Ánima

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IV Homo sapiens sapiens » Aubert Chagnon — Médico Coroner

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Aubert Chagnon — Médico Coroner

Los sucesos que intentaré referir ocurrieron hace más de un año, no mucho después del fallecimiento de mi mujer, pero bastante antes de que me llegara, por correo postal, el manuscrito del texto precedente.

En aquella época, yo todavía era coroner y la cronología de los hechos tenía cierta importancia en mi vida. Me quedaban dos meses para jubilarme, había empezado a vaciar mi despacho y la perspectiva de no tener que volver a poner los pies en la ciudad y poder dedicarme por completo a mis peces me provocaba grandes carcajadas. A mí me ha gustado mucho mi oficio, pero la fruta ya estaba madura. Había que recogerla. Pocas cosas me han decepcionado durante mis treinta años de carrera. Treinta años de pesadillas, de matanzas, de homicidios, de dramas y de tragedias me han permitido conocer lo más horrible y lo más bello del género humano. Es un puesto particular el de coroner, es un observatorio orientado hacia los abismos del Homo sapiens sapiens. Asesinatos de niños, de mujeres, de hombres, cometidos por hombres, por mujeres, por niños, donde todas las combinaciones son posibles. Así es desde la noche de los tiempos. Ya podemos darle vueltas en todos los sentidos, ya podemos practicar la imparcialidad, el amor, el perdón, la ley, la reencarnación, la democracia, las utopías o las religiones, que no hay manera: una mañana de domingo, un hombre, exasperado con su vecino porque no se ponen de acuerdo en quién tiene que quitar la nieve, lo matará a palazos y le destrozará la cara. En medio del gran caos de las almas a la deriva, el coroner es el guardián de los hechos. No es un policía, no lleva armas de fuego, no persigue a los criminales, no investiga. Se ocupa de los hechos. ¿Quién ha muerto? ¿Dónde y cuándo? ¿En qué circunstancias? ¿Qué hay que entender? ¿Se podría haber hecho algo para evitarlo? Nunca va más allá de estas pocas preguntas. Protege vidas, hace recomendaciones y escribe atestados. Todos los días. Según el mismo patrón, invariablemente.

1. Causa probable del fallecimiento.

2. Identificación.

3. Circunstancias del fallecimiento.

4. Recomendaciones.

5. Conclusión.

Confieso que era un momento penoso para mí. No es que no me gustara escribir, era la manera en que había que escribir lo que me hartaba. Las normas de redacción son estrictas, hay un modelo, hay unos términos precisos, hay una manera de hacer. Es normal, hace falta una jerga para que todo el mundo se entienda, pero lo que se gana en claridad, se pierde en matices y, a fuerza de utilizar siempre el mismo vocabulario, los muertos acaban por parecerse siempre los unos a los otros.

Hoy ya no es así. Ya no escribo como antes. Lo que Wahhch Debch ha removido y transformado en mi vida me ha despertado el deseo de decir las cosas de otra manera, de escribir tal como viene, de hablar de mí, de darme plena libertad, de poder decir por fin «yo» y recuperar una parte del tiempo perdido. Los sucesos acaecidos, que voy a relatar aquí, y el período de incubación necesario para que mi espíritu los absorbiera, me abrieron los ojos a un mundo que, tras la recepción del manuscrito, se me ha hecho más nítido todavía. Hay una expresión inglesa que me gusta mucho. To shed. To rid oneself of something not wanted or needed. Quiero despojarme de mi piel… Pero no quiero ir demasiado deprisa. No quiero contar las cosas de cualquier manera, por mucho que me tiemble la mano. Voy a dejar para más tarde las imágenes, las metáforas, la poesía, para cuando hayan entrado en juego el calor del sol y la cólera de los grandes pájaros. Por el momento, me conformaré con los hechos que prevalecían antes de que todo esto ocurriera, ya que, como decía, en aquella época yo aún era coroner, y un coroner es el guardián de los hechos y los hechos en cuestión son escabrosos. Había perdido a mi mujer, estaba a punto de dejar el trabajo, me había convertido en un hombre transparente y más irreconocible aún por tener que jubilarme con la sensación de dejar algo inconcluso.

El fallecimiento de la señorita Léonie F. fue mi último caso. Y, justo antes del pitido final, lo eché todo a perder. Un crimen monstruoso, intereses que van más allá de mi jurisdicción y el destino de unos seres desolados por la desgracia. Hoy lo puedo decir sin tapujos: que los investigadores de la policía federal se negaran a detener al asesino supuso un duro golpe para la idea que yo tenía de la justicia. «Que Rooney haya cometido ese asesinato es algo lamentable, muy lamentable, incluso horrible —me dijeron—, pero ni por asomo vamos a arrestar a nuestro principal confidente y a tirar por la borda dos años de investigaciones que han costado la vida a varios de nuestros hombres en la lucha contra la delincuencia a gran escala.» Fui yo el que tuvo que contener a las familias inventándome historias. Pero qué le vas a contar a una madre, a un padre, a un marido, a un amigo. Qué te vas a inventar. Cómo les vas a mentir.

La muerte de Welson Wolf Rooney, ocurrida en las semanas posteriores, me liberó de una situación que se había vuelto moralmente insoportable. Todo terminaba de un modo brutal. El asesino de Léonie F. estaba muerto, el confidente había desaparecido, no se le podía imputar a nadie ningún cargo. Redacté el último atestado de mi carrera, hice mis recomendaciones exhortando al Ministerio de Justicia a ser más prudente a la hora de contratar los servicios de un notorio criminal para infiltrarse en organizaciones criminales, y se lo mandé todo junto al coroner jefe. El caso estaba cerrado, y sin embargo seguía teniendo una terrible sensación de fracaso.

No dejaba de pensar en aquella mujer ensangrentada en mitad del salón, en el marido que la había encontrado, en su imperiosa necesidad de verle la cara al asesino para demostrarse a sí mismo que no era él quien había hecho «aquello». No era algo racional, desde luego, pero yo entendía lo que quería decir. Necesitamos encarnar lo inconcebible. ¿Cómo vivir, si no, en la abstracción de los cuerpos desaparecidos, si esa desaparición no adopta ninguna forma?

Cuando supe que había sido él quien había matado a Welson Wolf Rooney, con sus propias manos, no pude creer que fuera un asesinato premeditado, no pude creer que se tratara de un cálculo, de una preparación sabiamente orquestada para quitarle la vida al asesino de su mujer. Durante las pocas veces que me entrevisté con él, nunca detecté en sus palabras el más mínimo sentimiento de odio. Su tristeza era inmensa, pero la separaba del hombre que había ocasionado la pérdida. No pensaba en los términos habituales de represalias o de venganza, no miraba el mundo bajo ese prisma, era ajeno a ese tipo de pulsión. Por lo menos esa era mi convicción, una convicción sin valor jurídico, ya que el asunto había tenido lugar en Estados Unidos y el caso pertenecía a otra jurisdicción. Ya no tenía por qué entrometerme. Me decía: «Olvídalo, no es asunto tuyo, no puedes hacer nada, ¡no te metas donde no te llaman!» Pero, muy a mi pesar, no podía dejar de preocuparme por él. Hay seres que nos conmueven más que otros, sin duda porque, sin que nos demos cuenta ni nosotros mismos, poseen una parte de lo que a nosotros nos falta. Temía el día en que vinieran a notificarme su arresto y lo inculparan por homicidio voluntario con premeditación. Por eso, para mí fue un alivio enorme el testimonio de los dos adolescentes que la policía de Illinois había localizado. La descripción que hicieron del altercado en las aguas del río lo eximía de la acusación de asesinato en primer grado. Era un caso flagrante de legítima defensa. Wahhch Debch no había tenido más remedio que matar a Welson Wolf Rooney para salvar su propia vida. Me informé de los cargos que se le podían imputar. En Estados Unidos, uno de los aspectos más relevantes del sistema judicial es la enorme discreción de la que goza el fiscal en asuntos penales y, aunque se hubiera cometido un homicidio, sentía curiosidad por saber cómo iban a considerar el caso.

La decisión no tardó en llegar y retiraron los cargos. Imagino que el testimonio de los adolescentes y el terrorífico pasado de Rooney jugaron a favor de Wahhch Debch, pero para que la decisión se hiciera efectiva, primero había que ejecutar la orden de arresto dictada contra él. Para liberarlo, primero había que arrestarlo. Y de momento estaba en paradero desconocido.

El teléfono sonó en mitad de la noche. En la pantalla apareció el código regional 575, Nuevo México, algo bastante raro cuando uno vive en Sainte-Emélie-de-l’Énergie, al norte de Montreal. Descolgué, reconocí su voz, estuvimos hablando. Le pregunté cómo iba todo, pero no toqué el tema del fallecimiento de su mujer, no le hice preguntas sobre la muerte de Welson Wolf Rooney, ni sobre si estaba al corriente de su situación judicial, no dije nada que pudiera incomodarlo. Aprecié su delicadeza, pues él tampoco intentó hacerme hablar, solo me preguntó si sabía que al sur de Nuevo México había un pueblecito llamado Animas y me dijo que se pondría muy contento si iba a visitarlo uno de aquellos días. «Hay paisajes lunares. Hacia el sur, en la zona de Tank Mountain, a mediodía el sol pica tanto que uno juraría que está bailando en el cielo.» Lo dijo de manera casual, como si fuera una idea que se le acababa de pasar por la cabeza, una improvisación, simples ganas de compartir con alguien un paisaje asombroso. Le dije Por qué no, y colgamos.

No pude dormir aquella noche. La muerte de mi mujer nos había dejado a todos exangües y me había alejado de mis amigos, como si la tierra que pisaba se hubiera desprendido, arrastrada por una lenta y suave deriva. Me volví más silencioso de lo que ya era. Fue mi nieto, ese que bautiza a mis peces con nombres formidables, quien hizo que me diera cuenta de ello. «Abuelito, ¡te estás volviendo igual que tus peces!» Era verdad. Aspiraba, y sigo aspirando, a rodearme de una concha llena de agua donde pueda flotar en un letargo despojado de conciencia. No sentir ya ni la pena ni la ausencia, tener yo también una memoria inferior a siete segundos. En aquellas circunstancias, una llamada de Nuevo México, de parte de alguien más desesperado que yo, que me proponía que lo fuera a visitar a un pueblo improbable, de nombre igualmente improbable, podía corresponder bastante bien con mi estado de ánimo, cuando no con mis aspiraciones.

Aterricé en Tucson, Arizona, tras siete horas de vuelo y una escala en Denver, Colorado, alquilé un coche y conduje hacia el este durante dos horas, por un desierto de fuego, bordeando la frontera mexicana, hasta llegar, al atardecer, a Animas, Nuevo México. Una habitación me esperaba en el Jim & Dana RV Ranch, dejé la mochila y salí a dar un paseo por aquel horno.

Solo había un colmado, cerrado, una escuela, cerrada, dos talleres, uno cerrado, el otro en venta, y un bar, The Rancher, abierto, donde se podía comer. Me senté, pedí un cheeseburger e intenté comprender qué estaba haciendo allí. Me daba perfecta cuenta de lo absurdo de mi situación y pensaba, mientras ponía con sumo cuidado las rodajas de pepinillo sobre la hamburguesa de carne, que aquel absurdo me gustaba. No sabía nada. Ni cómo encontrar a Wahhch Debch, ni cómo avisarlo de mi llegada, ni si seguía en el pueblo. Le pregunté al camarero si veía pasar a muchos extranjeros, me contestó que por allí pasaban extranjeros todo el tiempo, tanto hacia el este, en dirección a El Paso, para cruzar la frontera, como hacia el oeste, sobre todo turistas de camino a California y a las costas del océano. Apuré el plato y contemplé a través del gran cristal del escaparate la puesta de sol, al final de la calle principal que se abría hacia el desierto y las cumbres de Peloncillo Mountains, con sus reflejos cobrizos, borgoña y castaño oscuro.

Antes de salir del local, comprobé el número del teléfono público que había junto al baño y lo comparé con el que se había quedado grabado en la pantalla de mi teléfono tras la llamada nocturna de Wahhch Debch. No coincidían. Me pasé lo que quedaba del día visitando las cabinas telefónicas de Animas City. Encontré una en Hidalgo Road, otra en Eldorado Road, una en la 338 esquina William Massey Drive, otra en Ranchero Drive pero sin teléfono en su interior. La última estaba en Panther Boulevard, frente a la estación de servicio. Los números coincidían. Así que me había llamado desde allí.

Me pasé un buen rato dentro de la cabina, ocupando el mismo espacio físico que él había ocupado, como si la calcomanía de nuestras posiciones fuera a darme alguna respuesta, ayudarme a encontrarlo o decirme qué había venido a hacer a este rincón perdido del mundo. Descolgué el aparato, me lo pegué a la oreja, me imaginé en su piel, cerré los ojos y volví a vernos, a Madeleine y a mí, recién casados, cuando aún éramos jóvenes, con el tiempo a nuestros pies. Volví a ver, como si fuera el primer día, el rostro de aquella a quien habría amado con locura durante toda mi vida, la grácil belleza que tanto me emocionaba, escuché los latidos de mi corazón, se me llenaron los ojos de lágrimas, volví a ver el apartamento que teníamos en el barrio de Saint-Henri, me vi subir las escaleras, abrir la puerta y entonces tuve la visión de Madeleine, con todo el vigor de sus treinta años, tendida sobre su propia sangre, con un cuchillo clavado y clavado y clavado y vuelto a clavar en el sexo, en el vientre, en el cuerpo de nuestro hijo, y me entraron ganas de romper a llorar. Ya no oía las palabras en mi cabeza, ya no percibía el lenguaje, o quizá eran palabras nuevas, un lenguaje nuevo, que en realidad eran las palabras y el lenguaje de Wahhch que yo percibía en mí y que me atravesaban, de golpe, por haber estado demasiado cerca de su dolor. Tenía la impresión de respirar a su ritmo y de hablar con su lengua y, en este preciso instante en el que intento describir de nuevo, inclinado sobre mi mesa, aquella extraña transfiguración, las palabras, sobre el papel, parecen escurrirse entre mis manos igual que deben de escurrirse entre las suyas.

Abrí los ojos, marqué mi propio número en el teclado del teléfono y volví a verme en la cama, en Sainte-Emélie-de-l’Énergie, y al instante resurgió nuestra conversación, aquella en la que me había invitado a encontrarnos en Animas, precisa, ordenada, y me pareció escuchar cómo vibraban las palabras en los cristales de la cabina, donde se retorcían algunas moscas enredadas en la tela de una araña. Me sentí como un imbécil, colgué y volví al Rancher, que ya cerraba. El camarero estaba apagando las luces. Le pregunté dónde quedaba Tank Mountain. Me señaló la carretera que se dirigía hacia el sur, me dijo que a unas treinta millas de Animas encontraría una montaña solitaria en mitad de la llanura, con forma de tortuga, donde no había absolutamente nada que ver, excepto pedruscos y serpientes. Le di las gracias y me fui a dormir.

Durante la noche no conseguí conciliar el más mínimo atisbo de sueño. Nuevas frases, imágenes y sensaciones correteaban por mi cabeza. Visiones y engendros de sueños vinieron a deformar la realidad, haciéndome creer, por momentos, que estaba acostado en mi casa, en mi cama, o sentado frente a la ventana de mi despacho, con las piernas estiradas sobre mi mesa de trabajo. La idea de apagar la luz me acuciaba sin cesar, pero estaba demasiado cansado para hacer semejante esfuerzo. Me volví y revolví, incapaz de acallar el runrún de mis fantasmas, incapaz de detener la cinta transportadora de mis pensamientos, irritándome, exasperándome a mí mismo, hasta que me decidí a tender el brazo hacia el interruptor. Pero por mucho que bajara y subiera el botón, por mucho que la lámpara se encendiera y se apagara, no cambiaba nada. «¡Joder!», pensé, antes de volver la cabeza hacia la fuente de luz y descubrir que el Sol me estaba mirando a través de las ventanas de la habitación, tan cercano, tan presente, tan redondo, tan grande, tan inocente, tan bueno, como si quisiera ofrecerme toda su bondad en previsión de las visiones que me aguardaban. Tuve la sensación de estar viéndolo por primera vez en mi vida, la sensación de que había salido solo para mí y de que en todo el mundo era aún de noche, excepto allí, en Animas, Nuevo México, en aquella habitación del Jim & Dana RV Ranch alquilada por 37 dólares, cowboy’s breakfast incluido. Me levanté, me duché y salí de la habitación.

Comí una tortilla mexicana —tres huevos, un diente de ajo, salchichas, cebolla, pimiento—, me zampé toda la carne que había, beicon, ternera, pollo, pato, devoré lo que podía devorar y vacié por completo una cafetera llena de un líquido asqueroso que tenía menos de café que de zumo de calcetín. Volví a preguntar por la ruta que llevaba a Tank Mountain. Dana y Jim, mis anfitriones, me indicaron la misma dirección que me había mostrado la víspera el camarero del Rancher. Me preguntaron qué pensaba hacer allí. Les hablé de la danza del Sol a mediodía en el gran horno del cielo. No pareció impresionarlos. Se encogieron de hombros, me sugirieron que llevara un sombrero y dos botellas grandes de agua, y que tuviera cuidado con las serpientes. Antes de irme, me advirtieron de que en Tank Mountain no había cobertura telefónica, por lo que iba a estar aislado del mundo.

Conduje con las ventanillas bajadas durante cuarenta minutos, por una carretera recta, sin cruzarme con ningún coche. No serían más de las diez de la mañana y el termómetro del salpicadero indicaba una temperatura exterior de 38 grados. Vi la silueta de Tank Mountain recortarse a lo lejos, vibrando de calor. Resultaba imposible, en efecto, pasar por alto aquel animal prehistórico adormecido en la uniformidad rectilínea de la llanura. No dejaba de acercarme a medida que avanzaba. La carretera parecía ir directa a él, pero poco a poco empezó a torcerse hacia el este. Todo era de un amarillo ocre, como si estuviera recubierto por una fina capa de alabandina, como si estuviéramos dentro de una piedra preciosa, granate o cuarzo citrino, no se veía ni una brizna de hierba, ni un arbusto, ni siquiera un cactus, nada, tan solo el cielo, el sol y el horno insoportable en el que me internaba.

Dejé la carretera principal y tomé, a la derecha, un camino de piedras. Llegué a la orilla de un río seco. Allí se terminaba el camino. Apagué el motor y bajé del coche. Ser coroner es ser el guardián de los hechos. Y los hechos eran implacables: calor, aridez, soledad. Recordé la descripción que Wahhch me había hecho del lugar y me pareció que no correspondía del todo a la realidad: el paisaje no era lunar, era venusiano o mercurial, en todo caso no recordaba a un satélite frío sino a uno de esos planetas abrasados por la proximidad del Sol. Por teléfono había hablado de la cima al mediodía. Tenía una hora escasa para llegar. Empecé a subir mirando dónde ponía los pies. Me daban mucho miedo las serpientes. ¿Qué había ido a hacer allí? Aparté aquella pregunta de mi mente y seguí escalando hasta que me quedé sin fuerzas. Me senté sobre una roca marrón y vi pasar, entre los guijarros, una fila de escorpiones translúcidos, ambarinos, relucientes a plena luz del sol. Una madre con sus hijos. Bebí un poco de agua, ya caliente, levanté la cabeza y vi unos pájaros enormes dando vueltas sobre mí, lentos y pesados, con las alas desplegadas, sin movimiento, como arrastrados por el soplo abrasador del aire. Eran pájaros carroñeros. Buitres y demás. Me han visto, pensé. «No os voy a dar ese placer» y continué el ascenso. Escalaba cada vez más despacio, la reverberación del calor me comprimía las sienes, tenía la impresión de estar delirando. Me venían a la memoria recuerdos antiguos, de cuando iba de pequeño con mis tíos Arthur, Édouard, Maurice y Gabriel, en otoño, a cazar bestias salvajes, alces, osos y corzos, antes de regresar a la orilla del lago Paradis, allí en lo alto, en nuestra Abitibi natal, donde pasábamos varios días acampados. Me pedían que les leyera las historias que había preparado para aquellas noches tan maravillosas. Me escuchaban atentamente, profesándome amor y admiración, analfabetos como eran los cuatro. «¡Algún día escribirás la Biblia!», decía siempre Maurice, tras escucharme con lágrimas de emoción, él que era el más sensible y el más gigantesco de aquellos cuatro hijos del Señor. Eran hombres tiernos y justos, como ya no quedan hoy en Norteamérica. Me los imaginé acostados bajo la misma tierra y pensé que me habría gustado tenerlos entonces a mi lado.

No podía más. Me detuve de nuevo. Levanté la cabeza. Aún me faltaba un centenar de metros para llegar a la cima. Los pájaros carroñeros seguían allí, cada vez más numerosos, más bajos, más lentos. ¿Qué estaban haciendo? Bebí un trago de agua, recuperé el aliento, era ya casi mediodía y el sol estaba en el cénit. Ninguna sombra en ningún lado, todo hervía, incluso el silencio. Empecé a prestar atención a los ruidos y fue entonces cuando escuché por primera vez el gemido.

Al principio, me pareció que era el rumor del viento o de un coche que pasaba a lo lejos, pero la irregularidad de la emisión y la persistencia de la fuente me convencieron de que se trataba de un sonido producido por algún ser vivo. Me levanté y seguí subiendo. Cerca de la cima, un promontorio dejaba ver la ladera opuesta de la montaña. La llanura proseguía hacia el sur y podían distinguirse las primeras tierras de México. El eco lamentable del rumor crecía sin parar. No conseguía determinar su origen ni su naturaleza. Empecé a desplazarme, a subir, a bajar, a volver a subir para darme cuenta de que, en realidad, el camino hacia la cima me alejaba de mi objetivo. Di marcha atrás. Los gemidos eran desgarradores. ¡Y parecían tan cercanos! Me invadió una sensación de urgencia, todos mis sentidos estaban al acecho y me exigían apurarme, darme prisa, la mayor prisa posible. Empecé a bajar la montaña a toda velocidad, deteniéndome cada diez metros para escuchar, hasta que de pronto levanté la cabeza, miré de nuevo al cielo y vi aquella nube monstruosa de grandes pájaros macabros, cada vez más numerosos, dando vueltas sobre el mismo punto, y pensé en los Reyes Magos, en la estrella de Navidad, en el belén de mi infancia que tanto me maravillaba cuando, cada 25 de diciembre, encontraba al pequeño redentor acostado en su lecho de paja, y entendí que me bastaba con hacer como Melchor, Gaspar y Baltasar, seguir a los pájaros negros, hacer de aquella horda alada mi estrella, para encontrar lo que buscaba.

Empecé a pegar gritos, pensando que sería la llamada de socorro de algún animal, pues no lograba distinguir una palabra. Un humano habría dejado que se oyera una voz, una lengua, en inglés, en español, tanto daba.

Pensé en los mexicanos clandestinos que continuamente intentan cruzar las fronteras, pensé en Wahhch, pensé en los zorros de las estepas, en los lobos de las praderas, en una vaca descarriada, en un caballo huido, barajé mil y una posibilidades, pero nunca habría podido imaginar lo que me esperaba al final de aquella carrera, cuando al terminar el descenso y rodear una gran duna de piedras, me encontré en una antigua charca sin agua, una especie de meseta cóncava, pedregosa, en mitad de la cual se agitaba, sobre un charco de sangre, el cuerpo desnudo de un hombre salvajemente mutilado. No le veía bien la cara, pero solo podía ser Wahhch, él era el único que me había hablado de aquel lugar, el único que quería encontrarse conmigo allí al mediodía. Me precipité para intentar socorrerlo, cuando una sombra, surgida de la nada, saltó dando un ladrido tan monstruoso que me quedé de piedra. Chillé, retrocedí, caí de espaldas, me golpeé la cabeza contra el suelo. Me incorporé. Ante mí se erguía la criatura más poderosa que me haya sido dado contemplar, un perro, casi un lobo, negro, monumental, con esqueleto de fiera, de tigre o de león, salvaje, visión infernal de una bestia nacida sin duda de las entrañas de aquella montaña. Se acercó, masa compacta de músculos y de cólera, se inclinó sobre mí, me olfateó la cara, los labios, los ojos, frotando su morro contra mi frente y mis orejas, con la pata sobre mi cuello. ¡Qué sensación de infinito! Escribo esto, varios meses después, y todo el cuerpo me vibra, como si la bestia estuviera todavía ante mí, consciente de que hay, en mi ímpetu por describir su ferocidad, el ímpetu y la voz de Wahhch. ¿Pero acaso podría ser de otro modo? Su mundo penetraba en mí a través de aquel perro, de aquella montaña, de aquel calor y de aquel hombre ensangrentado que parecían una invitación a la desmesura de los sentimientos: «Le he hecho venir para que pueda testificar por mí. Pero, por favor, hágalo con la lengua que inscribiré en su carne.» Veía todo esto en los ojos de aquel perro. Era casi audible. Me miró, su hocico se vio deformado por una serie de inflexiones y luego se volvió hacia el cuerpo del hombre, se acercó hasta él, le meó en la cara, escarbó en el suelo para cubrirlo de tierra, como si estuviera escupiéndole, antes de morderle la pierna y arrancarle un jirón de carne.

Quise huir y pedir ayuda, pero en cuanto me movía, el perro volvía hacia mí. Los gritos del hombre eran espantosos, empecé a llamarlo, a hablarle, para que supiera que estaba allí, en inglés, en francés, en español, y veía que me oía. ¿Pero era Wahhch? No tenía lengua, le habían desgarrado la parte inferior de la cara y arrancado una de las orejas.

Los pájaros carroñeros se habían posado sobre las rocas e incluso en el suelo. Su excitación anunciaba la inminente sombra de la muerte. Saltaban sobre sus patas, emitían una especie de cloqueos, gorjeaban y andaban, ávidos, bamboleándose, con sus inmensas alas desplegadas a uno y otro lado. Daban la impresión de estar riéndose. En el umbral de ese instante en el que la ferocidad de las bestias estaba a punto de desatarse, noto cómo la lengua que ha sido la mía a lo largo de toda mi vida está lejos de tener la amplitud necesaria para reproducir aquello a lo que asistí. Necesito recobrar la lengua de mi infancia, recuperar con el pensamiento la calma del lago Paradis, sentar a las almas de mis tíos frente a mí y contarles, por la noche, el relato de la devoración de un hombre. Necesito, nuevamente, no ya la calcomanía de nuestros cuerpos, como en la cabina telefónica, sino de nuestros espíritus, el mío y el de Wahhch, en el interior de las palabras, para poder contar el suplicio de aquel a quien los pájaros codiciaban con ojos arrebatados. Eran ya unos cuantos danzando a su alrededor. Se impacientaban, se daban picotazos, ululaban, cacareaban, furiosos. Serían una cincuentena, y uno de ellos, de entre los más imponentes, con una cresta negra en mitad del cráneo, alzó el vuelo desde su promontorio, dibujó un gran círculo por encima del cuerpo del hombre para acabar posándose junto a su cabeza, y entonces, con un gesto vivo y seco, le clavó el pico en la cara, extrajo un ojo de su órbita y se lo tragó. Yo lancé un grito, mientras el desgraciado intentaba defenderse, volví a llamarlo, a hacer gestos amplios, quería levantarme, correr, pero en cuanto intentaba avanzar, el perro se incorporaba. Empecé a llorar de rabia, a insultarlo, a chillar, tiré piedras para ahuyentar a los pájaros y conseguí asustar a algunos, pero en seguida volvían junto a su presa, cuando bruscamente, sin que nadie diera ninguna señal, se abatieron sobre el hombre, salvajada entre las salvajadas, en medio de un gran zumbido de alas y de plumas confundidas, ensañándose con aquel cuerpo que se volvía y se revolvía. Lo laceraron, lo desgarraron, peleándose y lanzando gritos furiosos, gritos bárbaros, gritos roncos y macabros, persiguiéndose con trozos de carne en el pico, robándose unos a otros su parte del botín, mordiéndose antes de abalanzarse de nuevo sobre los despojos. Lo desmembraron, separando los brazos de los hombros y las piernas del tronco, dos de ellos lo caparon mientras los otros deshacían el nudo del ombligo y le quitaban la piel del vientre para abrirlo como una flor y repartirse las entrañas, elevándose unos metros sobre el suelo, sujetando con las garras los intestinos para desplegarlos en el aire, desmenuzarlos y llevárselos a la boca, trocito a trocito, antes de lanzarse de nuevo sobre el cadáver con la intención de arrancarle una nueva tira de carne. Se deleitaban hundiendo la cabeza dentro de la carcasa, revolviendo en su interior como si pretendieran encontrar el alma del hombre y devorarla. Pero no había alma, simplemente había carroña que rebañar y se aplicaban en la tarea con atención, con cólera, y cuanto más saciados estaban, más aumentaba su rabia. Yo tenía la impresión de estar asistiendo a un ritual dirigido contra la humanidad entera. Los pájaros estaban locos de odio, de resentimiento, de rencor, de aversión, yo ya no veía más que un amasijo de plumas negras que se agitaba subiendo, bajando y dando vueltas en mitad de una nube de polvo, se pusieron a saltar, a brincar, a picotear, oía crujidos, chasquidos, fracturas espantosas, hasta que agarraron pedazos de huesos y se elevaron muy alto en el cielo, entre aquel concierto de gritos, para dejarlos caer y estrellarse contra las rocas. Entonces se precipitaban, abatiéndose con todas sus fuerzas, por miedo a que les robaran aquel bien tan preciado, para recuperarlo y sacar con la punta del pico el tuétano que había en su interior. El cráneo rodó hasta ponerse de costado, blanco, limpio, impoluto. La caja torácica estaba límpida, despojada de cualquier ligamento, del más pequeño músculo, de toda grasa. Ya no quedaba nada de aquel ser humano y yo había asistido, impotente, a su sacrificio y a su desaparición.

Los pájaros levantaron el vuelo. Vi cómo se alejaban, cada uno en una dirección, y se disolvían en el vapor ardiente del cielo. El perro se levantó. Ya no notaba ninguna agresividad por su parte, ya no tenía miedo de él. Yo también me levanté y dio un paso hacia mí. Nunca había visto semejante mirada en un animal. Había en ella una especie de dulzura implacable. No era humanidad, más bien todo lo contrario, no tenía nada de humano y eso era lo que la hacía fascinante, era otra cosa, una cosa muy distinta a mí. Me ladró, se dio la vuelta, lo vi marcharse, correr, bajar a toda prisa la ladera de la montaña y alejarse hacia la llanura. Huía. Ya no era más que un puntito negro. No dejé de mirarlo hasta que desapareció. Por un instante creí entrever un reflejo metálico bajo la luz del sol, que me hizo pensar en el abrir y cerrar de la puerta de un coche, y tal vez escuché también el ruido lejano de un motor.

Volví a inspeccionar el lugar. El charco de sangre ya se había secado, me agaché y descubrí una cuerda de cáñamo anudada. El hombre tenía los brazos atados a la espalda. No se trataba de un accidente. Cogí la cuerda y la metí en la mochila, consciente de la infracción que me hacía cómplice de aquel crimen, pero ante mí se acababa de desplegar demasiado instinto animal como para que no me sintiera yo también transido.

Volví a Animas. Regresé a la civilización. Informé a la policía del condado de Hidalgo de lo que había visto. Me dijeron que no me preocupara, que desgraciadamente ese tipo de cosas ocurría a menudo. A un imprudente le pica una serpiente y se queda allí tumbado durante horas hasta que vienen los pájaros y lo limpian todo. Me hicieron firmar una declaración, me prometieron que me mantendrían informado, halagados por haber recibido la visita de un coroner quebequense, y me dieron las gracias.

No me entretuve más. Los pájaros habían desaparecido, el perro se había marchado, el cuerpo del hombre se había disuelto, devorado. Wahhch permanecía invisible. El desvanecimiento de todas aquellas fuerzas brutas me indicaba que ya no tenía nada que hacer allí y la idea de pasar una segunda noche en aquel pueblucho me producía escalofríos. Cogí el coche y volví a Tucson.

Al día siguiente regresé a Montreal, no le dije nada a nadie, guardé la cuerda en mi despacho y me ocupé de mis bestias acuáticas. Había adquirido un gran acuario japonés para los peces de agua salada y empecé a montarlo. Quería ponerlo en el centro de la biblioteca. Había que construir un soporte e instalar en su interior todo el sistema eléctrico. Aquello me tuvo ocupado durante una semana, a lo largo de la cual me fui notando cada vez más distraído. Me venían frases, palabras, sensaciones perdidas mucho tiempo atrás. Entonces interrumpía el trabajo y, sin reflexionar, anotaba aquellos fragmentos en una libreta.

El policía del condado de Hidalgo con el que había hablado me contactó muy amablemente varios días después para decirme que los análisis habían permitido identificar a la víctima. Se trataba de un hombre de sesenta y cinco años, originario del Líbano, nacionalizado canadiense y luego estadounidense, que respondía al nombre de Maroun Debch. Se había abierto una investigación, pero todo parecía indicar que se trataba de un accidente. Lo más curioso del asunto era que a su hijo, un tal Wahhch Debch, se lo buscaba por un caso de homicidio cuyos cargos iban a ser retirados. Le pregunté si había alguna relación entre ambos casos, me respondió negativamente, sin duda se trataba de una triste coincidencia.

Me senté.

Wahhch Debch me había hecho ir hasta Animas para que fuese testigo de la muerte de su propio padre, al que había tenido que atar las manos para impedir que se defendiera. Se me escapaba el sentido de todo aquello y, mientras el eje de aquel sentido se me escapara, iba a tener que decidir qué hacer con la cuerda que guardaba en mi despacho. Decidí esperar a que Wahhch Debch volviera a dar señales de vida o a que alguien lo encontrara.

La espera duró un año entero. Hasta la semana pasada, cuando recibí por correo un paquete certificado, un gran sobre acolchado que contenía un manuscrito original de doscientas veintisiete páginas, separado en tres partes distintas —Animæ veræ, Animæ fabulosæ, Canis lupus lupus—, de una escritura fina, apretada, perfectamente legible, con muy pocos tachones y un dibujo a la aguada negro.

Lo leí. Un libro de ficción que contaba los hechos. Desde la muerte de Léonie hasta la de Janice, desde el discurso de Coach hasta la huida de los caballos, desde la muerte de Chuck hasta la de Rooney, desde las celebraciones por la guerra de Secesión hasta los combates de perros en Virgil y desde el robo de la camioneta abandonada cerca de Denver hasta la cólera de Winona, todo estaba fielmente contado, todo era real y todo llevaba hasta los pájaros carroñeros de Tank Mountain. Sin embargo, nada me parecía verdadero. Dejé el manuscrito sobre la mesa y escuché el gran silencio que se había hecho en mí, de donde emergieron, como diría uno de aquellos animales, caballo, mosca o cerdo, los gritos de todos los que han muerto en el silencio y el olvido, niños, mujeres, hombres, bestias y dioses, que tapizan con espesas capas los siglos y los cielos. Era de noche. Me levanté, busqué la cuerda de cáñamo, encendí un fuego en la chimenea y la quemé. Cogí el sobre. El sello indicaba que había sido expedido dos semanas atrás desde una oficina de correos de Whitehorse, en el Yukón. También lo quemé.

¿De qué me había convertido en cómplice? A pesar del sacrificio de un hombre, sentía el goce de haber visto con mis propios ojos un animal de ficción, de haber tenido el privilegio de cruzar la mirada con Mason-Dixon Line, cuyo nombre escribo aquí temblando, como si estuviese cometiendo un acto sacrílego. He intentado rememorar su mirada, recordar lo que sentí cuando estaba frente a él, y para ello me ha sido de gran ayuda el dibujo a la aguada negro. No me he atrevido a imaginar su lenguaje, no, eso no he podido hacerlo. Eso era algo que no me pertenecía, que no era de mi incumbencia. A lo sumo podía intentar explicar, de un modo nuevo para mí, alejado de todos los informes que haya podido redactar a lo largo de mi carrera, en una lengua empapada en la lengua de Wahhch, los últimos acontecimientos de su historia y añadirlos a su propio manuscrito. Eso sí que me sentía con derecho a hacerlo, ya que era a mí a quien se lo había confiado. ¿Por qué otro motivo, si no, me habría pedido que fuera a buscarlo a Animas? ¿Por qué otro motivo, si no, me habría pedido que fuera testigo del castigo reservado a aquel que había matado a sus padres, borrando para siempre su nombre y su apellido de la memoria de los hombres?

Hace unos días le pedí a un amigo de la policía federal que llevara a cabo una pequeña investigación para mí. Me confirmó que un hombre, una chica y un perro de dimensiones fuera de lo común habían sido vistos en la ciudad de Whitehorse. Más tarde, un empleado de la estación de servicio de Pelly Crossing, al norte del paralelo 6o, les llenó el depósito de gasolina. Hay quien dice haberlos visto pasar por Eagle Plans, donde al parecer pernoctaron, luego su rastro se pierde por la zona de Fort McPherson, en la frontera con los Territorios del Noroeste, más allá del paralelo 67.

Lo comprobé en un mapa. Me los imaginé a los tres yendo aún más hacia el norte, hasta llegar a Inuvik y esperar la glaciación, antes de continuar por los canales helados hacia Tuktoyaktuk, en la bahía de Kugmallit, abierta al mar de Beaufort y al gran océano Ártico.

¿Qué querrán lanzar al tumulto de las olas? ¿Qué querrán confiar a los abismos? ¿Qué dolor? ¿Qué tristeza? En las profundidades del mar hay peces monstruosos dotados de habla, guardianes de una lengua antigua, olvidada, hablada tiempo ha por los humanos y por las bestias en las riberas de los paraísos perdidos. ¿Quién se atreverá algún día a zambullirse para unirse a ellos y aprender a hablar de nuevo y a descifrar ese lenguaje? ¿Qué animal? ¿Qué hombre? ¿Qué mujer? ¿Qué ser? Si lograse remontar hasta la superficie, llevaría en su boca azulada por el frío los fragmentos de una lengua desaparecida, cuyo alfabeto llevamos buscando infatigablemente toda la vida. Aprenderíamos a hablar otra vez. Inventaríamos nuevas palabras. Wahhch recuperaría su nombre. No todo estaría perdido.

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