Amarga victoria del clamor popular

Amarga victoria del clamor popular

A. V.

Tres días son suficientes para sobreponernos a la embriaguez del "triunfo" del retiro del 10%.

Si esta medida fue primero resistida por la burguesía financiera piñerista, luego aceptada de mala gana y finalmente incorporada con pragmatismo en los cálculos de rentabilidad de la fugaz reactivación que viene, es porque desde el primer momento se debió a la iniciativa de un sector de la burguesía de Estado y no a la iniciativa popular. Sólo bajo esta premisa la fracción gobernante estaría en condiciones de aceptar una "derrota" que, por lo mismo, en modo alguno compromete sus intereses de manera decisiva o irreversible.

Para la burguesía financiera las caídas bruscas del capital bursátil son parte normal de su negocio, independientemente de cuál sea su causa. Si sus fondos de inversión sufren una desvalorización repentina y masiva, le es indiferente si esto se debe a una reforma política populista, a la explosión de una burbuja inmobiliaria o a la caída de un meteorito: lo único que le concierne es cómo convertir ese impasse en una oportunidad de nuevos negocios que relancen el ciclo de acumulación. Y eso es, exactamente, lo que está por ocurrir. La rueda de la economía sigue girando, seguirá girando por toda la eternidad, y no sólo en la imaginación de los cerdos que se agitan en la bolsa de comercio y en los pasillos del Congreso, sino en la imaginación de casi todo el mundo. De otra manera, sería impensable un "triunfo" obtenido sin movernos de nuestros escritorios, sólo bajo la amenaza de un "estallido social" que de todas formas los bastardos en el poder no han padecido sino de manera abstracta y desde una distancia segura. Es casi como si hubiera que recordar que los muertos, los torturados, mutilados y humillados no los pusieron ellos, sino nosotros.

Este triunfo pírrico no se detendrá aquí. El programa de salvamento de la reproducción social basada en el valor -es decir: de la relación de explotación- se detendría en este punto si pudiera hacerlo, pero no puede, porque la crisis es grande y profunda. Su continuación en el proyecto de disolver el sistema de AFP y de hacer pagar más impuestos a los ricos, es tan necesaria, y en el fondo inevitable, como la amputación de una extremidad podrida a fin de salvar a un cuerpo capaz de seguir trabajando. El sistema de AFP ha dado todo lo que podía dar de sí porque su carácter disfuncional para el conjunto de la reproducción social se ha vuelto evidente e intolerable; y bien, en la medida en que el capital es un sistema social y no una simple agregación de procesos discretos, su reproducción de conjunto siempre importa más que la preservación de cualquiera de sus componentes aislados, por lucrativo que éste sea. Sólo en circunstancias excepcionales la destrucción lenta o fulminante de poblaciones sanas es más rentable que su manutención como mercado de consumo, ejército de reserva o campo de pruebas del disciplinamiento ejemplificador. En el hundimiento del Titanic la mortandad masiva entre los pasajeros de tercera clase se debió más a la mala ejecución de las maniobras de salvataje que a una voluntad deliberada de dejarlos morir.

La sociedad capitalista jamás ha superado una crisis sin destruir una parte de sus fuerzas productivas, pero tampoco lo ha hecho sin asegurarle la vida a quienes están llamados a reanudar el movimiento ciego de la acumulación, aunque sea como fuerza de trabajo improductiva destinada a realizar el plusvalor en la circulación de las mercaderías. Esta vez, a diferencia del ciclo de crisis acaecido hace un siglo, la destrucción es sobre todo virtual: consiste en un lockout generalizado previsto para una masiva inyección de capital de inversión desde las arcas fiscales a las empresas; lo cual implica que estamos a las puertas de una gigantesca transferencia anticipada de plusvalor desde una fuerza de trabajo aún no explotada, hacia un capital aún no formado, pero listo para formarse en la puesta en marcha de unas infraestructuras de valorización que han sido momentáneamente detenidas para asegurar sus operaciones futuras. Lo único que podrá llenar el tremendo agujero de deuda dejado por esa transferencia de capital anticipado a las empresas, es la explotación intensificada de la fuerza de trabajo durante un período extenso, lo que sólo será posible bajo un régimen de disciplinamiento social que hará parecer el liberalismo democrático una excentricidad ya anticuada e inútil. Es la gestión china de la relación de explotación, y no la de los imbéciles neoliberales fracasados, la que va a salvar al capitalismo.

La burguesía de Estado que hoy vemos inflamada de progresismo popular y con el corazón henchido de una discreta nostalgia soviética, sigue a pesar de todo resintiendo los efectos debilitantes de medio siglo de exclusión política. Pero si no está en condiciones de tomar hoy en sus manos el mando de la administración, al menos ha podido hacer pasar por suyo el malestar de las clases peligrosas, ganándose un puesto en las negociaciones para la gobernabilidad por venir. En cuanto establezcan con el llamado "centro progresista" el consenso represivo que necesitan para tomar juntos las riendas del negocio, tendrán el respaldo de esa fracción de la burguesía que hace sólo unos días se despertaba gritando de la pesadilla en que se veía a sí misma inclinándose hacia la izquierda. Cuando vean lo que está en juego, van a adoptar ese rumbo con estoicismo y bien tomados de la mano: terminarán disolviendo el sistema de AFP, harán que los ricos paguen más impuestos, y hasta es posible que aseguren ingresos de subsistencia básica a ciertas franjas de la población desposeída. La pacificación social tiene un precio, y lo saben.

Lo que se nos está ofreciendo como un espectáculo en el que se espera de nosotros que nos sintamos victoriosos, es la demostración palpable de que entre explotados y explotadores no sólo, y no siempre, hay puro antagonismo; y que en cambio sus intereses, por conflictivos que se muestren en un nivel empírico superficial, en la base del modo de producción terminan siempre acoplándose, de manera tensa y conflictiva pero eficaz, en pos de la continuidad de la acumulación de capital, o sea en pos de que sigamos bajo el dominio de nuestro propio trabajo ya hecho y cristalizado. Este entrelazamiento de los dos polos que forman la relación de explotación es la principal fuerza propulsora de este sistema que casi todos odian, pero sin el cual no saben cómo vivir. El hecho de que en el discurso social común, y en el de la izquierda ignorante y auto-satisfecha, este trasfondo de mutua dependencia entre explotados y explotadores siga siendo invisible, y siga estando fuera del alcance de la crítica, sólo indica cuán lejos estamos aún de tocar fondo en nuestra caída hacia el abismo.