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2: Brisa muy débil » Capítulo 2

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El número total de personas que se encontraba en el hotel y en los apartamentos había descendido a 196, sin contar con los pasajeros del vagón secreto. Esta cifra incluía a los siete empleados del hotel, y a cuatro hombres y una mujer del Cuerpo Auxiliar de la Cruz Roja que por fortuna estaban en Finse para ultimar los preparativos de las vacaciones de invierno. Los únicos huéspedes normales eran tres turistas alemanes. Dos de ellos habían llegado en el mismo tren que nosotros: eran los que yo había visto cruzar laboriosamente el andén justo antes de que el tren siguiera su camino desde Finse. Parecían divertirse con el huracán y habían ingerido enormes cantidades de cerveza antes de irse a dormir los últimos de todos. Los demás pasajeros del tren estaban alojados en las casas de alrededor, que tenían nombres relacionados tanto con el ferrocarril como con la montaña: el Pico de Finse, el Edificio Electro y el Hogar de los Mil. Se nos dijo que esas viviendas se hallaban a una distancia de entre cien y trescientos metros del hotel. Pero con ese tiempo no tuvieron posibilidad alguna de volver para participar en la reunión.

Está claro que 196 personas no constituye un número válido para sacar conclusiones estadísticas. Por ejemplo, había demasiados hombres para que se nos pudiera comparar con una población normal. Y me pareció que había muy pocas personas mayores de sesenta años. Además no conté más de cuatro niños menores de diez años, aparte del bebé de rosa al que de hecho no había visto desde el accidente. También ignoraba la profesión de la gente, aunque poco a poco iba quedando patente que el número de pastores y colaboradores eclesiásticos era espantosamente alto. Una nutrida representación de esa gente iba a asistir a una reunión sobre el régimen de la Iglesia estatal en Bergen. Entre ese grupo se encontraba el no demasiado popular pastor futbolístico. Aunque he de decir que tras la confrontación con Kari Thue había empezado a mirar al hombre con otros ojos. Durante la reunión informativa se había sentado solo detrás de una columna junto al bar, lo que le impedía ver a la mujer de los bombachos que de un modo tranquilo y en un tono demasiado bajo nos pidió que tuviéramos paciencia, que aquello llevaría su tiempo. Antes de que desapareciera de mi campo visual me fijé en que el hombre parecía inusualmente serio. Kari Thue era capaz de espantar al propio diablo.

A pesar del limitado número de personas, entre las que se encontraban en desmedida desproporción los siervos de Dios y la profesión médica, tuve la impresión de estar observando a un grupo bastante representativo de noruegos. Allí sentada, apoyada en la pared junto a la escalera que bajaba al salón del sótano y subía al viejo vagón de ferrocarril suspendido en el aire a modo de puente entre el hotel y los apartamentos, contemplaba un conjunto de individuos blancos en su mayoría. Aparte de los dos kurdos y los tres alemanes, había una sola persona de origen no noruego: un hombre de piel oscura de unos cincuenta años que, a juzgar por su acento, provenía de Sudáfrica.

Tampoco podía descartar la posibilidad de que entre nosotros se escondiera algún sueco o danés.

Dado que el número de extranjeros que vive en Noruega representa alrededor del nueve por ciento de la población, nos encontrábamos a bastante distancia de la realidad. Pero por lo demás estaban representados casi todos mis paisanos. Jóvenes arrogantes con ropa escandalosamente cara que no intercambiaron una sola palabra con escoria como Adrian y su infeliz amiga. Estresados hombres de negocios con ordenadores portátiles ultracaros que intentaban conectarse a internet desesperadamente. Niños chillones y señoras de mediana edad. Un equipo de balonmano formado por chicas de unos catorce años completamente incapaces de entender el concepto de tratar con consideración a los demás. Iban por todo el hotel discutiendo en voz muy alta quién iba a compartir habitación con quién. Algunos adultos se esforzaban por mostrarse muy poco interesados por lo que estaba ocurriendo, otros charlaban sobre cualquier asunto, desde el reparto de habitaciones y la comida sorprendentemente buena, hasta el campeonato de bridge que se celebraba en el salón del sótano. Lo que todos teníamos en común, y que nos diferenciaba de los kurdos, los alemanes y el hombre sudafricano, era que nadie estaba realmente preocupado. Mientras que los dos musulmanes dirigían miradas de inquietud hacia las ventanas y se estremecían tanto al ver a Kari Thue como al oír el estruendo de la tormenta, los demás parecíamos estar pasando más o menos un fin de semana en la montaña. Lo cierto es que los alemanes parecían encantados de poder añadir un huracán a su colección de vivencias, si bien ni siquiera después de beberse seis cervezas de medio litro cada uno lograban ocultar su respeto por la tormenta y el miedo por las consecuencias. El sudafricano parecía más bien fascinado por el aspecto científico de la situación. Se acercaba constantemente a la ventana donde, ladeando la cabeza y poniendo la mano en el cristal, miraba con los ojos entornados los torbellinos de nieve como si buscara algo. Un par de veces se subió al alféizar y apoyó la frente contra el frío cristal, ensimismado.

Los demás nos sentamos como lo hacen los noruegos, y nos convertimos en un trocito de Noruega.

Lo cual —caí en la cuenta— tarde o temprano conduciría a un crimen. Tras un rápido cálculo mental concluí que ocurriría antes de cinco días, desde un punto de vista estadístico, haciendo un promedio y sin atender a las especiales circunstancias.

Pero al cabo de cinco días yo me encontraría muy lejos de Finse.

Igual que todos.

Por cierto, tengo que mencionar a los perros. Había cuatro en el tren cuando ocurrió el accidente, y todos se salvaron. Un caniche, un setter escocés, y otro que luego supe que era un perro de agua portugués.

El cuarto y último perro nos estuvo espantando a todos hasta que obligaron a su dueño a encerrarlo y a mantenerlo alejado de niños y otras almas delicadas.

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