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El sistema de Scadrial » El undécimo metal

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El undécimo metal

Esta historia puede leerse antes de la trilogía

original de «Nacidos de la bruma».

Kelsier sostenía el papelito aleteante entre dos dedos. El viento lo zarandeaba y amenazaba con rasgarlo, pero Kelsier no lo soltó. La ilustración estaba mal.

Había intentado al menos un par de docenas de veces dibujarla bien, reproducir la imagen que ella siempre había llevado encima. El original estaba destruido, lo sabía con certeza. No tenía nada que le recordara a ella, nada mediante lo que recordarla. De modo que Kelsier intentaba, sin mucho éxito, reconstruir la imagen que ella había atesorado.

Una flor, así la habían llamado. Un mito, una historia. Un sueño.

—Tienes que dejar de hacer eso —gruñó su compañero—. Debería impedirte que dibujaras esas cosas.

—Inténtalo —dijo Kelsier con suavidad, doblando el papelito entre sus dos dedos para guardárselo en el bolsillo de la camisa. Lo intentaría de nuevo más tarde. Los pétalos tenían que parecerse más a lágrimas.

Kelsier contempló a Gemmel con ojos tranquilos y sonrió. La sonrisa le pareció forzada. ¿Cómo podía sonreír en un mundo donde no estaba ella?

Kelsier siguió sonriendo. Lo haría hasta que le resultara natural. Hasta que ese entumecimiento que le hacía un nudo en las entrañas empezara a desmadejarse y le permitiera comenzar a sentir de nuevo. Si es que era posible.

«Lo es. Por favor, que lo sea».

—Dibujar esas cosas te hace pensar en el pasado —espetó Gemmel. El hombre, envejecido, tenía una barba raída y entrecana, y el pelo tan revuelto que en realidad parecía mejor peinado cuando lo azotaba el viento.

—Así es —dijo Kelsier—. No voy a olvidarla.

—Te traicionó. Pasa página.

Gemmel no esperó a ver si Kelsier continuaba discutiendo. Se marchó. A menudo dejaba las discusiones a medias.

Kelsier no cerró los párpados con fuerza como quería hacer. No chilló un desafío al día moribundo como quería hacer. Reprimió los pensamientos sobre la traición de Mare. Nunca debería haber explicado sus preocupaciones a Gemmel.

Pero lo había hecho. En fin.

Kelsier ensanchó la sonrisa. Le costó.

Gemmel giró la cabeza hacia atrás y le lanzó una mirada.

—Das un poco de miedo cuando haces eso.

—Eso es porque tú no has tenido una sonrisa de verdad en toda la vida, viejo montón de ceniza —dijo Kelsier mientras se ponía al lado de Gemmel junto al bajo antepecho del tejado.

Contemplaron la sombría ciudad de Mantiz, casi ahogada en ceniza. La gente de allí, del lejano norte del Dominio Occidental, no la limpiaba tan bien como en Luthadel.

Kelsier había dado por hecho que habría menos ceniza allí fuera. Solo había un monte de ceniza cerca, estando tan alejados. Y era cierto que parecía que la ceniza caía con algo menos de frecuencia. Pero el hecho de que nadie se organizara para retirarla hacía que diera la sensación de haber mucha más.

Kelsier rodeó con los dedos la albardilla del antepecho. Nunca le había gustado aquella parte del Dominio Occidental. Los edificios parecían fundidos. No, no era la palabra exacta. Eran demasiado redondos, sin esquinas, y rara vez eran simétricos: un lado del edificio podía ser más alto y otro más bajo y peor terminado.

Aun así, la ceniza le resultaba familiar. Cubría los edificios de allí igual que los de todas partes, confiriendo a todo el paisaje un tono uniforme de negro y gris. Había capas de ella recubriendo las calles, adheridas a las tejas de los edificios, amontonadas en los callejones. La ceniza procedente de los Montes de ceniza se parecía al hollín, mucho más oscura que la de una hoguera normal y corriente.

—¿Cuál? —preguntó Kelsier, paseando la mirada entre los cuatro enormes torreones que sobresalían entre los edificios de la ciudad. Mantiz era una localidad grande para tratarse de aquel dominio, aunque por supuesto no hacía la menor sombra a Luthadel. No había otra ciudad como Luthadel. Pero aun así, aquella era respetable.

—El Torreón de Shezler —dijo Gemmel, señalando una construcción alta y fina cerca del centro de la ciudad.

Kelsier asintió con la cabeza.

—Shezler. Puedo colarme en él sin problemas. Necesitaré un disfraz, quizá ropa buena y algunas joyas. Tendremos que buscar un sitio donde pueda empeñar una cuenta de atium y a un sastre que sepa tener la boca cerrada.

Gemmel dio un bufido.

—Tengo acento de Luthadel —prosiguió Kelsier—. Por lo que he oído antes en la calle, lord Shezler está enamorado por completo de la nobleza de Luthadel. Se le caerá la baba si alguien se presenta allí del modo correcto, porque quiere relacionarse con la sociedad más cercana a la capital. Podría…

—No estás pensando como un alomante —lo interrumpió Gemmel con aspereza.

—Usaré la alomancia emocional —dijo Kelsier—. Lo convertiré en mi…

De pronto, Gemmel rugió, volviéndose hacia Kelsier, moviéndose demasiado rápido. El hombre desaliñado se abalanzó sobre Kelsier, lo asió por la camisa y lo derribó, haciendo temblar las tejas.

—¡Eres un nacido de la bruma, no un aplacador callejero que cobra recortes por su trabajo! ¿Quieres que vuelvan a capturarte? ¿Quieres que te apresen sus esbirros y te devuelvan al lugar al que perteneces? ¿Eso es lo que quieres?

Kelsier devolvió a Gemmel una mirada furibunda mientras la bruma empezaba a espesarse en el aire que los rodeaba. A veces Gemmel parecía más bestia que hombre. Empezó a murmurar para sí mismo, como hablando con un amigo al que Kelsier no podía ver ni oír.

Gemmel se inclinó hacia él sin dejar de murmurar, su aliento acre e intenso, sus ojos abiertos y frenéticos. Aquel hombre no estaba cuerdo del todo. No. Decirlo así era quedarse muy corto. A aquel hombre solo le quedaba una brizna de cordura, e incluso esa brizna empezaba a deshilacharse.

Pero era el único nacido de la bruma al que conocía Kelsier, y estaba decidido a aprender de él, maldita sea. Era eso o empezar a recibir lecciones de algún noble.

—Y ahora, escucha —dijo Gemmel, casi en tono de súplica—. Escúchame aunque sea una vez. Estoy aquí para enseñarte a luchar, no a hablar. Eso ya sabes hacerlo. No hemos venido para que puedas entrar paseando, haciéndote pasar por noble como solías en los viejos tiempos. No dejaré que te salgas con la tuya a base de labia, tenlo claro. Eres nacido de la bruma. Lucharás.

—Usaré cualquier herramienta que tenga a mi disposición.

—¡Lucharás! ¿Quieres ser débil otra vez?, ¿permitir que te capturen otra vez?

Kelsier se quedó callado.

—¿Quieres vengarte de ellos o no?

—Sí —gruñó Kelsier. En su interior se movió algo inmenso y oscuro, una bestia que habían despertado las pullas de Gemmel. Se abrió paso incluso a través del entumecimiento.

—Quieres matar, ¿verdad? ¿Por lo que os hicieron a ti y a los tuyos? ¿Por arrebatártela? Dime, chico.

—¡Sí! —bramó Kelsier, avivando sus metales y apartando a Gemmel de un empujón.

Recuerdos. Un agujero oscuro rodeado de cristales afilados como cuchillas. Los sollozos de ella al morir. Los sollozos de él mientras lo resquebrajaban. Mientras lo derribaban. Mientras lo destrozaban.

Sus chillidos mientras se rehacía.

—Sí —dijo, poniéndose de pie con el peltre ardiendo en su interior. Se obligó a sonreír—. Sí, me cobraré mi venganza, Gemmel. Pero será a mi manera.

—¿Y qué manera es esa?

Kelsier se quedó sin palabras.

Era algo a lo que no estaba acostumbrado. Antes siempre había tenido un plan. Planes apoyados en otros planes. Pero sin ella, sin nada se había apagado la chispa, la chispa que siempre lo había movido a aspirar a lo que otros consideraban imposible. La chispa que lo había llevado de plan en plan, de golpe en golpe, de tesoro en tesoro.

Había desaparecido, reemplazada por aquel nudo de entumecimiento. Lo único que sentía últimamente era rabia, y esa rabia no podía guiarlo.

No sabía qué hacer. Odiaba la sensación. Siempre había sabido qué hacer. «Pero ahora…».

Gemmel bufó.

—Cuando haya terminado contigo, podrás matar a cien hombres con una sola moneda. Podrás tirar de la espada de un hombre, arrancársela de entre los dedos y usarla para acabar con él. Podrás aplastar a hombres dentro de sus armaduras, y podrás segar el aire como las mismas brumas. Serás un dios. Ya perderás el tiempo con la alomancia emocional cuando hayamos terminado. De momento, matarás.

El barbudo regresó al antepecho y miró ceñudo el torreón. Kelsier refrenó su ira poco a poco, mientras se frotaba el pecho donde había recibido el golpe que lo había derribado. Y entonces se le ocurrió algo extraño.

—¿Cómo sabes lo que solía hacer yo en los viejos tiempos, Gemmel? —susurró Kelsier—. ¿Quién eres?

Las lámparas y candilejas iluminaban la noche con un brillo que huía de las ventanas hacia las volutas de bruma. Gemmel se agachó frente al antepecho, susurrando para sí mismo de nuevo. Si había oído la pregunta de Kelsier, no le hizo caso.

—Deberías estar quemando tus metales —dijo Gemmel mientras Kelsier se acercaba.

Kelsier contuvo un comentario sobre no querer desperdiciarlos. Ya había explicado a Gemmel que, como niño skaa, había aprendido a ser muy cuidadoso con los recursos. Gemmel se había echado a reír. En aquel momento, Kelsier había creído que la risa se debía a la naturaleza errática de Gemmel.

Pero… ¿sería porque conocía la verdad? ¿Sabía que Kelsier no se había criado como un pobre skaa, en la calle? ¿Que él y su hermano habían tenido unas vidas privilegiadas?, ¿que su naturaleza mestiza se había ocultado a la sociedad?

Odiaba a la nobleza, eso era cierto. Sus bailes y sus fiestas, su remilgado orgullo, su superioridad. Pero no podía negar, al menos no para sus adentros, que su lugar estaba con ellos. Por lo menos, en la misma medida en que estaba con los skaa de las calles.

—¿Y bien? —dijo Gemmel.

Kelsier encendió algunos metales en su interior, haciendo arder varias de las ocho reservas de metal que albergaba. Había oído a alomantes hablar a veces de esas reservas, pero nunca había esperado sentirlas él mismo. Eran como pozos de los que podía extraer energía.

Quemar metales en su interior. Sonaba rarísimo, pero la sensación era absolutamente natural. Tan natural como inhalar aire y extraer fuerza de él. Cada una de esas ocho reservas lo mejoraba de algún modo.

—Las ocho —ordenó Gemmel—. Todas.

Seguro que estaba quemando bronce para poder sentir lo que quemaba Kelsier.

Kelsier solo había quemado los cuatro metales físicos. A regañadientes, encendió los otros. Gemmel asintió. Dado que Kelsier estaba quemando cobre, todo rastro de su alomancia habría quedado oculto para el otro hombre. El cobre, qué metal tan útil. Ocultaba a quien lo quemara de otros alomantes y lo volvía inmune a su alomancia emocional.

Había quienes hablaban del cobre con desprecio. No servía para pelear ni para alterar nada. Pero Kelsier siempre había enviado a su amigo Trampa, que era un brumoso de cobre. Era muy conveniente saber que las emociones que se sentían no eran el resultado de una manipulación externa.

Por supuesto, haciendo arder el cobre, Kelsier se veía obligado a reconocer que todo lo que sentía, el dolor, la ira, incluso el entumecimiento, era suyo y solo suyo.

—Vamos —dijo Gemmel, y saltó a la noche.

La bruma casi estaba formada del todo. Llegaba cada noche, a veces densa, a veces tenue. Pero siempre llegaba. La bruma fluía como centenares de arroyos amontonados uno encima del otro. Cambiaban y giraban, cada vez más densos, más vivos que una niebla ordinaria.

A Kelsier siempre le había gustado la bruma, por motivos que no habría sabido explicar. Marsh afirmaba que era porque todos los demás la temían y Kelsier era demasiado arrogante para hacer lo que todo el mundo. Por supuesto, Marsh nunca había parecido temerla tampoco. Los dos hermanos sentían algo, una comprensión, una consciencia. La bruma consideraba a algunos individuos como propios.

Kelsier saltó desde el tejado bajo, quemando peltre para reforzar su cuerpo y aterrizar bien. Luego siguió a Gemmel por los duros adoquines, corriendo descalzo. El estaño ardía en su estómago, poniéndolo más alerta y agudizando sus sentidos. La bruma parecía más húmeda, el cosquilleante rocío, más fresco en su piel. Oía las ratas correteando en callejones lejanos, los perros aullando, un hombre roncando con suavidad en un edificio cercano. Mil sonidos que resultarían inaudibles a oídos de una persona normal. A veces, cuando quemaba estaño, el mundo se le hacía una cacofonía. No podía quemarlo con demasiada intensidad, o los ruidos se convertían en una distracción. Solo lo justo para ver mejor. El estaño también hacía que la bruma pareciera más tenue a sus ojos, aunque no sabía por qué.

Siguió la silueta sombría de Gemmel hasta que llegaron al muro que rodeaba el Torreón de Shezler y apoyaron en él las espaldas. En lo alto de ese muro, los guardias se llamaban entre sí en plena noche.

Gemmel asintió con la cabeza y dejó caer una moneda. Un segundo más tarde, el escuálido hombre con barba se elevó por los aires. Llevaba un manto de bruma, una capa de color gris oscuro que se dividía en múltiples tiras desde el pecho hacia abajo. Kelsier le había pedido una igual. Gemmel se había reído de él.

Kelsier llegó hasta la moneda caída. La bruma cercana se hundía y giraba como si estuviera compuesta de insectos que vuelan hacia una llama, como siempre hacía alrededor de los alomantes cuando quemaban metales. Había visto cómo le pasaba a Marsh.

Kelsier se arrodilló al lado de la moneda. En su visión, una tenue línea azul, casi como la seda de una araña, se extendía desde su pecho hasta la moneda. En realidad, cientos de líneas diminutas apuntaban desde su pecho hasta todos los metales cercanos. El hierro y el acero creaban esas líneas, respectivamente, para tirar y empujar. Gemmel le había dicho que quemara todos sus metales, pero Gemmel a menudo decía cosas sin sentido. No había motivo para quemar a la vez el acero y el hierro, pues eran opuestos.

Extinguió su hierro y dejó quemando solo el acero. Con el acero, podía empujar contra cualquier fuente de metal que estuviera conectada a él. El empuje era mental, pero lo notaba muy parecido a dar empellones con los brazos.

Kelsier se situó encima de la moneda y la empujó, como Gemmel le había enseñado. Dado que la moneda no podía descender, lo que ocurrió fue que Kelsier salió despedido hacia arriba. Ascendió casi cinco metros por el aire y, con torpeza, se agarró al mojinete de la cima del muro. Con un gruñido, se izó al adarve.

Un nuevo grupo de líneas azules emergió de su pecho, cada vez más gruesas. Metales que se aproximaban a él deprisa.

Kelsier maldijo, extendió un brazo y empujó. Las monedas que volaban hacia él salieron despedidas en la noche, silbando a través de la bruma. Gemmel anduvo hacia él, sin duda el origen de las monedas. A veces atacaba a Kelsier. En su primera noche juntos, lo había arrojado por un acantilado.

Kelsier aún no estaba seguro del todo de si los ataques eran pruebas o si el muy lunático de verdad intentaba asesinarlo.

—No —musitó Gemmel—. No, me cae bien. Casi nunca se queja. Los otros tres no paraban de quejarse. Este es fuerte. No. No lo bastante fuerte. No. Todavía no. Aprenderá.

Detrás de Gemmel había dos bultos sobre el adarve. Guardias muertos, de los que salían sendos regueros de sangre por la piedra. La sangre se veía negra en la noche. La bruma parecía asustada de Gemmel, de algún modo. No giraba en torno a él como lo hacía alrededor de otros alomantes.

Sandeces. Eran solo imaginaciones suyas. Kelsier se levantó y no hizo mención del ataque. No serviría de nada. Lo que tenía que hacer era mantenerse alerta y aprender tanto como pudiera de aquel hombre. A ser posible, sin que lo matara en el proceso.

—No hace falta que saques la mano para empujar —gruñó Gemmel—. Así pierdes tiempo. Y tienes que acostumbrarte a mantener el peltre ardiendo. No debería haberte costado tanto subir a la muralla.

—Es…

—Y no me vengas con excusas sobre ahorrar metales —lo interrumpió Gemmel, inspeccionando el torreón que tenían delante—. He conocido a chicos de la calle. No se dedican a conservar nada. Si vas a por ellos, usan todo lo que tienen, hasta la última pizca de fuerza, hasta su último truco, para tumbarte. Saben lo cerca del límite que están. Reza por no enfrentarte nunca a uno de ellos, niño bien. Te destrozarán, te masticarán y se crearán nuevas reservas a partir de lo que dejes atrás.

—Iba a decir —afirmó Kelsier con voz tranquila— que ni siquiera me has explicado lo que vamos a hacer esta noche.

—Infiltrarnos en este torreón —dijo Gemmel, entrecerrando los ojos.

—¿Por qué?

—¿Qué más da?

—Pues claro que da.

—Dentro hay algo importante —dijo Gemmel—. Una cosa que vamos a encontrar.

—Bueno, con eso se explica todo. Gracias por ser tan comunicativo. ¿Podrías iluminarme sobre el sentido de la vida, ya que de pronto se te da tan bien responder preguntas?

—No lo conozco —repuso Gemmel—. Creo que está para que podamos morir.

Kelsier reprimió un gemido y se apoyó contra la pared. «Se lo he dicho —comprendió— con la plena confianza de que obtendría un comentario mordaz por respuesta. Lord Legislador, cómo echo de menos a Dox y la banda».

Gemmel no entendía el humor, ni aunque fuesen los intentos penosos de practicarlo. «Tengo que volver —pensó Kelsier—. Tengo que volver con personas a las que les importe vivir. Tengo que volver con mis amigos».

El pensamiento le dio un escalofrío. Solo habían pasado tres meses desde los acontecimientos en los Pozos de Hathsin. Los cortes de sus brazos ya habían cicatrizado en su mayoría. Se los rascó de todos modos.

Kelsier sabía que su humor era forzado, que sus sonrisas estaban más muertas que vivas. No sabía por qué estaba concediendo tanta importancia a retrasar su regreso a Luthadel, pero la tenía. Tenía heridas abiertas, enormes agujeros que aún tenían que sanar. No tenía más remedio que mantenerse alejado. No quería que los demás lo vieran como estaba. Inseguro, acurrucado al dormir, reviviendo horrores todavía recientes. Un hombre sin ningún plan ni visión.

Además, tenía que aprender lo que Gemmel estaba enseñándole. No podía volver a Luthadel hasta hasta que volviera a ser él mismo. O como mínimo, una versión cicatrizada de sí mismo, con las heridas cerradas y los recuerdos acallados.

—Vamos a ello, pues —dijo Kelsier.

Gemmel lo fulminó con la mirada. Al viejo lunático no le gustaba que Kelsier intentara tomar el control. Pero en fin, eso era a lo que Kelsier se dedicaba. Alguien tenía que hacerlo.

El Torreón de Shezler estaba construido según el estilo arquitectónico imperante en todas las zonas del Dominio Occidental alejadas de Luthadel. En vez de bloques y picos, tenía casi un aire orgánico, con cuatro estrechas torres al frente. Kelsier creía que los edificios de por allí tenían que construirse añadiendo a una estructura de piedra algún tipo de barro endurecido, esculpido y moldeado para componer todas aquellas curvas y nudos. El torreón, como todas las demás construcciones, a Kelsier le parecía inacabado.

—¿Dónde? —preguntó.

—Arriba —dijo Gemmel—, y luego abajo.

Saltó de la muralla y soltó una moneda para sí mismo. La empujó quemando acero y el peso de su cuerpo la envió hacia abajo. Cuando tocó el suelo, Gemmel salió lanzado hacia el edificio.

Kelsier saltó y empujó contra su propia moneda. Los dos cruzaron el espacio que separaba la muralla esculpida del torreón iluminado. Ardían unas brillantes candilejas tras las ventanas de cristal tintado. Allí, en el Dominio Occidental, las ventanas acostumbraban a tener formas extrañas, y no había dos iguales. ¿Es que aquella gente no tenía la menor comprensión de lo estético?

Cuando se acercó al edificio, Kelsier empezó a tirar en lugar de empujar: pasó de quemar acero a quemar hierro, y entonces tiró de una línea azul que llevaba a un marco de ventana de acero. Así, recibió un tirón hacia arriba, como si pendiese de una cuerda. Era complicado, porque el suelo seguía atrayéndolo hacia abajo y además llevaba impulso hacia delante, por lo que cuando tiraba debía tener cuidado de no estamparse contra cosas.

Tirando ganó más altura. La necesitaba, ya que el Torreón de Shezler era alto, tanto como cualquiera de Luthadel. Los dos alomantes se alzaron por la fachada principal, agarrándose o saltando desde los nudos y la mampostería. Kelsier se posó en un saliente, movió los brazos un momento y se aferró a una estatua que alguien había colocado allí sin motivo aparente. Estaba esmaltada en distintos colores.

Gemmel subió volando por su derecha. El otro nacido de la bruma se movía con elegancia y destreza. Arrojó una moneda a un lado que dio contra un saliente. Entonces, empujándola, Gemmel ajustó levemente su vuelo hacia la dirección exacta que pretendía. Giró, con su manto de bruma rasgando la neblina, y tiró de sí mismo hacia otra ventana de cristales tintados. La alcanzó y se quedó colgando de ella como un insecto, asiendo con los dedos salientes de metal y piedra.

Salía una brillante luz de candileja por la ventana, que la partía en colores y salpicaba con ellos a Gemmel, como si también él estuviera esmaltado. El hombre miró hacia arriba con una sonrisa en los labios. Bajo aquella luz, con el manto de bruma colgando por debajo y la niebla danzando a su alrededor, de pronto Gemmel tuvo un aspecto más regio a ojos de Kelsier. Más alejado del loco harapiento. Mucho más grandioso.

Gemmel se impulsó hacia la bruma de fuera y luego tiró hacia arriba. Kelsier lo vio marchar, sorprendido de su propia envidia. «Aprenderé —se dijo—. Seré igual de bueno que él».

Desde el principio, se había sentido atraído por el zinc y el latón, los tipos de alomancia que le permitían jugar con las emociones de los demás. Le habían resultado los más parecidos a lo que ya había hecho sin ayuda en el pasado. Pero era un hombre nuevo, renacido en aquellos horribles pozos. Lo que fuese que había sido antes no bastaba. Tenía que convertirse en algo más.

Kelsier se lanzó hacia arriba, tirando de sí mismo hasta el tejado del edificio. Gemmel no se detuvo y siguió volando hacia arriba, hacia las puntas de las cuatro agujas que adornaban la parte delantera de la construcción. Kelsier soltó su bolsa entera de monedas —cuanto más metal se empleara para empujarse, más rápido y más alto se podía ir— y avivó su acero. Empujó con todas sus fuerzas y se envió hacia arriba como una flecha.

La bruma revoloteaba a su alrededor. Las luces de colores de las ventanas de cristal tintado se desvanecieron por debajo. Las agujas que tenía a ambos lados fueron mermando, estrechándose cada vez más. Empujó el revestimiento de estaño de una de ellas para ajustar su rumbo un poco a la derecha.

Con un último y fuerte empujón, remontó la punta de la aguja, que tenía un pomo del tamaño de la cabeza de un hombre. Kelsier aterrizó en él, avivando su peltre para mejorar sus capacidades físicas. Con ello no solo conseguía volverse más fuerte, sino también más hábil. Capaz de mantenerse erguido con un solo pie sobre un orbe de un palmo de ancho, a decenas y decenas de metros del suelo. Después de realizar la maniobra, se quedó quieto y se miró el pie.

—Vas ganando confianza —comentó Gemmel. Se había detenido casi en la punta de la aguja, agarrado a ella un poco por debajo de Kelsier—. Eso es bueno.

Entonces, con un raudo movimiento, Gemmel saltó hacia arriba y barrió la pierna de Kelsier. Este dio un grito, perdió el equilibrio y cayó a la bruma. Gemmel empujó contra los frasquitos llenos de copos de metal que Kelsier, como la mayoría de los alomantes, llevaba en el cinturón. El empujón apartó a Kelsier del edificio y lo sumió en la bruma.

Se precipitó hacia el suelo y perdió el pensamiento racional por un instante. Caer acarreaba un terror primordial. Gemmel le había hablado de controlarlo, de aprender a no temer las alturas y a no desorientarse cuando caía.

Sus lecciones escaparon de la mente de Kelsier. Pero estaba cayendo. Rápido. A través de la bruma agitada, desorientado. Faltaban pocos segundos para que diera contra el suelo.

Desesperado, quemó acero y empujó aquellos frasquitos de metal, esperando estar orientado en la dirección correcta. Salieron arrancados de su cinturón y se estrellaron contra algo por debajo. El suelo.

No contenían mucho metal. Apenas el suficiente para ralentizar a Kelsier. Cayó al suelo una fracción de segundo después de haber empujado, y el golpe le sacó todo el aire de los pulmones. La visión le destelló.

Se quedó tumbado, aturdido, mientras algo aterrizaba junto a él. Era Gemmel. El otro hombre dio un bufido de desdén.

—Necio.

Kelsier gimió y logró alzarse a cuatro patas. Estaba vivo. Y lo más extraordinario era que no parecía tener nada roto, aunque un costado y un muslo le dolían horrores. Le quedarían unos cardenales espantosos. El peltre le había salvado la vida. Aquella caída, incluso con el empujón del final, habría roto todos los huesos a otra persona.

Kelsier se levantó como pudo y miró iracundo a Gemmel, pero no protestó. Lo más probable era que aquella fuera la mejor forma de aprender. O por lo menos, la más rápida. Racionalmente, Kelsier había escogido algo como aquello, que lo lanzaran a la acción e ir aprendiendo sobre la marcha, pero no por ello odiaba menos a Gemmel.

—Creía que íbamos arriba —dijo Kelsier.

—Y luego abajo.

—Y luego otra vez arriba, supongo, ¿no? —preguntó Kelsier tras un suspiro.

—No. Un poco más abajo.

Gemmel cruzó a zancadas los terrenos del torreón, dejando atrás arbustos ornamentales que la penumbra de la noche había convertido en siluetas oscuras y amortajadas en bruma. Kelsier se apresuró a ponerse al lado de Gemmel, precavido ante otro posible ataque.

—Está en el sótano —murmuró Gemmel—. En el sótano, nada menos. ¿Por qué en un sótano?

—¿Qué hay en el sótano? —preguntó Kelsier.

—Nuestro objetivo —dijo Gemmel—. Teníamos que subir alto para que pudiera buscar una entrada. Creo que hay una aquí, en los jardines.

—Un momento, eso ha sonado hasta razonable —dijo Kelsier—. Debes de haberte dado un golpe en la cabeza o algo.

Gemmel le lanzó una mirada torva y luego se metió una mano en el bolsillo para sacar un puñado de monedas. Kelsier preparó sus metales, listo para presentar batalla. Pero Gemmel giró la mano a un lado y las arrojó contra dos guardias que llegaban al trote por el camino para ver quién estaba paseando de noche por el terreno.

Los hombres cayeron, uno de ellos entre gritos. A Gemmel no pareció importarle que pudiera delatar su presencia. Siguió avanzando.

Kelsier vaciló un momento, mirando a los hombres moribundos. Empleados del enemigo. Intentó sentir algo por ellos, pero no pudo. Esa parte de él se la habían arrancado los Pozos de Hathsin, aunque otra parte de sí mismo se consternó por lo poco que sentía.

Corrió tras Gemmel, que había encontrado lo que aparentaba ser un cobertizo de herramientas de jardinería. Sin embargo, cuando abrió la puerta, no encontraron herramienta alguna, sino unos escalones descendentes.

—¿Estás quemando acero? —preguntó Gemmel.

Kelsier asintió con la cabeza.

—Atento al movimiento —dijo Gemmel, mientras sacaba otro puñado de monedas de su saquito.

Kelsier alzó una mano hacia los guardias caídos y tiró de las monedas que había usado Gemmel contra ellos, para hacer que volaran hacia él. Había visto a Gemmel tirar de cosas suavemente, para que no se desplazaran en su dirección a toda velocidad. Kelsier aún no dominaba ese truco y tuvo que agacharse y dejar que las monedas golpearan la pared del cobertizo por encima de su cabeza. Las recogió y empezó a bajar la escalera tras un impaciente Gemmel, que lo observaba con desagrado.

—Iba desarmado —explicó Kelsier—. Me he dejado el saquito encima del edificio.

—Un error como ese acabará matándote.

Kelsier no respondió. Era cierto que había cometido un error. Aunque, por supuesto, tenía pensado recoger el saquito de monedas y lo habría hecho si Gemmel no lo hubiera tirado de la aguja.

La luz se fue haciendo más tenue y casi desapareció del todo mientras seguían descendiendo por la escalera. Gemmel no sacó una antorcha ni una lámpara. En lugar de ello, hizo un gesto a Kelsier para que se adelantara. ¿Sería alguna otra clase de prueba?

El acero que estaba quemando Kelsier le permitía identificar los objetos metálicos por sus líneas azules. Se detuvo y soltó un puñado de monedas escalera abajo. Mientras caían le revelaron dónde estaban los escalones, y al quedar en reposo le dieron una idea incluso más exacta.

Las líneas azules no reemplazaban a la vista, y de todos modos tuvo que caminar con cuidado. Pero las monedas sí ayudaban mucho, y Kelsier alcanzó a ver un cerrojo al acercarse. Por detrás, oyó que Gemmel gruñía, y por una vez le pareció que era con aprobación.

—Buen truco, con las monedas —murmuró el hombre.

Kelsier sonrió y siguió aproximándose a la puerta del fondo. Extendió los brazos por delante hasta topar con ella y cogió el cerrojo de metal. Lo abrió despacio y con cautela.

Al otro lado había luz. Kelsier se agachó; a pesar de lo que pudiera pensar Gemmel, no era manco en lo relativo a la infiltración y los robos silenciosos y nocturnos. No era ningún novato. Simplemente había aprendido que, para un mestizo como él, la supervivencia pasaba por aprender labia o aprender sigilo: luchar de frente habría sido una estupidez en casi todas las situaciones.

Claro que ninguna de esas tres habilidades, lucha, labia y sigilo, le sirvió de nada aquella noche. La noche en que lo habían apresado, la noche en que no podría haberlo traicionado nadie que no fuera ella. Pero ¿por qué se la habían llevado a ella también? No podía haber…

«Para», se dijo mientras cruzaba la puerta agachado. Al otro lado había una sala llena de largas mesas atestadas de material de fundición. No eran las aparatosas herramientas de un herrero, sino los pequeños quemadores y el instrumental delicado de un maestro metalúrgico. Había lámparas encendidas en las paredes y el resplandor rojizo de una forja en una esquina. Kelsier notó aire fresco llegando desde alguna parte. Del fondo de la estancia salían varios pasillos.

No parecía haber nadie. Gemmel entró y Kelsier echó atrás una mano para volver a tirar de las monedas hacia sí mismo. Algunas estaban manchadas de sangre de los guardias caídos. Sin erguirse, Kelsier pasó junto a una mesa llena de instrumentos de escritura y libros pequeños, encuadernados en tela. Lanzó una mirada a Gemmel, que cruzó la estancia sin la menor preocupación por el sigilo. Gemmel se puso las manos en las caderas y miró a su alrededor.

—A ver, ¿dónde se ha metido?

—¿Quién? —preguntó Kelsier.

Gemmel empezó a farfullar entre dientes, dando vueltas por la sala, barriendo instrumentos de las mesas y tirándolos al suelo con estrépito. Kelsier fue a hurtadillas por el perímetro, con la intención de asomarse a los pasillos laterales por si llegaba alguien. Comprobó el primero y vio que se abría a una habitación larga y estrecha. Una habitación con ocupantes.

Kelsier se quedó inmóvil y luego enderezó la espalda despacio. Había media docena de personas en la habitación, hombres y mujeres, atados a la pared por los brazos. No había celdas, pero los pobres parecían apaleados hasta haberlos dejado medio muertos. Llevaban solo harapos, que estaban ensangrentados.

Kelsier se obligó a salir del ensimismamiento y anduvo sigiloso hasta la primera mujer de la hilera. Le quitó la mordaza. El suelo estaba mojado, a buen seguro porque había pasado alguien por allí hacía poco para echar un cubo de agua a los prisioneros y que el laboratorio no apestara. Del siguiente pasillo en el que acababa convirtiéndose la estancia llegó una ráfaga de aire fresco.

La mujer se crispó al contacto de Kelsier, abrió los ojos de golpe y los ensanchó de terror.

—Por favor, por favor, no —susurró.

—No voy a hacerte daño —dijo Kelsier. Aquel entumecimiento de su interior parecía estar cambiando—. Por favor, ¿quién eres? ¿Qué está pasando aquí?

La mujer se lo quedó mirando. Hizo una mueca cuando Kelsier levantó un brazo para desatarla, y él vaciló.

Oyó un sonido amortiguado. Miró hacia el lado y vio una segunda mujer, mayor y con aspecto maternal. Estaba casi despellejada a base de golpes, pero sus ojos no delataban ni por asomo el mismo frenesí que los de la mujer más joven. Kelsier fue hacia ella y le quitó la mordaza.

—Por favor —dijo la mujer—, libéranos. O mátanos.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Kelsier con un siseo, mientras le desataba los brazos.

—Está buscando mestizos —dijo ella—. Para probar en ellos sus nuevos metales.

—¿Nuevos metales?

—De eso no sé nada —dijo la mujer, con lágrimas surcándole las mejillas—. Soy solo una skaa, como todos los de aquí. No sé por qué nos elige. Habla de cosas. Metales, metales desconocidos. No creo que esté cuerdo del todo. Las cosas que hace dice que son para sacar nuestra parte alomántica pero por el lord que yo no tengo sangre noble. No puedo…

—Espera —la interrumpió Kelsier, terminando de liberarla.

Había algo en su interior que estaba quemando aquel profundo nudo suyo de entumecimiento. Algo que se parecía a la furia que sentía, pero que de algún modo era distinto. Era algo más. Le daba ganas de llorar, aunque era una sensación cálida.

Ya suelta, la mujer se miró las manos, las muñecas que tenía en carne viva por las ataduras. Kelsier se volvió hacia los demás pobres presos. Estaban ya casi todos despiertos. En sus ojos no se veía la esperanza. Miraban todos hacia delante, apagados.

Sí, Kelsier podía sentirlo.

«¿Cómo podemos soportar un mundo como este? —se preguntó Kelsier, mientras iba a ayudar a otro prisionero—. ¿Cómo soportamos un mundo en el que pasan estas cosas?». Lo más abominable de la tragedia era que sabía que los horrores como aquel eran habituales. Los skaa eran desechables. No había nadie que los protegiera. Nadie a quien le importaran.

Ni siquiera a él. Había pasado la mayor parte de su vida haciendo como que aquellos actos de brutalidad no se producían. Sí, había fingido plantar cara. Pero en realidad solo había pretendido enriquecerse él mismo. Todos los planes, todos los golpes, todas sus grandiosas visiones eran sobre él. Sobre él y nadie más.

Liberó a otra cautiva, una mujer joven de cabello oscuro. Se parecía a Mare. Después de soltarla, la joven se quedó hecha un ovillo en el suelo. Kelsier se quedó de pie a su lado, con una apabullante sensación de impotencia.

«Nadie lucha —pensó—. Nadie cree que pueda luchar. Pero se equivocan. Podemos luchar. Yo puedo luchar».

Gemmel entró a zancadas en la estancia alargada. Miró a los skaa y apenas pareció registrar su presencia. Seguía murmurando para sí mismo. Había dado solo unos pasos cuando una voz gritó desde el laboratorio.

—¿Qué está pasando aquí?

Kelsier reconoció la voz. No, nunca había oído ese timbre concreto, pero reconoció el tono de arrogancia, de aplomo. De desdén. Se descubrió cuadrando los hombros, pasando junto a Gemmel y regresando al laboratorio.

Allí había un hombre vestido con un buen traje y camisa blanca abotonada hasta el cuello. Llevaba el pelo corto, a la moda más reciente, y su traje parecía enviado por encargo desde Luthadel, o al menos hecho a medida siguiendo el estilo más en boga.

Miró a Kelsier, altivo. Y Kelsier se descubrió sonriendo. Sonriendo de verdad, por primera vez desde los Pozos. Desde la traición.

El noble resopló y luego alzó una mano y arrojó una moneda a Kelsier. Tras un instante de sorpresa, Kelsier le dio un empujón de acero al mismo tiempo que lo hacía lord Shezler. Los dos salieron despedidos hacia atrás, y los ojos de Shezler delataron su sorpresa.

Kelsier dio contra la pared de detrás. Shezler era nacido de la bruma. No importaba. Incluso mientras ensanchaba su sonrisa, una nueva clase de ira se alzó en el interior de Kelsier. Aquella emoción ardía como un metal. Un metal desconocido y glorioso.

Podía luchar. Y lucharía.

El noble se arrancó el cinturón y lo dejó caer, junto con sus metales. Empuñó el bastón estoque que llevaba a un lado y se lanzó hacia delante, demasiado rápido. Kelsier avivó su peltre, a continuación su acero y empujó el instrumental de una mesa para arrojarlo contra Shezler.

El hombre rugió, alzó un brazo y empujó a su vez, apartando algunas piezas. De nuevo, los dos empujones de acero, el de Kelsier y el de su adversario, chocaron y los dos hombres salieron impulsados hacia atrás. Shezler recobró el equilibrio apoyándose contra una mesa, que se sacudió. Hubo cristales rotos y herramientas de metal que cayeron al suelo.

—¿Tienes la menor idea de lo que cuesta todo esto? —gruñó Shezler, bajando el brazo y avanzando de nuevo.

—Tu alma, por lo visto —replicó Kelsier con un susurro.

Shezler siguió acercándose con paso cauto y lanzó un bastonazo. Kelsier retrocedió. Notó que se le movía el bolsillo y al instante empujó para expulsar las monedas de su abrigo mientras Shezler empujaba a su vez sobre ellas. Si hubiera tardado un segundo más, habrían atravesado el estómago de Kelsier, pero rasgaron su bolsillo y salieron disparadas hacia atrás hasta que toparon con la pared.

Los botones de su abrigo empezaron a temblar, aunque solo tenían un fino chapado de metal. Kelsier se quitó el abrigo, con lo que se libró de los últimos restos de metal que llevaba encima. «¡Gemmel tendría que haberme advertido de esto!». Apenas había captado el revestimiento metálico con sus sentidos, pero de todos modos se sintió estúpido. El hombre había tenido razón: Kelsier no estaba pensando como un alomante. Se concentraba demasiado en la apariencia y demasiado poco en lo que podría matarlo.

Kelsier siguió retrocediendo, vigilando a su adversario, decidido a no cometer ningún error más. Había participado en peleas callejeras, pero no en muchas. Intentaba evitarlas; el pendenciero del grupo siempre había sido Dockson. Por una vez, deseó haber sido menos refinado en ese aspecto concreto.

Recorrió la cara de una mesa, esperando a que Gemmel llegara desde el lado. Pero el hombre no regresó al laboratorio. Seguramente no pretendía hacerlo.

«Todo esto era para encontrar a Shezler —comprendió Kelsier—. Para que yo pudiera luchar contra otro nacido de la bruma». Y aquello era importante por algo que, de pronto, cobró sentido.

Kelsier rugió y se sorprendió al oír que el sonido procedía de él. Aquella rabia feroz de su interior clamaba venganza, pero también anhelaba algo más. Algo más grandioso. No solo la venganza contra quienes le habían hecho daño, sino contra la nobleza al completo.

En ese momento, Shezler, que avanzaba con arrogantes zancadas, más preocupado por su instrumental que por las vidas de sus skaa, se convirtió en el foco de todo ello.

Kelsier atacó.

No iba armado. Gemmel le había hablado de puñales de cristal, pero nunca le había dado ninguno. De modo que recogió una esquirla de cristal roto del suelo, sin reparar en los cortes que se hizo en los dedos. El peltre le permitió pasarlos por alto mientras se abalanzaba hacia Shezler, apuntando a su cuello.

Con toda probabilidad, no debería haber salido vencedor. Shezler era un alomante más consumado y con más práctica, pero era evidente que no estaba acostumbrado a combatir contra alguien tan fuerte como él. Descargó su bastón estoque sobre Kelsier, que gracias al peltre también pudo hacer caso omiso del ataque y clavar su esquirla de cristal en el cuello del hombre. Una, dos, tres veces.

Terminó en cuestión de segundos. Kelsier retrocedió trastabillando, empezando a notar el dolor. Quizá Shezler le hubiera roto algunos huesos a bastonazos, porque al fin y al cabo también tenía peltre. Pero el noble estaba tendido en el suelo, sobre un charco de su sangre, dando leves sacudidas. El peltre podía salvar a quien lo quemara de muchas cosas, pero no de un cuello abierto.

El hombre se atragantó con su propia sangre.

—No —siseó—. No puedo… yo no… no puedo morir…

—Todo el mundo puede morir —susurró Kelsier, soltando la esquirla de cristal ensangrentada—. Todo el mundo.

Y una idea, la semilla de un plan, empezó a formarse en su mente.

—Ha sido demasiado rápido —dijo Gemmel.

Kelsier alzó la mirada, mientras goteaba la sangre de las yemas de sus dedos. Shezler graznó en un último intento de respirar y se quedó quieto.

—Tienes que aprender a empujar y tirar —dijo Gemmel—. A danzar por los aires, a luchar como lucha un auténtico nacido de la bruma.

—Él era un auténtico nacido de la bruma.

—Él era un erudito —repuso Gemmel, acercándose. Dio una patada al cadáver—. Escogí a uno débil para la primera vez. El siguiente no será tan fácil.

Kelsier regresó a la estancia de los skaa. Los liberó, uno tras otro. No podía hacer mucho más por ellos, pero les prometió que los sacaría sanos y salvos de los terrenos del torreón. Quizá pudiera ponerlos en contacto con la clandestinidad de la ciudad, pues llevaba allí el tiempo suficiente para tener algunos contactos.

Cuando los hubo soltado a todos, se volvió y los encontró mirándolo en un grupo apiñado. Sus ojos parecían haberse reavivado un poco, y algunos estaban mirando hacia la sala donde el cadáver de Shezler yacía en el suelo. Gemmel estaba hojeando un cuaderno que había en una mesa.

—¿Quién eres? —preguntó la mujer de aspecto maternal con la que ya había hablado.

Kelsier negó con la cabeza, sin dejar de mirar a Gemmel.

—Soy un hombre al que le han sucedido cosas que no deberían.

—Esas cicatrices…

Kelsier bajó la mirada hacia sus brazos, hacia los centenares de diminutas cicatrices de los Pozos. Las había dejado a la vista al quitarse el abrigo.

—Vamos —dijo Kelsier al grupo, resistiendo el impulso de taparse los brazos—. Vamos a poneros a salvo. Gemmel, en nombre del lord Legislador, ¿qué estás haciendo?

El hombre mayor gruñó, pasando páginas del cuaderno. Kelsier entró en el laboratorio al trote y le echó un vistazo. En la página, manuscritas, estaban las palabras: «Teorías y suposiciones en torno a la existencia de un undécimo metal. Notas personales. Antillius Shezler».

Gemmel se encogió de hombros y dejó el cuaderno en la mesa. Luego, con meticulosidad y atención, escogió un tenedor de entre las herramientas caídas y demás restos dispersos del laboratorio. Sonrió y soltó una risita entre dientes.

—Esto sí que es un tenedor —dijo, y se lo guardó en el bolsillo.

Kelsier cogió el cuaderno y, al poco tiempo, estaba alejando a los skaa heridos del torreón, por los terrenos en los que merodeaban los soldados, intentando averiguar qué estaba pasando.

Cuando hubieron salido a la calle, Kelsier se volvió hacia el brillante edificio, iluminado con colores resplandecientes y hermosas ventanas. Escuchó entre la turbulenta bruma mientras los gritos de los guardias se volvían más frenéticos.

El entumecimiento había desaparecido. Kelsier había encontrado algo con lo que reemplazarlo. Su enfoque había regresado. La chispa volvía a estar en él. Había sido demasiado poco ambicioso.

Empezó a germinar un plan, un plan que apenas se atrevía a considerar, de tan audaz que era. Venganza. Venganza, y algo más.

Se volvió hacia la noche, hacia la bruma que lo esperaba, y fue a buscar alguien que le confeccionara un manto de bruma.

Nota final

Este relato corto se publicó originalmente en Mistborn Adventure Game, el juego de rol publicado por Crafty Games. Cuando cerramos el acuerdo con Crafty, les prometí un relato para incluir en el libro, como regalito para los fans.

Sabía que quería escribir una historia sobre Kelsier, y tenía sentido ambientarla en el pasado, indagar en la época en la que entrenaba como nacido de la bruma. Mostrar a Gemmel, a quien Kelsier menciona en la serie principal, era importante, ya que forma parte de la historia de cómo Ruina manipuló a Kelsier para que hiciera lo que hizo en el primer volumen de la trilogía.

También sabía que este relato podría leerlo gente que no había leído las novelas. Al haber jugado yo mismo a muchos juegos de rol, sé que a menudo una o dos personas del grupo se emocionan con alguna ambientación y juegan allí una campaña con todos los demás, que no conocen tanto el mundo en el que se desarrolla.

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