaba ir lejos de mí, aunque mi corazón doliera.

Miré la lápida y di una sonrisa.

—Llevo tu camisa puesta —dije—. En menos de dos meses se cumple un año de tu muerte y se supone que en esos dos meses tú regresarías de rehabilitación —murmuré—. He tratado de ser fuerte como me lo has pedido en tu carta, pero no hay ninguna noche en que yo no susurre que vuelvas a mi lado. Tú nunca lo haces.

Puse el ramo de rosas sobre la lápida, el nombre de él estaba sellado junto a su fecha de nacimiento hasta la de su muerte y una frase bíblica. 19 años.

—Luke Howland Murphy, 15 de junio de 1996 al 5 de diciembre del 2015 —leí—. Si hubiese sabido que aquel te amo sería el último de tus labios, habría grabado cada parte de tu rostro al decirlo.

Deslicé el dorso de mi mano por debajo de mi nariz y respiré hondo.

—Admito que escucho todos los días aquel disco que me diste, André me lo entregó. No sabes cómo duele oírlo, porque tienes razón, llegué tarde y lo siento mucho. De verdad lo siento.

Me tragué las lágrimas.

André había entrado a la universidad de la ciudad, teníamos una que otra llamada por la conexión que Luke dejó entre nosotros. El chico me decía que Jane estaba arrepentida, le confesé que no sentía nada de rencores, es decir, no me interesaba lo que ocurrió, de hecho, todo lo que viniese de Matthew ya no valía nada para mí.

Zev continuó. Y estaba feliz por él a pesar de todo, aunque ya no habláramos, al parecer ya tenía novia, se llamaba Alisson y por lo que Neisan me había contado, llevaban una relación muy estable y seria.

Por otro lado, Jones se había ido de la ciudad, sus padres decidieron que continuaría sus estudios fuera de Sídney. Después de aquel día del accidente, jamás volvimos a cruzar ninguna palabra.

Eché un vistazo por encima de mi hombro, percatándome que mi madre platicaba con Neisan. Regresé de nuevo mi vista a la lápida y suspiré.

—Neisan ha estado todo este tiempo, cada vez más cerca de mí —confesé—. Es un gran chico, me mostró mucho apoyo antes y después de ti, tú lo sabes, él comprende, pero no como tú lo hacías. Está consciente que te amo y siempre lo haré. Sin embargo, no quiero nada, no me siento lista para una relación y no lo estaré por mucho tiempo.

Observé mi celular y me fijé en la hora, se estaba haciendo tarde. No quería irme, pero lo tenía que hacer.

—Creo que es hora de despedirme —avisé—. Me voy a la universidad de Perth, me han aceptado, se supone que estudiaríamos juntos… Por fin podré realizar mi carrera, sin embargo, prometo venir a visitarte siempre que pueda, a ti y al boulevard, no me olvides donde sea que estés, que yo no lo haré.

—¡Hasley! —mi madre gritó.

Miré la lápida antes de levantarme, cerré los ojos tratando de recordar los suyos, su sonrisa angelical mostrando aquel hoyuelo en su mejilla, su cabello sedoso, la manera en que jugaba con su piercing y su voz pronunciando mi apellido.

—Te amo, Luke, en esta vida y en mil más.

Aún recuerdo cuando tomé su mano, el roce perfecto de dos almas uniéndose por una forma majestuosa, el tacto de su piel quemaba con la mía, revoloteando entre lo más profundo de mi alma y haciéndome sentir tan viva; el nerviosismo me ganaba, pero la vergüenza reinaba. Le había agradecido y él solo mofó un insípido quejido.

Podía oír aun su voz siendo una clara sinfonía modulosa, suprimiendo todos los sonidos existentes a nuestro alrededor, concentrándose en nuestras almas, repitiendo muchas veces mi apellido, aún su recuerdo erizaba mi piel, en las penumbras calles divisaba sus ojos.

Azul celeste y eléctrico. Perfecta combinación. Ellos aún me miraban desde las bizarras imágenes llenas de nuestros recuerdos melancólicos. Destellaban lujuria, pero a la vez ternura nostálgica. ¿Cómo podía ser aquello?

Su sonrisa, espontánea y despampanante. El hoyuelo característico se hundía en su mejilla, podía ver aún como fruncía sus labios, era una manía que había atrapado siempre que algo le disgustaba o pensaba. Su piercing seguía ahí, recordé que la última vez ya no lo llevaba.

Pero es solo un recuerdo, uno que se desvanece con el tiempo.

Abriendo los ojos giré sobre mi eje, alejándome de donde seguía el amor de mi vida. Caminé con un nudo en la garganta, mamá se burlaba de Neisan, yo fruncí el ceño sin entender.

—Muévanse —señaló ella.

—Demonios —el chico maldijo sacudiendo su pantalón.

—¿Qué ha ocurrido?

—Me caí… —rodó los ojos sin humor— y la gente se ha reído.

Neisan fingió una mueca, avergonzado y abrió la puerta trasera del auto dándome el acceso de que yo pudiese entrar. Antes de hacerlo, le regalé una sonrisa a medias, transmitiéndole confianza.

—¿Sabes? Deja que se reían de lo patético que creen que eres, al final de cuentas todos terminamos igual. —Me encogí de hombros y con la voz firme finalicé—: en un boulevard de los sueños rotos.

Con su último cigarrillo en la mano, él preguntó: ¿qué has hecho todo este tiempo?

Sonriente le respondí: cumpliendo la promesa que te hice.

«Al final, todos terminamos igual. En un boulevard de los sueños rotos».

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