Belén

Belén


Belén » Del 1 al 21 de septiembre (Año 27)

Página 13 de 22

DEL 1 AL 21 DE SEPTIEMBRE
(AÑO 27)

El lunes, 1 de septiembre, partimos hacia el macizo llamado Gilboá.

Sabía poco de aquel lugar.

Por el camino, Tomás me puso al corriente.

Se encontraba a 50 kilómetros al noreste de Garizím y formaba parte de los montes de Efraím, entre la llanura de Yizreel y la cuenca de Escitópolis.

Fue escenario de batallas famosas.

En esas sierras, el mítico Gedeón liberó a los israelitas del dominio de los madianitas y suprimió el culto al dios Baal.

Pero la batalla más notable fue, sin duda, la del rey Saúl contra sus ancestrales enemigos: los filisteos.

Saúl (1020 al 1012 a. de J. C.) fue ungido rey por el profeta Samuel. Fue el monarca que preparó la unión de los reinos locales que daban forma, en aquel tiempo, a lo que hoy conocemos como Israel. Se enfrentó a David y tuvo un final dramático. En una de las colinas del Gilboá se vio rodeado por los filisteos y no dudó en arrojarse sobre su propia espada, suicidándose. Su hijo Jonatán murió con él.

Y el Oso de Caná redondeó las explicaciones de Tomás, recordando algo que ya había contado en otra oportunidad: la obsesión del rey Saúl por la muerte. En vida obligó a la célebre bruja de Endor a reclamar la presencia del profeta Samuel, muerto mucho antes, para que le comunicase el resultado de la guerra contra los filisteos. Samuel —cuenta la leyenda— se le apareció y le anunció su propia muerte.

Fueron cuatro días de marcha, prácticamente sin tropiezos.

Cruzamos las poblaciones de Baddan, Aenon, Renon, Aser y Bezek.

Jesús se detuvo en todas ellas e hizo «’im».

Pero, al entrar en Bezek, ocurrió algo que nos hizo temblar.

Calculo que podía ser la nona (tres de la tarde) cuando nos detuvimos en la fuente del pueblo. Faltaban tres horas para el ocaso.

Era una plaza minúscula, con un manantial en el centro. El agua quedaba remansada en una rústica piscina ovalada de tres metros de diámetro mayor.

Felipe abrevó a las mulas y, quien más quien menos, se inclinó sobre el estanque, refrescándose.

Yo permanecí un poco atrás, atento.

Jesús introdujo la cabeza en el agua, disfrutó del frescor, y bebió con satisfacción.

Juan Zebedeo se hallaba a la izquierda del Maestro, recibiendo en ambas manos el potente caño de agua que brotaba entre las rocas.

Se empapó y bebió.

Y, de pronto, oímos voces a nuestras espaldas.

Al volverme descubrí un contubernium, una escuadra romana integrada por ocho infantes y un suboficial, un optio.

Obviamente tenían intención de acceder a la fuente.

El optio, con el puño en alto, gritaba en un pésimo arameo:

—¡Paso, miserables!… ¡Agua… nuestra!

Desconcertados y temerosos, los discípulos se hicieron a un lado. El Iscariote había enrojecido de rabia.

Y el suboficial se aproximó al estanque.

Sudaba bajo el peso de la coraza de cuero. El olor era insufrible.

Juan Zebedeo vio llegar al optio, pero no se movió de su sitio. Y continuó refrescándose.

Fue un presentimiento. Lo supe. Algo estaba a punto de suceder…

El Maestro, al lado de Juan, parecía ausente. Seguía lanzando agua sobre el rostro y el cuello, disfrutando de su frialdad.

El suboficial alcanzó el murete que rodeaba la fuente y se quitó el casco, también de cuero.

Lo depositó sobre la piedra y el resto de la patrulla imitó a su jefe.

Y todos trataron de saciar la sed.

Y sucedió lo inevitable…

El optio, pegado prácticamente a Juan Zebedeo, lo empujó sin miramientos, insultándolo:

—¡Perro judío!… ¡Fuera!

Y el Zebedeo replicó de la peor forma posible.

Se volvió hacia el suboficial y escupió en el estanque, frente al kittim.

Se hizo un silencio de muerte.

Y el optio, ciego de ira, se lanzó sobre el irresponsable discípulo, derribándolo.

En la caída, Juan, sin querer, empujó al Maestro y ambos terminaron por el suelo.

Me eché a temblar…

La escuadra desenvainó las espadas y rodeó al Galileo y al discípulo.

Jesús parecía no saber qué estaba pasando.

Juan miraba al suboficial, lleno de odio.

Sucedió todo con rapidez.

Zal, atento, se coló entre los mercenarios y fue a situarse entre su amo y el optio, mostrando los dientes al suboficial.

Quedé aterrado.

El Maestro, en el suelo, no tuvo tiempo de llamar al fiel perro de color estaño.

Y el suboficial desenfundó el temible hispanicus, dispuesto a decapitar al animal.

Pero Santiago de Zebedeo estuvo listo.

Saltó sobre el perro, lo agarró por las orejas, y tiró de él, alejándose de la fuente.

El silencioso Santiago salvó la vida de Zal, sin duda, y evitó males mayores.

A un gesto del optio, la escuadra devolvió las espadas a las fundas de madera y siguieron bebiendo.

Mateo y Tomás ayudaron a Jesús a levantarse y Juan fue sacado del lugar a empujones. Pedro lo llamó «insensato y niño consentido».

A una orden de Andrés, el grupo se retiró con rapidez y en silencio.

Allí se quedó el contubernium.

¿Pudo producirse una masacre? No tengo la menor duda… Pero nada de esto fue narrado por los evangelistas. De haber contado la verdad, la imagen de Juan Zebedeo habría resultado lastimada.

El jueves, 4 de septiembre (año 27), avistamos la sierra de Gilboá.

Se trataba, en efecto, de un macizo formado por numerosas elevaciones, casi todas por debajo de los 400 metros.

Pura roca, espinos, retamas, teucrios aromáticos, lirios violetas —a millones— y algunos corros de encinas y robles en las laderas.

Tomás condujo el reda hasta un arroyo llamado Uajita, en la base de una de las colinas de yeso.

Muy cerca, en la pradera, se alzaba un poblado —ni siquiera una aldea— al que conocían por el nombre de Gelbus.

Las chozas, de paja, nos miraron desconfiadas. Todas tenían las puertas abiertas; mejor dicho, carecían de puertas.

En los alrededores pastaban algunos onagros grises y altos. También miraron recelosos. Pero siguieron a lo suyo.

Al poco vimos llegar a los vecinos.

Gente rara, con túnicas rojas y azules, muy sobradas, y ridículos gorros cónicos, al estilo de los fariseos. Pero no eran fariseos, no señor…

No saludaron.

Hablaban entre ellos en koiné (griego internacional), y siempre guardando las distancias.

Levantamos las tiendas y, al rato, se esfumaron.

¿Quiénes eran?

Tomás dio una breve explicación.

—Son nigromantes…

Habíamos ido a parar a una comuna integrada por hechiceros, kasday (astrólogos), caldeos (adivinos) y magos negros y blancos.

No me gustó.

No me equivoqué.

Allí viviríamos otro amargo lance…

Y poco antes del ocaso vimos llegar a Abner y a su grupo: los «justos». Trece en total.

Según comentaron, habían decidido imitar al rabí de Galilea, nombrando doce apóstoles. Yehohanan, aunque encarcelado, seguía siendo el líder; mejor dicho, el Mesías esperado.

Fueron recibidos con una alegría contenida. Los últimos disgustos y polémicas estaban aún calientes…

Marcha de Jesús y los íntimos desde el monte Garizím al poblado de Gelbus, en el macizo del Gilboá

Los «justos» se instalaron cerca de nuestro campamento, en un guilgal, el habitual círculo de piedra.

Andrés y Abner celebraron una primera reunión y decidieron limar asperezas.

Y quedó establecido que ambos grupos se reunirían una vez al día, excepto los sábados.

Jesús, según su costumbre, desayunaba y se alejaba hacia las colinas, casi siempre en la compañía de Zal.

Hizo ver a Andrés que no deseaba participar de aquellos «cónclaves domésticos». Así los llamó.

«He venido a este mundo para sembrar la esperanza —manifestó rotundo—. No participaré en cuestiones menores que pueden ser resueltas por vosotros… Si necesitáis consuelo espiritual, avisadme».

Y los seguidores de Jesús y de Yehohanan se sentaron y trataron de armar ideas y detalles. Pero las cosas fueron mal desde el principio. No había forma de que se pusieran de acuerdo ni en lo más básico.

¿Cómo debían rezar? ¿De pie o de rodillas? ¿Con los brazos en alto o pegados al cuerpo?

Asistí, asombrado, a los primeros «cónclaves». Después abandoné las reuniones, decepcionado.

Debatían y debatían, enroscados en minucias y en asuntos puramente humanos o de servicio.

¿Qué oración adoptaban como expresión oficial de sus ideas? Los íntimos del Galileo exigieron el padrenuestro. Los «justos» la rechazaron. Había que rezar al estilo del Bautista, siempre en la más estricta ortodoxia. Eso clamaron.

Y las polémicas se hicieron eternas.

Abner y Andrés se desesperaban. Nadie escuchaba. Todos gritaban más que los otros.

Santiago de Zebedeo y Bartolomé terminaron marchándose. «Aquello —dijeron— era pura mediocridad».

El segundo gran problema tenía nombre propio: Yehohanan.

¿A quién obedecían? ¿Quién era realmente el líder? Jesús hacía prodigios. Jesús era el Mesías esperado. Él conduciría los ejércitos de liberación. Los «justos» se opusieron con todas sus fuerzas. El Mesías era el Bautista. Si no hacía milagros era porque se hallaba sepultado en la fortaleza de Maqueronte, en el mar de la Sal.

El Iscariote y Simón, el Zelota, estaban indecisos. Y se mantuvieron en un discreto silencio.

Y los ánimos siguieron incendiándose.

Mientras Yehohanan estuviera preso —en eso sí alcanzaron un acuerdo— ambos bandos se reunirían cada dos o tres meses y en lugares que establecerían los respectivos jefes: Andrés y Abner, el pequeño gran hombre.

Pero el escollo que rompería de nuevo las voluntades fue el bautismo de los fieles.

Para el Maestro, bautizar o no bautizar no era importante. Para los «justos» era un asunto de máxima trascendencia.

Y las discusiones se hicieron interminables.

Finalmente llegaron a un acuerdo: a partir de esos momentos, dos o tres «justos» acompañarían al grupo del Galileo de forma permanente y bautizarían a los seguidores que lo reclamaran.

Y surgió un último punto, no menos delicado.

Si el Bautista era ejecutado —algo muy probable—, ¿qué deberían hacer?

Los «justos» protestaron. Eso no sucedería. Yehohanan mandaría caer fuego del cielo y arrasaría Maqueronte y al maldito Antipas.

Ninguno de los íntimos del Maestro creyó una sola palabra. Y vuelta a empezar.

Al atardecer, tras la cena en común, el Hijo del Hombre se dedicó a relatar a los veinticuatro algunos detalles de su infancia y primera juventud en Nazaret. Nada nuevo para este explorador. Esa información aparece reflejada en las presentes memorias[19].

Los «justos» no prestaron demasiada atención a las palabras de Jesús.

El Maestro, sobre todo, habló de sus dudas y de sus anhelos. Él sabía —desde que tenía doce o trece años— que había venido a este mundo para cumplir una misión; un trabajo relacionado con su verdadero padre: Ab-bā. Pero, durante muchos años —angustiosos—, el Galileo no supo, exactamente, en qué consistía ese plan.

Relató la trágica muerte de su padre terrenal, José, en un edificio público de Séforis, capital de la baja Galilea, y explicó cómo Herodes Antipas se negó a entregarle la indemnización económica que le correspondía a la familia. Desde entonces, Jesús se refirió a Antipas como «ese chacal».

Después habló del monte Hermón y de cómo recuperó su divinidad en el verano del año 25 de nuestra era. Jesús tenía treinta y un años.

Fue entonces cuando supo quién era realmente: Micael, Creador de un universo. Un Dios enviado a la Tierra para revelar el rostro del verdadero Dios: el Padre Azul.

Tras el bautismo en el río Artal, Jesús se retiró a las colinas de Beit Ids y allí meditó durante 39 días. Vivió en una cueva y yo tuve el privilegio de acompañarle. Tomó una serie de importantes decisiones —entre otras no hacer milagros— y, al regresar, aceptó a los primeros seis discípulos: Andrés, su hermano Pedro, los Zebedeo, Felipe y Bartolomé.

Habló igualmente de su célebre entrevista con los ángeles rebeldes en la cima del Hermón, en agosto del año 25. Pero no dio detalles.

Lamentablemente, a la hora de contarlo, los evangelistas lo confundieron todo: palabras, lugares e intenciones.

Durante aquellos días, cansado, como digo, de tanto despropósito y de tanto cónclave absurdo, acompañé a Felipe y a los gemelos de Alfeo en sus paseos por el poblado de los caldeos o videntes.

No me arrepentí.

Fue muy didáctico…

Gelbus, como apunté, era una comuna de gzry, que podría traducirse como «astrólogo», aunque otros preferían el término «exorcista».

Era la mayor concentración de gzry de todo Israel.

Conté 257 entre nigromantes, brujos blancos y negros, echadores de cartas, kalus (que calman el corazón de los dioses mediante la música y el canto), barus (adivinos —sacerdotes de origen mesopotámico que aseguraban ser los descendientes legítimos de Emmeduranki, rey anterior al diluvio; el dios bello—. Todos vestían de rojo y se rasuraban las cabezas) y los trazadores de círculos o ašap, capaces de atraer la lluvia.

Los astrólogos o caldeos y los echadores de cartas eran los más numerosos y populares.

Algunos decían haber estudiado con Cidenas y Naburimannu, dos eminentes matemáticos babilónicos…

Reí para mis adentros.

¡Qué farsantes!

Cidenas y Naburimannu (conocido también como Naburianus) vivieron trescientos años atrás…

No importaba.

Nadie preguntaba.

La gente que acudía al poblado —a cientos— lo hacía con el único propósito de averiguar su futuro y el de sus hijos. Y, de paso, regresar a sus tierras con algo de esperanza en el corazón…

Algunos presentaban copias del Enuma Anu, un texto astrológico del año 1595 a. de j. c., proporcionado —según la leyenda— por los dioses Anu, Enlil y otros. Contenía predicciones astrológicas que denominaban «el manual».

Eso impresionaba a los clientes…

Otros se proclamaban —abiertamente— seguidores y discípulos del gran Hermes Trimegisto (el tres veces grande). Hermes era en realidad la encarnación del dios egipcio Thoth, el sabio, mago y prudente. Y hablaban del Corpus Hermeticum y de la Tabla Esmeraldina y del Divino Pimandro, obras atribuidas a Hermes.

Para los astrólogos, el cielo y la tierra se hallan íntimamente vinculados. «Lo que es arriba —decían— es abajo». Creían en la «simpatía universal» y consideraban que los astros ejercen un poderoso influjo sobre hombres y animales. Como la definió Mitrídates, «la astrología era la ciencia divina que hace felices a los hombres y les enseña a parecerse a los dioses».

Naturalmente, todo eso me parecieron fantasías…

Conocí también a varios «teúrgos», magos muy influidos por la filosofía de Platón, que estimaba que todo lo material —casas, hombres, piedras, peces, etc.— es puro reflejo de algo que existe en el reino de lo invisible. E invocaban los Oráculos caldeos, obra supuestamente escrita por el legendario Zaratustra, el gran profeta persa.

Llevaban a cabo los oro skopeo (horóscopos) sobre papiros, de viva voz, sobre metal o sobre piedra. Necesitaban la hora de nacimiento de la persona, así como el día, mes y año.

Sobre algunas de las puertas de las chozas colgaban las célebres estrellas caldeas de siete puntas. Cada punta simbolizaba a los planetas conocidos en aquel tiempo: el Sol, Venus, Mercurio, la Luna, Saturno, Júpiter y Marte. Marcaban —para los astrólogos— el orden de los días de la semana, las horas y los colores. Mi hermano, en sus estudios, llegó a descubrir algo desconcertante. La estrella caldea contiene los pesos atómicos de los elementos más destacados[20].

Lo admití. Sabía de la seriedad de Eliseo…

Este variopinto poblado, como digo, formaba una comuna bien avenida. Se ayudaban. Se protegían. Repartían las ganancias (la consulta mínima no bajaba de un denario de plata) y vigilaban a los intrusos como nosotros. No admitían competencia.

Y aunque la magia y la astrología estaban penadas desde los tiempos del emperador Augusto (año 11 después de J. C.) (Tiberio las toleraba), y los sacerdotes judíos las calificaban de «ciencias funestas», el pueblo hacía caso omiso y llegaba, regularmente, hasta Gelbus, llevando a cabo toda clase de consultas.

Yo, como científico, nunca creí en la astrología. Creo, por supuesto, en la influencia física de la actividad solar y en las influencias gravitatorias de la luna sobre la salud del ser humano e, incluso, sobre su estado de ánimo. Pero, de ahí a considerar que los astros puedan modificar mi Destino, hay un abismo (insalvable).

En algunos casos, los magos y caldeos decían ser también «sanadores» o rofé. Y practicaban toda clase de curas (o supuestas curas). A saber: contra la locura rasuraban las cabezas y las bañaban en aceite rosa. Otros aconsejaban el uso de mecedoras, toda suerte de drogas y potingues, y escuchar el ruido del agua en los ríos o en las fuentes. Si el loco no experimentaba mejoría, el mago debía someterlo a tortura. Es decir, hambre, latigazos, sustos mortales, y supresión del vino en las comidas (!). Contra la depresión recetaban bazo de buey (a ser posible agusanado). Las crías de golondrina eran el mejor remedio contra los ataques al corazón. Para la extracción de los dolorosos cálculos renales, el «médico» no se andaba con chiquitas. Introducía la mano por el ano e intentaba capturar las piedras (!). Si se producía una hemorragia sentaban al paciente en un cubo con vinagre fuerte.

Se basaban en la obra de Celso —De artibus— y en las sentencias de Tibulo.

Quedé horrorizado.

También «curaban» con la saliva, el aliento, y la vista.

Vi a enfermos a los que hacían caminar sobre brasas ardientes y a los que obligaban a sostener carbones encendidos en las manos. Si el paciente soltaba el carbón, el médico estaba autorizado a golpearlo con finas varas de avellano.

Uno de los caldeos nos enseñó un viejo rollo, asegurando en voz baja que estábamos ante el tesoro de los tesoros.

El pergamino en cuestión —eso dijo— era una copia del libro de los Misterios, entregado a Noé antes del diluvio por el ángel Raziel. El escrito contenía los secretos del cielo (de los siete superuniversos) y del Paraíso. Gracias a este megillah, Noé pudo construir el arca de madera de acacia y salvar a los animales (no por parejas sino de siete en siete).

En una de aquellas visitas a los caldeos quedamos fuertemente impresionados.

En una de las chozas —casi aislado— vivía un anciano alto y delgado, de mirada azul, y largas barbas blancas. El cabello, también de color espuma marina, aparecía minuciosamente trabajado en siete trenzas. Vestía siempre de blanco.

Dijo llamarse Sus («Caballo», en arameo).

Se presentó como «interpretador de sueños».

Aquello me interesó vivamente.

Yo solía tener ensoñaciones muy vívidas y extrañas.

Su fama llegaba más allá de Alejandría…

Fue un milagro…

Los discípulos de Jesús —casi todos— aceptaron sentarse frente al anciano de las trenzas y relatar sus ensoñaciones más frecuentes u obsesivas.

El Iscariote pagó, gustoso, un total de diez denarios por otras tantas consultas.

Quedé fascinado.

Andrés fue el primero en relatar su sueño más repetitivo y, en cierto modo, penoso:

—De pronto me veo en lo alto de una escalera que no tiene fin —aclaró—. Esa escalera conduce al cielo. En otras ocasiones lleva a un jardín…

La historia me resultó familiar. Y recordé mi reciente ensoñación, en la que ascendía por una escala de 13.013 peldaños metálicos.

—… Al llegar al final de la escalera —prosiguió el jefe de los íntimos— alguien que no veo me sujeta y me transporta, por el aire, hasta el jardín… Allí me dedico a cortar flores. Son flores de muchos colores…

Sus escuchaba atentamente.

—… Pero no son flores normales… ¡Tienen cabezas humanas!… Y, al cortarlas, lloran… Yo también termino llorando en el sueño.

El interpretador preguntó:

—¿Faltaba algún escalón?

Andrés trató de recordar.

—No lo sé…

—No importa —concedió Sus—. Está claro… Te cuesta mucho alcanzar tus ideales en la vida…

Andrés bajó los ojos y aceptó la sentencia del venerable anciano.

—No dejes de pelear por lo que consideras justo —añadió Sus.

El interpretador sonrió con los ojos y le dio un consejo:

—Y sigue recogiendo esas flores… Son las mejores… Son las flores del alma… Esas nunca se marchitan.

Andrés no se contentó y se interesó por el asunto de los peldaños:

—¿Y qué ocurre si falta un escalón en la escalera?

—Mi ciencia dice que la ausencia de un peldaño o el estado ruinoso de la barandilla indican que el protagonista del sueño vive en una permanente angustia.

El anciano llevaba razón. Andrés, como responsable del grupo apostólico, se hallaba sometido a una fuerte y constante presión. Andrés era un perfeccionista y buscaba el equilibrio en todo. Eso provocaba una tensión poco aconsejable.

Pero el bueno de Andrés no practicó las recomendaciones del mago. Y siguió como siempre…

Pedro, hermano de Andrés, habló de agua, mucha agua:

—Es un sueño que se repite y se repite… Estoy en la casa, con Perpetua y mis hijos y, de repente, empieza a llover… Y las goteras nos inundan…

—¿Cuántas goteras? —intervino Sus.

—Muchas…

—¿Muchas goteras o una sola?

—No, muchas goteras… Y el agua va subiendo y subiendo. Es angustioso… ¡Nos ahogamos!

El interpretador movió la cabeza, negativamente.

Y fue sincero:

—Esas goteras indican luto…

Pedro palideció.

—¿Morirá mi esposa?

Sus volvió a negar con la cabeza, pero no quiso proseguir. Entiendo que actuó con prudencia. Según mis noticias, tanto Perpetua como Pedro sufrirían martirio en Roma treinta y un años después.

—¿Y si hubiera sido una sola gotera? —se interesó Pedro.

—Eso habría indicado sufrimiento, sin más…

—Pero no duelo… —porfió Pedro.

El anciano dijo que sí con un hilo de voz. Estaba claro que la ensoñación del pescador no le agradó. Y no quiso hacer más comentarios.

Lo supe. El interpretador «vio» la muerte de Pedro…

Felipe, el intendente, fue el siguiente.

Y habló de algo que este explorador desconocía por completo:

—Me veo con frecuencia en una cárcel… No sé qué hago allí… Nunca he hecho daño a nadie…

Felipe hablaba con razón. Aquel calvo de ojos verdes era todo bondad.

—… Yo vestía de rojo —continuó el cocinero jefe—… ¿Y por qué si mi color es el amarillo?…

El interpretador le animó a que no se desviase del asunto principal. Y Felipe prosiguió:

—… Entonces, en el sueño, se abre una puerta y veo entrar en la celda un lobo negro y enorme… Tiene los ojos inyectados en sangre… Me mira y enseña los colmillos… Y gruñe… ¡Me va a devorar!…

Los discípulos estaban pálidos.

—¿Y cómo termina el sueño? —solicitó Pedro, nervioso.

—¡Me devora!… ¡El lobo empieza por los pies!… ¡Después devora las manos!… ¡Y yo lo veo todo!

Los íntimos, asustados, hicieron comentarios entre ellos.

Andrés solicitó silencio.

—Ahí termina el sueño —concluyó Felipe, más pálido que el resto.

Sus se tomó su tiempo. Meditó y, finalmente, sentenció (no sé si con acierto):

—Tienes un lobo interior que te está devorando…

Traté de analizar las palabras del interpretador de sueños. ¿Un lobo interior? ¿Era Felipe avaricioso? No, todo lo contrario… ¿Era lujurioso? No lo parecía… ¿Era ruin o mentiroso? Para nada… Como dije, era un hombre eminentemente bueno. No supe qué pensar…

Bartolomé, el Oso de Caná, hizo un pormenorizado relato del sueño que le asaltaba con frecuencia. He aquí una síntesis:

—Andaba yo en uno de mis viajes (?), no sé si por la China (?), cuando me veo asaltado por miles y miles de abejas gigantescas, negras y amarillas… Me persiguen… Corro, pero la pierna izquierda no me responde… Y caigo al suelo, dispuesto a morir…

Bartolomé, como se recordará, cojeaba de la pierna izquierda, como consecuencia de las venas varicosas.

Se rascó la coronilla y preguntó al maestro interpretador:

—¿Significa el sueño que moriré en la China?

Los íntimos rieron la supuesta gracia del Oso.

—¿Tienes asociados? —preguntó Sus.

—Sí, estos…

Y señaló a sus amigos.

—Pues llegará el día —exclamó en anciano de las siete trenzas— en el que romperás con ellos…

Bartolomé y el resto se negaron a aceptar las palabras de Sus.

Este explorador guardó silencio.

El interpretador había acertado, una vez más.

Tras la muerte del Galileo, Bartolomé se alejaría de Pedro y del resto, encaminándose a las tierras de la India. No moriría en China, pero casi…

Simón, el Zelota, indagó primero en la mirada del anciano y después, con palabras entrecortadas, dijo algo sobre un desierto, un megillah o pergamino, y una serpiente que salía del citado rollo. Esa era su pesadilla desde hacía tiempo.

Los profundos ojos negros del Zelota brillaban.

Sus volvió a preguntar:

—¿Había palomas o águilas sobrevolándote?

El guerrillero negó con la cabeza.

—Entiendo que tú también perderás a tus amigos…

La respuesta del interpretador dejó muda a la concurrencia.

«Eso no es posible —se decían unos a otros—. Somos hermanos al servicio del Mesías».

Sus estaba en lo cierto. Tras la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, al comprobar cómo Pedro, los hermanos Zebedeo, Mateo y Andrés traicionaban el mensaje del Maestro, el Zelota se despidió del núcleo apostólico, dirigiéndose a Egipto. Desde allí penetró en África, llevando el verdadero mensaje del Hombre-Dios a miles de personas: el Padre Azul existe y nos regala la inmortalidad.

Pero guardé silencio, naturalmente.

Juan Zebedeo se resistió al principio. Después, presionado por todos, accedió a contar su más terrible pesadilla:

—Me encuentro de pie, en una ventana… Abajo está el vacío… Sé que voy a caer… Miro con angustia… Sé que voy a caer… ¡Y caigo!… ¡Caigo!

Sus lo tuvo claro desde el principio.

Según explicó, ese tipo de ensoñación era común.

Y sentenció, valiente:

—Te consideras inferior al resto de los hombres… E intentas demostrar lo contrario con la soberbia.

Nadie replicó, pero todos, en nuestro interior, estuvimos de acuerdo.

Juan tartamudeó:

—¡Mal… mal… mal… di… di… to!

Pero Sus no había terminado:

—Te gustan los hombres…

Juan Zebedeo, con los negros ojos encendidos, se levantó y abandonó la choza entre maldiciones.

—… Y morirás lejos de tu país…

Las últimas palabras del interpretador de sueños no fueron oídas por el irascible Zebedeo.

No sé cómo lo hizo, pero Sus acertó de nuevo. Juan Zebedeo moriría en Éfeso (actual Turquía) cuando contaba ciento un años de edad.

A Santiago, hermano de Juan, tuvieron que arrastrarlo —materialmente— al interior de la choza del mago. No quería hablar. Pero, finalmente, lo convencieron.

Y el rostro pétreo del discípulo no se alteró mientras contaba su pesadilla más frecuente:

—Estoy en el campo o en el mar —explicó con su habitual y reposada voz—, miro a lo alto, y veo una enorme águila… Me observa con sus ojos amarillos… No se mueve… Está quieta, con las alas extendidas…

Ahí terminaba el sueño.

Sus miró al discípulo con curiosidad.

Y terminó augurándole:

—Lo sacrificarás todo por una idea… Mujer, hijos… Todo.

Santiago no movió un músculo. Y no hizo comentario alguno.

Yo sabía que, en el año 62, el hijo del trueno sería ejecutado por defender una idea: la buena nueva. Pero él, en esos momentos, no podía imaginarlo…

Tomás fue sincero, como siempre:

—Tengo un sueño muy raro —explicó al interpretador y a sus amigos—. Veo cómo se me caen los dientes… A veces, incluso, me los como… Es angustioso…

Al principio, el estrabismo de Tomás en su ojo izquierdo confundió a Sus. Él tampoco sabía dónde mirar…

—Te preparas para un cambio —anunció el mago.

Tomás asintió. Y adelantó a Sus que se hallaba en pleno proceso de divorcio.

Todos quedamos desconcertados al ver al Iscariote sentado frente al interpretador.

«¡Qué honor!», pensé.

Y Judas reveló lo que le atormentaba desde niño:

—En ese sueño salgo a la calle desnudo… Pero la gente no me mira…

—¿Has sido violado?

La súbita pregunta de Sus nos dejó perplejos, y no digamos al Iscariote.

Pero Judas guardó silencio.

Yo sabía que fue violado por una patrulla romana cuando era un niño[21]. Me lo contó Amidá, su madre…

El interpretador, inteligentemente, evitó la cuestión y resumió:

—Soledad… Estás solo…

El perfil de pájaro del Iscariote no se alteró.

—Deberías poner remedio a ese problema —aconsejó el anciano—. De lo contrario…

El Iscariote no volvió a abrir la boca.

Los gemelos de Alfeo se sentaron también frente a Sus y repitieron el único sueño doloroso que recordaban: sus familias se ahogaban frente a las costas de Kursi, en el yam o mar de Tiberíades.

El interpretador no vaciló:

—Ellos os necesitan…

Mateo Leví explicó su pesadilla con detalle:

—Me veo en una cárcel… De pronto descubro una puerta… Nadie me ve… Puedo huir, pero no lo hago…

Los ojos azules del gabbai o recaudador de impuestos se iluminaron.

—Y en la puerta abierta —prosiguió el discípulo— se presentan el Maestro y mi hijo Telag… Jesús lleva de la mano al pequeño.

Telag, como ya indiqué, era un niño con síndrome de Down.

—¿Y qué más? —inquirió el interpretador.

—Nada más. Ahí termina el sueño.

Sus guardó silencio. No pudo o no quiso interpretar la ensoñación del antiguo gabbai.

Más adelante, cuando sucedió lo que sucedió, creí entender el sueño premonitorio de Mateo: Telag resultaría mágicamente sanado…

Pero no debo adelantar los acontecimientos.

Este explorador fue el último.

Y expuse la reciente ensoñación de los 13.013 peldaños.

Sus escuchó atentamente.

Después preguntó:

—¿Caíste al vacío?

—Así es…

Meditó durante un par de minutos y replicó, convencido:

—¡Atención!… Te ronda la muerte.

Permanecí impasible.

Eso le gustó al mago.

Y añadió:

—Tu camino está terminado…

Más o menos fue lo que pronosticó el Maestro. Por cierto, no hubo forma de convencer al Galileo para que se sentara frente a Sus.

Nos quedamos con las ganas… ¿Tenía el Hijo del Hombre pesadillas? ¿Cuáles eran sus ensoñaciones más frecuentes? Obviamente, al disponer de una naturaleza humana, el Maestro soñaba. Pero, ¿en qué consistían esos sueños? ¿Aparecía el Padre Azul en los mismos? Yo diría que sí…

Pero no todo fue pacífico en aquellos días, en el Gilboá.

Desde el principio, como dije, percibí desconfianza en la comuna. Había recelo —mucho recelo— en las miradas de los brujos.

Y se preguntaban: «¿Éramos espías?… ¿Quizá de Roma?… ¿Trabajábamos para el Sanedrín o para Herodes Antipas?… ¿Éramos homosexuales?… ¿Qué hacían veintisiete hombres en mitad de la nada?… ¿Por qué se pasaban el día discutiendo y polemizando?… ¿Por qué uno de ellos —el que parecía el jefe— desaparecía cada mañana entre las colinas con la única compañía de un perro?»

Naturalmente, algunos de los «justos» se fueron de la lengua y la noticia de la presencia del Mesías en Gelbus se propagó veloz.

Ello contribuyó a multiplicar las dudas entre los hechiceros y adivinos.

Echaron sus cartas y consultaron a los dioses, pero el Mesías no apareció en los vaticinios. Y las risas y las burlas se extendieron por el poblado.

¿Éramos unos locos?

La mayoría de los nigromantes creyó que sí. Éramos una partida de fanáticos religiosos…

Y, en parte, se tranquilizaron.

Andrés y Abner no tuvieron en cuenta las confusas opiniones de los magos y astrólogos. A ellos solo les importaban los «concilios domésticos». Grave error.

Y amaneció el jueves, 11 de septiembre del año 27 de nuestra era.

Ese día, todo se enredó…

Muy temprano, como un fantasma, se presentó en el campamento una vieja conocida: Sigal, la hechicera de Giló.

Quedamos estupefactos.

¿Cómo pudo localizarnos?

Bueno, tampoco era tan difícil…

El nombre de Jesús de Nazaret se hallaba en boca de todo Israel. Seguir su pista era simple.

Tenía el rostro desfigurado. Cargaba un saco de viaje y mucha amargura.

No habló con nadie.

Se instaló cerca de las tiendas y procedió a su rutina: excavó dos círculos concéntricos en la pradera y revolvió en el interior del negro petate.

Al poco le vimos extraer un cráneo mondo y lirondo.

Me pareció la calavera de un equino; posiblemente de un caballo joven.

Regresó al centro de los círculos, se arrodilló, y alzó el cráneo por encima de la cabeza, al tiempo que iniciaba sus habituales y monótonos cánticos.

El nombre del Maestro aparecía en todos sus conjuros.

Según Felipe y Bartolomé, la utilización de un cráneo de caballo, o de mula, tenía su justificación. El diablo se presentaba en forma de macho cabrío (eso era lo habitual). Pero también lo hacía en forma de caballo. Esas presencias eran las más funestas. «Las invocaciones con calaveras de equinos resultaban mortales en cuestión de días». Eso dijeron.

Y los discípulos y los «justos» siguieron a lo suyo, olvidando a la mujer del ojo violeta.

La gente de la comuna no tardó en descubrir a Sigal.

Se aproximaron, cuchichearon entre ellos, y regresaron a las chozas visiblemente enfadados.

Aquello no me gustó…

Así transcurrieron dos días.

El Galileo tampoco prestó atención a la bruja.

Al alba, como digo, Sigal tomaba posesión de los círculos concéntricos, levantaba la calavera por encima de la cabeza, e iniciaba los conjuros. No se detenía un momento. La cantinela se prolongaba desde las cinco de la mañana (hora del amanecer) hasta las cinco de la tarde (momento del ocaso). ¡Doce horas con los brazos en alto! ¡Doce horas sin comer ni beber! Aquella mujer era un portento… Y entendí: su odio hacia Jesús le daba fuerzas.

Y el sábado, 13 de septiembre (año 27), ocurrió…

A eso de la nona (tres de la tarde) descargó una fuerte tormenta sobre la zona. El Maestro se hallaba ausente.

Todos corrimos y nos refugiamos en las tiendas y en la carpa de pieles de cabra que protegía la cocina.

Sigal, impasible, continuó en el centro de los círculos, con la calavera sobre la cabeza y, en esta ocasión, con el cráneo apuntado hacia el poblado.

La lluvia, torrencial, la empapó y casi apagó los cánticos. Pero ella no se movió ni dudó.

Al poco, la fatalidad hizo que uno de los rayos cayera en Gelbus, el poblado de los hechiceros.

Resultado: una choza incendiada y tres astrólogos calcinados.

«¡Vaya! —me dije— ¿No adivinaron que iban a morir?»

El resto de los caldeos huyó horrorizado.

Pero un pequeño grupo de magos terminó dirigiéndose a nuestro campamento.

Se detuvieron frente a la bruja y la acusaron de haber provocado la caída del rayo.

Estaban furiosos.

Y la amenazaron, y nos amenazaron, con toda clase de males y desgracias.

Andrés y Abner intentaron apaciguar los ánimos.

Fue inútil.

Aquellos energúmenos estaban fuera de sí.

Y alzaron sus mazas y hachas, exigiendo que nos fuéramos.

Sigal, con el cráneo de caballo sobre la cabeza, al ver a los fanáticos, arreció en sus conjuros y cánticos.

Y los astrólogos respondieron con nuevos insultos y maldiciones.

La mujer, entonces, se alzó, salió de los círculos, y se encaminó —decidida— hacia los exaltados magos.

La lluvia la cegaba.

Y apuntó con la calavera a los tipos de las mazas.

Lo hizo uno por uno, al tiempo que gritaba:

—¡¡Pervertidos!!… ¡¡Farsantes!!

Otro rayo impactó cerca, provocando el temor y la confusión de los caldeos.

Algunos retrocedieron. Otros tropezaron y cayeron.

Pero uno de ellos levantó un hacha de doble cuchilla y lanzó un fortísimo golpe sobre Sigal.

¡Dios bendito!

La lluvia se mezcló con la sangre.

El hacha abrió la cabeza de la mujer como si fuera un melón y Sigal cayó muerta en el acto.

Quedé paralizado.

Nadie se atrevió a moverse.

Aquellos salvajes podían masacrarnos…

Y la lluvia resbaló sobre el cuerpo de la infeliz…

La calavera de caballo, a su lado, se reía de todos.

Los caldeos levantaron de nuevo las armas y nos amenazaron. Después dieron media vuelta y se alejaron.

En esos momentos huimos, espantados.

Corrimos bajo la lluvia sin saber a dónde dirigirnos.

Una hora después retorné a la cocina.

Allí, muy cerca, seguía el cuerpo sin vida de la misteriosa Sigal.

Los discípulos y los «justos» fueron regresando y Andrés y los gemelos de Alfeo se ocuparon del traslado del cadáver a uno de los bosques.

Allí procedieron a sepultarlo.

Sobre la tumba quedó la calavera de equino, como una advertencia.

Nadie volvió a pisar el poblado de los astrólogos.

Al volver al campamento, Jesús fue informado por Andrés, pero el rabí no dijo nada.

Y «justos» e íntimos continuaron con sus debates (inútiles debates).

Jesús siguió con su rutina.

Por la mañana marchaba a las colinas del Gilboá, conversaba con su Padre, y regresaba al ocaso.

Zal era el único verdaderamente feliz y despreocupado.

Andrés, acertadamente, sugirió al rabí que había llegado el momento de levantar el campamento y marchar de aquel siniestro lugar.

Pero los «justos» se negaron.

Ellos no tenían nada que ver con Sigal. No tenían nada de qué arrepentirse y no se moverían hasta que los acuerdos entre ambos bandos estuvieron consolidados.

El asunto fue sometido a votación.

Solo Andrés y Tomás votaron a favor del levantamiento de las tiendas.

Y Jesús aceptó la decisión mayoritaria. Nos quedaríamos un poco más.

Por supuesto, no hubo más conversaciones tras la cena. La muerte de Sigal pesaba en el ánimo de casi todos.

Noté a Jesús triste y apagado.

Yo asistí a otros «concilios domésticos», tan inútiles y áridos como los anteriores. Aquello era una solemne pérdida de tiempo.

Pero no podía hacer nada más. Estaba donde estaba. Mi obligación era permanecer cerca del Hijo del Hombre y dar cuenta de los hechos.

Tentado estuve de acompañar al Galileo a las colinas, pero algo —esa fuerza que siempre me acompaña— dijo que no. Debía ser paciente… Estaba a punto de asistir a otro suceso que tampoco fue narrado por los evangelistas.

Los «justos» seguían empeñados en sacar adelante lo que denominaban plan «Nogha’» (amanecer o luz del amanecer). Abner me había hablado del asunto poco antes de la captura de Yehohanan por parte de Antipas.

Ir a la siguiente página

Report Page