Ánima

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I Bestiæ veræ » Lasius niger

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Lasius niger

Inmóvil sobre la superficie inclinada de su rodilla, vi temblar la luz en el filo inerme de sus ojos. Estaba sentado frente al río, en la pálida claridad de la primavera. El día declinaba. Yo volvía a casa con mis compañeras cuando lo vi en un recodo del camino. Parecía agotado de tanto caminar, muerto de cansancio. Se había levantado para ir hacia la roca, al pie de la cual se encuentra disimulada la entrada de nuestro hormiguero, y se había dejado caer allí. Los miembros de nuestra colonia lo rodearon rápidamente, no tanto por el peligro que pudiera acarrear, pues su comportamiento no era en absoluto amenazante, sino por los olores que traía. Alertadas, las obreras salieron corriendo y encontraron, en el dobladillo de su pantalón, migas de pan enganchadas en las fibras del tejido y, en una parte accesible de la suela de sus zapatos, un conglomerado de semillas y de cáscaras mezcladas con la tierra húmeda y las hojas apelmazadas de los árboles. Sin pérdida de tiempo, empezaron a extraer ese maná para llevarlo a un lugar seguro.

Él lloraba.

Aprovechando los espacios que dejaba la malla de su abrigo de lana, escalé por la pared interior, recubierta de un forro oscuro y satinado. No me supuso un gran esfuerzo y pude seguir avanzando a mi aire, sobre todo porque, abandonado como estaba a su tristeza, no se dio cuenta de mi presencia. La ascensión me llevó justo al lugar en que el abrigo cubría su pierna a la altura de la rodilla y, pasando a través de la costura, pude reposar allí un instante.

Lo veía a él y, sobre su cabeza, el cielo. Miró al río. Abrió la boca, emitió ondas y la vibración llegó a mis antenas. Se te pasará, ya lo verás, se te pasará, se te pasará… se te pasará… Lo verbalizaba para convencerse, pero las variaciones de sus ondas, que yo escuchaba resonar contra sus huesos, estaban impregnadas de tanta dulzura que impedían cualquier sosiego. Empezaba a llorar de nuevo. El frío le secaba las lágrimas.

Remontando la llana llanura de su pierna, me orienté por el calor que irradiaban sus órganos reproductores y, pasando por debajo del jersey, me encontré con una superficie nueva recubierta de una tela algodonada, abandoné la luz del día y me interné en las oscuras cavidades de sus ropas. Hacía calor. Una atmósfera fétida y afrutada a la vez dejaba adivinar, a través de la humedad y el sudor de su cuerpo, esas fragancias tan características de los humanos. Apoyándome en los pliegues que aparecían en mi camino, zigzagueando entre las curvaturas, pude, tras un largo y agotador ascenso, salir de la oscuridad siguiendo la costura, desde la base de la garganta hasta la cima del cuello, y llegar al sitio donde se juntan las dos mandíbulas.

Sacó un objeto metálico del bolsillo. Yo lo veía desde arriba. Lo manipuló con una habilidad prodigiosa antes de llevárselo al oído. Me rozaba con los dedos y, a pesar del riesgo de que me aplastara, avancé un poco para deslizarme al interior de su palma, entre el metal del objeto y la piel de su mano. Un olor indescriptible emanaba de allí: no eran los residuos de un alimento antiguo, sino más bien los restos descompuestos de una carne muerta, la carne de un animal que no logré identificar.

¿Najma? / Soy Wahhch / … / No, la verdad es que no / ¿No has hablado con papá? /… / Léonie está muerta/… /La han matado/… /No sabemos/… / La policía está siguiendo una pista /… / Violada y después asesinada /… / No sé nada más / Hace una semana / … / Me lo ha dicho Nabila / … / Deberías hacerlo / … / No hay nada que decir, solo quería que lo supieras /… /… /… / Sí, sí, sigo aquí / … / Escúchame / Voy a colgar /… / Puede ser / Es verdad que hace mucho que no nos vemos / Ya te diré algo, te volveré a llamar / No te preocupes / … / Yo también.

La vibración ondulatoria se interrumpió. El sudor perlaba todos los poros de su palma. Bajó la mano para manipular el objeto y pulsó varios botones antes de llevárselo al oído. Hola, has llamado a Wahhch Debch. No estoy disponible. No dejes ningún mensaje. Todo va bien. Ya volveré. Gracias. Hello, you’ve reach Wahhch Debch. I am not available. Please, don’t leave any message. Everything goes well. I’ll come back. Thanks.

En mi caverna de piel, hasta donde llegaba la luz azulada del día, intuí una catástrofe. El olor había ganado en densidad, pero seguía sin poder identificarlo. Pegué mis mandíbulas a su epidermis. Un hedor abyecto me embargó con tal violencia que quedé aturdida. Sangre. Era el olor de la sangre. Algo había sangrado, había muerto y ahora se pudría en el hueco de su mano. Algo había dejado, en los intersticios de su piel, placas invisibles que ensangrentaban la línea de la vida. De pronto apretó los dedos alrededor del objeto, se incorporó y llevó el brazo hacia atrás, extendiéndolo de tal modo que se pusieron en tensión todos sus músculos. Su respiración se bloqueó y, tras un breve instante de inmovilidad, se produjo un formidable impulso hacia adelante al tiempo que se abría su mano. El objeto metálico salió proyectado hacia lo lejos. Solo el viento, inversamente proporcional a la fuerza del gesto, me permitió quedarme en mi sitio, aplastada entre las comisuras de sus dedos. Tras el lanzamiento, permaneció inmóvil, con la mano extendida. El objeto metálico trazó una curva antes de caer y ser engullido por el agua negra del río. Bajó el brazo y se miró la mano, dándose cuenta de mi existencia.

Subí por una de las falanges a través del valle que separa los dedos y alcancé el dorso de su mano. Giró la muñeca para seguirme de cerca. A cada respiración, un aire caliente y húmedo salía de sus fosas nasales. Yo no podía ni huir ni esconderme. Creo que adivinó mi pánico, pues, sin hacer ningún movimiento brusco, volvió a sentarse en la roca y empezó a observarme con cierta fatiga. Podía aplastarme en cualquier momento, pero no lo hizo. Sus ojos, de un verde transparente, se llenaron de lágrimas.

Cuidadosamente, llevó la mano estirada hacia el suelo. Esperó hasta que pisé tierra firme. Cada vez hacía más frío, el sol se había escondido, me di prisa, rodeé la roca en la que se había sentado y llegué a la entrada de mi hormiguero.

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