Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Canis lupus familiaris terra americana Staffordshire
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Canis lupus familiaris terra americana Staffordshire
Resuena la exhortación de mi amo. Oigo su voz, oigo mi nombre. Motherfucker! Corro. Abre la puerta. Salto al asiento delantero. Let’s go! Suben y se sientan cada uno a un lado. El mundo es vasto, pero los humanos se obstinan en ir a donde su alma se desgarra.
—¿Qué te ha dicho?
—Que ha habido otro crimen. Que seguramente ha sido el mismo tipo, porque a la chica la han matado del mismo modo. Están siguiendo su pista.
—Bullshit! ¿Te ha hablado de la reserva? ¿Te ha dicho que a la chica la han matado en la reserva?
—No.
—¿No ha pronunciado la palabra «reserva»?
—No.
—¿Ha dicho algo cuando le has dicho que estabas en Châteauguay?
—No.
—¿Qué más te ha dicho?
—Me ha preguntado que adonde pensaba ir y cómo podía localizarme. Le he dicho que tenía intención de airearme un poco y de ir a ver a mi padre a Las Vegas. Me ha dicho que era una buena idea.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Mi amo está sudando. No tiene intención de arrancar el motor. Piensa. Desprende un nerviosismo anaranjado que invade la cabina del vehículo. Nos envuelve, respira a través de nosotros y nos ahoga. Los humanos no perciben estas cosas. De ahí la angustia. Pero nadie lo entiende. De nosotros tres, ninguno puede responder la pregunta que nos mortifica: ¿por qué siento lo que siento? Se me hace un nudo en el estómago. Me revuelvo. Gruño. Calm down, Motherfucker! Obedezco sin llegar a entender este malestar ni el motivo que lo provoca. Mi amo no debería arrancar el vehículo. El camión no debería salir de la ciudad, no debería alejarse de ella. Lo sé como si tal convicción hubiese guiado toda mi existencia. No debería arrancar el vehículo, no deberíamos obedecer a la lógica que nos han impuesto, deberíamos, por el contrario, huir, lanzarnos al exterior, abandonar aquí a este hombre repugnante y alejarnos de él lo más deprisa posible.
Mi amo se endereza y gira la llave de contacto que está encastrada en el conmutador. El motor ruge. Mi amo baja la palanca que hay a su derecha y el camión se pone en marcha. Avanza, sale del aparcamiento, encuentra la calle, el movimiento, los semáforos rojos y los semáforos verdes, los giros, los bulevares, los grandes puentes metálicos, las curvas, las vías rápidas, penetra en el dédalo de hormigón de las vías de acceso a la autopista, pasa a través de las vías de enlace sustentadas por pilares que reposan sobre bases de cemento y, sin frenazos ni aceleraciones, arrastrado por la ola de coches, penetra en la autopista y alcanza la máxima velocidad para llevarnos al lugar donde se decidirá nuestro destino. Mi amo parece tener prisa por ir hacia su perdición. Ya no suda. Agacho la cabeza, resignado, y decido tragarme mi pena.
No han intercambiado ni una palabra. O muy pocas. Nada audible, en todo caso. La fricción del camión contra el aire, el rugido regular del motor, las ruedas y su gemido obsesivo, nuestras caras barridas por el desfile de la luz sobre la superficie del parabrisas, la confusión de imágenes, la somnolencia.
Entro en una casa vacía. Busco a mi amo. Recorro varias veces todas las habitaciones sin encontrarlo. Voy al jardín. Allí está el hombre. Tiene un cuchillo en una mano. En la otra, un cachorro. Clava el cuchillo en el cuello del cachorro. La sangre no brota. Quiero saltarle encima. Pero el miedo me atenaza. Retira el cuchillo. Hay un agujero rojo en el cuello del cachorro. El hombre se saca el sexo. Lo mete en el agujero. Quiero ladrar. Pero no puedo. Yo soy el hombre. Soy aquel al que aborrezco. Siento terror. Una maldición. Soy un hombre. Lo había olvidado. Soy un hombre y ya no sé qué significa. Ya no recuerdo cómo se habla, ni cómo se camina erguido, ni cómo se utilizan las manos. Estoy perdido.
Me despierta el cambio de revoluciones del motor. La pesadilla confirma mi presentimiento. Ahí está la intuición de la desgracia. Intacta. Deberíamos huir y, sin embargo, seguimos avanzando empujados por una mano que se dispone a malograr nuestra existencia. Reducimos la velocidad. Me pongo de pie en el asiento. Reconozco el lugar. Es un restaurante de carretera donde solemos parar.
—¿Todavía estamos en Quebec? —pregunta el hombre.
—En Riviére-Beaudette. Ontario está al final de esa línea recta, al otro lado del puente, allí abajo.
Entramos en el aparcamiento, paramos junto a la fachada posterior y, a pesar del polvo que los coches levantan en su constante ir y venir, me llega el olor de la carne asada, de la grasa y de la fritanga.