Antifascistas

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15. «Tuvimos que aprender a jugar a espías»

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15. «Tuvimos que aprender a jugar a espías»

«Yo te quiero escribir una carta de amor

que llegue a tu país en semilla de flor,

que atraviese en la noche océano y tormenta,

luego, como un lucero, deje un sueño en tu puerta.

¡Ay!, cuatro rosas de fuego ardiendo salieron y todo acabó.

¡Ay!, cuatro rosas dejaron la flor de un disparo en tu corazón.

Pobre Lucrecia, tan pobre y negra,

te vengará un andaluz a la luz de la luna cantando el vudú».

CARLOS CANO, Canción para Lucrecia, 1994

 

A finales de los años ochenta y principios de los noventa, la violencia de la extrema derecha se incrementó notablemente. La reorganización del antifascismo y la autodefensa en las grandes ciudades se convirtieron en una mera cuestión de supervivencia, que fue posible gracias a los movimientos sociales de aquel entonces. Después de los sucesos de Tirso de Molina en Madrid, la conciencia antifascista se extendía cada vez más entre los diferentes colectivos, que dedicaban asambleas exclusivamente a analizar la situación, compartir información y repartirse el trabajo.

Más allá de la autodefensa en casos concretos en los que se preveía un ataque o un acontecimiento que podía derivar en enfrentamientos, en Madrid y en otras ciudades se crearon pequeños y discretos grupos de afinidad que realizaron otro tipo de trabajos de prevención para anticiparse a los neonazis.

Habíamos logrado crear de tal manera nuestra estructura que nos cuidábamos y nos resguardábamos muy bien. Para formar parte del núcleo del colectivo teníamos que conocernos. Tú podías venir avalado por alguien y se te podía abrir la puerta, pero hasta que no sabíamos dónde vivías, quiénes eran tus padres, etcétera, no traspasabas esa puerta. Eso, aparte de darnos mucha seguridad, estoy convencido de que nos salvó la vida.

Javier era uno de los miembros de aquel reducido grupo de militantes que formaron este «servicio secreto» antifascista. Treinta años después, relata con todo detalle los lugares, las fechas y los personajes del movimiento neonazi de entonces. Había dedicado años de su vida a ir tras ellos con absoluta discreción y no poco éxito.

«Toda la información que conseguíamos se usaba; por un lado, para divulgarla y que la gente tomara conciencia», explica; pero también había otro tipo de informaciones que almacenaban para usarlas o simplemente tenerlas presentes cuando la ocasión lo requiriera.

En 1992 nos llegó una información preocupante. Nos advertían de que, de cara al 20N, estaban preparando algo gordo, que querían poner muertos encima de la mesa. Por la fuente de la que venía, tenía un alto índice de veracidad.

Esta filtración hizo saltar las alarmas. Los miembros de este grupo de afinidad contaban con informantes que, por diversos motivos, conocían de cerca a algunos militantes neonazis. Estos informantes proporcionaban todo aquello que resultase relevante a su antifascista de confianza, quien se lo hacía llegar al grupo que se dedicaba a la investigación.

Primero temimos por nosotros mismos, pero era algo que teníamos asumido y tomábamos nuestras precauciones. Luego, empezamos a pensar en qué otros colectivos podrían ser víctimas potenciales de ese ataque que se estaba planificando —explica Javier—. Recordamos que había un grupo de migrantes dominicanos que llevaban tiempo denunciando que estaban recibiendo amenazas y se había producido alguna que otra agresión.

Aquellos años, en España no era habitual la presencia de personas migrantes. En la plaza de la Corona Boreal de Aravaca se reunían cada día cerca de un centenar de migrantes latinoamericanos. Había muchas mujeres que trabajaban en el servicio doméstico y que incluso habían venido solas a España para enviar algo de dinero a sus familias. Su presencia en un país en el que hasta entonces las personas migrantes eran todavía pocas llamaba la atención y no estaba bien vista por algunos vecinos. La policía municipal realizó diversas redadas en la zona para hacer creer que los tenía controlados. En una de estas actuaciones, la policía se mostró especialmente agresiva y lo que había empezado en una supuesta redada para cazar a personas sin papeles terminó con una protesta espontánea de las personas migrantes que fue duramente reprimida por los agentes.

Sin embargo, poner el foco sobre este grupo de trabajadores migrantes no fue algo casual. Meses antes, unos panfletos anónimos habían inundado las inmediaciones del lugar.

Los vecinos de Aravaca hemos visto perturbada la tranquilidad que veníamos disfrutando por la desorbitada afluencia de inmigrantes ilegales que, procedentes de distintos lugares, han invadido nuestro barrio con el aparente beneplácito de las autoridades, produciendo una inquietud generalizada de preocupación y temor entre muchos de nosotros debido a los incidentes conocidos por todos, que un número importante de estas personas están provocando. […] La situación ha llegado a un punto insostenible […]. Estamos hartos. […] Creemos que ha llegado el momento de unirnos saliendo de nuevo a la calle […]. ¿A qué estamos esperando para actuar? ¿Qué más necesitamos para actuar?

Al mismo tiempo, varias pintadas racistas y carteles de grupos de extrema derecha, como Juntas Españolas, empezaron a aparecer por las paredes alrededor de la plaza.

A la campaña xenófoba se unió el sensacionalismo de algunos medios de comunicación, que incluso señalaron el lugar donde pernoctaban algunas de estas personas. «Inmigrantes sudamericanos ocupan desde abril la semiderruida discoteca Four Roses», titulaba El Mundo una noticia.

Los informantes de Javier y sus compañeros del colectivo antifascista les alertaron de que la ultraderecha tenía previsto atacar en la zona de Pozuelo de Alarcón y Majadahonda a personas migrantes, principalmente dominicanas o magrebíes.

Convocamos una reunión con todo el espectro político, desde CCOO y UGT hasta el PSOE. A todo el mundo. Esto era algo que nos costaba mucho y entre nosotros hubo un debate enorme. Pero nos temíamos algo grave y pensábamos que era importante trasladar estas sospechas a quienes también podían hacer algo.

Una de las propuestas que lanzaron los antifascistas fue organizar una vigilia en la zona durante unos días para disuadir a los posibles atacantes y convocar una gran manifestación para el fin de semana. Los migrantes también estuvieron presentes en aquella reunión; concretamente, los dominicanos denunciaron la campaña de acoso que venían sufriendo. Sin embargo, Javier se lamenta:

No logramos convencerles. No nos hicieron caso. Nos dijeron que los fascistas solo existían para nosotros, que no eran una amenaza real.

A los pocos días, el 13 de noviembre de 1992, Lucrecia Pérez, migrante dominicana, moría acribillada a balazos por un grupo neonazi en la discoteca abandonada de Aravaca Four Roses. Esa noche, un guardia civil se dirigió a Aravaca acompañado de tres jóvenes. Según la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid del 4 de julio de 1994:

Se declara probado que nada más bajar del vehículo, el procesado Luis Merino Pérez (de veintiséis años), quien guardaba su pistola reglamentaria en la cintura, les preguntó a los demás si llevaban armas, manifestando Felipe Carlos Martín Bravo (de diecisiete años) que él llevaba una navaja y un punzón, y como Víctor Julián Flores Reviejo (de dieciocho años) dijera que no portaba nada, Luis Merino le entregó un cuchillo de monte de diecisiete centímetros de hoja, que llevaba habitualmente en la guantera de su automóvil, y que Víctor Julián guardó entre sus ropas. Por su parte, Javier Quílez Martínez (de dieciocho años) contestó que no portaba arma alguna, pero que con unas piedras le bastaba. De esta forma, y una vez preparados, y al tiempo que Víctor Julián se cubría el rostro con una braga de tipo militar a fin de impedir su posible identificación, los procesados penetraron en el recinto de la discoteca Four Roses por la antigua salida de emergencia.

Este comando neonazi entró en el edificio en ruinas y disparó contra el grupo de personas reunido alrededor de una mesa e iluminado por la poca luz que una vela puede ofrecer. Aquellas balas mataron a Lucrecia e hirieron a Augusto César Vargas.

Javier recuerda:

Entonces, los mismos que nos habían ignorado en aquella reunión volvieron a contactar con nosotros. Ahora sí que querían una manifestación y salir en la foto.

De modo que el sábado siguiente se organizó una gran manifestación que reunió a cerca de veinte mil personas. El día posterior a esta manifestación, los antifascistas convocaron otra protesta para denunciar el asesinato neonazi y además poner el foco en la ley de extranjería; esto era algo que muchos de los convocantes de la manifestación del día anterior no habían secundado, entre ellos el PSOE —que era el partido en el Gobierno— y colectivos afines, que, después de ignorar las advertencias de los antifascistas, ahora pretendían protagonizar la indignación.

El crimen de Lucrecia hizo saltar las alarmas sobre la violencia neonazi, más grave aún por la participación de un agente de la Guardia Civil en activo. Joseba Azkarraga, portavoz de Eusko Alkartasuna, solicitó la comparecencia en el Congreso de José Luis Corcuera, ministro del Interior. El País lo contaba así:

Azkarraga considera que Corcuera, al que calificó como «enemigo número uno de las libertades públicas», es incapaz de controlar a los núcleos fascistas existentes en los cuerpos de seguridad.

Es menos conocido que un día después del asesinato de Lucrecia hubo otra cacería neonazi muy cerca, en Majadahonda. El 23 de noviembre de 1992, un joven marroquí de veinticinco años, Hassan Al Yahahaki, falleció en la clínica Puerta del Hierro de Madrid después de nueve días en coma profundo. Aunque un grupo de neonazis le golpeó repetidas veces, para la policía la causa de la muerte fue un golpe en la cabeza con un bordillo después de un empujón. En cambio, los amigos de la víctima aseguran que esos neonazis habían ido a por él. Su compatriota Aitalali Alí relata que Hassan había recibido más golpes en la cabeza. Mustafá, otro joven migrante que acompañaba a Hassan cuando fue atacado, denunció que le amenazaron para que no hablara con la prensa.

El 28 de noviembre de 1992, la Policía Nacional arrestó a cuatro conocidos neonazis de la zona: Pablo López Peña, «El Remos», de diecinueve años; José Antonio Blanco M., «El Jamones», de diecinueve años; Daniel San José S., de veinte años, experto en full-contact; y Rubén T. C., «El Bull», de diecisiete años y residente en Las Rozas. El periodista de El País Luis Esteban informó de ello al día siguiente. Los detenidos, según la noticia, estaban implicados en diversas agresiones unos días antes, la noche del 20N.

Tres muchachos y dos chicas, que pertenecen a un grupo libertario, fueron agredidos con porras por los detenidos en el pub Tirantes. El motivo: haber estado pegando carteles en contra del racismo y contra la construcción de un campo de golf. Según uno de estos jóvenes, tras agredirles les lanzaron esta amenaza: «La próxima losa será para vosotros». Estos hechos, comenta Sonia T. R., una de las agredidas, fueron denunciados en la comisaría de la localidad después de haber sido atendidos de las heridas producidas por la agresión. Otros tres jóvenes, José Luis L. D., Manuel R. R. y Alejandro M. A., que se encontraban ayer en la puerta del bar Los Gallos, local frecuentado por los detenidos, aseguraron que estos se dedicaban a la venta de droga. «Son gente muy violenta, de tendencia neonazi y cortos de mente», aseguran. El alcalde de la localidad, Ricardo Romero de Tejada (PP), restó ayer importancia a los hechos y aseguró que «fue un desgraciado empujón» y añadió que en Majadahonda «no hay racismo ni xenofobia». A primeros de este año fueron incendiadas una decena de chabolas de la localidad habitadas por marroquíes.

Al día siguiente de la detención de los neonazis, cerca de quinientas personas se manifestaron en Majadahonda para pedir justicia por Hassan y Lucrecia, a pesar de que la Delegación del Gobierno había prohibido la protesta. La marcha terminó ante Las Casas de Diego, el poblado de chabolas donde residía Hassan que unos meses antes había sido incendiado por unos desconocidos. Mohamed Ech-Chamli —portavoz de la Asociación de Emigrantes Marroquíes en España (AEME), que había convocado la protesta— afirmó que Al Yahahaki había sido víctima tanto de los cabezas rapadas como de la política del Gobierno y en concreto de la ley de extranjería, porque esta provoca «la explotación de los inmigrantes en lugar de su integración» y los deja «sin los mínimos derechos». Luego añadió que Hassan había sido víctima de «la marginación, el racismo y la xenofobia» y que los magrebíes temían que esos brotes de violencia xenófoba se repitieran en cualquier otro lugar.[13]

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