Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Grus canadensis

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Grus canadensis

Tras haber partido al alba, volamos muy alto en el cielo, guiadas por la más longeva de nuestra bandada. Ella sola constituye la vanguardia y nos lleva en dirección al sol, hacia un punto determinado del horizonte de donde de pronto nos ha llegado un viento terrible que anunciaba tormenta, cuyo soplo glacial era un canto lleno de amenazas. Al percibir el peligro, la más prodigiosa y la más longeva, que ha conocido todas las migraciones, que ha anidado tanto en el norte como en el sur, ha empezado a menear la cabeza y a chasquear el pico febrilmente. Ha mirado hacia los confines de la luz y entonces, irritada, encolerizada por la tempestad cada vez más cercana, ha lanzado un grito largo y estridente que hemos repetido a coro para advertir a las que nos siguen de la maniobra que se avecina. ¡Ker-lu! ¡Ker-li-u! El aire nos entra por las bocas abiertas y nos desgarra las mejillas. El frío nos penetra en los pulmones como oleadas de nieve. ¡Ker-lu! ¡Ker-li-u! Súbitamente, sin decirnos nada, la más longeva ha cerrado las alas para dejarse caer como una piedra. Sin perder un segundo la hemos imitado y nos hemos dejado caer también nosotras. Algunas se han descoordinado en el cielo negro, atraídas, proyectadas, con el cuello en barrena, zarandeadas ya sin vida, rotas y descompuestas por las bofetadas de la tormenta. Yo he intentado, desesperadamente, mantener replegadas las alas para no verme desmembrada por los bandazos de la trituradora, mientras intuía más abajo la debacle de mis compañeras debatiéndose contra la ferocidad de la lluvia. Algunas se dejan caer a ras de suelo, abren las alas en el último instante y consiguen refugiarse en las ramas de los árboles, pero muchas de entre las más jóvenes y menos experimentadas fracasan en la maniobra y se estrellan contra el suelo.

He querido desplegar las alas para detener la caída, pero no he podido evitar golpearme contra un muro en movimiento que ha salido de la niebla y me he roto las patas. He chocado contra una pared de cristal, he rebotado, he salido despedida y he aterrizado en el suelo. He oído un chirrido y he visto las luces cegadoras de un monstruo metálico que se paraba a mi lado. Llueve. He intentado batir las alas, pero no me puedo mover. He visto una sombra, una presencia, un humano se ha agachado y ha dicho ¡Una grulla! ¡Ven a ver! Creo que aún respira.

Me ha invadido el miedo. Me han llevado lejos de mi bandada, lejos de mi cielo. Veo desfilar el paisaje a través del cristal que me envuelve. La noche proyecta luces anaranjadas. Corren más que el viento. No puedo evitar batir las alas, pero no consigo desplazarme.

—Hello / My name is Rodrigue Gendron / I’m a trucker from Quebec and I’m on the 401 between Toronto and Sarnia / I hurt a bird who was trapped by the rain / I radioed many truckers and one of them told me about your organisation / A crane / Windsor is not on my way but I can make a detour / OK / One second please / ¿Puedes anotar lo que te voy a decir? / OK / Ojibway Animal Shelter, 5200 Matchette Road / No problem / The guy I picked up / ¿Cómo te llamas?

—Wahhch Debch.

—Wahhch Debch / About two hours / We are around St. Thomas / I’ll tell him / Thank you.

Veo la cara de un hombre. Corren sombras por sus ojos. Bato las alas. Me mira. No me quiere hacer daño, de eso estoy segura.

—Tendré que dar un rodeo, pero es por una buena causa y a ti te conviene. Iré hasta Windsor y te dejaré a la entrada de la ciudad. Cogerás el pájaro y lo llevarás al Shelter Ojibway. Es un refugio de animales, imagino que estará en la reserva de los ojibwe. Te estarán esperando, ya los he avisado.

El hombre de los ojos llenos de sombras vuelve la cabeza. Se inclina hacia mí. Desliza las manos por debajo de mis costados, me levanta y me aprieta contra él. Me pongo a temblar. Canta: Nâmi nâmi ya sghirá… yalla ghfí ‘al hhâsira. Su voz me tranquiliza como me tranquiliza un vuelo en la brisa del atardecer. Me deja sobre sus rodillas. Pone las manos sobre mi cuerpo. Me cubre hasta el cuello con una manta y me sujeta la cabeza. Nâmi nâmi ya sghirâ… yalla ghfí ‘al hhâsira… Me duermo al ritmo del corazón que late en sus muñecas. Ya no me afectan las luces anaranjadas ni su desfile histérico, el zumbido de la máquina ya no tiene ninguna importancia. Ya no me puede ocurrir nada malo.

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