Ánima

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III Canis lupus lupus » Ulysses, Kansas

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Ulysses, Kansas

Todas las habitaciones de los moteles se parecen, dijo Winona, son iguales en su fetidez nauseabunda, en sus insectos putrefactos, en sus bordes de pizza olvidados, en su olor a tabaco y en sus marcas de polvos echados sobre moquetas usadas. Las conoce de memoria, añadió abriendo la ventana. Son los únicos refugios donde puede comer tranquilamente y vomitar sin que la molesten.

—I’m gonna take a shower.

Entró en una pieza embaldosada y cerró la puerta. Wahhch se sentó en el borde de una de las dos camas. Descolgó la parte móvil de un aparato, con la base atornillada a la propia mesa, y compuso una melodía de once notas pulsando los botones numerados del teclado. Observé el cansancio de sus ojos, la febrilidad de sus manos. Fuera, dos murciélagos agitaban las alas en medio de un enjambre de moscas. Podía verlos a través de la ventana, percibir sus gritos, vislumbrar sus siluetas sobre la superficie mojada del cielo.

—¿Papá? Soy Wahhch / Todo bien / No te preocupes / Ya te lo explicaré / No te llamaba por eso / No / Quiero que me lo cuentes / No, quiero que me lo cuentes todo / «Entraron y mataron a todo el mundo», eso ya lo sé / Quiero el resto / Quiénes fueron, cómo fue, cuánto duró, de qué manera, con qué armas, todo / Si tú viste cómo me tiraban a la fosa junto a las bestias, podrás decirme por lo menos qué aspecto tenían/ Necesito saberlo/ Sí, pero yo no fui concebido para ser tu hijo / No digo eso / Solo digo que la lengua en la que te hablo no es la lengua en la que mataron a mi madre, y que antes de que tú también te mueras necesito oír la verdad / No, ahora / Al revés / El mal está latente, vas tirando mientras duerme, pero cuando se despierta sientes la necesidad de ocuparte de él / ¿Qué es lo que no entiendes? / Te estoy diciendo que la muerte de Léonie, con toda su monstruosidad, ha abierto una brecha de la que han salido un montón de caras y no consigo saber si esas caras son fruto del recuerdo o del delirio / «Los que lo hicieron» ya no me basta / Solo te pido unas palabras más / Eso me ayudará a dejar de imaginarme cosas, a dejar de contarme historias, a dejar de inventarme películas y a poner punto y final a todos esos fantasmas macabros. ¡Tantas abstracciones me están desquiciando, compréndelo! Se necesita una base para poner los pies, y los cadáveres de aquellos a quienes hemos querido, que a su vez nos han querido a nosotros, necesitamos verlos, tocarlos. Tras la muerte de Léonie, llegué a plantearme si no era yo quien había hecho aquello, si no era yo el que había clavado y clavado y clavado y vuelto a clavar una y otra vez el cuchillo en su vientre, practicando un corte vertical de diez centímetros, entre el ombligo y el plexo, para penetrarlo y eyacular dentro de la raja, asesinando de paso al bebé que estaba acurrucado en sus entrañas. Quiero decir que no es ninguna broma, que no es un capricho repentino, un interés por conocer mi origen, o que haya descubierto mi pasión por la genealogía lo que me lleva a pedirte esto / Me importa una mierda lo que pienses, joder, solo quiero que me contestes / No / Mientras mi vida era normal, mientras Léonie y yo vivíamos el día a día, bajando la basura por las noches, subiendo los contenedores de reciclaje por el día, pensando en las vacaciones e intentando, durante años, tener un hijo, entonces sí que me bastaba con un resumen como el tuyo, pero ya nada es normal y ya no puedo vivir con aproximaciones / Hay tantas sombras en lo que me has contado / Claro que sí / Quiénes eran los que lo hicieron, quiénes eran mis hermanos, mis hermanas, cuántos eran, cómo se llamaban, qué pinta tenían, por qué a mí me perdonaron, quién me perdonó, qué hacías tú en aquella masacre, en aquella carnicería, en aquel matadero / ¿Pero por qué, por qué no puedes hablar, por qué no puedes contármelo, qué te lo impide, quién te lo prohíbe? / Te equivocas / No es para redimirte a ti, es para liberarme a mí/Es mi historia, no solo la tuya/ ¡Yo te obligaré! ¡Yo!

Colgó la parte móvil del aparato en su base, de un golpe seco. Winona salió de la pieza embaldosada. Por la puerta abierta se filtraba un vapor cálido, el vaho se escapaba por la ventana y se elevaba hacia el cielo para reunirse con las nubes nocturnas.

—Bad news? —le preguntó.

—No news. That’s the problem.

Winona dio un paso adelante y esperó. Luego, tranquilamente, fue a sentarse frente a él, en el borde de la segunda cama.

—Tell me.

—It’s a long story.

No se había quitado la cinta con que se recogía el pelo, los pies no le llegaban al suelo, la luz intermitente de la marquesina del hotel hacía centellear sus ojos color rubí. Permanecieron en silencio. Fuera, el paso de los coches trazaba líneas rojas en el reverso húmedo de la ventana abierta.

Empezó diciendo que nunca había tenido seis años. Su hora se había detenido, sepultado, apresado en las profundidades de la tierra. Se convirtió en algo así como un inmueble habitado por un inquilino fantasma del que no sabe nada. ¿Quién apaga y enciende las luces? ¿En qué idioma? Habló de las parcelas de su memoria, un mar azul, retales de cielo más azules todavía, conchas e inocencia, caramelos dulzones masticados por el brutal estrépito de la sangre. Súbita irrupción de otro Wahhch, ocupando su lugar, viviendo en su lugar, sufriendo en su lugar, calcomanía de él mismo disfrazado de sí mismo. A partir de aquel instante sobrevino la deriva, lenta variación de gran magnitud, hasta la partida, el desarraigo y la llegada a una tierra extranjera donde tuvo que reaprender a vivir consigo mismo como si viviera con un agujero. Acostumbrarse al agujero hasta rozar con el dedo la sensación de normalidad. Descubrir qué significa mirar tu propio reflejo en la superficie resquebrajada del espejo y sentir afecto por tu propia piel, tener ganas de dar las gracias a tus propios brazos, a tus propias piernas, a tus propios hombros, y luego, de pronto, nada más. Pasar por la pescadería, comprar atún, porque El-atún-es-bonito, subir las escaleras, abrir la puerta para encontrarse otra vez enterrado vivo y entender que nada tendrá más consistencia que esta sepultura entre las bestias. Y, sin embargo, ¿qué había ocurrido en Montreal durante todos esos años? ¿Dónde está la existencia alegre y feliz de otro tiempo? ¿Adónde se ha ido todo? ¿Dónde están los amigos, los deseos, las pasiones, los paisajes, los inviernos, las calles, las callejuelas? ¿Y dónde está el amor? ¿Dónde el amor infinito de Léonie? Léonie, ese nombre que tanto le gustaba decir, Le-o-nie, haciendo que nacieran libélulas con cada movimiento de sus labios. Léonie. Quererla era quererla más todavía. Imposible declararle su amor, pues en el instante en que iba a decirle Te quiero, ya la quería más, y habría tenido que decírselo de nuevo y repetírselo una y otra vez para estar a la altura de tan embriagadora adicción. Y no era que las palabras se quedaran cortas, sino que eran demasiado lentas. ¿Había ocurrido realmente? ¿Cómo responder cuando uno se siente como un loco que intenta atrapar con las manos el verbo ser, conjugándolo en un presente pulverizado? ¿Qué puede hacer con las esquirlas de su historia? Fragmentos que uno no deja de recopilar, incapaz de unir las distintas partes porque el único testigo del desastre, ese que lo sacó de la fosa y lo salvó de la muerte, ese padre que no es su padre pero que lo crio como si fuera su propio hijo, no quiere hablar de lo que vio y vivió, no quiere testificar para él.

La marquesina del hotel se apagó. Ya no éramos más que tres sombras silenciosas. La oscuridad es lo que da sentido a la noche y la noche era nuestra única luz. Llovía en la ventana. Me llegaban los olores mojados del exterior, el polvo diseminado, la tierra colmada. Winona permanecía inmóvil. Su frente tenía una palidez de piedra. Apenas parpadeaba. Su respiración era ligera, imperceptible. Lo llamó por su nombre: ¿Wahhch? Él la miró, ella se inclinó hacia adelante, acercando su cara a la cara de él, y le pidió que la observara.

—What do you see?

—Your youth.

—What else?

Wahhch la escrutó. Dijo que tenía, en lugar de cejas, una línea tatuada sobre los párpados. Ella le preguntó si sabía lo que era, él dijo que no.

—Can I show you something?

—Yes.

Se quitó la cinta que le recogía el pelo, agarró un buen mechón de su larga y abundante cabellera, y empezó a tirar hasta que se desenganchó y se deslizó por la cabeza, dejando ver un cráneo desnudo, calvo, enrojecido, despellejado, surcado de estrías profundas y sanguinolentas. Wahhch se quedó paralizado. Winona, monstruosa, había perdido su juventud. Las lágrimas le inundaron el rostro. Le dijo que tuviera piedad. Que él era el primer ser humano que la veía de aquella manera. No había explicación. Era así. Ella había sido su propia hecatombe. A los once años se empezó a arrancar de cuajo los pelos de las cejas, luego se desbrozó la cabellera, rascando, desgarrando el cráneo con la ayuda de un cepillo de metal, deshaciendo el tejido del cuero cabelludo, cercenando los bulbos, devastando las partes matriciales de cada papila, condenando a una esterilidad definitiva al campo de su cabeza. Quería castigar a aquel cuerpo tan feo, tan repulsivo, nunca suficientemente delgado, nunca suficientemente distinguido, demasiado presente, demasiado visible, aunque sin concederle la gracia de la muerte. Matarse la habría liberado, pero ella no merecía semejante indulto y quería vivir para presenciar su castigo, su agonía, su exp…

Wahhch la interrumpió.

Tomó su mano entre sus manos, pronunció su nombre, Winona, lo repitió varias veces y le preguntó quién se había atrevido a decir que era fea, repulsiva. Nadie. Ella ya era mayorcita para decírselo a sí misma. Wahhch se puso de rodillas, tiró de ella hacia al suelo, la estrujó entre sus brazos. Fuera diluviaba. Briznas de lluvia impactaban contra el alféizar de la ventana, saltaban al interior y nos salpicaban los ojos con un suave frescor.

—I told you my story because you told me your story.

Quería estar en paz.

Wahhch le decía sí, sí, y la mecía, llamándola Hermanita, Almita, Mujercita, esta vez te salvaré, esta vez te protegeré. Sabré hacerlo, te lo prometo. Nada podrá devolverles la vida a mis seres queridos, que se fueron tan pronto, que tan pronto desaparecieron, Léonie, Janice, mis hermanas, mi madre, pero la pequeña hada de las alas rotas que ha aparecido cuando menos la esperábamos puede atrapar la parte de vida que la muerte, a su pesar, habrá engendrado. Todas las almas necesitan un barquero, un Caronte a bordo de su lancha, para alcanzar las ardientes orillas del infierno, tú eres mi barquero con tu camioneta, pequeña hada, y sí, huyendo de Virgil, y abandonando mañana Ulysses, deberemos dejar aquí, ya lo dijo el poeta, toda esperanza. Con una voz apenas audible, se puso a cantar: Nâmi nâmi ya sghirâ; yalla ghfí ‘al hhâsira; Nâmi nâmi ya sghirâ; yalla ghfí ‘al hhâsira; Nâmi f-hhodni ‘bayyâ, boukra e-chamsi gayyâ… Winona se quedó dormida, Wahhch se recostó en la cama. La cicatriz de su rostro se había difuminado. No era más que una fina línea iluminada por las primeras claridades del alba, que dividía su rostro en dos, dejando a la luz la parte superior, sepultando la inferior bajo las sombras.

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