Ánima
III Canis lupus lupus » Genesee, Colorado
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Genesee, Colorado
Josie y Jean Gaboriau no se asustaron al verme. Nos abrieron la puerta, nos ofrecieron su hospitalidad y nos profesaron amistad y cariño.
Antes de que anocheciera, Jean quiso mostrarles a Wahhch y a Winona la puesta del sol tras las montañas. En la parte posterior de la casa había un jardín salvaje a orillas de un lago. Salimos. El cielo ardía. Franjas enteras de rojo, rosa y naranja fulguraban en la claridad mortecina del día y se difractaban en contacto con las cimas nevadas. Impregnaban el aire, satinaban los rostros y teñían de carmín la superficie adormecida del lago. Corrí y me lancé al agua. Me sumergí en los abismos de colores. Allí abajo, sobre el limo, escuché latir mi corazón. La luz se balanceaba en la superficie. Los animales acuáticos, serpentiformes, de ojos redondos y cabeza parda, se deslizaban por el cieno. Otros, plateados, daban vueltas a mi alrededor. Allí, sin moverme, despojo de mí mismo, dejé que el silencio limpiara la sangre de mis congéneres.
Josie encendió las luces del exterior, Jean sirvió la comida y todos juntos se sentaron a la mesa, rodeados de flores. Hablaron, intercambiaron, compartieron. Conjugación de sentimientos, finura de voces, dulzura de timbres, vibración de corazones y tránsito de palabras: encanto, gracia, dolor y arte. Winona se emocionó. «This is the first time l’ve ever sat at a table and heard the other people say words like that.» Jean quiso saber cuáles eran entonces las palabras que escuchaba en su vida cotidiana. Falta, dijo Winona. Falta de amor, falta de dulzura, falta de perspectivas, falta de alegría, falta de inocencia. Falta. Todas las faltas. Hay mucha bestialidad en mis venas, añadió, mucho odio que escupir.
—Rage, rage against the dying of the light —dijo Jean.
—What’s that?
—A poem by Dylan Thomas.
Jean se puso a recitar. Yo escuchaba. Notaba los olores de la tierra, la frescura del lago, el soplido del viento en las ramas de los árboles. Oía el zangoloteo de los insectos, descubría la elevación espiritual de los humanos, aquello de lo que son capaces, a través del asombroso enunciado de su pensamiento, comunicado gracias a las palabras que desgranan al ritmo de su sangre.
Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light
And you, my father, there on that sad height,
Curse, bless me now with yourfierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.
La noche había llegado. Winona se levantó y se tumbó en una chaise longue, Josie le puso una manta por encima y se volvió a sentar, Jean sirvió una bebida transparente que desprendía un fuerte olor a ciruela. Bebieron. Winona se quedó dormida y yo me acosté junto a ella para velar su sueño.
—Amazing girl —dijo Josie.
—Anger, beauty and fierceness —añadió Jean.
La observaban y cuchicheaban. Jean evocó a los que, tocados por la gracia, ven cómo la infancia los alumbra para siempre.
—La desgracia es creer que la gracia que nos ha sido concedida pueda morir, cuando es una iluminación eterna. Winona se cree pobre, pero a mí me bastaría una pizca de su pureza para inundarme de gozo por el resto de mis días. Dime, Wahhch, ¿dónde has encontrado a esta pequeña brizna de santidad?
—En el infierno.
—Claro. Por fuerza. A cada Dante su Virgilio, ¿no es así?
—Y nunca mejor dicho, no lo sabes bien.
Sonrieron. Siguieron bebiendo.
—Y tu infancia, Wahhch, ¿cómo fue? —preguntó Josie.
—Un agujero… No me acuerdo de nada.
—Natalie me ha contado tu reacción cuando viste la foto de Chatila.
—No reconocí nada. Como mucho una impresión, una sensación general. El cielo, su color.
—También me dijo que al leer la fecha inscrita en el pie de la foto te diste cuenta de que estabas allí.
—Sí. A mi familia la mataron ese día.
—¿Qué edad tenías entonces?
—Cuatro o cinco años.
Josie levantó la cabeza al cielo, cuya oscuridad dejaba ver la densidad majestuosa de las estrellas.
—Debch es el apellido de tu familia adoptiva, ¿verdad?
—Sí, no tengo manera de conocer mi verdadero nombre.
—¿Quién te llamó Wahhch?
—Mi padre adoptivo.
—¿Sabes lo que significa?
—Sí. ¿Feroz?
—Algo así. Wahhch significa más bien monstruoso. Es un nombre extraño, más aún cuando Debch significa brutal… ¿Lo sabías?
—Nunca había pensado en ello.
—Debch quizá sea un derivado de Debs, que significa, curiosamente, dulce, azucarado, ya que hace referencia al jugo, del algarrobo. En el Líbano, Debs es un apellido muy frecuente entre la comunidad cristiana, pero Debch es muy raro. Nadie se llama así. Por lo menos en el Líbano.
—Quizá sea un apodo —dijo Jean.
Wahhch no respondió. Una sombra le oscureció la frente, desfigurándole el rostro. Su mirada se enturbió.
—No lo sé, no te sabría decir.
—Desconoces también tu fecha de nacimiento, ¿no?
—En efecto, la fecha que pone en mi pasaporte es ficticia. Oficialmente nací el 9 de febrero de 1977.
—¿Por qué esa fecha?
—Porque es la festividad de san Marón, el patrón de mi padre.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Maroun, me puso la fecha de su santo.
—Entonces eres un cristiano maronita de adopción. ¿Cómo te encontró?
—Me salvó.
—¿Cómo?
—Durante el tercer día de la masacre, entró en los campamentos en calidad de enfermero. Se quedó horrorizado. No podía protestar o le habrían matado a él también. Empezó a curar a las víctimas de la matanza, a escondidas, jugándose la vida. En una casa de Chatila, unos milicianos preparaban la ejecución de una familia. Vio cómo alineaban a todos sus miembros contra un muro y cómo los ejecutaban. Excepto al más pequeño, un niño de cuatro o cinco años. Yo. Había una fosa séptica, los hombres tiraron allí a mi familia y los cubrieron con caballos sacrificados, me agarraron y me encajaron dentro. Los caballos agonizaban. Mi padre vio cómo nos cubrían de tierra, entre risas. Yo, por mi parte, no tengo ningún recuerdo de lo que acabo de contaros y lo que sé lo sé por el testimonio de mi padre. Mis recuerdos empiezan bajo tierra. Me acuerdo perfectamente de las bestias enterradas a mi lado, de cómo se iba apagando su respiración, del sentimiento de soledad que me iba embargando mientras morían, del deseo de morir yo también por el miedo que le tenía a la oscuridad. Me acuerdo de su calor, me acuerdo de haber abrazado la cabeza de una yegua como si fuera mi propia madre, me acuerdo de haberle dicho «¡Mamá, mamá!», de haberla besado, de haberle suplicado que no me dejara solo y de haber encontrado, allí, en la sangre que bebía para saciar la sed, en su presencia, pero también en la de las moscas, las lombrices, los pulgones y las termitas que me rodeaban, una bondad, una dulzura, un afecto, una piedad, Dios mío, una piedad que, realmente, fueron las que me salvaron. Me acuerdo del mutismo, del mutismo de aquellas bestias a las que habían hecho sufrir de un modo abominable sin que tuvieran nada que ver con todo aquello, me acuerdo de haber empezado a hablar por ellas, poniendo mis palabras en su boca, expresando en voz alta sus pensamientos, expresando en voz alta su terror, les di la piel de las palabras que conocía, palabras de niño asustado, los animales no me abandonaron. Me acuerdo de eso, de ese momento, no me acuerdo de lo que ocurrió antes ni después, me acuerdo de ese durante, un durante animal. Cuando los milicianos se fueron, cuando ya no quedó nadie, cuando por fin se hizo de noche y todo se oscureció, aquel hombre me desenterró, me salvó, huyó y me adoptó.
Josie se levantó. Se alejó hacia el lago y la espesura nocturna del aire se la tragó. Jean había cerrado los ojos. Las pupilas le temblaban bajo los párpados. La voz de Josie llegó hasta nosotros, tranquila y clara.
—¿Dices que él estaba allí como enfermero?
—Sí.
—Y que te salvó aprovechando la noche.
—Sí. ¿Por qué?
—¿Te molesta que hablemos de todo esto?
—He venido a vuestra casa solo para eso.
El viento había dejado de soplar. Podía oírse cualquier ruido. El eco de las voces lejanas, el roce de las alas de los insectos, los pasos de Josie sobre la hierba. Todo era delicadeza.
—¿Cuándo abandonasteis el Líbano?
—Justo después, aquel mismo año, nos fuimos a Francia, estuvimos dos años, hasta que murió mi madre adoptiva. De eso también conservo un vago recuerdo. Es una fuente de conflictos entre mis hermanas. Una habla de suicidio, la otra de accidente. Cambiamos París por Montreal. Allí es donde crecí.
Josie había vuelto a la luz.
—¿Sabes si tu padre hizo un día la promesa de volver a vivir al Líbano?
—Sí, pero no la ha cumplido.
—¿Por qué?
—Le propusieron un puesto de responsabilidad en el Casino de Montreal que se iba a inaugurar al año siguiente. Era un contrato muy lucrativo, muy gratificante para él. Le encargaron organizar el servicio de seguridad. Trabajó durante varios años, antes de que lo contratara un gran hotel de Las Vegas donde hay casino y sala de espectáculos. Se ha vuelto a casar. Desde entonces vive allí.
—¿En qué año proyectó volver al Líbano?
—Cuando terminó la guerra, en 1992 quizá.
Josie calló. Le brillaban los ojos, tenía el rostro crispado, levantó la cabeza, volvió a la mesa y se sentó.
—Tu presencia aquí nos afecta de un modo que no te puedes llegar a imaginar. De verdad. Jean y yo hemos vivido varios años en Oriente Medio, terminamos nuestros estudios en Beirut, eso fue antes de la guerra, allí nos conocimos, hicimos muchos amigos. Jean estaba acabando su doctorado sobre los ritos funerarios en las primeras comunidades cristianas, mientras yo daba clases de literatura en la universidad americana de Beirut y empezaba a traducir al inglés la poesía árabe contemporánea. Nos fuimos antes de la catástrofe. Estalló la guerra y pensamos que aquello no podía durar mucho. Pero duró. Lo que ocurrió en 1982 nos dejó traumatizados. Por fuerza. Centenares de cristianos, bajo la mirada de centenares de judíos, masacraron a centenares de árabes. Yo soy judía y Jean es cristiano. «Eso» hizo de nosotros unos verdugos.
—No. Vosotros no sois los verdugos. Os veo, sé quiénes sois. A los que hicieron aquello, a las personas reales quiero decir, no consigo verlas. ¿Quiénes son, qué ha sido de ellas?
—Taxistas, tenderos, algunos se fueron a vivir al extranjero. Ahora están tranquilos en París, en Toronto, en Nueva York. Cuando terminó la guerra, en 1991, el gobierno libanés aprobó una ley de amnistía que exime de cualquier proceso judicial a la mayor parte de los crímenes políticos cometidos durante la guerra. La hecatombe ha quedado impune.
—La amnistía se ha transformado en amnesia —dijo Jean.
—Y la amnesia en ignorancia. Es algo tan banal. De pequeño creía que solo habían matado a mi familia. Durante años lo creí. La primera vez que tomé conciencia de la palabra masacre, de la palabra pueblo, de la palabra campamento, de la palabra milicianos, de todas esas palabras que habéis pronunciado, ya debía de estar en la universidad. Y ahora todo vuelve. Una explosión de silencio. Cada vez más difícil de soportar. Un agujero negro. Absorbe toda la luz, impide que el tiempo avance y se despliegue, mirándome continuamente, continuamente enterrado con las bestias y con mi gente.
—Es comprensible… Los hechos están ahí y tú estás implicado, en algún lugar, entre sus pliegues, y es muy duro desplegar esa historia. Los días 16, 17 y 18 de septiembre de 1982, tras el asesinato del presidente Bashir Gemayel, las milicias cristianas, pertenecientes a las fuerzas Libanesas, entraron en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, y cometieron las atrocidades de las que tú y tu familia fuisteis víctimas. La zona estaba bajo el control del Ejército israelí, que permitió entrar a los milicianos y esperó tres días antes de intervenir, a pesar de la evidencia de lo que estaba ocurriendo en el interior. Esto se puede interpretar como se quiera, pero los hechos son esos. Me gustaría que vieras dos películas. Dos documentales. El primero concierne al Ejército israelí, el segundo a las milicias cristianas. No te darán respuestas, simplemente concretarán tu pregunta.
—¿Qué pregunta?
—La pregunta de por qué sobreviviste a tu familia.
Empezaba a refrescar. Entramos en casa. Wahhch tomó a Winona en brazos y la llevó como si llevara su propia vida. Subió una escalera acompañado de Josie, acostaron a Winona y volvieron a bajar. Jean estaba ocupado manipulando un objeto plano que había bajo un cristal sujeto a la pared.
—Te vamos a dejar solo —dijo Josie—. Las dos películas van seguidas, no tendrás que tocar el reproductor.
Las luces se apagaron, Josie y Jean salieron, Wahhch se sentó delante de la pantalla, yo me tumbé a su lado y las imágenes se pusieron en movimiento.
Sonoras.
Brillantes.
Fascinantes.
Empecé a ladrar.
«Tranquilo —susurró Wahhch—, no es la realidad, es solo una visión, una ilusión, una película. Mira.»
Miré.
Un desfile de visiones macabras teñidas de nostalgia. Voces de hombres, gruñidos de perros, ladridos, música, gritos y detonaciones. Palabras. Memoria / recuerdo / No me acuerdo de nada / No me acuerdo / No se me ha quedado nada grabado / no / no / no. Pasaban y volvían a pasar una y otra vez. Trazos, líneas, colores, representaciones animadas de humanos, de animales, de paisajes, de coches, todo era pura ilusión y luego, después de varias secuencias, el ojo redondo de un caballo infestado de moscas. Memoria / recuerdo / No me acuerdo de nada / No me acuerdo dieron paso a Miedo / Francotirador / Blanco / Silbido y a un hombre que bailaba al ritmo de una música, en medio de las detonaciones y los zumbidos, vals, delirio, locura, que unas palabras vinieron a rematar: «Los fieles de Bashir preparan las masacres de Sabra y Chatila.» El campamento apareció bajo luces danzarinas. Humanos alineados contra un muro se desplomaron sobre un fondo amarillo. La indiferencia de aquellas voces y la lentitud de aquellos gestos me enfurecieron, pero ¿contra qué o contra quién podía ladrar, qué atacar, sobre quién saltar? «Bengalas luminosas ayudaron a consumar lo que ocurría.» No había noche, o era una noche en pleno día, hasta que salió el sol y unos gritos aterradores surgieron de entre las ruinas y los cadáveres, Ya Allâh!! Ya oumm!! Ya Allâh! Ya oummé! Ya oummé!!, lamentos desgarradores que dieron paso en su brutal realidad a la figura de una mujer, que avanzaba en mitad de aquella fosa, como una perra enajenada, con los brazos abiertos, ofreciéndose por completo a la histeria insondable de sus propios límites, acribillada por la picadura devastadora del dolor, gritando al tiempo que nos miraba Wayn el ‘arab!! Wayn el ‘arab!! Oí cómo Wahhch gemía. Aparté la vista de la pantalla y me lo encontré postrado en el suelo, mientras la retahíla de imágenes seguía desfilando, parecidas a las que habíamos visto en Carthage, encerradas en su marco de cristal, cuando pretendíamos encontrar las vías del tren para huir hacia el norte. Hombres hacinados | Cuerpos de chiquillas destrozados | La cara desfigurada de una mujer.
Negro. Negro. Negro.
Silencio.
Silencio.
Luego,
una luz,
un segundo mundo,
otro color,
volví a ladrar.
La piel de los hombres, sus músculos, sus manos, su masa al contraluz de una claridad difusa. Orificios de rostros, bocas glaucas, sombras de memorias. Memorias de gestos, memorias de movimientos, inscritos allí, en el esqueleto de las posturas. Vasito de cartón dando vueltas entre los dedos. «Entré a matar, sin diferencia alguna, a grandes y a pequeños. Me decía Este niño crecerá y me matará. Más vale matarlo cuanto antes. Esta chiquilla tendrá hijos que crecerán. Mejor que no lo haga. La mato. Este joven se casará y procreará. Lo mato. Así es como pensaba.»
Anatomía de los humanos. Bípedos. Homo sapiens sapiens. Manos libres que hicieron «eso». Demostración. «Los ojos se me iban hacia un amigo que estaba degollando a alguien. Me puse a vomitar. Quería irme, pero me quedé.» Ninguna emoción, tan solo una cólera sorda que se va sumando, hasta la última imagen, desastre total, pesadilla de una pesadilla. «Cogí a uno. Lo puse contra el muro con los brazos en alto. Gritaba “¡Te lo suplico, no me mates, tengo hijos!”. Lo ejecuto en nombre de Bashir Gemayel. Le clavo el cuchillo en la garganta sin tocar la vena. Le hundo la hoja bajo la axila y doy vueltas como haría para desmenuzar un pollo. Le disloco el brazo. Aparece la carne blanca. Le rompo el codo. Se hace caca. Lo dejas que termine y lo degüellas. Uno menos. Esa muerte, para mí, es la muerte. Se la lleva consigo a la tumba. Torturas a tu víctima. Te dice “Por el amor de Dios” y tú la despedazas. No puede resistirse. La mata una segunda, una tercera vez. Tantas veces como quieras a condición de que se mantenga consciente. La matas en medio del horror. Quedas satisfecho. Sabes que ha visto su propia muerte. Ahora ya te puedes ir.»
Negro. Negro. Negro.
Luego nada más.
Nada.
Nada de nada.
Por muy profunda que fuera la oscuridad en la que nos habíamos sumergido, no había nada tan profundo como la desolación y la aflicción de Wahhch. No se movió. Estaba aturdido, estupefacto. Se abrió la puerta y Josie entró sin hacer ruido. Se sentó en el suelo. Wahhch miraba al vacío, al otro lado de la pantalla, como si no se hubiera percatado de su presencia. Josie esperó. Luego lo llamó. No respondió. Puso una mano sobre su hombro, pero no reaccionó.
—Lo entiendo, Wahhch, lo entiendo, pero tienes que ir hasta el final. ¿Me oyes?
Claro que la oía, se podía ver en la dilatación de sus pupilas.
—Escúchame. Hay un hombre, un veterano de las Fuerzas Libanesas, como esos que acabas de ver, que vive en Albuquerque. Se ha vuelto muy… cómo decirlo… fervoroso. Quiere redimirse, arrepentirse o algo así. Ha intimado con Jean, se ven de vez en cuando. Jean lo ha llamado. Le ha hablado de ti sin decirle quién eras, le ha dicho que te interesas por el… tema. Le ha hablado de Maroun Debch. El nombre le suena. Está dispuesto a recibirte. Albuquerque está a siete horas en coche. ¿Qué te parece?
Seguía sin responder. Josie asintió con la cabeza. Le dijo que debía de estar muy cansado, extenuado, y le pidió disculpas.
—No te dejo tiempo ni de respirar. Necesitas dormir.
Se levantó, se dirigió otra vez a la puerta y, cuando estaba a punto de salir del cuarto, Wahhch se volvió hacia ella:
—No tengo coche.
—Coge el mío.
—Me iré ahora mismo.
—¿No quieres descansar un poco?
—No. Iré a verlo y volveré.
—Tendrás que telefonearlo por el camino un poco antes de llegar. Ha preguntado cómo te llamabas, Jean no ha querido decirle tu nombre, claro está, y le ha dado el de nuestro mejor amigo cuando vivíamos en el Líbano. Naji Obeïd.
—Perfecto.
—Subiré a despertar a Winona.
—No. Déjala dormir, necesita descansar y yo creo que debo ir solo.
Josie volvió, Wahhch se levantó, ella lo abrazó.
—No te preocupes. Jean estará encantado de ocuparse de ella unos días.
—Dile que volveré a buscarla, que no la estoy abandonando.
—Se lo diré.
—Explícaselo, dile que confíe en mí, dile que recupere fuerzas, que descanse y que no se preocupe.
—Cuenta con ello.
—Dile sobre todo que estoy con ella… ahora más que nunca.
—Se lo diré.