Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Procyon lotor

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Procyon lotor

El coche se detuvo en mitad del descampado. Unas liebres salieron pitando hacia su madriguera y unos pájaros negros echaron a volar. Del vehículo bajaron dos hombres. El primero se apoyó contra la puerta, una llama surgió entre sus dedos, se la llevó a la boca y encendió la punta de un pequeño cilindro blanco que apretaba entre los labios. Un humo grisáceo le veló el rostro, antes de que se lo llevara el viento del norte. Tosió, se quitó el pequeño cilindro blanco de los labios y escupió. Carraspeó y volvió a escupir, mientras el humo seguía saliéndosele a bocanadas por la boca abierta y las narices.

El segundo se puso a dar vueltas alrededor del coche, con la cabeza elevada hacia el cielo. Yo seguí agazapada entre las ruinas del muro de piedra donde me había quedado dormida. Desconfío demasiado de los humanos como para osar acercarme a ellos. La luz disminuyó por el efecto de las nubes que corren en el cielo, los rayos de sol se diluyeron, ahogados por vapores violetas que anunciaban tormenta, el color del día se oscureció y el paisaje en su conjunto se apagó, perdiendo todos sus matices. Solo el reflejo del río, allá a lo lejos, conservaba en su monocromía apizarrada el brillo y los destellos.

—Ahí está —dijo el hombre de la boca ahumada—, ya llega.

Y tiró al suelo el pequeño cilindro blanco consumido solo a medias.

—Vas a tener que hacer de tripas corazón.

—¿Por qué?

—Porque lo que llega es el vehículo que han elegido para que cruces la frontera. Es un camión de ganado. Es el método más safe, pero es también el más asqueroso.

La tierra empezó a temblar por la vibración de un aparato metálico motorizado que se metió en el descampado. Me invadió el pánico. Me enderecé, dispuesta a batirme en retirada, pero no salí, pues preferí tragarme el miedo y permanecer invisible a quedar al descubierto y arriesgarme a que me persiguieran. El monstruoso zumbido se fue acercando e hizo su aparición el artefacto, más grande que el sol, con capacidad para acoger en su vientre el río entero y toda la pizarra de un día sin calor como hoy. Se detuvo, dejó de gruñir, la puerta se abrió, salió un hombre y saltó al suelo.

—Are you ready?

—Yes.

—OK. Let’s get going.

Levantó una manivela que fue a incrustarse, por rotación, a otra pieza de la carcasa. Luego separó, con gran esfuerzo y tirando hacia él, las dos grandes hojas metálicas de la parte de atrás del convoy. La puerta se abrió, mostró su interior y me reveló el abismo del calvario.

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