Amelia

Una nueva generación de pintores y escultores irrumpe en el panorama de la plástica cubana en los años treinta del siglo XX. Entre ellos destaca la figura aislada de una mujer, Amelia Peláez del Casal, quien naciera un 5 de enero de 1896.
Nacida en Yaguajay, provenía de una familia acomodada de ilustres intelectuales, como el poeta Julián del Casal, su tío materno. Tras radicarse en La Habana, ingresa en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro bajo la tutela del destacado profesor Leopoldo Romañach.

Al graduarse viaja a París y allí entra en contacto con las vanguardias artísticas y el lenguaje moderno. El encuentro con Alexandra Exter, pintora de origen ruso, es decisivo para su formación plástica, explorando la dinámica del color, el abstraccionismo y el diseño escenográfico.
De regreso a Cuba y radicada en su casa colonial de La Víbora, comienza a manifestarse lo que posteriormente será la línea fundamental de desarrollo de toda su obra: las naturalezas muertas; en los cuales se observa una morfología, una luminosidad y un color propios del ambiente antillano.

En los años 40 y 50, la línea negra y sinuosa, cuyo atisbo ya se observa en obras de 1938, se transforma en enredadera que estructura y envuelve las formas al centro de la composición, usualmente las carnales y sabrosas frutas tropicales. Otros motivos son los ambientes interiores y el tratamiento particular de la figura femenina, inspirada en la estética vanguardista de lo feo, que confiere cierto carácter grotesco y dramático a sus perfiles de mujer.
Su pensamiento estético e intelectual se vincula a la generación de artistas y escritores nucleados alrededor de la revista Orígenes, donde junto a pintores como Mariano Rodríguez y René Portocarrero, emprende el rescate de la cultura cubana de raíces hispánicas.

En los años 50, sin perder su personalidad definitoria, oscila hacia un estilo próximo a la abstracción geométrica y comienza su vínculo con el trabajo en cerámica.
La producción de cerámica artística en Cuba se inicia en la segunda mitad del siglo XX, guiada por el doctor Juan Miguel Rodríguez de la Cruz, un profesional de la medicina que tenía un taller en Santiago de las Vegas. En su actividad inicial como decoradora de formas tradicionales de la alfarería cubana se avizora el surgimiento de una nueva forma de arte.
Años después, experimenta con la pasta blanca porosa. Esa nueva materia, amplía el repertorio para sus ideas artísticas en el nuevo soporte, que abarcaba desde la pequeña vasija hasta la gran producción a escala ambiental de placas y losas con vistas a edificar murales, como el situado en la fachada del Hotel Habana Libre.
Amelia eleva el valor del pequeño objeto con función utilitaria, dotándolo de valor artístico. Con esta labor, contribuyó a destruir los prejuicios que existían para colocar a la cerámica artística al mismo nivel que la pintura y la escultura.
En una actividad dominada por los hombres consiguió igualar y superar a muchos de sus contemporáneos. En las Escuela de Artes se prohibía a las mujeres asistir a las clases donde posaba un modelo desnudo. Su rebelión contra los dogmas académicos y sociales de la época se muestran en la sensualidad y el barroquismo que imprime a sus pinturas, así como en la singularidad y modernidad de su obra, dispuesta siempre a transgredir los límites impuestos al producto artístico.
