Ánima

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I Bestiæ veræ » Tegenaria domestica

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Tegenaria domestica

¡Mary! ¡Mary! ¡¡Mary!! ¡Abra! ¡¡¡Abra!!! ¡Mary! ¡Mary! Las vibraciones hacían temblar los hilos de mi tela. Avancé por el techo. Reconocí su olor. Reconocí su sombra tras el visillo de la ventana, que golpeó hasta que Mary, alarmada, entró en la habitación vacía. Me detuve en mitad de la carrera, con mis largas y finas patas aferradas a la rugosidad de la escayola, y vi cómo apartaba las cortinas de perlas y cómo, por la brutalidad del gesto, una de las tiras se deshacía y caían las minúsculas bolas de vidrio, esparciéndose sobre el suelo de hormigón en mil rebotes cristalinos. Di marcha atrás y volví al centro de mi tela, desde donde pude observarlo todo, soberana. ¡Mary! ¡¡¡Mary!!! ¡Abra! Sin perder más tiempo, soltó la cadena de seguridad del marco de la puerta, descorrió el pestillo de arriba y el pestillo de abajo, y giró la llave para liberar la cerradura.

Entró como un loco, en estado de extrema agitación, yendo de la barra a las mesas y de las mesas a la ventana, incapaz de quedarse quieto, incapaz de hablar. ¿Qué pasa?, le preguntó Mary. Abrió la boca sin conseguir articular ni una sola palabra y se dejó caer en una silla, doblado en dos, con la cabeza entre las manos. Mary dijo: ¿Qué…? ¿¿Qué??

—¡Janice…!

—¿¡«Janice» qué!?

—Está muerta…

Mary se acercó a él, súbitamente blanca, pálida, presa a su vez de un terror indescriptible.

—¡¿Qué?!

—¡Janice está muerta!

—¿Cómo que está muerta? ¡¿Qué me estás contando?!

Él se levantó.

—¡Está muerta! ¡¡Hay sangre por todas partes!! Como ella, de la misma manera que ella, quiero decir con el cuchillo… ¡igual, igual!

—¿Ella, quién? —gritó Mary.

—¡Mi mujer! ¡Como mi mujer! ¡Con el cuchillo en el vientre, igual! ¡Una raja en el costado! Todo igual. La he encontrado al levantarme, en el salón, ha muerto entre mis brazos, ¡hay sangre por todas partes!

Aullaba con ojos de loco, tendiendo los brazos ensangrentados. Mary se le echó encima y lo agarró del cuello del poncho y le pegó, una y otra vez, dándole violentos golpes, puñetazos, manotazos. You’re a liar! Hear me? You’re a fucking liar!! Él, sin intentar defenderse, repetía con un cansancio impregnado de desesperación: Mary, Mary, pero Mary continuaba dándole de lo lindo. A fucking liar! El sol entró en el bar. La luz los nimbó de negro. Las siluetas se mezclaron y vi cómo él, aprovechando el súbito deslumbramiento, la agarraba por los puños y la apretaba contra su cuerpo, con una limpia y seca sacudida.

—Está muerta, Mary. Está muerta. Es horrible y aterrador, y me gustaría tanto ser un mentiroso y que nada de esto fuera cierto, ¡pero es verdad! ¡Todo es verdad!

—¿Estás seguro de que está muerta?

—¡No lo sé! ¡¡Pero sí, sí!!

Mary se soltó. Dio algunos pasos desordenados y se apoyó en la columna de metal alrededor de la cual serpentea la escalera de madera.

—¿Dónde está?

—En el salón.

—¡OK! Espérame aquí.

—Mary. Más valdría avisar a la policía, o a quien sea, de verdad. No es…

—¿No es qué?

—No es agradable de ver.

Salió sin cerrar la puerta. Él se quedó inmóvil, hasta que volvió la cabeza en dirección al gran espejo. Vio su reflejo ensangrentado, el rostro deshecho, el pelo alborotado, hirsuto, la mirada perdida, y el rojo seco que cubría su ropa. Con un gesto lento, se quitó el poncho y lo puso sobre una silla. No se movió. Esperó con la cabeza gacha. Se dio la vuelta y, dejándose deslizar por la barra, se sentó en el suelo. Levantó la vista y la puso en el grabado que contempló la víspera. La fiera seguía dispuesta a comerse al pájaro que la chiquilla seguía manteniendo agarrado con su frágil mano. Me aparté del centro de la tela. Entonces volvió la cabeza hacia mí y me miró como si hubiera oído mi movimiento, como si pudiera hablarme, como si comprendiera que yo lo comprendía a él y viera que yo lo veía. Se levantó, alargó la mano hacia mí, se acercó y me dijo: ¡Tú! Yo le dije: ¡Yo! Tuve un sentimiento humano y me invadieron las tinieblas. Retrocedí y me escapé por una grieta de la pared, para apartarlo de mi vista y recuperar la oscuridad profunda de los arácnidos, mucho más luminosa, mucho más tranquilizadora que esa horrible noche que acababa de vislumbrar y que es, ahora lo sé, la propia de los humanos.

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