Ánima
III Canis lupus lupus » Albuquerque, New Mexico
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Albuquerque, New Mexico
Humanos reunidos en el interior de un edificio cantan y hablan como una sola voz. Invocan al unísono, se prosternan, se levantan cuando se les dice que se levanten y se sientan cuando se les ordena que se sienten. Se arrodillan. Reconocen ante sus hermanos que han pecado de pensamiento, de palabra, por acción y por omisión, y se golpean el pecho con el puño apretado. Abren los brazos, piden clemencia a su Virgen María, a los ángeles, a sus hermanos, piden compasión, piden misericordia y acompasan el ritmo para elevar su alma al cielo, hacia aquel al que dirigen sus oraciones y sus rezos, el Santísimo, el Altísimo, el Todopoderoso, el que reina por los siglos de los siglos, les da el pan de cada día y perdona sus pecados así como ellos perdonan a quienes los ofenden. ¿Quién es él? ¿Dónde está? Obligado a permanecer en el exterior de la gran puerta, alargué el cuello para intentar verlo. Solo vi un techo blanco. Por las ventanas de vidrios multicolores se filtraba una luz ambarina y en el aire flotaba el olor penetrante y acre de una resina aromática. También flotaba un sentimiento de tristeza. Wahhch estaba en un lateral, al fondo, de pie junto a la estatua de una mujer. Un recién nacido que sostenía en brazos señalaba alguna cosa con el dedo. Repicaron unas campanas y una música empezó a sonar. Los humanos volvieron a cantar, una voz los bendijo y los invitó a irse, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en la paz y la bienaventuranza de Cristo Nuestro Señor. Trazaron una serie de signos con la mano, sobre la frente, sobre el corazón y contra los hombros, abandonaron las filas y se dirigieron a la salida.
Wahhch me dijo Ven. Bajamos la escalera, atravesamos la explanada y nos pusimos a esperar a la sombra de un árbol.
Los humanos se reunieron en pequeños grupos para hablar y saludarse entre los coches que intentaban alcanzar la calle. Los niños corrían con sus trajecitos blancos, rosas, azules, chillaban, reían. Wahhch los observaba. «¿Ves? —me dijo—. Está el rebaño y los que siempre se quedan fuera del rebaño. ¿Qué tienen que ver Winona y todos estos? Yo veo más cosas en común entre Winona y los pájaros que entre Winona y esta gente.»
La explanada se vació. Un hombre vino hacia nosotros, alto, con poco pelo, una corona de cabellos en las sienes y la nuca, una panza prominente bajo su traje de tela. Caminaba pesadamente, con los pies abiertos, levantando el brazo y diciendo «¿Naji?», antes incluso de llegar hasta nosotros. Quédate aquí, me dijo Wahhch, y fue a su encuentro. Se dieron la mano, hablaron. Yo no los oía. El hombre llevó a Wahhch hasta un pequeño grupo de gente reunida alrededor de un humano vestido con un alba blanca. No me moví hasta que regresaron.
—¿Eso es tu perro?
—Sí.
—¡Es monstruoso!
—Los hay peores.
—¡Yalla! ¡Todas las criaturas son de Dios! ¿Ese es tu coche?
—Sí.
—Yo lo tengo aparcado allí abajo, es aquel jeep. Hay que conducir un rato. Y a’né noss sé’a una media hora por el tráfico ta’ribann, mech ktir, está a las afueras de Albuquerque.
—No hay problema.
Se fue y nosotros lo seguimos.