Al este del Edén
Cuarta parte » Capítulo 52
Página 65 de 69
Capítulo 52
1
Aquel invierno de 1917 fue muy sombrío y amenazador. Los alemanes aplastaban todo lo que se les ponía por delante. En tres meses, los ingleses sufrieron trescientas mil bajas. Muchas unidades del ejército francés se sublevaron. Rusia estaba fuera de combate. Las divisiones alemanas del este, descansadas y con nuevo armamento, fueron llevadas al frente occidental. La guerra parecía perdida.
Hasta después de mayo de 1918 no tuvimos doce divisiones sobre el campo de batalla, y llegó el verano antes de que nuestras tropas empezasen a cruzar el océano en masa. Los generales aliados se enzarzaban en rivalidades mutuas. Los submarinos producían verdaderas hecatombes en los barcos que se cruzaban por el camino.
Nos enteramos entonces de que la guerra no consistía en una rápida y heroica carga, sino que era un asunto muy lento e increíblemente complicado. Nuestro ánimo desfalleció en aquellos meses de invierno. Se apagó la llama de nuestro entusiasmo, y todavía no teníamos el terco y tozudo espíritu que es necesario para sobrellevar una larga guerra.
Ludendorff era invencible. Nada lo detenía. Disponía ataque tras ataque contra los deshechos ejércitos de Francia e Inglaterra. Y se nos ocurrió que acaso era ya demasiado tarde, que pronto tendríamos que enfrentarnos nosotros solos a los invencibles alemanes.
Era frecuente que muchas personas tratasen de olvidar la guerra, algunos refugiándose en sus fantasías, otros en el vicio y otros en la diversión desenfrenada. Había gran demanda de adivinos, y los bares y casas de juego hacían negocios redondos. Pero la gente también se volvía hacia sus alegrías y tragedias particulares para escapar al temor y al desaliento que penetraban por todas partes. ¿No es extraño que hoy hayamos olvidado esto? Pensamos ahora en la primera guerra mundial como en una rápida victoria con bandas de música y banderas, desfiles y cabalgatas, y soldados que vuelven victoriosos, y peleas en los bares con los malditos británicos que creían que eran ellos quienes habían ganado la guerra. ¡Qué pronto olvidamos que en aquel invierno Ludendorff era invencible y que muchos se preparaban con resignación a dar la guerra por perdida!
2
Adam Trask se sentía más desconcertado que triste. No tuvo que abandonar su puesto en la oficina de reclutamiento. Se le dio una baja temporal por enfermedad. Se pasaba las horas enteras sentado, frotándose el dorso de la mano izquierda. Se la cepilló con un cepillo de cerdas duras y la sumergió en agua caliente.
—Es la circulación —explicó—. Tan pronto como se me restablezca la circulación, estaré bien. Lo que me fastidia son los ojos. Nunca me habían dado el menor problema, pero ahora me parece que tendré que ir a graduarme la vista. ¡Yo con gafas! Me costará acostumbrarme. Iría hoy, pero me siento un poco mareado.
Se sentía mucho más mareado de lo que admitía. No podía deambular por la casa sin apoyarse contra la pared. Lee tenía que ayudarlo, a veces, a levantarse del sillón o de la cama, y atarle los cordones de los zapatos, porque no podía hacer los lazos con su entumecida mano izquierda.
Casi diariamente hablaba de Aron.
—Comprendo los motivos que cree tener un joven para querer alistarse —dijo—. Si Aron me lo hubiese dicho, yo hubiera tratado de persuadirlo para que no lo hiciese, pero no se lo hubiera prohibido. Tú ya lo sabes, Lee.
—Sí, ya lo sé.
—Eso es lo que no puedo comprender. ¿Por qué se escabulló de ese modo? ¿Por qué no me escribe? Yo creía conocerle mejor. ¿Ha escrito a Abra? Seguro que le ha escrito.
—Ya se lo preguntaré.
—Hazlo. Hazlo enseguida.
—La instrucción es muy dura, según he oído decir. Tal vez no tenga tiempo.
—Escribir una postal no cuesta nada.
—Cuando usted fue al ejército, ¿escribió a su padre?
—Te crees muy listo, ¿verdad? No, no le escribí, pero tenía una buena razón para no hacerlo. Yo no quería alistarme. Mi padre me obligó. Yo estaba resentido. Como ves, tenía una buena razón. Pero Aron estaba muy bien en la universidad. Por cierto, me han escrito preguntándome por él. Tú leíste la carta. No se llevó sus ropas, ni el reloj de oro.
—No necesita ropas en el ejército, y tampoco le hace falta un reloj de oro. Allí todo es caqui.
—Supongo que tienes razón. Pero sigo sin entenderlo. Tendría que hacer algo con mis ojos. No puedo pasarme la vida pidiéndote que me leas todas las cosas. —En efecto, los ojos le causaban una verdadera molestia—. Puedo ver las letras —dijo—. Pero las palabras danzan ante ellos.
Una docena de veces por día tomaba un periódico, o un libro, los miraba y volvía a dejarlos.
Lee le leía los periódicos para evitar que se pusiera demasiado inquieto, y muchas veces, en la mitad de la lectura, Adam se quedaba dormido.
De pronto se despertaba y decía:
—Oye, Lee. ¿Eres tú, Cal? Ya sabéis que siempre he tenido una vista excelente. Mañana iré al oculista.
A mediados de febrero, Cal fue a la cocina y dijo:
—Lee, siempre está hablando de lo mismo. Tendremos que llevarlo al oculista.
Lee estaba haciendo compota de albaricoques. Se alejó del fogón, cerró la puerta de la cocina y volvió a su tarea.
—No quiero que vaya —admitió.
—¿Por qué no?
—No creo que sea la vista. El descubrirlo lo preocuparía excesivamente. Dejémosle tranquilo durante un tiempo. Recibió un golpe muy duro. Hay que esperar a que mejore. Yo le leeré todo lo que quiera.
—¿Qué crees que es?
—Prefiero no decírtelo. He pensado que tal vez el doctor Edwards podría venir con el pretexto de saludarlo.
—Hazlo como te parezca —contestó Cal.
—Cal, ¿has visto a Abra? —preguntó Lee.
—Claro que la he visto. Pero me rehúye.
—¿No podrías detenerla?
—Por supuesto, y puedo tirarla al suelo y pellizcarle la cara y obligarla a que me hable. Pero no quiero.
—Tendrías que intentar romper el hielo. A veces, la barrera es tan débil que se desmorona sólo con tocarla. Trata de verla y dile que yo también quiero hablar con ella.
—No lo haré.
—Te sientes terriblemente culpable, ¿no es eso?
Cal no respondió.
—¿No te gusta ella?
Cal tampoco respondió.
—Si te empeñas en mantener esa actitud, te sentirás peor, no mejor. Sería más conveniente que fueses franco. Te lo advierto: es mejor que seas franco.
—¿Quieres que le cuente a mi padre lo que hice? ¡Lo haré, si tú me lo dices! —gritó Cal.
—No, Cal, ahora no. Pero cuando se ponga bien, tienes que decírselo. Hazlo también por ti mismo. No puedes llevar este peso tú solo. Acabará matándote.
—Tal vez merezca la muerte.
—¡Alto ahí! —ordenó fríamente Lee—. Ésa es la solución más fácil. No sigas por ese camino.
—¿Y cómo podrás detenerme? —preguntó Cal.
Lee cambió de conversación.
—No comprendo por qué Abra no ha venido, ni siquiera una sola vez.
—Ahora no tiene ninguna razón para venir.
—No es propio de ella. Aquí hay algo que no marcha. ¿La has visto?
Cal torció el gesto.
—Ya te he dicho que la había visto. Te estás volviendo bastante estúpido. He probado a hablar con ella tres veces, pero ella se escabulló.
—Hay algo que no marcha. Es una buena mujer, una auténtica mujer.
—Es una chica —replicó Cal—. Tiene gracia que la llames mujer.
—Te equivocas —le corrigió Lee con ternura—. Algunas son mujeres desde que nacen. Abra posee el encanto de una mujer, y su valor, y su fuerza, y su sabiduría. Conoce y acepta las cosas. Apostaría a que es incapaz de ser mezquina, ruin o fútil, excepto cuando ser fútil quiere decir ser bonita.
—Tienes muy buena opinión de ella.
—La suficiente para saber que no nos abandonaría. —Y añadió—: La hecho de menos. Dile que venga a verme.
—Te repito que me rehúye.
—Entonces, persíguela. Dile que quiero verla. La echo de menos.
—¿Podemos hablar ahora de los ojos de mi padre? —preguntó Cal.
—No —respondió Lee.
—¿Hablamos de Aron?
—Tampoco.
3
Cal trató durante todo el día siguiente de encontrar a Abra a solas, y únicamente al salir de la escuela la vio caminando ante él, de regreso a su casa. Cal dobló una esquina, corrió por la calle paralela y regresó por la travesía siguiente, calculando el tiempo y la distancia para toparse de bruces con ella.
—Hola —saludó él.
—Hola. Me ha parecido verte detrás de mí.
—Así era. He dado la vuelta a la manzana corriendo para cortarte el paso. Quiero hablar contigo.
Ella lo miró con seriedad.
—Para eso no tenías necesidad de dar la vuelta a la manzana corriendo.
—Es que ya he probado a hablarte en la escuela, pero me esquivaste.
—Estabas enfadado, y yo no quería hablar contigo mientras lo estuvieses.
—¿Cómo sabes que lo estaba?
—Se te veía en la cara y en tu modo de andar. Ahora ya no estás enfadado.
—No, no lo estoy.
—¿Quieres llevarme los libros? —dijo la joven, y le sonrió. Él sintió que se apoderaba de su ser una cálida sensación.
—Está bien. —Se puso los libros de Abra bajo el brazo y caminó a su lado—. Lee quiere verte. Me pidió que te lo dijese.
Ella se sintió complacida.
—¿Ah, sí? Dile que iré. ¿Cómo está tu padre?
—No muy bien. Los ojos le fastidian bastante.
Continuaron caminando en silencio, hasta que Cal no pudo soportarlo más.
—¿Sabes lo de Aron?
—Sí —contestó y se detuvo—. Abre mi carpeta y mira en la primera página.
Cambió los libros de posición. En la carpeta había una postal con un sello de un centavo: «Querida Abra», decía. «Me siento impuro. No soy digno de ti. No te entristezcas. Estoy en el ejército. No te acerques a mi padre. Adiós, Aron.»
Cal cerró la carpeta de golpe.
—¡Hijo de puta! —susurró entre dientes.
—¿Qué dices?
—Nada.
—He oído lo que has dicho.
—¿Sabes por qué se escapó?
—No, pero podría adivinarlo. No hay más que sumar dos y dos, aunque no lo haré. Todavía no estoy preparada, a menos que tú quieras contármelo.
—Abra, ¿me odias? —preguntó Cal de pronto.
—No, pero tú sí me odias un poco. Y quisiera saber por qué.
—Porque te temo.
—No tienes por qué.
—Te he hecho más daño del que crees. Y además, eres la novia de mi hermano.
—¿Cómo puedes haberme hecho daño? Y yo no soy la novia de tu hermano.
—Muy bien —admitió Cal con amargura—. Te lo voy a contar, pero recuerda que eres tú quien me lo ha pedido. Nuestra madre era una puta. Era la dueña de uno de los burdeles del pueblo. Me enteré de ello hace mucho tiempo. La noche del día de Acción de Gracias me llevé a Aron y se lo presenté. Yo…
—¿Qué hizo él? —lo atajó Abra con nerviosismo.
—Se volvió loco, completamente loco. Comenzó a gritarle. Cuando salimos me dio un puñetazo que me tumbó en el suelo y echó a correr. Nuestra querida madre se suicidó; mi padre está…, bueno, parece que no anda bien. Ahora, ya lo sabes todo acerca de mí, y tienes razones para apartarte de mi lado.
—Ahora ya lo sé todo acerca de él —dijo ella con calma.
—¿Hablas de mi hermano?
—Sí, de tu hermano.
—Era muy bueno. ¿Pero por qué he dicho era? Lo es. No es bajo ni rastrero como yo.
Seguían caminando lentamente. Abra se detuvo y Cal hizo lo propio. La joven lo miró.
—Cal —dijo—. Hace mucho, mucho tiempo que sabía lo de tu madre.
—¿Lo sabías?
—Se lo oí a mis padres una vez que creían que yo dormía. Quiero decirte algo, y aunque me cueste decirlo, es bueno que lo haga.
—¿Quieres hacerlo?
—Tengo que hacerlo. Aún no ha pasado tanto tiempo desde que dejé de ser una niña. ¿Sabes a qué me refiero?
—Sí —respondió Cal.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Muy bien, pues. Ahora me cuesta decirlo. Ojalá lo hubiese dicho entonces. Ya no quería a Aron.
—¿Por qué no?
—He tratado de hallar la causa. Cuando éramos niños, vivíamos en medio de una fantasía que nos habíamos forjado. Pero después, cuando crecimos, esa fantasía ya no resultaba suficiente. Me hacía falta algo más, algo real.
—Bien…
—Espera, déjame terminar. Aron no creció. Puede que nunca lo haga. Le gustaba la fantasía y quería que todo fuese así. No podía soportar la idea de que las cosas fueran distintas.
—¿Y tú, qué?
—Yo no quiero vivir un sueño, sino la vida. Además, éramos unos completos extraños. Seguimos adelante porque ya estábamos acostumbrados. Pero yo ya no creía en esa fantasía.
—¿Y Aron, qué?
—Él estaba dispuesto a llevar a cabo su fantasía aunque para ello tuviese que poner el mundo cabeza abajo.
Cal se quedó mirando el suelo.
—¿Me crees? —le preguntó Abra.
—Trato de entenderlo.
—Cuando somos niños, somos el centro de todo. Todo ocurre para nosotros. Los demás no son más que fantasmas puestos a nuestra disposición para que hablemos con ellos. Pero cuando crecemos ocupamos el lugar que nos corresponde y adquirimos nuestro verdadero tamaño y forma. Se establece un intercambio entre nosotros y los demás. Es peor, pero también es mucho mejor. Me alegro de que me hayas contado lo de Aron.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que no me lo he inventado todo. Él no ha podido soportar lo de su madre porque no quería que la fantasía fuese así, y es incapaz de admitir cualquier otra versión. Así es que ha puesto el mundo al revés. Es lo mismo que hizo conmigo cuando quería hacerse sacerdote.
—Necesito tiempo para meditar —le dijo Cal.
—Dame mis libros —le indicó ella—. Dile a Lee que iré a verlo. Ahora me siento libre. Yo también quiero pensar. Me parece que te amo, Cal.
—Yo no soy bueno.
—Precisamente por eso.
Cal volvió apresuradamente a su casa.
—Vendrá mañana —dijo a Lee.
—Pareces muy excitado —respondió éste.
4
De regreso a su casa, Abra caminó de puntillas. Cruzó el vestíbulo arrimada a la pared para que el piso no crujiera. Puso un pie en el primer peldaño de las escaleras alfombradas, cambió de idea y se fue a la cocina.
—Por fin —exclamó su madre—. ¿Por qué no has venido enseguida a casa?
—He tenido que quedarme después de terminar las clases. ¿Está mejor papá?
—Supongo.
—¿Qué dice el médico?
—Lo mismo que dijo el primer día, exceso de trabajo. Necesita descansar.
—Pues no parecía muy cansado —señaló Abra.
Su madre abrió un arcón y sacó de él tres patatas, y se las llevó al fregadero.
—Tu padre es muy valiente, querida. Tendría que habérmelo dicho. Además de su propio trabajo, hace mucho por la guerra. El médico dice que a veces hay hombres que se derrumban de repente.
—¿Debo ir a verlo?
—Mira, Abra, me parece que no quiere ver a nadie. El juez Knudsen ha telefoneado, y tu padre me ha hecho decirle que dormía.
—¿Puedo ayudarte?
—Ve a cambiarte de vestido. No quiero que te manches éste tan bonito.
Abra pasó de puntillas ante la puerta de la habitación de su padre, para dirigirse a la suya. Los barnices relucían y los papeles de las paredes eran de colores vivos. Tenía retratos enmarcados de sus padres sobre el tocador y poemas enmarcados en las paredes; en su armario todo estaba en su sitio, el suelo muy bien encerado, y todos sus zapatos cuidadosamente alineados. Su madre se lo hacía todo, e insistía en hacerlo: decidía por ella y elegía sus vestidos.
Hacía tiempo que Abra había desechado tener ciertas cosas privadas y personales en la habitación. Estaba tan acostumbrada que no pensaba en su habitación como en un sitio reservado. Todos sus objetos personales se hallaban en su mente. Las pocas cartas que guardaba se hallaban en el salón, entre las páginas de los dos volúmenes de Memorias de Ulyses S. Grant, que, por lo que ella sabía, nadie los había abierto nunca desde que salieron de la imprenta, excepto ella misma.
Abra estaba contenta y no trataba de averiguar la causa. Estaba segura de algunas cosas, pero nunca hablaba de ellas. Por ejemplo, sabía que su padre no se hallaba enfermo, sino que se ocultaba de algo. Del mismo modo, tenía el convencimiento de que Adam Trask sí estaba verdaderamente enfermo, porque lo había visto caminar por la calle. Abra se preguntaba si su madre sabía que su padre no estaba enfermo.
Abra se quitó el vestido y se puso un delantal de algodón que empleaba para trabajar por casa. Se cepilló el cabello, volvió a cruzar de puntillas ante la puerta de su padre y bajó al piso inferior. Al pie de la escalera, abrió su carpeta y sacó la postal de Aron. En el salón sacudió el segundo volumen de las Memorias, del cual cayeron las cartas de Aron; las amontonó y levantándose las faldas, las embutió bajo la goma que sostenía sus bragas. El bulto se le notaba bastante. En la cocina se puso otro delantal más grande para disimularlo.
—Raspa las zanahorias —dijo su madre—. ¿Está caliente el agua?
—Está a punto de hervir.
—Por favor, échale un cubito de caldo. El médico dice que le hará bien a tu padre.
Cuando su madre se fue al primer piso con la humeante taza, Abra encendió el gas y quemó las cartas.
—Huele a quemado —dijo su madre cuando regresó.
—He quemado la basura. Estaba llena.
—Tendrías que habérmelo dicho —replicó su madre—. Siempre guardo la basura para calentar la cocina por la mañana.
—Lo siento, mamá —se excusó Abra—. No había pensado en ello.
—Pues tendrías que pensar en esas cosas. Me parece que últimamente estás muy distraída y con la cabeza en otra parte.
—Lo siento, mamá.
—Un grano no hace el granero, pero ayuda a su compañero —dijo su madre.
En el salón sonó el timbre del teléfono. La madre acudió a la llamada. Abra oyó que decía:
—No, no puede usted verlo. Son órdenes del doctor. No puede recibir a nadie…, no, a nadie.
Cuando volvió a la cocina dijo:
—Era el juez Knudsen, otra vez.