Antifascistas
23. La «democratización» de la ultraderecha: un nuevo reto para el antifascismo
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23. La «democratización» de la ultraderecha: un nuevo reto para el antifascismo
La extrema derecha que se quedó al margen del nuevo régimen, la que no quiso integrarse en lo que fue el partido catch all de la derecha a partir de los ochenta —primero Alianza Popular y después el PP—, no dejó de sufrir derrotas en cada uno de sus intentos. El lastre franquista y el poco interés que suscitaban sus propuestas entre la población la obligaron a reflexionar, sobre todo cuando en otros países de Europa el neofascismo se reconvertía en «una opción democrática más».
Los partidos de extrema derecha habían sabido aglutinar a gran parte del universo ultra y presentarse ante el público como un actor político más dentro del juego democrático y alejado de las bandas de skinheads, al menos aparentemente. Jean-Marie Le Pen en Francia, Jörg Haider en Austria, el British National Party en Reino Unido o Alianza Nacional en Italia eran ya actores políticos reconocidos en sus respectivos países. De hecho, Le Pen consiguió ser eurodiputado y su éxito supuso un rayo de esperanza para los neofascistas europeos, que veían en la vía francesa no solo la clave de su supervivencia, sino un modelo a seguir.
En 1993, varios grupos neofascistas crearon el Instituto de Estudios Sociales (IES) con el objetivo de articular una nueva estrategia para salir del ostracismo en el que llevaban inmersos desde hacía años. Miembros de CEDADE, Vanguardia Nacional Revolucionaria, Bases Autónomas, Juntas Españolas, Nación Joven y otros grupúsculos del universo ultraderechista desarrollaron una escuela de verano con el lema «El futuro de la lucha nacional», en la que se abordó cómo realizar esta reconversión. Un año más tarde, volverían a encontrarse de nuevo en Burgos para «presentar a nuestros compatriotas una opción política capaz de captar seriamente su atención» con objetivos concretos y lo más pronto posible.
En enero de 1995 tuvo lugar el congreso constituyente de Democracia Nacional (DN), que culminó con su registro como partido en el Ministerio del Interior el 25 de mayo. Fue la primera apuesta electoral moderna de la extrema derecha. Un viraje estratégico que pretendía enterrar la mala imagen que las bandas neonazis estaban sembrando sobre la extrema derecha, desvincularse del franquismo y presentarse como una opción democrática. Una reconversión que las extremas derechas de otros países ya habían llevado a cabo años atrás, a la que España, como siempre, llegaba con retraso.
Los grupos neonazis no desaparecieron, ni siquiera se escondieron, pero los nuevos partidos pretendían ofrecer una pátina legal y respetable, aunque nunca prescindieron de sus muchachos. DN fue la primera de estas marcas, pero los años siguientes la extrema derecha presentó otras semejantes, fruto de algunas diferencias ideológicas y estratégicas, así como de disputas internas y rencillas irreconciliables. En 1999 nacería el Movimiento Social Republicano (MSR), heredero de Alternativa Europea. En el 2000, la Plataforma España 2000 reunió a DN, Vértice, MSR y otros pequeños grupos y militantes de diversas formaciones de extrema derecha que ya habían asumido el camino de la reconversión. Esta plataforma (no confundir con el partido del mismo nombre) estuvo liderada por el abogado y empresario valenciano José Luis Roberto, que pocos años antes había intentado otro proyecto político: Falange Española-Frente Nacional Sindicalista, inscrita el 1996 y disuelta en 1998. Su única acción destacada fue la convocatoria de una manifestación contra la inmigración en el barrio valenciano de Russafa en 1997, que obtuvo una gran respuesta por parte de colectivos antirracistas y antifascistas de la ciudad. La marcha, protegida por la policía, reunió a poco más de un centenar de ultraderechistas y a más de medio millar de antifascistas, entre vecinos y colectivos de personas migrantes muy activos en el barrio.
Posteriormente, la marca España 2000 se reconvirtió en partido político de la mano de José Luis Roberto, quien lo lideró desde su fundación en 2003 hasta la actualidad, con un breve impasse en el que cedió la presidencia al madrileño Rafael Ripoll, concejal en Alcalá de Henares, tras el éxito de la formación en varios municipios de la zona.
Durante aquellos años se crearon diversos partidos de extrema derecha que competirían por un mismo electorado y nunca destacarían ni conseguirían llegar a una decena de concejales en todo el Estado. La rivalidad entre sus líderes, entre otras razones, ha impedido siempre la unidad, salvo en algunos casos, e incluso ha derivado en campañas de desprestigio de unos contra otros y enfrentamientos físicos entre sus militantes y simpatizantes. El único partido que consiguió destacar dentro de este espectro fue Plataforma per Catalunya (PxC), un proyecto liderado por el exmiembro de Fuerza Nueva Josep Anglada, quien ya en los ochenta participaba en Barcelona en los mítines en defensa de la hispanidad cada Doce de Octubre. PxC consiguió sesenta y siete concejales en Catalunya el año 2011 y estuvo a punto de entrar en el Parlament con un discurso antiinmigración e islamófobo.
La historia de los partidos políticos de extrema derecha ya ha sido analizada ampliamente por otros autores. No es el objeto de este libro desgranar cada una de estas formaciones, aunque es imprescindible mencionarlas para entender contra qué y cómo se movilizó el antifascismo. Esta nueva era de la ultraderecha, que iba mucho más allá de las organizaciones neonazis y las bandas callejeras violentas, plantearía un nuevo reto a los colectivos antifascistas. Al ser organizaciones legales, realizar actos públicos y presentarse a las elecciones, se creó un nuevo escenario que obligaba al antifascismo a articular una respuesta diferente a la que hasta ese momento había dado a los grupos que operaban casi clandestinamente o que tan solo se dedicaban a la violencia.
La nueva derecha nacional-populista española entendió que, antes de dar el salto a la política estatal, debía crecer a nivel local. Desde finales de los noventa hasta hoy, tanto los partidos políticos de extrema derecha como las organizaciones neofascistas se han centrado principalmente en el ámbito municipal, donde no solo han logrado seducir a parte de la juventud, sino que han conseguido algunos concejales. Aunque ya existían partidos y organizaciones legales de extrema derecha, la irrupción de numerosas formaciones a lo largo del Estado español a partir de la segunda mitad de los noventa multiplicó su presencia en las calles. No obstante, las bandas neonazis y la violencia no desaparecieron. Es más, muchos de estos violentos encontraron cobijo y amparo legal en algunas de estas organizaciones, como veremos en los siguientes capítulos.