Belén
Belén » Del 21 de septiembre al 1 de octubre (Año 27)
Página 15 de 22
DEL 21 DE SEPTIEMBRE AL 1 DE OCTUBRE
(AÑO 27)
En la mañana del domingo, 21 de septiembre, Jesús se presentó en la cocina de campaña.
Acababa de amanecer. Los relojes de la «cuna» podían marcar las seis.
Quedé sorprendido.
El Maestro cargaba su habitual saco de viaje. En la cabeza lucía la familiar cinta blanca; señal inequívoca: se disponía a caminar y durante un largo período de tiempo.
No supe qué pensar.
Nadie había comentado nada al respecto.
¿Se marchaba del Gilboá? ¿Y por qué en solitario? ¿Qué pretendía?
Desayunó con calma: leche caliente y pan recién horneado con miel y queso.
El Galileo me miró, divertido.
Algo tramaba…
Aguardé, expectante.
Al terminar, el Maestro indicó que recogiera mis cosas y le acompañara.
Felipe y los gemelos de Alfeo siguieron a lo suyo, disponiendo los desayunos. El resto de los discípulos continuaba en las tiendas, durmiendo.
Imaginé que Jesús lo había hablado previamente con Andrés.
Obedecí, claro está.
Él era mi único objetivo en aquella apasionante aventura…
El Galileo acarició a Zal y le susurró:
—Espérame…
El perro de color estaño se tumbó frente a la tienda de pieles de cabra de su amo y supo que no debía acompañarle. No lloró ni protestó.
Y poco antes de la tercia (nueve de la mañana) nos alejamos del campamento en dirección sureste.
En un primer momento imaginé que Jesús se había cansado de tanto «concilio» y de tanto astrólogo.
Sí y no…
La verdad es que no pregunté.
El rabí, sin mediar palabra, se alejó unos pasos.
Yo conocía ese gesto.
Significaba que deseaba caminar en soledad. Y lo respeté, naturalmente.
Y así fue hasta que nos adentramos en los interminables campos de cereales de Esdrelon.
Jesús aflojó el paso y dejó que lo alcanzara.
Lo noté serio. Parecía preocupado.
Y terminé preguntando sobre algo que me rondaba desde la muerte de Sigal, la hechicera del ojo violeta:
—¿Qué necesidad había?
El Galileo dijo no entender y solicitó una aclaración:
—¿A qué te refieres?
—Lo sabes bien… ¿Qué necesidad había de que esa mujer muriese y de forma tan horrible?
Jesús se detuvo. Me miró intensamente y replicó:
—Ella lo eligió…
Sí, lo habíamos hablado, pero no terminaba de comprender.
—¿Cómo puede escoger un final así?
—Todo tiene sus ventajas —declaró el rabí—, aunque ahora no alcances a captarlo.
Se percató de mi absoluta ignorancia, sonrió compasivo, y prosiguió:
—No puedes medir lo invisible… Ten paciencia. Todo será desvelado…, en su momento.
Y volvió a despegarse de este confuso y confundido explorador.
Al atardecer nos detuvimos frente a una aldeíta llamada Cola. Era pura miseria. Puro barro. Puras moscas. Gallinas negras y alborotadoras. Niños desnudos de cabezas rapadas. Perros ladradores y cobardes. Paisanos recelosos y huidizos. Era tan poca cosa que el sol pasaba veloz y sin mirar.
Acampamos cerca.
Esa noche oscureció a las 17 horas y 35 minutos.
Hicimos un buen fuego y el Maestro se ocupó de la cena: habas guisadas por Felipe y carne de buey salada con pan moreno y zumo de frutas.
Cenamos en silencio. No sé si lo he dicho: si era viable, al Maestro le gustaba comer en silencio.
Las ocho mil estrellas nos miraban, atentas y brillantes.
Algunos aullidos lejanos anunciaron el ocaso lunar. Ese día tuvo lugar a las 19 horas, 27 minutos y 55 segundos.
Cola eran cuatro líneas negras, mal trazadas. Aquí y allá parpadeaban algunas lucernas de aceite, arrancando amarillos a la noche. Los lloros de un niño eran otra señal de vida.
Jesús terminó su cena y permaneció con los ojos bajos.
Animé la hoguera y dejé que los reflejos acariciaran el rostro del Hijo del Hombre. Lo hicieron con delicadeza.
Él, como si supiera, alzó la vista y sonrió brevemente.
Entonces, ante el aplauso de los luceros, pregunté:
—¿Estás triste?
Movió la cabeza, afirmativamente.
Y supuse que, a pesar de todo, el recuerdo de Sigal continuaba pesando en su memoria.
¡Cuánta soledad la de aquel Hombre! ¡Qué inmensa soledad la del que no tiene palabras para comunicar lo que sabe!
Y volví sobre el viejo tema, susurrando casi para mí:
—¡Extraño Destino!
El Maestro sabía muy bien a qué me refería. Y me envolvió en una nueva sonrisa, al tiempo que insistía en lo ya dicho:
—Recuerda: ella lo eligió…
—Lo sé —repliqué—, pero tengo tantas dudas…
Él levantó la vista y las ocho mil estrellas se empujaron unas a otras, nerviosas. ¿A quién miraba?
—Empezaré por el principio, una vez más —anunció con cierto cansancio—. Dime, mal’ak (mensajero), ¿qué es la vida?
No supe qué decir. La vida son muchas cosas…
Él adivinó mi ignorancia y resumió:
—La vida, sobre todo, es una aventura.
Y redondeó:
—Estás en el mundo para experimentar…
Lo sabía. Él lo dijo.
—… Estás aquí —continuó— para saber a qué sabe el dolor, a qué sabe la belleza, la soledad, la alegría, el miedo, la lealtad, el tiempo, la distancia, el amor y el desamor, la familia, el anonimato, la riqueza, la ceguera, la difamación, la sabiduría y la búsqueda del Padre Azul, entre otras experiencias.
Y añadió con una seguridad que dejó perplejas a las ocho mil estrellas y, naturalmente, a quien esto escribe:
—Pero antes, cuando habitas en la esencia de Dios, debes elegir…
—¿La esencia de Dios? ¿Qué es eso?
Movió la cabeza, negativamente.
Lo supe. No hay términos para describir algo así. Y puntualizó:
—Admite mi palabra. Lo sabes: nunca miento…
Asentí en silencio. Él jamás mintió.
—Antes de encarnarte —prosiguió— ya eras. Eras en la imaginación del Padre Azul. Entonces te ofrecieron vivir la aventura de la vida en los universos del tiempo y del espacio…
—¿Quién me ofreció una cosa así? —le interrumpí.
—Eso no importa —sonrió—. Alguien te dio a elegir y tú seleccionaste la vida que ahora llevas. Y lo hiciste con todo lujo de detalles…
Permitió que sus palabras descendieran en mi mente y me empaparan. Y remató con una frase que me impactó:
—Seleccionaste, incluso, el momento y la forma de morir…
Le miré, incrédulo.
—¿Quieres decir que Sigal eligió esa muerte horrible?
Asintió con la cabeza y en un dramático silencio.
Lo acepté porque lo dijo Él.
Pero Jesús leyó mis pensamientos y supo de mis dudas:
—Querido mal’ak: no juzgues… Te falta información. Las leyes que rigen al «otro lado» no son las que conoces. Cada movimiento —aquí— tiene unas consecuencias que no puedes imaginar…
Elevó de nuevo la mirada hacia el firmamento y solicitó:
—Transmite fielmente mis palabras, aunque no comprendas.
—Siempre lo hice y lo haré…
—Lo sé, y te lo agradezco… Tus diarios serán de especial importancia para muchos, aunque otros no los aceptarán.
—También lo sé —repliqué.
Y el rabí continuó hablando sobre aquel asunto —tan delicado— que, sintetizando, bauticé como la «ley del contrato».
Si no entendí mal, antes de nacer, cuando el ser humano existe —únicamente— en la «mente» y en la «voluntad» de Dios, alguien le permite escoger qué clase de vida quiere vivir en la imperfección. Una vez seleccionada, la criatura nace y un ángel le borra lo que sabe. Por eso nadie entiende por qué ha nacido y qué sentido tiene su vida.
Otros rechazan la oportunidad de vivir la aventura de la materia y se desarrollan «por otros caminos». En realidad, según entendí, hay infinitos caminos…
La materia (la imperfección) es el escalón más primitivo de la creación. Vivir en ella es un gesto heroico (siempre). Crecer a partir de la materia es lo más indicado para alcanzar un nivel supremo de comprensión. Es lo establecido por los Dioses.
—Por eso no debes juzgar —insistió el Galileo—. Cada cual elige su vida y tiene razones sobradas para hacerlo… Pero esas «razones» solo son conocidas por él y por el Padre Azul.
—¿Y qué ventajas tiene ser un tirano o un asesino o un loco?
El Maestro parecía esperar mi pregunta:
—Todo es un juego…
Repliqué, desconcertado:
—¿Matar niños es un juego?
Se puso serio. Y exclamó:
—Confía. Todo está diseñado para el bien. Conocer de cerca la oscuridad es impagable…
Esa noche me dormí con nuevas dudas.
¿Yo había elegido un amor violeta (imposible)? ¿Qué ventajas tenía enamorarse de Ruth? Una estrella, entonces, brilló más que las demás.
Lo supe. Era ella… ¡Mi querida Ma’ch!
El 22 de septiembre, lunes (año 27), fue otra jornada sorprendente.
Ni Él ni yo podíamos imaginar lo que estaba a punto de suceder. Bueno, en realidad, no estoy siendo riguroso. Él, Jesús de Nazaret, sí lo sabía… Él lo sabía todo.
Pero debo ir paso a paso.
Muy temprano, tras recibir al alba, recogimos nuestras cosas y nos pusimos nuevamente en camino.
Cola quedó pronto en la lejanía…
Desconocía las intenciones del Galileo. ¿Qué se proponía? ¿Hacia dónde se dirigía?
Su gente había quedado en el monte Gilboá, empeñada en inútiles discusiones con los «justos», los seguidores de Yehohanan, también conocido como Juan el Bautista.
Y caminé tras Él.
No quise atormentarme con nuevas elucubraciones.
Él sabía…
¡Y ya lo creo que sabía!
Como digo, me dejé llevar.
El camino hacia el sureste aparecía desierto. Durante la primera hora no nos cruzamos con un solo caminante. No acertamos a coincidir con una sola reata de burros.
¡Qué extraño!
Aquel camino, hacia el valle del Jordán, era siempre un constante ir y venir de peregrinos y comerciantes.
Debí suponerlo…
Algo sucedía; algo anormal…
Pero el Maestro, decidido, continuaba con sus típicas zancadas, cargando el saco de viaje sobre el hombro izquierdo.
Obviamente sabía hacia dónde marchaba.
Un tiempo después —hacia la tercia (09 horas)— observé una nube.
¿Una nube?
Quedé desconcertado.
¡Qué nube tan rara!
Era roja y se movía lateral y perpendicularmente.
Pensé en un enjambre de pájaros.
No podía ser… Estábamos en el mes de tišri (septiembre). ¿Qué clase de aves emigraban en esas fechas?
Jesús se detuvo. Dejó caer el petate sobre la tierra del sendero y permaneció atento al cielo.
Lo alcancé.
El Maestro tenía la vista fija en la nube rojiza.
—¿Qué es eso? —pregunté, ciertamente alarmado.
Y, sin desviar la mirada de la nube, el Galileo respondió:
—Akal!… ¡Langosta!
Eliseo y yo habíamos topado con una plaga de saltamontes cuando caminábamos hacia el monte Hermón en el verano del año 25. En aquella ocasión fueron otros ortópteros de grandes dimensiones (entre diez y doce centímetros). Los judíos los llamaban «devoradores verdes» (Saga ephippigera). Arrasaban con todo. Los órganos bucales hacían presa en plantas o animales y los cortaban como navajas. Durante la noche se mostraban especialmente activos. Si uno dormía al raso, de pronto, podía verse cubierto por cientos de «devoradores» que no distinguían entre plantas, animales o seres humanos. Los felah los combatían con fuego y con la estimable ayuda de las cigüeñas. Pero, si una de las aves tenía la mala fortuna de tocar el suelo, cientos de «devoradores» caían sobre ella, dejándola en los huesos.
Sí, fue una experiencia poco grata…
En esta ocasión no se trataba de saltamontes. Eran langostas; unos insectos mencionados en el libro de los Proverbios (30, 27) y admitidos por el Levítico como dieta diaria (11, 20-23).
Como digo, quedé perplejo.
Nunca había visto cosa igual.
¡Eran millones!
Flotaban sobre los campos con movimientos erráticos. Ascendían de pronto y volvían a bajar, cubriendo las tierras de rojo. Formaban nubes densas que se estiraban en todas direcciones.
Y empezamos a oír un zumbido sordo y constante.
—¿Son peligrosas? —pregunté con un hilo de voz.
El Galileo sonrió, pícaro, y exclamó:
—Confía… Todo está ordenado para el bien.
No comprendí.
¿Eran o no eran peligrosas?
Y dispuse el cayado… ¡Qué ridiculez! ¿De qué servía el láser de gas contra millones de ortópteros hambrientos?
Y Jesús volvió a hacerlo. Entró en mis pensamientos y aclaró:
—Akal no es peligrosa, pero sí molesta…
¡Vaya!… ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía entrar en la mente? ¡Qué preguntas! Me hallaba junto a un Hombre-Dios…
Y continuamos caminando.
Al poco, el zumbido se intensificó.
Y penetramos en la «nube».
Nos vimos desbordados.
Jesús se cubrió con el ropón y yo hice otro tanto.
Eran insectos rojos, moteados en negro, de unos diez centímetros de longitud. Las alas eran como el acero.
Al retornar a la «cuna», «Santa Claus» me informó sobre la naturaleza de aquellos ortópteros. Se trataba de la Schistocerca gregaria, una especia de langosta muy común en aquellas latitudes; especialmente en el desierto de Judea. Tras las lluvias, las hembras depositaban en tierra entre 2000 y 3000 «canutos» por metro cuadrado. Cada «canuto» (tubo de arena) contenía del orden de treinta huevos. Eso representaba más de 500 millones de insectos por hectárea.
En esta ocasión, el enjambre se desplazaba en enormes bolas, formando un «ejército» de siete kilómetros de largo por uno de ancho. «Santa Claus» calculó setenta millones de langostas.
Caían a decenas sobre los mantos, sobre los sacos de viaje, sobre las barbas y sobre las sandalias. Calculé mil langostas por metro cuadrado.
Era, sencillamente, asfixiante…
La akal lo devoraba todo a su paso. Aquel enjambre podía consumir diez toneladas de forraje al día.
A pesar de los ropones, los insectos penetraban bajo los mantos y quedaban enganchados en las barbas y en los cabellos. Llegué a escupir más de una y más de dos langostas.
El sol quedó oculto.
Era difícil caminar…
Al pisar las aplastábamos.
El zumbido se hizo infernal.
Avanzamos un corto trecho, pero, literalmente enterrados en los insectos, tuvimos que detenernos.
Tuve miedo…
¿Qué podíamos hacer?
Si permanecíamos quietos, los millones de langostas terminarían devorándonos.
Pero eso no era posible…
Y fue en esos críticos momentos cuando escuchamos aquellas voces.
No muy lejos, a cosa de un centenar de pasos, medio distinguí unas casas blancas, igualmente sepultadas por la «nube» de «gregarias». Algunos vecinos gritaban y hacían señas para que nos reuniéramos con ellos.
¡Era una aldea!
Corrimos hacia el lugar y los campesinos nos empujaron al interior de una de las viviendas. Allí palmearon las ropas y nos libraron de cientos de langostas.
¡Dios bendito! ¡Teníamos «gregarias» hasta en el taparrabo!
Tuvimos que desnudarnos, ante el regocijo de las mujeres.
Contemplé a los vecinos y quedé desconcertado.
¡Yo los conocía!
¡Santo Dios! ¡Habíamos ido a parar a la aldea de Salem, a poco más de ocho kilómetros de Gilboá!
Como se recordará, en dicha aldea permanecí durante una temporada tras sufrir una grave crisis de amnesia[23]. Allí fui atendido por un matrimonio dulce y generoso, que me ayudó a superar la difícil situación. Allí fui encontrado por Eliseo…
Me identifiqué y la familia, en efecto, me reconoció.
Uno de los hombres salió de la casa y fue a dar aviso al viejo Abá Saúl y a su esposa, Jaiá.
¡Asombroso!
Y el Maestro, feliz, me guiñó el ojo…
Fue así, gracias a la súbita plaga de langosta, como Jesús de Nazaret terminaría conociendo al venerable y sabio Abá Saúl y a Jaiá («la viviente»), su tierna y siempre sonriente esposa.
El Destino, en efecto, lo tenía todo atado (y bien atado).
Salem o Salim, como ya comenté en su momento, era un villorio modesto, habitado por gente sencilla y de buen corazón.
Un puñado de casas —alrededor de veinte— se protegía del ardiente sol del valle del Jordán con la ayuda de un alto palmeral.
Salem se hallaba muy cerca de la Perea, el territorio de Herodes Antipas. Calculé unos cinco kilómetros a la frontera. Algo más al sur destacaba la ciudad de Mehola. Desde allí, la senda conducía a Jericó.
El «pavimento» de Salem era inconfundible. Aparecía formado por cientos de miles de conchas blancas, restos del primitivo mar de Lisán.
Abá Saúl no tardó en presentarse.
Seguía siendo el anciano venerable que había conocido. Vestía de blanco inmaculado, con los cabellos —igualmente nevados— hasta la cintura.
Lloró al verme.
Saúl había sido escriba y doctor de la Ley de Jerusalén. Hacía tiempo que se retiró de todo y de todos, refugiándose en la aldea de Salem. Sus únicas ocupaciones eran Jaiá, su esposa, y sus «hijos»: miles de rollos acumulados en estanterías y canastos. En mi primera visita conté del orden de seis mil libros. Abá o «padre» Saúl los acariciaba, los mimaba, y se entregaba a la lectura desde el alba al ocaso. El pueblo lo reverenciaba. Lo llamaban rby («mi señor»). Y aunque se trataba de un hakam («doctor ordenado»), la máxima dignidad entre los expertos de la Ley, Abá Saúl era la sencillez absoluta. Conversaba con los más humildes, se interesaba por sus problemas, y ayudaba siempre; no importaba quién fuera. En definitiva: era un swpr, un profesional de los libros y de la caridad.
Me besó en ambas mejillas y, delante de todos, alzó los brazos al cielo y dio gracias al Altísimo por haber escuchado sus súplicas y las de Jaiá.
El Maestro observaba en silencio y complacido.
Y al poco llegó la esposa.
Se lanzó a mis brazos y, sofocada, sin poder contener las lágrimas, gritó:
—¡Has vuelto!… ¡Has vuelto!… ¡Lo sabía!
Jaiá, cuya traducción podría ser «la viviente» o «la que vive», rondaba los setenta años. Una sonrisa permanente rodaba desde los ojos claros. Era de escasa estatura y de enorme corazón. Había sido hermosa. Tenía las manos como el alma: delicadas y brillantes. Era una mujer especialmente intuitiva.
Pues bien, fue así, merced a la providencial «nube» de langostas, como terminamos en el hogar de Abá Saúl.
Fueron nueve días inolvidables. Nueve días en los que no pudimos pisar la calle. Las «gregarias» lo impedían…
Jesús de Nazaret y este explorador aceptamos la hospitalidad del matrimonio. Y lo hicimos encantados.
Abá Saúl no tardó en percatarse de la formidable personalidad del Galileo y de su pensamiento revolucionario, tan cercano a sus ideas.
Como se recordará, el hakam formaba parte de un reducido grupo de iniciados —los melquisedec—, que creían en un Dios amor (todo amor).
Melquisedec, o el príncipe de la Paz, fue un extraño personaje que apareció en las tierras del Israel hacia el año 1980 antes de J. C. Nadie supo dónde había nacido. Nadie conocía a su familia. Era alto, con el cabello hasta la cintura, y tres círculos concéntricos (bordados en azul) en el pecho. Empezó a predicar y habló —por primera vez— de un Dios Altísimo, todo amor, que imaginaba al ser humano, se instalaba en su mente, y le regalaba el alma inmortal. Sus enseñanzas se extendieron en todas direcciones y llegaron a los territorios más remotos. En China hicieron prosperar el taoísmo. Shen era la chispa divina (una fracción del mismísimo Padre Azul) que entra en la mente humana y que lo acompaña para siempre.
Pero el concepto inicial se vio alterado y se convirtió en un elemento material. Y lo mismo sucedió en Egipto. El akh —la chispa del Padre— terminó demolido y desfigurado. Abraham y Moisés heredaron estas enseñanzas, pero, lentamente, la mezquindad de los hombres borró la luz de Melquisedec. Y todo fue olvidado.
Jesús consultó los megillah que conservaba Abá Saúl. Los leía con avidez. Pasó muchas horas sentado sobre las esteras, devorando los rollos.
El resto del día lo pasaba fregando cacharros y ayudando a Jaiá en la preparación de la cena. No importaba que la anciana protestase. A Jesús le divertía la cocina. Le encantaba inventar y preparar recetas. Y lo hacía admirablemente bien.
Por la tarde noche, tras reponer fuerzas, conversábamos. Era el momento esperado por todos; especialmente por Abá Saúl. El buen hombre se hallaba necesitado de conversación. En la aldea era difícil profundizar en los temas que le interesaban y preocupaban.
Naturalmente, Saúl nos ilustró sobre el príncipe de la Paz, el misterioso Melquisedec (en realidad Malki Sedeq). Y habló de los tres círculos concéntricos que lucía en el pecho. Dijo que era la representación de «Elyon», el Altísimo. Cada círculo simbolizaba un atributo:
—El central —explicó— es el presente para siempre.
Abá Saúl lo llamó AMOR, con mayúsculas.
El Maestro escuchaba con el rostro radiante.
—… De ese círculo central —prosiguió el anciano— nace todo lo demás…
Y el Maestro redondeó:
—De ese AMOR nace lo visible y lo invisible…
Según Abá Saúl, los tres círculos concéntricos son el emblema del Padre Azul.
El Galileo y yo nos miramos. Saúl estaba en un error. Esa bandera, en realidad, era la del Maestro… El verdadero nombre de Jesús, como ya he mencionado en otras ocasiones, es Micael. Él gobierna un universo. Él es un Dios Creador. Él tiene esa bandera…
Y fue en esos instantes cuando la estancia se llenó de un intenso perfume. Todos lo percibimos. Fue un olor a tintal (tierra mojada). Jaiá se asomó a la ventana y aclaró que no había llovido. ¿Cómo era posible? ¿De dónde procedía la esencia? Este explorador la asoció a la esperanza…
Una tarde, a petición de Jaiá, le conté al Galileo el extraño sueño tenido por este explorador en el «lugar del príncipe», una suave colina muy próxima a Salem. La tradición aseguraba que, en dicho cerro, Melquisedec levantó un palacio. La cuestión es que, durante mi anterior estancia en la aldea, me presenté en las ruinas del referido palacio y terminé dormido. Y tuve un sueño. Vi llegar a un hombre alto (tan alto como yo). En el sueño fingí que dormía. El hombre tenía los ojos azules y los cabellos nevados y largos, hasta la cintura. Vestía una túnica blanca, hasta los pies. Parecía seda. En el pecho lucía tres círculos concéntricos, bordados en azul. Entonces abrió los labios y «habló» con palabras luminosas. Y dijo:
—Yo soy el verdadero precursor del Hijo del Hombre…
Y la «luz» repitió:
—Bar Nasa!… Bar Nasa!… ¡Hijo del Hombre!
Y las palabras luminosas se propagaron por las ruinas.
—Cuando llegue el momento —continuó el hombre de los tres círculos— busca a tus pies… Entonces comprenderás que esto no es un sueño.
Y desperté.
El Maestro dibujó una leve sonrisa, se inclinó sobre la estera en la que estábamos sentados y fue a acariciar los tres círculos concéntricos que habían sido trenzados en el esparto. ¡Asombroso! ¡Los círculos aparecían a mis pies!
Mensaje recibido.
Uno de aquellos días —el sábado, 27 de septiembre (año 27)—, tras la cena, la conversación se centró en un asunto del que habíamos hablado con Eliseo en el monte Hermón. Esta vez, el diálogo fue más profundo…
Esto es lo que recuerdo:
Fue Abá Saúl quien preguntó a Jesús:
—Nuestro maestro, Melquisedec, nos habló de él… Dijo que fue una brillante estrella… Gobernaba muchos y extensos territorios… Lo llamaban —y lo llaman— Luzbel.
El Galileo escuchaba, atento.
—Pues bien —prosiguió el anciano—, ¿cómo puede ser que una criatura tan perfecta se rebele contra el Altísimo?…, bendito sea su nombre.
El Maestro respondió al instante:
—En el corazón de los perfectos también cabe la duda… No os engañéis: la belleza puede conducir al error.
Jaiá interrumpió al rabí:
—Pero, ¿quién era Luzbel?
Saúl corrigió a su esposa:
—Luzbel es… Aún no ha sido juzgado.
Jesús asintió en silencio. Y Abá Saúl continuó:
—Luzbel era un príncipe de gran belleza y poder. Según Melquisedec, su reino abarcaba más de seiscientos territorios.
Entendí que los dominios de Luzbel sumaban más de seiscientos mundos.
—Pero un día —explicó Abá Saúl— este príncipe empezó a hacerse preguntas…
El Galileo bajó los ojos.
—… ¿Existe en verdad el Altísimo?… ¿No será que los Dioses menores han inventado el concepto del Padre Azul para mantener su poder?…
El significativo silencio del Maestro me dio a entender que Saúl hablaba con razón.
—Y Luzbel —detalló Abá Saúl— negó que hubiera un camino hacia el Paraíso…
Jesús alzó la vista y me miró intensamente. Su rostro aparecía grave.
—… Luzbel, entonces, según nuestro maestro, exigió que sus seiscientos territorios fueran autónomos e independientes. Y planteó, además, que la resurrección del alma es automática, no dependiendo de nada ni de nadie… Y aseguró que el supuesto camino del ser humano hacia el Padre Azul era un fraude total y vergonzoso…
Todos escuchábamos, desconcertados.
—¿Cuándo fue eso? —intervine.
—Melquisedec dijo que la rebelión de Luzbel y de los otros tuvo lugar hace doscientos mil años…
Jesús volvió a asentir en silencio.
—¿Los otros? —preguntó Jaiá— ¿Quiénes fueron?
—Melquisedec —replicó el marido— habló de Satán, lugarteniente de Luzbel, y de Caligastía, príncipe de nuestro mundo, y de Belzebú… En total, 37 príncipes rebeldes.
Entendí que la rebelión alcanzó a 37 mundos. No era mucho, la verdad…
—¿Y qué sucedió? —me interesé.
Luzbel se autoproclamó el Dios de la libertad y el amigo de los hombres y de los ángeles… Fue una locura.
Y Abá Saúl prosiguió:
—Luzbel prometió a los príncipes que lo secundaron que gobernarían sus tierras al margen del hipotético poder central.
¡Vaya!… Quedé perplejo. Luzbel inventó el nacionalismo.
—¿Y qué hizo el Padre Azul? —preguntó Jaiá inocentemente.
—Dejó que la rebelión siguiera su curso… Y la locura se prolongó durante dos años… Después, los 37 príncipes y sus tierras fueron aislados.
—¿Qué quieres decir? —se interesó la mujer.
—Lo que estás oyendo. Esos territorios están en cuarentena. Y así siguen…
—¿Y qué fue de Luzbel y de los rebeldes?
Abá Saúl utilizó palabras que no comprendí:
—Melquisedec habló de «cárceles espirituales»… No sé a qué se refería. Y allí están, a la espera de juicio.
Jaiá siguió preguntando:
—¿Qué sucederá si son condenados?
—Serán aniquilados… Desaparecerán, como si nunca hubieran existido.
La anciana presionó:
—¿Y si se arrepienten?
Abá Saúl movió la cabeza, negativamente. Estaba claro.
Luzbel no es un personaje que reconozca sus errores.
—Si se arrepienten —sentenció Saúl— serán perdonados. Pero dudo que Luzbel, Satán y el resto acepten algo así… Su orgullo los domina.
El Maestro asintió con la cabeza, levemente.
—¿Hubo batallas?
La pregunta de Jaiá fue respondida por el Galileo:
—Hubo discursos… Luzbel hablaba y exponía sus argumentos y Gav-Riel respondía.
—Entonces —argumentó la anciana—, si el diablo está en prisión, ¿cuál es su poder sobre el ser humano?
El rabí dibujó una leve sonrisa y declaró, rotundo:
—Ninguno…
—¿Y los endemoniados?
Jesús de Nazaret respondió a la cuestión de Jaiá con idéntica seguridad:
—No hay endemoniados… Solo enfermedades mentales.
Abá Saúl se dirigió al Maestro y planteó un tema de especial trascendencia:
—No entiendo por qué Luzbel y los suyos no han sido juzgados. Han pasado doscientos mil años… ¿No es hora de hacer justicia?
Jesús le miró con benevolencia y declaró:
—La misericordia es paciente…
—¿Eso quiere decir —interrumpió Jaiá— que serán perdonados?
El silencio se sentó a nuestro lado.
—¿Y qué sucederá cuando nuestro mundo deje de estar aislado?
El Galileo respondió a Abá Saúl con dos únicas palabras:
—Or gadol!!
Eso significaba «Gran Luz».
Como decía el Maestro, quien tenga oídos que oiga…
El 30 de septiembre, martes, fue el último día en Salem.
La «nube» de langostas se cansó de la aldeíta y de sus alrededores y se alejó hacia el norte.
Y el camino quedó libre. Podíamos regresar a Gilboá.
Ese martes, sabiendo que Jesús y este explorador abandonaríamos la casa, Jaiá se esmeró. Buscó unas espléndidas setas y dispuso una cena especial. Jesús se ocupó de cocinarlas.
Le vi cortar los sombreros de las boletus con gran delicadeza. Después dispuso una fuente de madera bien enmantecada.
Jaiá lo observaba, feliz y asombrada.
El Maestro cortó un par de cebollas en dados pequeños y preparó dos dientes de ajo —bien picaditos—, así como una cucharada de sal, pimienta negra recién molida, tres puñados de pan rallado y queso igualmente desmigado; mucho queso.
Lavó los sombreros y los cubrió con sal durante unos minutos. En ese tiempo, el Galileo alegró la casa con su canción favorita: «Dios es ella».
Jaiá le proporcionó agua hirviendo y blanqueó los boletus. Después los refrescó con agua fría y fue a situar los sombreros en forma invertida en la fuente enmantecada.
Era admirable. Jesús se entregaba en todo lo que hacía. Mimaba las setas. Mimaba la mantequilla. Mimaba la canción… Nos mimaba con la mirada.
Tomó una sartén y procedió a calentar la mantequilla.
—… Ella es Dios… Ella, la primera he…
Añadió el ajo y la cebolla y jugó con el recipiente de hierro, salteando los ingredientes hasta que se ablandaron.
—… La que sigue a la iod… Ella, la hermosa…, el vaso del secreto…
Picó después los «cabitos» y aumentó la intensidad del fuego durante unos minutos.
—… Padre y Madre no son 15, sino 9 más 6…
Acto seguido, con gran pericia, derramó la sal y la pimienta molida sobre la pasta y se afanó en removerla, añadiendo el pan rallado y un toque de vino blanco.
—… Ella es Dios…
Esperó a que el fuego perdiera fuerza y siguió cocinando hasta que la mezcla presentó un aspecto liviano. Después, sin dejar de canturrear, tomó una cuchara y fue llenando cada sombrero con la deliciosa salsa.
Jaiá remató la receta con una generosa ración de queso sobre cada uno de los boletus.
Y el Maestro introdujo la fuente en el horno. Allí la mantuvo hasta que el queso empezó a burbujear.
Delicioso.
Todos nos chupamos los dedos.
Y el Galileo fue felicitado.
Tras la cena, Abá Saúl preguntó directamente al Hijo del Hombre:
—Tú hablas del Padre Azul… Nosotros, los melquisedec, hablamos del Altísimo… Entiendo que tú y yo estamos hablando del mismo Dios, bendito sea su nombre…
Jesús asintió con la cabeza.
—… Tú hablas de un Dios amoroso —continuó el anciano— y nosotros también. Pero, entre tú y nosotros, hay una enorme diferencia…
«Claro —pensé—. Él es un Dios. Él es nuestro Creador…».
Pero Abá Saúl pensaba en otro asunto…
—Tú no temes a nada… Nosotros, en cambio, tememos a la vejez, a la soledad, y, sobre todo, a la muerte.
El Galileo se apresuró a preguntar al hakam:
—¿Por qué? ¿Por qué teméis a la vejez?
Jaiá habló valientemente, como siempre:
—La vejez es oscuridad… Todo, a nuestro alrededor, se apaga.
Abá Saúl tomó las manos de su esposa y las besó dulcemente.
Jesús negó con la cabeza y proclamó:
—Debería ser al revés… Al final de la vida todo se enciende, todo se comprende, todo se perdona, todo se espera… El final de la vida es luz. Una luz nueva y prometedora. Estamos más cerca del «regreso» a nuestra verdadera casa. ¡Alegraos!… Al final de la vida, el alma se ha llenado… ¡No temáis!… Es el momento de recoger.
—Pero, ¿por qué tenemos que envejecer?
El Maestro miró a Jaiá con dulzura, y le dijo:
—Es lo establecido. Es la Ley. Es la sabiduría del Padre Azul… Has experimentado. Has vivido. Tu cuerpo demanda un final. No sería bueno que continuaras así, indefinidamente. Mereces algo especial y glorioso. Algo nuevo y nuevamente joven. Esa nueva forma corporal —que te fascinará— te espera tras el dulce y benéfico sueño de la muerte.
—Pero la vejez —insistió Saúl— borra la memoria…
El Maestro hizo otra revelación:
—No importa que la borre… La nitzutz (la chispa divina que nos habita) vigila para que la memoria no desaparezca. Ella, la chispa, copia tus recuerdos…
Esta vez fui yo quien preguntó:
—¿La nitzutz hace copia de la memoria?
Jesús sonrió, divertido. Y asintió con la cabeza, en silencio.
¡Vaya!… Eso era nuevo para mí. Pase lo que pase, las memorias permanecen intactas. Me pareció una medida muy prudente por parte del Padre Azul. Después, ya en los mundos MAT, las memorias se incorporan al nuevo cuerpo.
—La vejez aísla… —insistió la anciana.
El rabí no le permitió continuar:
—La vejez aísla, sí, pero a tu favor… Y la vejez te aísla para que pienses —necesariamente— en la muerte.
—No quiero pensar en eso —protestó Jaiá—. No quiero…
—Pues debes hacerlo —recomendó Jesús—. Debéis hacerlo… Eso es la vejez: intuir que la muerte está muy cerca…, y que no es nada.
—Pensar en la muerte… —musitó Abá Saúl—. ¿Y qué gano con eso?
—La muerte —replicó el Galileo— es el negocio de tu vida… ¿Merece la pena que te entrenes para ese negocio decisivo? ¿Merece la pena que pienses en ella, al menos una o dos veces al día?
Jaiá intervino, curiosa:
—¿Y qué se supone que debo pensar?
Jesús fue directo:
—Piensa, por ejemplo, que la muerte es un simple y benéfico sueño… Nada más. Piensa que morir significa iniciar… Emprender una vida nueva que no termina… Piensa que seguirás viva… Piensa que entrarás en el reino del AMOR, por fin… Piensa que, al «otro lado», te espera una felicidad que no puedes imaginar… Piensa que, al morir, te reunirás —temporalmente— con tus seres queridos, ya fallecidos… Piensa que la muerte es el inicio de otra aventura, la definitiva… Piensa en la muerte como algo necesario y bello.
El rabí hizo una pausa y contempló a sus amigos. Jaiá estaba perpleja. ¿De dónde sacaba el Galileo aquella seguridad a la hora de hablar? Abá Saúl asentía en su corazón.
Pero el anciano no pudo resistir la tentación y planteó la pregunta capital:
—¿Quién eres en verdad?
El Maestro fue rápido y sincero:
—Soy un enviado, como lo fue tu admirado Melquisedec… Estoy aquí para sembrar la esperanza. El mundo no está perdido. Alguien os ama. Llegará el día en el que encontraréis de nuevo el camino de la vida y de la luz.
Y terminó con otra de sus palabras favoritas:
—¡¡Confiad!!
—Todo eso está muy bien —reconoció Abá Saúl— pero sigo teniendo miedo…
Jesús preguntó:
—Cuando te dispones a dormir, ¿te acuestas tranquilo?
Saúl dijo que sí.
—¿Y no comprendes que dormir es morir cada noche?
—¿Cómo es eso?
—El Padre Azul —os lo dije— es genial… Y nos entrena cada noche para morir. Eso es el sueño.
Jaiá aplaudió al Hijo del Hombre.
Y Jesús preguntó al hakam:
—¿Cuántos años tienes?
—Ochenta y uno —replicó Saúl.
—Pues bien —simplificó el Galileo—, el Padre Azul lleva ochenta y un años entrenándote para morir… Y lo hace cada noche. Deberías estar agradecido… Más aún: tener miedo a morir es un insulto al buen Dios.
Abá Saúl bajó los ojos. El Maestro tenía razón; toda la razón.
—Y tú —terció la anciana—, ¿no temes a la soledad?
Jesús la miró con ternura. Y replicó:
—Nunca estoy solo…
Pero, al instante, rectificó:
—Nunca estamos solos…
Llevó el dedo índice izquierdo a la sien y recordó:
—Él, el Padre Azul, vive en tu mente desde que cumpliste los cinco años de edad. Él sabe de ti mucho más que tú misma. Él escucha tus lamentos antes de que los pronuncies. Él te guía en silencio sin que tú lo sepas. Él te da las respuestas que necesitas en cada instante. Él te consuela sin palabras. Él está a tu lado en lo bueno y en lo malo. Él es el silencio, la música y la voz de tu amado. Él espera de ti mucho más de lo que supones. Él es el piloto infalible que te guía hacia el AMOR. Él es tu gran tesoro…
—Dime —intervino Jaiá—, ¿alguien vive sin la nitzutz (la chispa)?
El Maestro respondió con algo que no entendí bien:
—Solo algunos seres humanos —muy pocos— no necesitan la nitzutz. Su misión es otra… El resto —la mayoría— es habitado por la chispa divina…, obligatoriamente.
—¿También los desalmados? —requirió Saúl.
—Todos. Pobres, ricos, esclavos, mujeres, ancianos, ciegos o paganos. Todos reciben la bendición de los cielos. El Padre Azul no hace distinciones entre los humanos. Y los habita, uno por uno…
—Pero, aun así —lamentó Abá Saúl—, es tan difícil bajar los escalones de la vejez…
—Bájalos con inteligencia —le animó el Maestro—. Bájalos sabiendo que subes…
—¿Es que no temes a la muerte? —insistió el hakam.
—Os lo dije: la muerte es otra genialidad del Padre Azul.
Jaiá seguía fascinada con la seguridad de aquel Hombre.
—¿Una genialidad? —preguntó—. Pero, ¿qué es realmente la muerte?
—Os lo he dicho —replicó Jesús—. La muerte es un dulce sueño…
—Sí —le interrumpió la anciana—, pero, ¿qué más?
El Galileo observó a sus amigos y rogó a Jaiá que lo acompañase.
Saúl y yo nos miramos, intrigados.
¿Qué se proponía?
La anciana obedeció y se fue tras el Hijo del Hombre.
Jesús se detuvo al final del pasillo, frente a la puerta de entrada a la vivienda. E invitó a la mujer a que abriera dicha puerta.
Jaiá, desconcertada, volvió la cabeza hacia su marido e interrogó a Saúl con la mirada.
¿Qué hacía? Las langostas seguían en el exterior…
Abá Saúl no lo dudó y la animó a que obedeciera al Maestro.
Jaiá, entonces, decidida, echó mano del pasador y tiró de la madera.
Y la puerta se abrió…
Escuchamos el zumbido de las «gregarias».
Jesús se apresuró a cerrar la hoja y declaró: