Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Vulpes vulpes
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Vulpes vulpes
Le pegó con una piedra, lo golpeó contra la roca, lo lanzó allí donde el río se ensancha. La hoja salió eyectada de la vaina: ¡Te dije que te encontraría! Con un solo gesto, sin darle tiempo a recuperar el aliento, le rajó la cara, lacerándolo de oreja a oreja, a lo largo de una línea escarlata. Lo volvió a golpear. La raja se abrió, vomitando un chorro de sangre. Cayó al agua. Perdido, confuso, desamparado. Intentó alcanzar la orilla. El otro se puso a reír, mientras miraba cómo se debatía en el agua helada. La luz empezaba a apagarse. Los murciélagos volvían a sus refugios, los pájaros habían dejado de trinar. Yo era el único que los observaba, acurrucado entre las patas de mi madre. El hombre se ahogaba. Ya no le quedaban fuerzas para luchar. ¡Te voy a sacar las tripas! Lo agarró del pelo. ¡Te voy a arrancar el cuero cabelludo, vas a notar cómo corre el aire dentro de tu cabeza, ya verás, vas a asistir a tu propia muerte, te la vas a ganar a pulso! Lo obligó a levantarse y, cuando se disponía a hundirle el arma en el vientre, todo se detuvo. Se quedó petrificado. Emitió un sonido ronco. Dio marcha atrás, sorprendido, asombrado por la resurrección de su semejante, el cual, alentado por una energía nueva, no paraba de clavarle y clavarle y volverle a clavar, con toda la fuerza de la que era capaz, profiriendo gritos de rabia y de furor, la navaja que tenía apretada en la mano. No se mantuvo en pie por mucho tiempo. Debía de haberle alcanzado el corazón. Se dejó caer sobre una roca tras expulsar un chorro de sangre que bañó su pálida mejilla. Intentó mantenerse erguido sobre las piernas, pero se desplomó contra la redondez de la roca, mientras el otro se encarnizaba hundiéndole la navaja, cegado por la sangre que brotaba a chorros del cuello de la víctima y por la que seguía saliendo de su propia herida abierta. Pegó y pegó y volvió a pegarle, obstinado en matar sin tregua a un hombre ya muerto, hasta quedar completamente agotado, hasta derrumbarse él también en las inmediaciones del río.
Volvió la calma.
Mi madre se puso a husmear el aire. Vi cómo se tensaba. Noté una presencia. Se había hecho de noche. Quedaba un leve resplandor. Oí un ruido, un ligero chapoteo bajo el rumor del agua, erguí las orejas, observé el punto más alejado del río, alguna cosa se acercaba sin titubear entre las piedras y los guijarros, zigzagueando con agilidad, un animal de pasos grandes y ligeros. Salió de las tinieblas una densa silueta reflejada por las estrellas, se detuvo junto a los humanos que yacían a sus pies, notó nuestra presencia, levantó la cabeza en nuestra dirección. Una bestia espantosa. Un perro. Un perro salvaje. Gruñó. Nunca hasta ahora había oído un sonido de tal gravedad, de tal autoridad, saliendo del gaznate de un animal. Mi madre quedó aterrorizada. Dio marcha atrás, me mordió la espalda para indicarme que la siguiera sin tardanza, obedecí. Y huí tras las huellas de sus pasos.