Último viaje al norte
Juan MtTenía veintisiete años el día que decidí viajar de nuevo al Norte.
El autobús ascendía por la pista que cortaba las montañas mientras emitía un leve bramido. A través de la ventana, yo miraba el verdor y exuberancia de los árboles perennes del clima frío. A un lado de mí, mi compañera de viaje, malhumorada observaba el paisaje. Habíamos tenido momentos buenos y malos pero este parecía crear una atmósfera extraña, como la que sientes cuando quieres iniciar la charla con un desconocido; por lo que al sentir la incomodidad de su presencia, decidí partir a mis silenciosos pensamientos y recuerdos de lo bien que se sentía ser libre.
Llegamos a mi viejo pueblo, el cual lucía tan igual pero tan diferente. Te vas con la imagen del sitio en el que creciste, y cuando regresas, esa imagen está apenas modificada pero sigue pareciendo igual. Lo diferente es que la gente que conociste, los momentos, los tiempos ya son otros. Nada más que recuerdos son los que quedan. Con esa escena inundando mis ojos, nos pusimos en marcha cuesta abajo rumbo al que fue mi hogar.
Mientras caminábamos a la casa de mi madre, tomé a mi esposa de la mano sin las ganas honestas de hacerlo, realmente comenzaba a sentirme harto, ajeno a aquella mujer que me había cautivado tiempo atrás. Y a la vez, con una enorme obligación moral de dominar mis sentimientos y refrendar mi amor y respeto por ella. Tantas sensaciones rondaban por mi cabeza que había hecho del trayecto una caminata silenciosa y misteriosa pero conociendo a mi acompañante, sabía que nunca se atrevería a preguntarme sí todo estaba bien. Lo cual solamente servía para cuestionarme a mí mismo una vez más, cuánto la amaba realmente. Me sentí como un canalla pero también desdichado por no saber la respuesta.
Tuvimos una cálida recepción por mi madre, como siempre es de esperarse con ella. Más viejecita cada día, aún conservaba la vitalidad de otros tiempos, Después de una comida bastante generosa nos invitó a acompañarla a las instalaciones de su nuevo comercio. Una oficina cerca del centro del pueblo, en la que administraba el negocio de la venta y reforestación de árboles del bosque nublado. Con una amplia perspectiva de la situación ambiental y necesidades de su pueblo, este negocio le permitía la oportunidad de contribuir al mejoramiento del paisaje que resultaba bastante atractivo a los turistas que venían y además, ofrecía una nueva forma de empleo y educación para sus trabajadores. No por nada, todos la respetaban en su empresa y la miraban con cariño.
Al llegar al inmueble, notamos que se apegaba muchos a los lineamientos de los pueblos turísticos de la zona y conservaba una fachada colonial muy hermosa. Entramos al recibidor de la oficina y fue cuando sucedió. No había sentido nada similar en muchos años, una leve descarga eléctrica en mi espalda que se resumió en un golpeteo en mi estómago había anunciado la presencia de una mujer que salió a recibirnos. Mi madre nos presentó a Camila, una chica que estudiaba aún en la universidad y para pagarse la escuela había conseguido el trabajo de asistente en la oficina. No sobrepasaba mi estatura pero era al menos siete años menor que yo, sus facciones eran las más bellas que hubiera visto en mucho tiempo, sus ojos, nariz y boca formaban un conjunto estelar, cual constelación de estrellas en una noche despejada. Sus pómulos, el color de su piel, de sus labios me causaban tal distracción que me hacían sentir culpable porque al haberla visto por primera vez, solo deseaba no dejar de hacerlo.
Recuerdo que platicamos un momento del negocio con mi madre, mi esposa parecía interesada pero yo sabía que ella no estaba realmente deseosa de conocer más del tema, probablemente quería ir a recorrer el pueblo, comprar algunas cosas y vivir un poco su frivolidad. Dejé en el sillón de la oficina una mochila que llevaba conmigo y salimos a caminar los tres. Después de un rato, que incluyó la compra de algunas cosas y charlas sobre el turismo, nuestras vidas en la ciudad y otras cosas, mi madre y mi esposa decidieron entrar a tomar un café frente al parque del pueblo. Mi mente estaba en otro lado. Esperé que tomaran asiento y se dispusieran a charlar para levantarme argumentando que necesitaba mi cámara fotográfica, la cuál estaba en la mochila que dejé en la oficina y salí. Mis intenciones eran claras, necesitaba saber más de Camila.
Al caminar por la calle, pensaba en lo inmoral de la situación, en la falsedad, en la infidelidad, en la autocompasión y también en lo que para mí habían sido los días de desdicha. A unos metros de la oficina me detuve y pensé que si atravesaba ese umbral no habría vuelta atrás a lo que fuera que deparara el interior de ese lugar. Me decidí, caminé y entré.
Camila se encontraba poniendo en orden algunos documentos que había dejado encargados mi madre. Me vio entrar y sonrió, lo que causó que me sintiera algo nervioso pero también ocasionó que me sintiera, por raro que suene, aliviado. Tomé la cámara de la mochila, y al darme la vuelta le pregunté acerca de cómo se sentía al trabajar ahí, para mi beneplácito ella no mostró señales de sentirse incómoda de platicar conmigo y comenzamos una charla que duró poco menos de media hora. Me contó que sabiendo que la situación de su familia no era mala, y a pesar de no tener carencias, ella había decidido trabajar mientras estudiaba no para pagarse la escuela, pues de eso se encargaban sus padres, sino que lo hacía para tener algunos ingresos extra “libres de culpa”, me contó que en la escuela también gustaba de vender algunas cosas útiles para sus compañeros, unos días dulces y otros días lápices o libretas personalizadas. Tenía una mente inquieta, siendo la mayor de tres hermanos, todo lo que hacía repercutía en ellos por eso también sentía que quería ponerles un buen ejemplo, mostrarles que el trabajo es valioso para formarse un buen carácter e incluso, disfrutar la satisfacción de recibir el pago por el esfuerzo hecho.
Yo también le platiqué un poco de lo que hacía, de dónde había vivido, hace cuanto me había casado y cada vez que salía una palabra de mi boca al respecto, pensaba que lo había hecho demasiado joven, demasiado inexperto. Camila, escuchaba paciente, con un gesto de interés sin igual que me pareció bastante genuino. No podía evitar sonreír cuando yo mencionaba alguna parte graciosa de mi vida y la torpeza con la que me salían las palabras al hablar rápido queriendo aprovechar el tiempo que teníamos para hacerlo. Supe un poco más de ella. Aficionada a la lectura, a viajar al campo y a disfrutar a su familia, a no temer hacer algo que la hiciera feliz, y su forma tan única de ser natural. Todas esas cualidades resumidas en una persona que acaba de conocer, estaban poniendo en problemas a mis sueños. Consiente del retraso que llevaba, me levanté y me despedí de ella, tomando su mano para acercarnos y darnos el beso en la mejilla, sellé el destino de mis pensamientos para el resto de la tarde.
Nunca antes me había sentido tan obligado a estar con alguien como en ese momento. Los enojos de mi esposa, producto de mi negativa a cumplir con algunos de sus caprichos me estaban causando demasiado estrés. No sabía en qué momento había decidido que quería pasar mi vida con ella, pero solo confirmaba que me había equivocado. Quizá había sido nuestra forma tan superficial de ver la vida, la forma en que nos hacíamos el amor o los pequeños detalles que creí que eran suficientes para atar mi futuro a una persona que no deseaba combatir codo a codo como pensé que debía ser un matrimonio. Trataba de no pensar en Camila para no hacer un sesgo en mis sentimientos, pero cuando lo hice, me sentí muy feliz. Su sonrisa y su forma de ver la vida, hicieron que abriera un viejo baúl de memorias en mi cabeza, y siendo honesto conmigo recordé que un día había soñado con una mujer así para compartir mi vida, alguien que me ayudara a crecer, a ser mejor, que tomara los retos sin miedo al fracaso, y en el fracaso levantarnos juntos para seguir adelante. La felicidad de mí se esfumó cuando aterricé de nuevo en el suelo, sabiendo que mis decisiones de vida me habían alejado de esa posibilidad.
Deseoso de cambiar un poco el sentido de mi vida, me fui solo al centro del pueblo, buscaba algo entre la gente, entre las tiendas, algo con significado, algo digno, algo que definiera lo que yo era y lo que necesitaba de alguien más. Encontré un libro, lo hojeé y recordé el contenido, muchos años atrás lo había leído, la historia que hilaba en sus hojas era una de las más bellas que hubiera leído y con una carga tal de nostalgia y de amor que decidí que eso era lo que estaba esperando encontrar.
Recuerdo que abrí la primera hoja y traté de escribir una hermosa dedicatoria pero no queriendo ser pretencioso, escribí algo muy laxo pero sincero. En cada palabra plasmada en el papel quería decirle: te amo desde antes de conocerte.
Me fui veloz a la oficina, para llegar antes que mi madre y mi esposa, y encontrarla a solas, me sentía como un chiquillo travieso pero también me sentía temeroso. Al entrar, ella platicaba con un muchacho que trabajaba también para mi madre. Tenía un aspecto gentil y era aproximadamente de su edad. Ella nos presentó por cortesía de mi llegada. Él, su novio; yo, el hijo de su jefa, un soñador, un desdichado en busca de lo imposible. Damián, como se llamaba el chico, salió para no importunar a la asistente de la oficina, al haber yo llegado. Tratando de reponerme del pequeño golpe emocional, saqué del bolsillo de mi chamarra el libro, tomé sus manos y lo deposité en ellas. No recuerdo bien lo que platicamos, mi mente se nubló un poco por el forzoso aterrizaje con la realidad pero recuerdo que la vi sonreír, una vez más.
Caminábamos una vez más, tomados de la mano mi esposa y yo. Nos dirigíamos a la estación de autobuses. Charlábamos de lo bien que se había sentido en mi pueblo, de las cosas que había visto y comprado. Me apretaba las manos, me preguntaba si la quería, cada vez que lo hacía me sentía incómodo, odiaba mentir (me). Mis forzadas respuestas no la complacían, se molestaba, me soltaba de la mano, me trataba indiferente por ratos, era tan ella.
El autobús ahora descendía por la carretera que partía las montañas, una densa neblina cubría el paisaje. Mi compañera de viaje dormía, mientras yo, mirando, escudriñando por la ventana, trataba de apartar de mis pensamientos la imagen de Camila, su persona, su esencia que me había cautivado. El hecho de ser un imposible me era una realidad y azotaba mi corazón, mi mente y mis deseos.
Tenía veintisiete años la última vez que fui al Norte, cuando me enamoré por primera vez, y de alguien que no era mi esposa. Tenía veintiocho años el día que nos divorciamos. En el recuerdo de mi vida queda lo que a través de la ventana del autobús de regreso vi entre la neblina, una imagen creada por mis fantasías. Vi a Camila diciéndome adiós, mientras sonreía, sus mejillas sonrojadas por el frío. Luego daba la vuelta y corría por el campo hasta perderse entre los árboles. Con esa imagen, satisfechos mis anhelos decidieron quedarse. Nunca más volví al Norte. Nunca más volví a sentirme desdichado pues me enamoré.
Puebla, Pue. a 2 de enero de 2017