Ánima
I Bestiæ veræ » Strix varia
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Strix varia
Arrasaron las tinieblas y cercenaron la noche con el cuchillo de sus luces. Hundieron los pies en la tierra empapada de lluvia y de nieve fundida: hombres, perros y máquinas, surgidos de la nada para desplazar las sombras de los árboles y resquebrajar el silencio.
—OK, guys! Let’s load the truck!
Abrieron el vientre de las máquinas. Empezaron a vaciar lo que había en la panza de una para llenar la panza de la otra, ante la mirada desorbitada de los perros.
A él lo reconocí en seguida. Llegó envuelto en el pálido reflejo de las luces, desvelado de día, desvelado de noche, con los sueños derramados en el charco negro de los insomnios, con el sueño ahogado en el agua de las penas.
—Let’s go, guys! We gotta finish while it’s still dark!
La oscuridad del cielo se fue deshaciendo poco a poco. Los hombres terminaron. Vi cómo se agrupaban. Cerraron el vientre de las máquinas y se metieron dentro. Las máquinas se despertaron. Rugieron. Primero dieron marcha atrás. Levantaron a su alrededor espectros de polvo entre el halo de las luces y se marcharon, llevándose a sus hombres, sus perros, sus sombras y su clamor.
Él no se movió. Observó la bóveda profunda del cielo como una bestia hundida en la arena, asomando solo la cabeza. ¡Qué mirada tenía! Parecía buscar la luz de la realidad para disipar las abyectas criaturas nacidas en las tinieblas de su corazón abandonado. ¡Qué mirada tenía!
Un último hombre, que se había quedado más allá con un último perro, lo llamaba. ¡Eh! ¡Eh! No lo oía. El perro ladró. El hombre gritó. ¡Eh! ¡Eh!
—Aquí estoy —respondió.
El hombre y el perro se dieron la vuelta. Lo vieron, se acercaron, se detuvieron al llegar a su altura, el perro vio cómo su amo se sacaba el sexo, lo agarraba con una mano y se ponía a orinar, mientras decía:
—Te aconsejo que no te alejes muy a menudo sin avisarme.
—He visto a alguien corriendo.
—¿Dónde?
—Entre los árboles. Un hombre. Os ha espiado mientras cargabais el stock. Pensaba que era uno de los vuestros, pero se ha ido y no ha vuelto.
—¿Estás seguro? Había muchos hombres yendo de un lado a otro.
—Me lo ha parecido.
—Si era Rooney, uno de los chicos que hacía guardia lo habría visto.
El hombre se guardó el sexo. El perro lamió el charco de orina. Luego le chupó los dedos al hombre.
—Tendrás que llamar a tu coroner para decirle que te vas. Para que no se preocupe por ti. Tendrás que inventarte algo. Lo haremos en un sitio que no le haga desconfiar. ¿Tienes su número?
—Sí.
—Good! Sube al camión.
—¿Qué hay en las cajas?
—Sube al camión. Tenemos que estar en Akwesasne esta noche. Motherfucker, come here!
Se fueron, y el perro con ellos, a bordo de la máquina con el vientre lleno. Se fueron. Durante un buen rato seguí las luces entre los árboles, hasta que desaparecieron. El día las deslavazó, las diluyó. Hasta extinguirlas. No me entró sueño. El sol se filtraba entre las ramas. Pronto me empezaría a quemar los ojos, demasiado frágiles para mirarlo de cara. Alcé el vuelo, batiendo rápidamente las alas, de tan débil que era el viento en el aire suave de la primavera. Me puse a ulular.