«ARREGLARLO TODO BIEN»
MIGIO no había tenido nunca a una muchacha en sus brazos. No estaba asustado. Lo había estado cuando la entró en su casa —una modesta casita de planta baja— y, después de cerrar la puerta con el pie, había oído gotear la sangre de su empapada falda. Y antes, en la calle, cuando había pensado que la muchacha estaba muerta.
La había entrado en su casa y, al ver toda aquella sangre, miró a uno y otro lado, con expresión indecisa, y acabó dejando a la muchacha en el suelo. Trató de pensar, hasta que las sienes le dolieron a causa del desacostumbrado ejercicio. Pero sólo consiguió elaborar una idea: No manchar de sangre el cubrecama.
Miró la bombilla que colgaba del techo y permaneció unos instantes inmóvil, parpadeando y respirando agitadamente; de pronto, se precipitó hacia la ventana para bajar la persiana y defenderla de la curiosidad de los posibles transeúntes.
Vio sus manos que se alargaban hacia la ventana e interrumpió su gesto: estaban rojas y mancharían lo que tocara. Con un gruñido, se acercó al interruptor de la luz, viendo la mancha roja que había dejado en él y sabiendo, mientras lo accionaba, que estaba dejando otra.
A continuación, se dirigió hacia el fregadero, que se encontraba en un ángulo de la única habitación, y se lavó las manos, una y otra vez, mirando a cada instante por encima del hombro el cuerpo de la muchacha y el dedo de sangre que se arrastraba por el suelo, avanzando hacia él.
Ahora había recobrado el aliento y anduvo cuidadosamente hasta la ventana. Bajó la persiana, comprobando que no quedaba ninguna rendija. En la oscuridad, con las manos extendidas, se dirigió a la pared opuesta y volvió a encender la luz.
El dedo de sangre seguía avanzando. Migio cogió una bayeta de debajo del fregadero y la dejó caer delante del dedo, que interrumpió inmediatamente su avance. Luego se acercó a la cama, sacó la colcha y la colgó sobre la cabecera de latón. Del cajón de la mesa sacó un mantel de plástico y lo extendió sobre la cama. Volvió a mirar a su alrededor, con la expresión desconcertada que le era habitual, la boca entreabierta y el labio inferior ligeramente caído.
Arreglarlo todo bien —se dijo a sí mismo. Y se repitió, obstinadamente—: Arreglarlo todo bien.
Respiró ruidosamente y cogió los libros que había en el estante superior de la alacena: un tomo de revistas antiguas encuadernadas, media docena de novelones de principios de siglo y un voluminoso catálogo de bisutería, más moderno. Apartó la cama de la pared y colocó los libros, uno a uno, debajo de dos de las patas, de modo que la cama quedara ligeramente levantada por la parte de arriba y uno de los lados.
Después cogió una manta, la enrolló y la deslizó debajo del plástico, para que formara una especie de valla en la parte más alta. Se dirigió de nuevo al fregadero y escogió el mayor de los potes de aluminio: lo dejó en el suelo, en el extremo más bajo de la cama, y tiró de la esquina del mantel hasta que quedó encima del pote
Ahora, sangra, le dijo silenciosamente a la muchacha, satisfecho de sí mismo.
Se inclinó sobre ella y gruñó, cogiéndola por debajo de los sobacos. La cabeza de la muchacha cayó hacia atrás, como si no tuviera huesos en el cuello. Migio la arrastró hasta la cama, contemplando aprensivamente el ancho surco rojo que la falda dejaba en el suelo.
El levantarla para depositarla en la cama le costó un inesperado esfuerzo. Sólo entonces se dio cuenta de lo cansado que estaba. La dejó caer torpemente, en su afán por soltarla con cuidado sin desarrugar el mantel. Cuando se incorporó, los brazos le pesaban como plomo y su respiración se había hecho jadeante.
Por debajo de la falda de la muchacha empezó a deslizarse la sangre. Tal como Migio había previsto, descendió hasta la esquina más baja y empezó a gotear dentro del pote.
Tanta sangre dentro de una persona —se maravilló Migio—. ¿Cómo detenerla si no quiere detenerse?
Miró hacia la puerta cerrada, hacia la ventana, hacia el reloj. Escuchó. La lluvia caía ahora con más fuerza, repiqueteando en el tejado de la casita. Era el único ruido que se oía. La casa estaba dormida, y la calle muerta. Estaba solo con su problema.
Se frotó los labios con la mano, e inmediatamente la apartó al notar el sabor de la sangre. Tosió, corrió hacia el fregadero, escupió, y se lavó la boca y las manos.
Tenía que hacer algo, llamar…
¿Llamar? ¿Adónde? ¿Al hospital? ¿Decir al hospital que avisaran a la policía? Para eso, ya podía llamar directamente a la policía. Estúpido. ¿Qué podía decirles? ¿Que era su hermana y que la había atropellado un automóvil? ¿Acaso iban a creerle? ¿Decirles la verdad, que había visto cómo la tiraban de un automóvil que llevaba los faros apagados, que la había recogido y que sólo se había dado cuenta de lo mucho que sangraba cuando la había entrado ya en su casa? ¿Le creerían, acaso? Estúpido. Le estaba bien empleado, por meterse donde no le llamaban.
Pensó que podía volver a sacarla y dejarla en la calle. Sí, y alguien te verá, estúpido.
Mientras trataba de encontrar una solución al problema, cogió la bayeta que estaba en el suelo, empapada de sangre, y la llevó al fregadero, escurriéndola una y otra vez después de dejarla un rato debajo del agua corriente.
Estúpido, llama a alguien y pide ayuda.
¿A quién podía llamar?
Pensó en los almacenes donde por espacio de dieciocho años había fregado los suelos y sacudido las alfombras durante la noche. En la vecindad, donde conocía al tendero y al dueño de la carnicería. Todo estaba cerrado, dormido. Además, ¿en quién podía confiar?
¡Dios mío! ¿En cuarenta años no has conseguido tener un solo amigo?
Al repiqueteo de la lluvia se había unido ahora el goteo de la sangre en el pote. Un goteo ininterrumpido. Migio comprendió vagamente que la sangría no iba a detenerse por sí misma. Con un gruñido, volvió a acercarse a la cama.
No está muerta, dijo en voz alta, y el sonido de su propia voz le asusto. Apoyó la mano en el pecho de la muchacha, pero la retiró en seguida al ver que su blusa estaba desgarrada y que salía sangre también de allí.
Migio tragó saliva con un gran esfuerzo. Tenía que desnudarla. La falda se cerraba con una cremallera, que al principio se negaba a correr. Pero finalmente consiguió abrirla y tiró de la falda hacia abajo, con una interminable serie de sacudidas.
Los pantaloncitos eran de nylon y estaban empapados de sangre y tan cortados por su lado izquierdo, que al tirar Migio se quedó con ellos entre los dedos. La blusa se abrochaba por delante y no representó ningún problema; debajo de la blusa había un sostén cortado limpiamente en dos por la parte delantera.
A continuación, Migió encendió el fogón de petróleo y puso a calentar una olla de agua. Buscó una esponja, y cuando el agua estuvo caliente la puso en una palangana y se acercó de nuevo a la cama. Frotó el cuerpo con la esponja, empapada en agua caliente; era un cuerpo firme al tacto, pero muy delgado, con sus acusados costillares y los salientes huesos de las caderas. Debajo del seno izquierdo había un largo corte; parecía muy profundo, pero apenas sangraba. El otro corte, en cambio, situado en la ingle, soltaba borbotones de sangre, uno detrás de otro, a intervalos casi regulares. Migio había visto brotar la sangre de una herida, cuando Gálvez se cortó un dedo mientras arreglaba el montacargas del almacén, pero en aquella ocasión la sangre había salido a chorro, proyectada a medio metro de distancia. Tal vez la de esta herida había salido con la misma fuerza, pensó Migio súbitamente, pero ahora estaba acabándose. Sí, iba a acabarse, y Migio se encontraría con un cadáver en su cama. ¿Qué iba a decirle a la policía?
Lavó la esponja en el agua y frotó suavemente la herida. Antes de que pudiera llenarse otra vez de sangre apartó los lados del corte y miró dentro. Pudo ver claramente la arteria femoral, que parecía un trozo de fideo rojo y estaba cortada casi de parte a parte. Luego no vio nada, porque la herida volvió a llenarse de sangre.
Migio corrió hacia su caja de herramientas y la abrió. Hacía algunos años, había aprendido a confeccionar unas finas cadenas de alambre plateado, y solía pasar sus horas libres haciendo eslabón tras eslabón, y soldando cada uno de ellos en el interior del otro con una lamparilla de alcohol y un diminuto soldador.
Cogió las pinzas, pero las soltó y se decidió por el pequeño sujetador de muelle que utilizaba para sostener el eslabón mientras trabajaba en él. Corrió hacia el fregadero, lavó el sujetador y regresó a la cama. Pasó de nuevo la esponja por el pequeño lago de sangre, se inclinó rápidamente y colocó las diminutas mandíbulas del sujetador sobre la arteria, cerca del corte. Inmediatamente brotó otro borbotón de sangre.
Pasó de nuevo la esponja, y en un rapto de inspiración soltó el sujetador para colocarlo al otro lado del corte.
Los ojos le dolían y las sienes le latían tumultuosamente. Arreglarlo todo bien. Se dirigió al fregadero, y rebuscó en el botiquín colgado encima de él. Esparadrapo, un paquete de gasas… Tal vez no serían bastante grandes, pero podían unirse los trozos con esparadrapo. Un tubo de Sulpha-mi-zol… podía servir para el caso, como sirvió cuando Migio se hizo un corte en la mano y se le infectó. También servía para los forúnculos.
Llenó una cacerola de agua y la puso a hervir. Coser, si. Encontró agujas, hilo blanco, y lo sumergió todo en el agua. Limpió otra vez la herida femoral y la contempló pensativamente hasta que la sangre cubrió lentamente la arteria.
Migio no estaba seguro, pero tenía una vaga idea de algo acerca de los torniquetes. Tenían que ser abiertos de cuando en cuando, o se presentaban dificultades. ¿Ocurriría lo mismo con una arteria? Sería mejor coserla; sólo estaba desgarrada, no cortada… De modo que introdujo en la cacerola la pinzas, unos pequeños alicates y, tras pensarlo bien, una docena de diminutos broches de su caja de bisutería.
Mientras esperaba que hirviera el agua, examinó de nuevo las heridas. Se mordió el labio, con el ceño fruncido, y luego cogió una aguja muy fina, la sostuvo con unas pinzas en la llama del fogón hasta que estuvo roja, y con otras pinzas la dobló ligeramente en semicírculo y la dejó caer en el agua. A continuación cortó unos trocitos de la esponja y los introdujo también en la cacerola.
Cuando el agua empezó a hervir, Migio colocó una servilleta limpia sobre una silla y la arrimó a la cama. Sacó la cacerola del fuego y, sosteniéndola con una mano, se dedicó a pescar con unas pinzas largas los utensilios que había en su interior, depositándolos cuidadosamente sobre la servilleta.
Esto no es un hospital —pensó—, pero yo arreglarlo todo bien.
¡Hospital! Sí, en las películas…
Del cajón de una cómoda sacó un pañuelo limpio y trató de cubrirse con él la boca y la nariz, como en las películas. Pero su nudoso rostro y su cabeza cuadrada eran demasiado grandes para un solo pañuelo. Necesitó tres para que la cosa quedara bien.
Y finalmente se arrodilló junto a la cama.
Empezó por extender sobre la servilleta un poco de sulphamizol; con las pinzas, cogió dos trocitos de esponja y los pasó por la pomada hasta que quedaron empapados de ella. Lavó la herida femoral y aplicó un trocito de esponja a cada lado del corte, dejando la arteria a la vista, en el fondo. Utilizando las pinzas y los alicates, enhebró la aguja curvada con un trozo de hilo blanco.
A continuación dio cuatro diminutas puntadas en la arteria, anudando cada una de ellas con exquisito cuidado, de modo que el hilo no cortara el tejido pero mantuviera unidos los bordes. Luego se sentó sobre sus talones para descansar, con los hombros doloridos por la tensión y los ojos nublados. Al cabo de un rato, llenándose previamente los pulmones de aire, sacó el sujetador.
La sangre llenó la herida y empapó las esponjas. Pero surgió lentamente, sin espurrear. Migió frunció el ceño. Y ahora, ¿qué? Tras una leve vacilación, lavó la herida una vez más y llenó rápidamente la incisión de pomada, la cubrió con un trozo de gasa y lo sujetó con dos tiras de esparadrapo.
Se secó la frente, primero con un hombro, luego con el otro, y clavó los ojos en la pared opuesta, como solía hacer cuando trabajaba en sus pequeñas cadenas plateadas. Cuando la niebla se disipó, Migio volvió su atención a la larga herida del pecho.
Migio no sabía cómo coser una herida de aquel tamaño, pero sabía cocinar y había rellenado más de un pollo. Mordiéndose la lengua, clavó el primero de los broches en la carne, en ángulo recto con el corte, apretándolo a través de la herida y clavándolo en el otro lado.
Clavó el segundo broche a un par de centímetros de distancia, lo mismo que el tercero. El cuarto chocó contra algo duro en el interior de la herida; Migio se sobresaltó y se mordió la lengua dolorosamente. Quitó el broche a medio clavar y tanteó cuidadosamente con sus pinzas.
Sí, allí había algo duro. Hundió más las pinzas, dominó un estremecimiento y miró el rostro de la muchacha. Las pinzas se cerraron sobre algo duro, resbaladizo y obstinado. Migio lo movió suavemente a uno y otro lado. Lentamente, muy lentamente, apareció la punta de un objeto metálico.
La sangre empezó a fluir libremente antes de que el objeto hubiera salido del todo, pero Migio no se detuvo hasta que estuvo fuera. La luz brilló sobre la punta rota de un cuchillo. La dejó caer sobre la servilleta, pensando en lo que hubiera dicho la policía si les hubiera contado aquel cuento del accidente de automóvil.
A continuación restañó la sangre y continuó clavando los broches, hasta que hubo una decena de ellos a lo largo de la herida.
Ya estaba. Migió se puso en pie, sintiéndose mortalmente cansado. Le dolían todos los huesos, y tenía el cuerpo empapado en sudor. Pero en su cerebro seguía martilleando aquella frase obsesionante: Arreglarlo todo bien… Arreglarlo todo bien… Con paso inseguro, se dirigió al fregadero. Después de lavarse las manos y los antebrazos, se quitó los pañuelos anudados al cuello y se lavó la cara. Luego cogió lo que quedaba de su esponja y la cacerola de agua caliente y regresó a la cama.
Fue una tarea interminable. Lavó a la muchacha de la cabeza a los pies, haciendo frecuentes viajes en busca de agua limpia, lavó y secó su pelo, y descubrió un feo chichón y una contusión sangrienta en la parte posterior de su cabeza. Apartó el pelo a los lados y aplicó un paño mojado a la contusión, la cual dejó de sangrar, aunque quedó un chichón del tamaño de un huevo de paloma.
Cuando el pelo de la muchacha estaba húmedo enredado, era solamente una mata oscura, pero una vez limpio y peinado, despedía reflejos azulados. Migio la tapó con el cubrecama, y durante un largo rato permaneció inclinado sobre ella, invadido por una extraña sensación, casi dolorosa, que le atraía y le repelía al mismo tiempo: una sensación que tal vez no volvería a experimentar nunca más.
La luz del día se insinuaba tímidamente contra la ventana cerrada. Migio, conteniendo la respiración, cerró los ojos y escuchó intensamente, deseando saber si la muchacha estaba viva. No se atrevía a acercarse más, por miedo a descubrir que se había marchado…, para siempre. ¡Oh, no!
Pero, pasó un camión, y una mujer llamó a un chiquillo, y alguien rió; de modo que Migio se arrodilló junto a la cama y, muy lentamente, acercó su mano a la garganta de la muchacha. Estaba fría —¡pero no helada!— y tan quieta como un globo deshinchado.
Luego, los pelos del dorso de la mano de Migio se movieron de un modo casi imperceptible, agitados por la leve brisa de la respiración de la muchacha. Migio notó que sus ojos se humedecían, y todo su cansancio desapareció como por arte de magia; experimentó la imperiosa necesidad de hacer algo: un plato de sopa, comprar alguna medicina, limpiar la casa, correr a la tienda… Y, por encima de todo, sintió el deseo de gritar a pleno pulmón, una y otra vez, para convencerse a sí mismo, que la muchacha estaba viva… VIVA.
Y en medio de aquella explosión de deseos, se deslizó suavemente hasta el suelo y se quedó profundamente dormido.
Migio gruñó, abrió los ojos e inmediatamente supo dónde estaba y qué había sucedido. Algo le hizo levantar la mirada. La muchacha tenía los ojos abiertos y le estaba mirando. Su rostro y sus ojos carecían de expresión. Migio vio que se cerraban lentamente y que volvían a abrirse con la misma lentitud, opacos y desinteresados.
—Muy bien, muy bien —dijo Migio roncamente—. Yo arreglarlo todo.
La muchacha continuó mirándole, simplemente. Migió agitó violentamente la cabeza, murmurando un torrente de palabras de estímulo y de esperanza, que en sus torpes labios no fueron más que una serie de ininteligibles gruñidos. Anonadado, como siempre, por su propia incapacidad para hablar, Migio suspiró y se puso a trabajar.
Quitó la gasa de la herida de la ingle y tiró ligeramente del borde de uno de los trozos de esponja. Cuando creyó que estaba a punto de salir, tiró con más fuerza.
—¡Oh! —exclamó la muchacha, con voz apenas audible. Volvió lentamente la cabeza hacia la izquierda—. ¡Oh! —Volvió de nuevo la cabeza y se sumió en la inconsciencia.
Migio fue en busca de un paño empapado en agua fría y lo apretó contra la frente de la muchacha, la cual suspiró. Cuando Migio apartó el paño, ella estaba mirándole de nuevo, con los ojos muy abiertos.
—¿Estás bien? —le preguntó Migio. Y luego, convirtiendo la pregunta en afirmación—: Estás bien.
La muchacha frunció levemente las cejas y sus ojos volvieron a cerrarse. Migió tocó sus mejillas con el dorso de la mano.
—Muy caliente —murmuró.
Apagó la luz, y en la semioscuridad se cambió de ropa. Del fondo de un cajón sacó una arrugada libreta de escolar, y de ella un trozo de papel con un número de teléfono, escrito a lápiz con unos guarismos enormes.
—Ya vuelvo —murmuró Migio.
La muchacha no dijo nada.
Migio salió, cerrando la puerta detrás de él.
Trabajosamente, llamó a la oficina de los almacenes desde la tienda de comestibles, consultando el papel para cada uno de los números y sosteniendo el disco contra el tope durante tres o cuatro segundos, para asegurarse de que quedaba marcado. Le respondió la voz del jefe principal, el señor Lagos, con el cual Migio no había hablado en una docena de años.
Cuando el señor Lagos hubo emitido por tercera vez su impaciente «¡Diga!», Migio consiguió balbucir:
—Enfermo… Yo enfermo…
Oyó que el teléfono decía: «¿Qué estupidez es ésta…?», y a continuación la risa del señor Germán, y: «Yo contestaré. Debe ser ese orangután de Migio».
Y directamente en su oído:
—¿Sí?
—Esta noche enfermo —gritó Migio.
—¿Qué es lo que te pasa?
Migio tragó saliva.
—No puedo trabajar —gritó.
—Te estás haciendo viejo —dijo el señor Germán. Migio oyó que el señor Lagos se reía. El señor Germán preguntó—: ¿Cuántas noches libres has tenido en los últimos quince años?
Migio meditó unos instantes.
—¡No! —rugió—. ¡Nada!
Y no eran quince años, sino dieciocho.
—Es verdad —dijo el señor Germán, dirigiéndose al señor Lagos, sin cubrir el receptor—. En quince años no ha hecho fiesta ni una sola noche.
—¿Acaso le necesitamos? —inquirió el señor Lagos—. Dele todas las noches de fiesta que quiera.
—Nos saldría demasiado caro —dijo el señor Germán—. Bueno, Migio, puedes hacer fiesta. Pero no te lo tomes por costumbre.
Al otro lado del hilo se oyó un chasquido: habían colgado el teléfono. Migio continuó con el receptor pegado al oído, hasta convencerse de que la conversación había terminado. Luego colgó el aparato. En la tienda, todo el mundo le estaba mirando. Bueno, siempre lo hacían. A Migio no le importaba.
Lo único que le importaba era lo que la voz del señor Lagos repetía en su cerebro, una y otra vez: «¿Acaso le necesitamos?».
Migio se dirigió a la farmacia y compró esparadrapo, gasa, pomada, y tres bolsas para hielo. Y, después de pensarlo un poco, un tubo de aspirinas, porque en cierta ocasión alguien le había dicho… En el supermercado compró lo suficiente para alimentar a una familia de nueve miembros durante nueve días. Y, a pesar de la carga, le quedó todavía un brazo recio y un ancho hombro para una barra de hielo de doce kilos.
Encontró a la muchacha ardiendo. Su respiración era como el vuelo de una gaviota sobre el mar: un leve aleteo, un leve aleteo, y una larga espera, planeando.
Migio rompió un trozo de hielo, lo envolvió en una toalla y la sacudió furiosamente contra el fregadero. Introdujo el hielo troceado en una de las bolsas y la aplicó a la cabeza de la muchacha.
La muchacha suspiró, pero no abrió los ojos. Migio llenó las otras dos bolsas y colocó una sobre el pecho y otra sobre la ingle de la muchacha. Luego se retorció las manos, sin saber qué hacer, hasta que se le ocurrió una idea: Tiene que comer, después de haber perdido tanta sangre.
De modo que se puso a cocinar, volviéndose a cada instante a contemplar a la muchacha. Hizo patatas guisadas con carne y media docena de huevos fritos, y abundante café. Abrió un pote de leche, por si la muchacha prefería tomar el café con leche.
La muchacha no comió un solo bocado, ni bebió un solo sorbo. Permaneció tendida, completamente inmóvil, y sólo de cuando en cuando dejaba que su cabeza cayera a un lado, de modo que Migio tenía que recoger la bolsa de hielo y volver a colocarla.
El segundo día, no comió nada ni bebió nada, y su fiebre era increíble. Durante la noche, acostado en el suelo junto a la cama, Migio despertó una vez con la sensación de que alguien sollozaba en la habitación, pero quizá lo había soñado.
El tercer día, Migió cortó el trozo de carne más tierno de un filete y lo colocó entre los labios de la muchacha. Un cuarto de hora después le abrió la boca para poner otro trozo, pero el primero todavía estaba allí. Lo mismo ocurrió con la aspirina: unas diminutas migajas blancas sobre una lengua seca.
Migio trató de pensar lo que sucedería si llamaba a un médico, y el médico insistía en que había que llevar a la muchacha a un hospital. Diría: «Necesita tratamiento, muchacho, no te necesita a ti».
Y Migio no soportaba la idea de oír de nuevo aquellas palabras.
La primera vez que las oyó tenía ocho años. Estaba en la escuela, y había guardado un chocolatín para una de sus compañeras de clase, aquella María Dolores de pelo negro y ojos grandes, que parecía una muñeca, tan linda, tan limpia… No se había atrevido a dárselo directamente, y lo había dejado encima de su pupitre, al otro lado del pasillo. Y cuando María Dolores llegó y vio el chocolatín, lo tiró sobre el pupitre de Migio, diciendo en voz alta: «No necesito tus chocolatines, ni te necesito a ti. Eres tonto y feo».
Volvió a oírlas a los once años. Era un muchacho robusto y tímido, y estaba de pie ante la puerta de la cocina, tratando de decirle a su madre lo que había decidido. Pero, como siempre, las palabras no eran en sus labios más que una serie de gruñidos. Su madre había desviado por unos instantes su atención de la botella de vino y le había dicho: «No estés ahí como un pasmarote, gruñendo como un cerdo… ¡Habla de una vez! ¿Qué estás tratando de decir? ¿Que vas a marcharte?».
Migio había asentido. Era muy fácil: sólo había que mover la cabeza de arriba abajo. Y su madre había dicho: «Bueno, márchate, no te necesito para nada».
Y otra vez, cuando tenía dieciséis años, y era un joven fornido que aparentaba muchos más, y había oído decir que había guerra y que la patria necesitaba a sus hijos. Y se había presentado en el cuartel de la Guardia Civil, y el sargento le había preguntado: «¿Qué diablos quieres?». Y Migio había tartamudeado: «Guerra…, yo ir…». Y el sargento le había mirado de arriba abajo, y de repente se había echado a reír: una risa que a Magio le taladró el corazón, porque adivinó lo que iba a decir el sargento a continuación. Y lo había dicho: «España no te necesita a ti…».
Eso era lo que diría el médico: «Ella no te necesita: tiene que ir al hospital».
No te necesita…
Los labios de la muchacha se movieron ligeramente y un sonido sibilante brotó de su garganta. Migió intuyó, sin saber cómo, lo que significaba aquel sonido, y fue en busca de agua, que vertió lentamente en la boca de la muchacha.
La muchacha sorbió con avidez, tratando de levantar la cabeza. Migió la ayudó con una mano, sosteniéndola por la nuca. Al cabo de unos instantes, la muchacha volvió a dejar caer la cabeza hacia atrás, y sonrió débilmente. Luego alzó la mirada hasta el rostro de Migio, y, a pesar de que su sonrisa desapareció, Migio se sintió mucho mejor.
Más tarde, Migio le llevó una taza de caldo. Esta vez, la muchacha sonrió débilmente, brevemente, pero mirándole a la cara, y se bebió la mitad del caldo. Inmediatamente se quedó dormida.
A partir de entonces, la muchacha durmió mucho y empezó a tomar cosas ligeras. También empezó a observar a Migio mientras se movía por la habitación; a veces, cuando él creía que estaba dormida, miraba hacia la cama y se encontraba con sus ojos. Durante los dos días siguientes, lo que más miraba la muchacha eran las manos de Migio. Unas manos que lo hacían todo: lavar, fregar, cocinar, coser, planchar… Unas manos que no habían aprendido nunca sus límites, porque Migio no había pensado nunca en limitarlas. Lo único que a Migio le importaba de su persona eran sus manos, y puesto que lo hacían todo, podían hacer cualquier cosa.
Pero cuando Migio le cambiaba la ropa o la lavaba, la muchacha no miraba sus manos: permanecía tendida, completamente inmóvil, y contemplando su rostro.
Al principio, la muchacha estaba muy débil y sólo podía mover la cabeza. Migio se alegraba de ello, ya que sus heridas cicatrizaban estupendamente. Cuando le quitó los broches de la herida del pecho debió dolerle, pero ella no se quejó; se limitó a fruncir diez veces las cejas, una por cada broche.
—Duele —gruñó Migio.
Débilmente, la muchacha asintió. Fue la primera comunicación entre ellos, aparte de aquel mudo intercambio de miradas. La muchacha sonrió también, mientras asentía, y Migio se volvió de espaldas, se frotó los ojos con los nudillos y se sintió absurdamente feliz.
La sexta noche volvió al trabajo. Durante todo el día procuró mantener despierta la atención de la muchacha, a fin de evitar que se durmiera, y no se marchó hasta convencerse de que estaba profundamente dormida. La dejó encerrada y se marchó a trabajar, dispuesto a hacer la tarea de tres hombres.
Pasaron los días. Migio regresaba del trabajo al amanecer, y durante un par de horas dormía como un leño, sobre un par de mantas, en el suelo, junto a la cama. Pero al menor movimiento de la muchacha se ponía en pie de un salto y se inclinaba sobre ella, interrogándola con la mirada, tratando frenéticamente de adivinar lo que podía necesitar, lo que podía hacer por ella.
A la hora del desayuno le servía leche caliente, con un huevo batido, y luego le lavaba el cuerpo, y le cambiaba la ropa, y la peinaba, y cuando había terminado con ella, limpiaba la habitación, fregaba el suelo, lavaba la ropa y los platos, y cocinaba.
Por la tarde salía de compras, sin entretenerse, ansioso de regresar a casa para mostrarle a la muchacha lo que había planeado para su cena. Y durante todos aquellos días, que luego se convirtieron en semanas, Migio resplandecía literalmente de felicidad, con un resplandor que se debilitaba un poco cuando estaba lejos de ella, para revivir gloriosamente en su presencia.
Una tarde de la segunda semana Migio encontró a la muchacha llorando, mirando fijamente el pequeño aparato de radio con los ojos llenos de lágrimas. Migió gruñó unas palabras ininteligibles y corrió en busca de una toalla para secar las mejillas de la muchacha, con una expresión atormentada en su rostro bestial. La muchacha palmeó su mano débilmente, haciendo una serie de gestos que acabaron de desconcertar a Migio.
—¿Duele? —inquirió, atribuyendo las lágrimas de la muchacha al dolor que le producían sus heridas.
Ella sacudió la cabeza. Movió los labios, se llevó un dedo a la boca y empezó a llorar de nuevo.
—¡Oh! Hambre… Yo arreglarlo en seguida.
Pero la muchacha le cogió por la muñeca, sacudiendo la cabeza y llorando. Migio se sentó en el borde de la cama, más perplejo que nunca. Ella volvió a mover los labios y a llevarse un dedo a la boca, sacudiendo la cabeza.
Finalmente, una idea empezó a abrirse paso en el cerebro de Migio.
—¡No puedes hablar! —dijo.
—¡Sí, sí! —asintió ella con la cabeza.
Migio la contempló durante un largo rato. La muchacha le devolvió la mirada y sus ojos se llenaron de lágrimas. Migio se inclinó hacia ella y murmuró:
—¿Qué quieres hablar? Yo arreglarlo todo bien. Tú no hablar. —Acarició sus mejillas cariñosamente y repitió—: Yo arreglarlo todo bien.
Era la quinta semana y estaba lloviendo. Migio regresaba de su trabajo, al amanecer, a través de las oscuras y relucientes calles. Para llegar a su casa tenía que cruzar un trozo de carretera solitaria y mal iluminada. Aquella noche también estaba lloviendo; el automóvil pasó velozmente, y un cuerpo salió despedido de él, y Migio tuvo que correr y correr, con el cuerpo de la muchacha en brazos, para evitar que muriera.
Había conseguido evitarlo. Y con ello, había encontrado un motivo para vivir, y para vivir del modo que él deseaba, siendo útil a alguien, siendo necesario a alguien. Y Migio no quería que su vida actual experimentase el más ligero cambio.
Pero el cambio se había producido, y Migio lo supo antes de entrar en su casa; la ventana que daba a la calle tenía un brillo anaranjado que no procedía del reflejo del solitario farol. Tal vez la muchacha estaba leyendo alguna de aquellas novelas que Migio había heredado con la vivienda, o se había levantado a mirar la hora… La muchacha estaba casi repuesta; sus heridas, milagrosamente, habían cicatrizado por completo; pasaba largas horas sentada en la cama, o recorriendo la habitación a pequeños pasos. Pero esto no podía modificar la situación; no podía modificarla.
Migio abrió la puerta.
Inmediatamente abrió la boca, como si acabaran de golpearle en pleno estómago. La cama estaba hecha, y la muchacha no estaba acostada: estaba en el otro extremo de la habitación, junto al fregadero. Migio la miró, intrigado. La muchacha se acercó a él, con una expresión en el rostro que Migio no había visto hasta entonces. El gruñido de bienvenida se apagó en sus labios. La contempló en silencio mientras pasaba por su lado y cerraba la puerta. Luego le cogió de la mano y le obligó a sentarse en una silla, delante de la mesa.
Ella continuó en pie. Tenía un aire decidido, de confianza en sí misma. Era una persona que había meditado largamente y había llegado a una decisión irrevocable. Migio quedó completamente desconcertado por aquella nueva actitud. Tenía que pensar…, pero la muchacha no le dio tiempo para pensar. Apoyó las dos manos en la mesa, le miró rectamente a los ojos y dijo:
—Puedo hablar. ¡Ya puedo hablar!
Migio se la quedó mirando con la boca abierta.
—Hace varios días que lo sé —continuó diciendo la muchacha—, pero he estado practicando en secreto hasta estar completamente segura. Estoy bien del todo. Lo has arreglado todo maravillosamente.
Y se echó a reír.
Al oír aquella risa, al ver el orgullo y la alegría en su rostro, Migio gruñó, admirado:
—¡Ah!
De nuevo sonó la risa de la muchacha.
—¡Ya puedo marcharme! ¡Ya puedo marcharme! —exclamó.
Dio una vuelta sobre sí misma, ligera como un pájaro, y la luz arrancó unos brillantes reflejos azules a sus largos cabellos.
Migio frunció las cejas. El gesto aumentó, si cabe, la fealdad de su rostro.
—¿Marcharte? —balbució, finalmente.
La muchacha recobró de golpe su seriedad, como arrepentida de su jubiloso arrebato.
—¡Oh! —murmuró—. No me mires así, como si acabara de clavarte un cuchillo. Sabes perfectamente que no puedo quedarme aquí, viviendo a tu costa, para siempre.
—No, no marcharte —gruñó Migio, en tono angustiado.
—Mira —dijo la muchacha, hablando sencilla y lentamente, como si se dirigiera a un chiquillo—. Ya estoy perfectamente. Ya puedo hablar. No estaría bien que continuara aquí, sin hacer nada… ¡Un momento! —exclamó rápidamente, antes de que Migio pudiera formar una palabra—. No quiero decir que no esté agradecida. Has sido…, has sido…, no encuentro palabras para expresar lo que has sido para mí. Nadie me había tratado como tú, nunca. Cuando tenía trece años me encontré en la calle, sola, y he hecho todo lo malo que puede hacer una mujer. Y me han tratado siempre como a una perdida. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Migio sacudió obstinadamente la cabeza.
—No, no marcharte —repitió.
—Trata de comprenderlo —continuó la muchacha, humedeciéndose los labios—. No puedo seguir abusando de tu bondad. No puedo seguir aceptando lo que me das. Si pudiera devolvértelo de algún modo, no importa cuál, lo haría. Pero ya sabes que no puedo… —En su voz había un acento de amargura—: A ti, nadie puede pagarte nada. No necesitas nada ni a nadie. Todo te lo haces tú, con tus propias manos. Si hubiera algo que desearas de mí… Pero, no, tú lo arreglas todo bien.
—No, tú no marcharte —insistió Migio.
—Tengo que hacerlo —dijo la muchacha, sonriendo. Luego, la sonrisa desapareció—. ¿Sabes por qué me tiraron de aquel automóvil, dándome por muerta? Porque trabajaba con una banda de ladrones y los denuncié a la policía, para quedarme con lo robado. ¿Comprendes ahora?
Migio la miraba con una expresión estúpida. No comprendía una palabra de cada diez. Rumiaba lo que sería su vida sin ella, lo que había sido siempre: inutilidad y soledad. Le anonadaba la terrible verdad de la habitación que era su hogar, con sus muebles míseros, media docena de novelas que no podía leer, y sin nadie que le necesitara. No te necesito. La muchachita de cabellos negros y ojos grandes, su madre, el sargento de la Guardia Civil, el señor Germán…, y ahora ella.
No te necesito…
La muchacha juzgó equivocadamente su expresión.
—No me mires así. No volveré a hacerlo. Lo hacía, porque me gustaba ver sufrir a la gente. No sabía que había personas buenas, como tú. Siempre creí que estas cosas sólo sucedían en las películas, pero no en la vida real. ¡Por favor, no me mires así!
Migio tenía los ojos llenos de lágrimas y movía su enorme cabeza de un lado a otro. Súbitamente, la muchacha se arrodilló delante de él y le cogió las manos.
—Escucha, tienes que comprender. Quería marcharme mientras estabas trabajando, pero me he quedado sólo para hacer que lo comprendas. Después de todo lo que has hecho… Ahora me encuentro perfectamente. Y no puedo quedarme encerrada en una habitación para siempre. Si pudiera, buscaría trabajo cerca de aquí y viviría contigo, te lo juro. Pero mi vida no valdrá una perra gorda si me quedo en esta ciudad. ¿Viste lo que me hicieron aquellos hombres? No me mataron, porque se rompió la punta del cuchillo. La impresión me dejó sin habla, y creo que la he recuperado por verdadero milagro. Ahora se asegurarían de mi muerte. Tengo que marcharme de aquí, y marcharme de la ciudad. Pero te escribiré, palabra. No te olvidaré nunca. ¿Cómo podría olvidarme de ti?
Migio había comprendido que la muchacha quería abandonarle; y había comprendido que quería marcharse de la ciudad. Nada más.
—Tú no marcharte —balbució—. Tú necesitar a Migio.
—Tú no me necesitas a mí —dijo la muchacha cariñosamente—, y yo no te necesito a ti. ¿No puedes comprenderlo?
Sí, aquélla era la tercera cosa que había comprendido.
Se puso en pie lentamente, notando cómo las manos de la muchacha se deslizaban de las suyas, y de sus rodillas al suelo, mientras se apartaba de ella.
Con paso firme, cruzó la habitación y se acercó a la alacena. Detrás de él oyó los rápidos pasos de la muchacha. Cuando se volvió, empuñaba un cuchillo. Pero la muchacha no llegó a verlo. Tenía los ojos velados por las lágrimas, y cuando Migio abrió los brazos, corrió a refugiarse en ellos.
La mano derecha de Migio descendió, hundiendo el cuchillo en la espalda de la muchacha.
Sosteniéndola por los sobacos, la depositó suavemente en el suelo y permaneció un largo rato inclinado sobre ella, llorando silenciosamente.
Luego se apartó de su lado y llenó la cacerola de agua, poniéndola al fuego. Cogió las pinzas, agujas, hilo, unos cuantos broches, un sujetador de muelle y unos trocitos de esponja, y lo introdujo todo en la cacerola. Del cajón de la mesa sacó el mantel de plástico y empezó a extenderlo sobre la cama.
—Yo arreglarlo todo bien —murmuró, mientras trabajaba—. Yo arreglarlo todo bien.