Ánima

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I Bestiæ veræ » Felis sylvestris catus

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Felis sylvestris catus

Al final del corredor había una ventana de guillotina. Daba a un campo. A lo lejos se adivinaba la linde de un bosque en medio de la llanura, como una placa de mármol negro. Aquella a la que adoro abrió una puerta. Una escalera de madera sin contrahuellas conducía a una trampa abierta en el techo. Subió. Él la siguió. Empujó un batiente y el mecanismo deslizó la trampilla hacia un lado, dejándonos el camino libre. Él trepó tras ella y yo pude penetrar después en ese nuevo territorio. Era una sola pieza, situada bajo un techo transparente de dos aguas que dejaba ver el cielo. Había una cama encima de unas alfombras. Una mesa, una silla y varias estanterías vacías. Hacia una temperatura agradable. El suelo estaba caliente. Ella se acercó a él. Le ayudó a despojarse del poncho. Le desató los cordeles de la camisa. Él mismo se la quitó. Le desabrochó los pantalones. Le ayudó a sacárselos y lo llevó a la cama. Él se tumbó. Ella se desvistió y se tumbó a su lado. Se acurrucó junto a él. Le acarició el pecho.

—Hace una semana, llegó aquí un hombre ensangrentado. Estaba aterrorizado. Un mohawk. Alguien a quien mi padre había ayudado hace mucho tiempo. Vino a buscar refugio en la reserva. Lo acogieron y lo ocultaron. Todo el mundo sabía lo que había hecho, pero no se le niega la hospitalidad a un hermano, no se le niega la hospitalidad a un animal herido. Vino aquí. Yo cuidé de él. Curé su herida. Cosí su brecha. Durmió aquí. En esta habitación. Durmió en la cama en la que ahora estás tú. Hablaba de ti igual que tú hablas de él. Decía El hombre al que he hecho eso, pero no se sentía culpable. Dijo que había sentido placer al matar a una mujer. Dijo que había sentido placer al hacer lo que hizo. Quería empezar de nuevo. No quería que lo detuvieran porque decía que ama la libertad, el asesinato, el tabú y la excitación sexual que le provocan. Es la única actividad, esa es la palabra que utilizó, actividad, que no le aburre. Se quedó aquí, sin moverse de la habitación. Hace dos días vino a buscarlo un hombre de la reserva y se fueron. ¿Todavía quieres encontrarlo?

—Sí.

—Tómame en tus brazos, y será a él a quien tomes, pues hace dos días yo estaba en sus brazos.

El hombre se incorporó.

—¿No dices nada? ¿A qué esperas? Tómame. Todavía hay una parte de él que está en mí. Si me besas, besarás los labios que ha besado. Si me acaricias, acariciarás una piel que el asesino de tu mujer ha acariciado. Nadie ha vuelto a tocarme desde entonces.

Él apartó las mantas y contempló la desnudez de ella. «¡Sí, ha estado aquí!» Lentamente, puso la mano sobre su vientre y la acarició. «Sí, puso su mano donde tú estás poniendo la tuya.» Inclinó la cara hacia la cara de ella. «Puso sus labios sobre estos labios.» La besó, intentando paladear el sabor de su boca. Tenía los ojos abiertos, pero algo se había apagado. Dejó de pensar. Ella lo abrazó. «Yo soy el lugar donde lo encontrarás.» Él se acostó boca arriba y la ciñó por la cintura. Ella trepó por su cuerpo, frotando su propio sexo contra sus músculos, y se sentó sobre su cara, con las manos apoyadas en la pared. «¿Ves? Estás lamiendo lo que él ha lamido.» Ella gemía, retorciéndose con languidez, incorporándose y reincorporándose, yendo y viniendo sobre su lengua, hasta que llevó las caderas hasta su sexo y se sentó sobre él. La penetró. Exhalaron un profundo suspiro. «Piensa en él, piensa que él ha estado donde tú estás.» Agarró sus nalgas redondas, enteras, le comió los pechos, se los lamió, mordiéndolos ligeramente, sin dejar de penetrarla. «¡Ahora viólalo!», dijo ella, obligándole a dar a sus movimientos una seguridad y una musculatura que en seguida le hicieron soltar un grito ronco. «¡Fóllame!», y empezó a acariciarle el pelo con tanta ternura que, en un segundo, se vio propulsado hasta el corazón de sí mismo, convirtiéndose por entero en su propio sexo. «Sí, fóllame, fóllame, sí, sí, me corro, me corro… Ahí, ahí lo encuentras, ¡ahí, ahí está! Ahí!» Levantó la cabeza para mirarla. Ella buscó la inmovilidad, la encontró. Tuvo un orgasmo ante su atenta mirada, en la infinidad de su secreto, como si se hubiera convertido en un paisaje dominado por la enorme convulsión de su cuerpo. Tuvo otro orgasmo. Una gota de saliva perlaba sus labios entreabiertos y él la hizo desaparecer de un lametazo. Ella reaccionó a su caricia reiniciando el acto amoroso, pero sin mover ni el torso ni las piernas, yendo y viniendo tan solo con sus caderas, chupando su sexo con su sexo. «Te vas a correr dentro de mí, igual que él se corrió dentro, ¡y al fondo de mí habrá un poco de ti y un poco de él!» Cuando notó que llegaba al clímax, se retiró, se inclinó, se metió el sexo de él en la boca, lo chupó, lo lamió y volvió a ponerse encima, y él, hundiéndose en ella, estalló en un gemido de dicha y de felicidad, contrayéndose varias veces, en una tensión incesante y maravillosa que duró mucho tiempo antes de que ella, una vez recobrada la calma, se doblara en dos para estrecharlo entre sus brazos, sin separarse de él. Se quedaron así un buen rato. Él se durmió. Hacia el final de la noche, cuando el cielo empezó a enseñar sus tintes azulados a través del techo, ella se levantó, se vistió y, sin darme tiempo a seguirla, bajó los primeros escalones. Desapareció y la trampilla se cerró.

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