Antes de partir

Antes de partir

Canal Revista Alma Mater

Por Mario Almeida

Corre la tarde de nuestro día catorce. Luego de cinco horas de espera sedentaria, la gacela ha llegado.

Cuando el cuarto se llena de bultos y los colchones de espuma aparecen destendidos, en el aire se respira cierto tufo a destierro. Nos preguntamos si acaso volveremos a poner un pie sobre estas lozas y decidimos no pensar mucho en ello porque al final no importa tanto o, peor, porque sabemos que es casi imposible. 

Hemos huido de la melancolía con el actuar cotidiano. Tiramos un colchón al suelo de la sala, nos burlamos una y otra vez de las torpezas de cada cual, de los chistes convertidos en clásicos a lo largo de estas dos semanas.

Camilo echa a andar ‘Naruto’ en la laptop de Josué, que se comunica por HDMI con el televisor. Las posturas encontradas levantan presión y logran como consenso que el japonés quede mudo y suene en paralelo la banda sonora de algún filme bien concebido. 

Para apaciguar la sensación de salida, acudimos a prácticas legendarias de la especie como la de recolectar. En el centro de aislamiento hay una mata de mangos que posee tal magnetismo, que durante los últimos días podía identificarse como el norte del sitio. Todos: pacientes, médicos, enfermeros, técnicos y hasta nosotros, miramos más de una vez hacia ella y varias discordias surrealistas nacieron y se desarrollaron bajo sus gajos.

Antier habíamos ido y, en medio de los intentos frustrados, apareció el bullying de los pacientes que quedaban. Me gritaron desde el quinto piso que en el balcón más cercano a la mata había una cabilla. Ante la insistencia abandoné las piedras, encontré el hierro y comencé a golpear las frutas. No caían.

Comenzaron a vociferarme que estaban verdes y que tenía que trepar la mata. Decidí ignorarlos, solté la cabilla y regresé a mi viejo estilo de pedradas. Culpemos a la tensión; los mangos continuaban sin caer. Los pacientes me gritaban más y más. «Tienes que treparte». «Esa mata está fácil». «Deja la bobería, chamaco».

Para seguirles la rima, les grité que con piedras me resultaba mejor porque yo era pelotero. La respuesta fue inmediata: «No seas mentiroso que en tu vida no has jugado pelota».

Hoy regresamos a la polémica mata de mangos y me alegra decir —sin alardes ni nada— que logré limpiarme. Para un guajirillo adaptado a esos gajes, un mango por cada tres piedras resultaría un bochorno. Sin embargo, para un niño “bien de ciudad”, dicho balance se monta en grandes ligas. 

Siempre he estado a medio camino entre ambas clasificaciones. Lo mío es comerme el fruto sin que importe cuánto haya que lanzar para bajarlo de la mata. Aunque mostré buena zona de strike, varias veces quedé perplejo al constatar que mis proyectiles caían cerca de algún que otro “ambientoso” de reparto que transitaba la calle aledaña. Regresamos al apartamento con las manos llenas.

Lo más sublime de la jornada fue la carta. Fredy nos había pedido hace unos días redactar algo “conmovedor” para los que habían trabajado en el centro durante estos días: «Ustedes que son universitarios y escriben bonito, háganme ese favor». 

Estuvimos dándole de largo, hasta que Daniela se lanzó. A pesar de que luchamos contra Fredy para despojar de formalismos arcaicos el documento, no pudimos prescindir de los pies de firma de los funcionarios. Eso sí, nos impusimos para no aceptar, bajo ningún concepto, la inclusión de “aguerridos compañeros” o “estimados compatriotas”. «Así no funciona, Fredy», argumentó Josué.

Con fecha 24 de abril de 2020, desde Habana del Este y en plena pandemia, la escueta misiva decía así:

“No es lo mismo esperar el demonio que verlo llegar”, es lo que siempre dice el doctor Luis Daniel. La espera ofrece el consuelo del tiempo, la distancia y la posibilidad de prepararse, o de creer que uno puede prepararse. Cuando la espera termina y finalmente hay que enfrentarse al enemigo, nadie está verdaderamente listo; mucho menos cuando en sus manos lleva la responsabilidad de la vida de un extraño, de un amigo, de la familia, su propia existencia. En esos momentos cualquiera pudiera pensar que hay que “dejar a un lado los miedos”, “ser valiente”. No, no se puede. El miedo no se va, el miedo acompaña, y en dosis prudentes suele ser buen consejero.

Ante un adversario nuevo, invisible, letal, ¿cuál es la alternativa? ¿Permanecer eternamente a la sombra de la espera? ¿Cerrar los ojos muy fuerte y desear que la muerte no nos encuentre? ¿O coger al miedo de la mano y pasar la frontera, la delgada línea que puede separar la vida de la muerte?

A los que tienen miedo e incluso así cruzan hacia la zona roja; a los que, aún sin sentirse preparados se colocan los guantes; a los que no pueden evitar mirar los ojos de los pacientes para buscar en ellos la vida; a los que entienden que es tan importante alcanzar un vaso de agua como prescribir un medicamento; a los que el verde del traje se les oscurece por las gotas de sudor y al mismo tiempo, con los días, se les destiñe de tanto usarlo; a los que han asumido; a los que están… Gracias infinitas.

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