Bitcoin, criptomonedas y blockchain
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EPÍLOGO
UN FUTURO DESCENTRALIZADO
Nos encaminamos hacia un futuro descentralizado.
Cuando Internet empezó en los años ochenta y noventa, funcionaba con protocolos abiertos controlados por la comunidad de Internet. Las personas y organizaciones que querían participar sabían cuáles eran las normas de funcionamiento, podían crear sus propios servidores instalándose software de código abierto y hasta podías tener tu propio servidor de correo electrónico. La promesa de Internet consistía, básicamente, en eso; en lo que anticipaba Milton Friedman: una red abierta y descentralizada, sobre la que se llegó a especular incluso que habría de sustituir a los gobiernos.
Obviamente eso no ha ocurrido y, en verdad, lo que ha pasado desde entonces es que las empresas que se han hecho más fuertes en Internet, las que conocemos como GAFA —Google, Amazon, Facebook, Apple—, han construido cosas tan útiles —buscadores, correo electrónico, dispositivos móviles, comercio electrónico, redes sociales, servicios en la nube, etc.— que la gente ha ido migrando de servicios abiertos y descentralizados a los centralizados de estas empresas, puesto que son más potentes y sofisticados.
Se ha perdido el espíritu original de Internet como red descentralizada de protocolos abiertos en la que no había intermediarios. Internet se convirtió en todo lo contrario, en una red centralizada y, además, controlada por unos pocos agentes. Ese entusiasmo inicial por desintermediar los actores principales y los gobiernos no solo no se ha cumplido, sino que se ha acentuado lo contrario. Se ha movido la cadena de valor, se ha progresado técnicamente y hay nuevos servicios, pero el control se ha movido de unas manos a otras.
Ahora mismo, aquel espíritu original descentralizador se está volviendo a vivir en el universo cripto y blockchain. Los impulsores son en buena medida los mismos que en los inicios de Internet —personas de espíritu libertario—, que creen en la promesa de aquella idea original de que la red sea algo descentralizado en manos de la comunidad de usuarios. Ese es el gran entusiasmo existente alrededor de esta industria.
Es ya famosa la ley de Johnston —formulada inicialmente en 2014 por David Johnston, uno de los primeros inversores en criptomonedas, protocolos y aplicaciones descentralizadas— que dice que «lo que se pueda descentralizar se va a descentralizar». Claro que puede volver a pasar lo mismo si las criptomonedas se terminan centralizando como ya sucede con el caso de Ripple, pero la expectativa es otra: la descentralización definitiva. Si puede funcionar es porque al principio los protocolos abiertos estaban en manos de organizaciones sin ánimo de lucro, y por eso las que sí lo tenían pronto tuvieron más recursos para invertir y mejorar los protocolos, y para ofrecer mejores servicios captando así a los usuarios.
Sin embargo, ahora los incentivos económicos existentes en las redes cripto —la minería, los tokens…— incentivan la participación y permiten monetizar al nivel del protocolo —tal y como ocurre con Bitcoin como ejemplo paradigmático—, todo lo cual hace pensar que la gente que participa en estas redes distribuidas va a tener más fuerza que las compañías que en su día concentraron el dominio en la capa de la aplicación. Esto es lo que se conoce como fat protocols o protocolos gruesos, término introducido por el inversor Joel Monegro.
Por eso estamos ante una nueva era de Internet: la era del valor. La transmisión de valor y de confianza existe gracias a estos nuevos protocolos. Y, además, ha venido acompañada de unas posibilidades de monetarización que hace que el concepto de descentralización y los protocoles sean mucho más potentes.
Yo no me adscribo a una postura libertaria ni anarquista, y creo que debe existir una regulación que ponga orden a esto. Tampoco digo que el bitcoin sea la panacea ni la solución a todos los problemas. Pero es patente que lo vivido en los últimos años ha demostrado que existen fuertes deficiencias en las políticas monetarias globales, y que los roles de los gobiernos y los agentes financieros resultan bastante cuestionables. Blockchain es una tecnología esperanzadora porque es evidente que la centralización ha fallado y que las alternativas descentralizadas, cuando maduren —mayor escalabilidad, estabilidad y sostenibilidad— pueden llegar a reemplazar a las centralizadas.
Christine Lagarde, la máxima responsable del Fondo Monetario Internacional, una de las instituciones financieras más influyentes que existe en el mundo, dijo recientemente que las criptomonedas pueden llegar a reemplazar un día a las monedas existentes y las políticas monetarias centrales, y que la mejor respuesta que los bancos centrales podían tener era intentar continuar gestionando políticas monetarias eficientes a la vez que estar abiertos a nuevas ideas y nuevas demandas de la sociedad. Al mismo tiempo que nuestra economía evoluciona. No puedo estar más de acuerdo.
Contar ahora mismo con miles de desarrolladores descentralizados que reciben incentivos por operar con códigos abiertos es, sin duda, un gran beneficio para la sociedad, que va a permitir a los usuarios elegir las infraestructuras financieras que sirvan mejor a sus intereses.
La criptoeconomía permite la nueva Internet del valor y un futuro descentralizado. La descentralización, como vemos, ha llegado para quedarse. Si esto pasa, se conseguirá de verdad reducir el rol de los gobiernos y de las grandes empresas como Internet prometía hacer en su momento. Un cambio que necesariamente ha de ser un proceso democratizador.
Pero como terminaba el capítulo anterior, todavía está todo por hacer, y eso es emocionante, además de un reto. Es el momento de apostar por ello.