Belén

Belén


Belén » Del 7 al 25 de octubre (Año 27)

Página 19 de 22

—En el orden cósmico, querido mal’ak, está previsto que, cuando la evolución de las razas humanas llegue a un determinado nivel, los cielos envían elevadores a esos mundos, con el fin de mejorar a los humanos, tanto física como espiritualmente.

Entendí a medias.

—Eso fueron Adán y Eva —redondeó el Maestro—.

Unos elevadores de las razas…

Y el Galileo contó una historia que hoy, en el siglo XX, calificaríamos de ciencia ficción.

Si no entendí mal, unos 35.000 años antes de J. C., unos seres sobrenaturales fueron transportados a la Tierra y materializados en una península que se abría —perpendicularmente— en la costa de Fenicia (actual Líbano). Esas criaturas aparecieron como una mujer y un hombre de gran altura y belleza (casi tres metros), con la piel de color violeta. Eran Adán y Eva. Allí, en la referida península, fueron a levantar una pequeña ciudad. Y en ella edificaron las escuelas donde empezaron a enseñar a los hombres primitivos.

—¿Y qué pasó?

—Al principio todo fue bien —explicó Jesús, complacido ante mi interés—. La misión de Adán y Eva era tener un máximo de hijos…

—No entiendo…

El Galileo solicitó calma.

—De acuerdo a los planes del Padre Azul —prosiguió el rabí— los hijos de Adán y Eva deberían mezclarse con los nativos. Ese cruce elevaría el nivel físico y espiritual de los hombres de aquel tiempo.

El Galileo guardó silencio. Y deduje que algo volvió a fallar.

No me equivoqué.

Según el rabí, el entonces príncipe de este mundo —que no había sido encarcelado todavía— se las ingenió para engañar a Eva.

—Caligastía, el príncipe —añadió el Hijo del Hombre—, le dijo a Eva: «Si te mezclas directamente con los humanos, la evolución será más rápida». Y Eva le creyó… Aceptó tener hijos con uno de aquellos hombres primitivos y violó las leyes cósmicas.

—¿Y cómo reaccionó Adán?

—Con amor…

El Galileo leyó en mi rostro. En efecto, no entendí… Y el Maestro aclaró:

—Adán no repudió a su compañera. La amaba intensamente… Tomó entonces a una nativa y se acostó con ella, violando igualmente la ley de los cielos. De esta forma se puso del lado de Eva. Adán no la abandonó a su suerte.

—Y Dios los echó del Paraíso…

Jesús sonrió, benévolo. Y proclamó:

—No fue Dios quien expulsó a Adán y Eva del jardín del Edén… Al enterarse de lo ocurrido, las tribus cercanas asaltaron la ciudad y obligaron a los elevadores a huir hacia el este. Adán y Eva escaparon con sus hijos. Uno de ellos se llamaba Nod…

Y Jesús, pícaro, me guiñó el ojo.

Mensaje recibido.

El martes, 21 de octubre (año 27), la inflamación casi había desaparecido. La recuperación fue espectacular.

Y Jesús empezó a caminar.

Fue esa mañana cuando indicó que había llegado el momento de retornar al monte Gilboá, donde esperaban sus discípulos.

Recuerdo que podía ser la octava (14 horas).

Faltaban tres horas para la puesta de sol (ese día se registró a las 16 horas y 59 minutos).

Le hice ver que no llegaríamos muy lejos. Merecía la pena esperar. Además, su pie…

No hizo caso.

Y, optimista, me animó a coger las pertenencias e iniciar la marcha de inmediato.

Mesraya, sentada muy cerca, escuchaba entristecida.

Fue en esos instantes cuando Sekiwen, el benjamín de la familia, se lanzó a los brazos del Maestro y suplicó, entre lágrimas:

—¡¡No…, no…, te… va… va… yas!!…

El tartamudeo se hizo doloroso e interminable.

—¡¡Eres… mi… mi… a… a… a… ami… ami… go!!…

La madre se alzó e intentó apartar al hijo.

Jesús no lo permitió y abrazó al niño con ternura.

Fueron segundos duros y emotivos. Noté un nudo en el estómago.

Sekiwen gemía y repetía:

—¡¡No… no… te… te… va… va… va… yas!!… ¡¡Eres… mi… mi… mi… ami… ami… go!!

Jesús besó los rubios cabellos del ciego y entornó los ojos.

Me pareció que el Maestro musitaba algo, en bereber, pero no estoy seguro.

Oí la palabra «lal» (nacer)…

Y noté cómo el rostro del Hijo del Hombre palidecía.

Fue instantáneo.

Una intensa y familiar luz azul llenó la choza.

¡Y todo se volvió azul!: ropas, caras, manos, paredes, cacharros de cocina…

¡Oh, Dios!… Yo sabía lo que aquello significaba. El corazón enternecido del Maestro estaba haciendo el prodigio; un nuevo prodigio.

¡Azul, en bereber, significa «salud»!

Y la luminosidad celeste se prolongó durante cinco segundos; no más.

Después, todo regresó a la normalidad.

Jesús apartó al muchachito con dulzura, tomó el saco de viaje, y salió de la choza.

En el ambiente flotaba un suave y agradable olor a mandarina. Lo asocié al inmenso amor de aquel Hombre-Dios.

Y este explorador —perplejo— asistió a otro imposible.

Mesraya dio un grito y aseguró que veía.

Me aproximé y examiné su rostro.

¡¡Dios bendito!!

Los ojos aparecían limpios, ¡sin rastro de la homocistinuria!…

Retrocedí, desconcertado.

¿Cómo lo hizo? ¿Cómo restableció el cristalino?

Me negué a pensar…

Y la mujer terminó abrazando al hijo.

Sekiwen también había recuperado la vista, y repetía con un hilo de voz, sin tartamudear:

—¡No te vayas!… ¡Eres mi amigo!… ¡No te vayas!

La increíble misericordia de aquel Hombre había devuelto la «salud» a la madre y al muchacho.

Me fijé en las manos de Sekiwen.

¡Asombroso!

Los dedos habían recuperado la normalidad.

Cuando acerté a reaccionar salí de la choza a la carrera.

A mis espaldas oí otra palabra, también en bereber:

Tanemmirt!!… («Gracias»).

Y, confuso, busqué el camino del norte.

Al poco divisé al Galileo.

Caminaba bien, con sus típicas zancadas.

Y marchamos por la costa oriental del mar de la Sal, siempre en dirección norte.

Al principio no hablamos. No era necesario.

Pero, al poco, volví a meter la pata:

—¿Cómo lo hiciste? —pregunté.

Jesús se detuvo, sonrió, compasivo, y declaró:

—Pregunta mejor por qué lo hice…

—¿Por qué lo hiciste?

—Por amor…

Y el lago salado —cómplice— se volvió blanco como la leche[29].

Llegamos al monte Gilboá el sábado, 25 de octubre del año 27 de nuestra era.

El camino fue tranquilo y sin novedades dignas de mención.

En el campamento, los enfermos habían mejorado y continuaban enredados en las habituales y ridículas polémicas.

No quedaba rastro de las hormigas gigantes…

Dos días después —el lunes, 27 de octubre— recibí una visita inesperada.

Tarpelay, el sais negro que siempre vestía de amarillo, se presentó en el Gilboá.

Llevaba días buscándome.

El fiel compañero de viajes explicó que Kesil, nuestro siervo, me reclamaba con urgencia.

Tar no supo darme razón. Ignoraba el porqué del requerimiento. Expresó, únicamente, que Kesil parecía preocupado; muy preocupado.

El Galileo y los íntimos se disponían a marchar al cercano territorio de la Decápolis. Era un lugar neutral, bajo la tutela de Roma, en el que la policía del Templo de Jerusalén no tenía competencia. Se trataba, por tanto, de una zona segura para el Maestro.

Ante la insistencia de Tarpelay no tuve más remedio que abandonar el Gilboá y dirigirme al yam o mar de Tiberíades.

Informé a Jesús sobre este cambio de planes y, tomándome aparte, comentó:

—Confía mal’ak… Confía siempre.

Depositó las manos sobre los hombros de este explorador y añadió, sonriente:

—Ahora regresa al lago… Después vuelve e infórmame.

Me guiñó el ojo y se alejó a lo alto del monte, seguido de cerca por Zal, el perro de color estaño.

«Ab-bā» le esperaba…

Y sin despedidas —como a Él le gustaba— dejamos atrás el Gilboá.

NOTA

Siguiendo instrucciones del mayor de la USAF incluyo el siguiente texto (de su puño y letra): «En los presentes diarios han sido introducidos —intencionadamente— errores de tercer orden, así como afirmaciones no probadas e inconclusas, sucesos anunciados y no narrados, y supresiones que no afectan a lo esencial. Todo ello obedece a la necesidad de rebajar, en lo posible, la credibilidad de lo narrado.»

Ir a la siguiente página

Report Page