Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Rattus norvegicus
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Rattus norvegicus
Se han instalado en el rincón más oscuro de la gran sala donde los humanos comen y beben hasta la saciedad. He oído el movimiento de las sillas y el roce de los abrigos. Dos machos. No han pronunciado ni una sola palabra, pero el olor me ha revelado su cansancio y su inquietud, sin decirme los motivos. He desconfiado. No me gustan los humanos inquietos. Se han sentado el uno enfrente del otro. Se han apoyado contra la pared y he notado cómo ponían los pies sobre el borde del radiador eléctrico tras el que me escondo, anclado en el propio zócalo. Siempre estoy aquí. Entre la pared y el radiador. El yeso es poroso. No nos costó mucho esfuerzo llegar hasta aquí. Conseguimos burlar todas las trampas que nos habían puesto, excavamos galerías por debajo de otras galerías que habíamos excavado previamente y que los humanos habían llenado de cebos y de veneno, llegamos incluso a sacrificar a algunas de las nuestras, ratas ya mayores que se dirigieron voluntariamente hacia la muerte, para hacerles creer a ellos que su remedio era eficaz, y conseguimos llegar hasta este edificio, lejos de las cocinas y de los sitios donde defecan los humanos, para practicar, por encima de la madera del zócalo, una abertura por la que mis congéneres y yo pasamos de noche para hurgar en los cubos de basura y en la despensa. Rastreamos todos los rincones. Somos metódicas, pero procuramos llevarnos solo la comida que necesitamos, sin arrasar con todo para no despertar sus sospechas. Nada de batidas. Parece que funciona. Estamos tranquilas, pero seguimos atentas. Montamos guardias. Cada cual su turno, cada cual su puesto. A mí me toca quedarme aquí, de centinela de día, acurrucada entre la pared y el radiador. Escucho y olfateo. Vigilo.
—¿Cómo va a ser la cosa?
—¿Qué cosa?
—¿Cuándo lo vamos a encontrar, cuándo me va a ver, cómo va a ser?
—Tenemos que conseguir que crea que lo has encontrado tú solo. Por casualidad. Por luck. Eso será lo más tough. Si lo conseguimos, podrás hacer lo que quieras, incluso podrás ir a hablar con él si te apetece. No lo olvides: habla francés mejor que tú y que yo. Se educó en Montreal. Tu acento francés te protegerá. No lo olvides. En el peor de los casos sabrá que eres el tipo de la chica que mató, en el mejor te tomará por un turista. Anyway, no desconfiará de ti, no tendrá miedo de ti.
—¿Y si no lo conseguimos?
—Entonces ya veremos qué pasa.
Es el que menos ha hablado de los dos, pero me ha impresionado el timbre de su voz, su extraña frialdad, la oquedad de los tonos más graves, incapaces de encontrar la profundidad necesaria. Hay abismos insondables. Su voz es uno de ellos. Ni fondo al que caer ni cielo que alcanzar, hasta ese punto parece haber perdido las modulaciones. Es una voz sin caída ni elevación. Planea, arrastrada por el viento del dolor. Si cesa, será su ruina; si persiste, será el final de su razón. La voz de un hombre despojado de toda ambición, desanimado de sí mismo, libre de deseos y de ganas, y al que ninguna ilusión podrá salvar. Un hombre solo. En el tono de cada vocal, en la oclusión palatal de cada consonante, he podido entrever el cenagoso estrecho de su alma, el brazo de mar que separa la pérdida de la felicidad, desmoronadas recientemente la una sobre la otra. Me he emocionado. A veces he puesto mi vida en peligro para salvar a una congénere que había caído en una trampa. Somos conscientes del valor de nuestras compañeras y podemos llegar a sacrificarnos con tal de que sobrevivan, pero nunca hasta ahora había sentido esta atracción por un miembro de una especie animal distinta a la mía, y menos aún por un humano. Me he erguido, procurando que el roce de mi pelaje no hiciese ningún ruido, y me he mantenido en pie, con la cabeza levantada, para oír mejor.
Se ha acercado una mujer. He notado el olor a almizcle de sus flujos menstruales y he percibido la vibración de sus pasos.
—Buenos días, caballeros, ¿todo bien? Tenemos una sopita de guisantes riquísima y, como plato del día, un pastel chino para chuparse los dedos. Si no, también tenemos todo lo que hay en la carta.
—Yo quiero un cheese y una cerveza, por favor.
—All dressed, el cheese?
—Sin cebolla.
—Perfecto. ¿Y para el señorito?
—Un poco de miel.
—¿Miel?
—Sí. En un bol. Con un trozo de pan.
—¿No quieres nada más?
—No.
—¿Una crepe? ¿Un muffin? ¿Un yogur? ¿Un poco de queso? ¿Alguna otra cosa…?
—No. Solo un trozo de pan.
—¡Vaya! ¿No pertenecerás a una secta?
—No, señora.
—¡Pues lo parece!
La mujer se ha alejado.
—¿No vas a comer?
—No tengo hambre.
—Vas a necesitar todas tus fuerzas.
—Me lo imagino.
—No, realmente no te lo imaginas.
Se ha puesto a reír. Los humanos se parecen tanto. Sus voces son de una agradable banalidad. No me molestan. No me hacen daño en los oídos. Me resultan indiferentes.
—¿Por qué no dejas que la policía arregle sus propios asuntos? El día en que ya no lo necesiten, tendrán que arrestarlo.
—No lo sé.
—¿Qué harás cuando lo tengas enfrente?
—Nada.
—¿Sabes que ese tipo te puede matar?
—Sí.
—A lo mejor es lo que estás buscando.
—Puede ser.
Los pasos de la mujer se han acercado, con el dulce olor de la comida.
—El cheese sin cebolla con la cerveza, y la tacita de miel con el trocito de pan para el señorito. ¡Que aproveche!
No le han respondido y se ha vuelto a alejar. Han empezado a comer.
—¿Querías a tu mujer? O sea: ¿todavía la querías? Siempre queremos a nuestras mujeres en el sentido de Quiero a mi mujer, quiero a mis hijos, y todo eso, pero a veces lo único que nos apetece es estar solos. Yo no he tenido hijos, así que no lo puedo saber, pero sí he tenido ganas de que mis chicas desaparecieran, de que les pasara algo para deshacerme de ellas. ¿Entiendes lo que quiero decir? No es que quisiera que se murieran, pero me imaginaba que ya no existían y no me importaba. ¿A ti no te va bien estar solo? ¿Con tu mochila a la espalda y sin ninguna otra ocupación? ¿Sin tener que limpiar la casa, sin tener que hacer la compra, sin tener que pagar el alquiler? ¿No es eso la libertad?
No ha contestado. Se ha hundido en el silencio como si intentara penetrar en la oscuridad a la que el otro quería abocarlo.
—Además, creo que tu mujer estaba embarazada. Lo leí en el periódico… ¿no estaba embarazada?
—Sí.
—¿Y no te va bien? Quiero decir, por supuesto que es horrible, no me refiero a eso, pero ¿no te sientes liberado?
—¿De qué?
—No sé. La casa, el coche, la sillita del bebé que hay que poner y quitar, el cochecito, la familia, las vacaciones, todo el kit, las niñeras, los pañales, el infierno. Hay que tener ganas. No sé en tu caso, pero a las mujeres se les va la olla cuando dan a luz, ya no vuelven a ser nunca las mismas. Tengo un montón de colegas que han pasado de perro malo a perrito faldero, simpático caniche ovillado con una mantita en la espalda y almohadillas en las patas, porque han encontrado a una mujer. Es incomprensible. Solo la muerte puede librarte de algo así. Que digan lo que quieran, pero es el mejor típex que existe. Una pareja de amigos míos vivía cerca de Sorel. Tenían un chaval de diecisiete años. Minusválido total. No podía andar, no podía comer, casi no podía hablar. Organizaron su vida alrededor de la de él. Hicieron obras en la casa, reformaron la escalera, pusieron un montacargas, en fin, todo. Le organizaban viajes, lo llevaban a una escuela especializada, le buscaban amigos, todo lo que quieras, no hubo nada que no hicieran. Un día, volviendo a casa, tuvieron un accidente. No fue culpa suya, un camión perdió el control, no conozco los detalles, pero el chaval murió en el acto. Ellos salieron ilesos. Ni un rasguño. ¡Nada! Lloraron, organizaron un bonito entierro, un montón de gente asistió para decir lo guapo que era y lo listo que era y lo inteligente que era y lo valiente que era y que hay que ver, qué terrible, ¡tanto aguante para esto! Dijeron todo lo que puedas imaginarte, pero luego se fue todo el mundo y ellos se quedaron solos, sin nadie de quien ocuparse. Recuperaron su vida, vendieron la casa, dieron la vuelta al mundo en moto, volvieron a salir, a beber y a disfrutar. Se había acabado el problema. Quiero decir: claro que el chaval está muerto y es triste, y llorarán todos los años el día de su aniversario, pero al mismo tiempo se han «deshecho» del problema. Eso es lo que queda, ¿entiendes lo que quiero decir? ¿Tú no sientes que te has «deshecho» un poco del problema?
—No puedo saberlo, todo eso no ha ocurrido.
—A eso me refiero: te has librado.
Desde mi escondrijo, a menudo oigo hablar a los humanos. También oigo cómo se callan. Su silencio no siempre tiene la misma textura. Hay silencios pesados y silencios vacíos. El suyo estaba lleno de pensamientos.
—¿A qué nos aferramos? —ha preguntado.
—¿Qué quieres decir?
—¿A qué decidimos aferrarnos? ¿Y por qué? No tenemos ni idea. El niño se aferra a un trozo de tela. No es nada, pero se aferra. Duerme con él, sale con él. Se aferra a él. Un trozo de tela, un mechón de pelo, una piel. Una mujer. Unos ojos. Una mirada. Una mujer con unas palabras y una manera de juntar esas palabras. Una manera de callar y de dudar, de andar y de besar. Crees que te has acostumbrado a la belleza de su rostro y, de pronto, varios años después, te sorprende al llegar a casa. Un perfil a contraluz reflejado en el espejo y todo resurge como en el primer instante, cuando la viste por primera vez y el corazón te dio un vuelco y se puso a latir con todas sus fuerzas y tú ya no querías que la vida fuese distinta a como era en aquel momento. A qué te aferras y a qué decides aferrarte y qué pierdes en la fracción de segundo en que lo pierdes. Yo la quería. Era una mujer libre, brillante. Era guapa, era divertida. La quería. No sé por qué ya no siento nada. La muerte de Janice me afecta más. Janice, Léonie, trozos de tela ajados, desgarrados. Ya no sé qué significa «aferrarse a alguien». Yo me aferraba a ella. A menudo decía que si un día nos separábamos, yo no sobreviviría. ¿Tú te has aferrado alguna vez a alguien?
—¿Tiempo atrás?
—Sí, tiempo atrás.
—A lo mejor me pasó, pero ya no me acuerdo.
—Y ahora, ¿te aferras a alguien?
—A mi perro.
Han dejado de hablar. Habían terminado de comer. Algo llegaba a su fin.
—¿Por qué le pusiste Motherfucker?
—Es el nombre que se le da a un motero cuando se le respeta.
—Motherfucker. Me parece que no le gusto mucho a Motherfucker.
—Es verdad. Pero a mí tampoco me gustas demasiado. No te muevas, ahora vuelvo.
Me han entrado ganas de salir de mi refugio para poder observarlo, pero la perspectiva de poner en peligro a toda mi tribu me ha helado la sangre. Me he dominado. La mujer ha vuelto a acercarse. Ha recogido los platos, los cubiertos y los vasos.
—¿Café, té, postre?
—No, gracias.
Se ha vuelto a ir. Él se ha quedado solo. Podía oír cómo se concentraba en sus pensamientos. Notaba la vibración y la intensa energía que desprendían. Apenas podía percibir el sonido de su respiración. No se ha movido, rígido como una piedra, hasta que ha vuelto su compañero y se ha sentado frente a él.
—OK. ¿Ha venido alguien?
—La camarera.
—¿Nadie más?
—No.
—¿Y los dos policías del fondo no te han mirado?
—No lo sé, ni siquiera me había fijado en ellos.
—¿No los has visto entrar?
—No.
—¿Todavía están? No los veo.
—Están abriendo la puerta. Acaban de salir.
—¿Los ves?
—Sí. Están subiendo al coche.
—Avísame cuando arranquen.
—Ya se han ido.
El otro se ha levantado.
—¡OK! Te dejo el cash, ve a pagar, nos vemos fuera. Voy a buscar el camión y te recojo en la puerta, solo tendrás que subir.
Se ha vuelto a quedar solo. He oído cómo se levantaba. Ha cogido el abrigo y se lo ha puesto. He oído cómo colocaba la silla en su sitio. Entonces he perdido la cabeza. He dado un paso al frente y he salido de mi escondrijo. He permanecido en la oscuridad, agazapada entre el zócalo y la pata de la mesa. He soltado un gañido apenas audible. Me ha oído. Se ha dado la vuelta. Ha buscado, se ha inclinado, me ha visto. Se ha puesto en cuclillas, me ha mirado, yo lo he mirado a él, he gañido, me ha tendido una mano y ha dicho ¡Yo también! ¡Yo también! ¡Enterrado, enterrado y solo!, y se ha puesto a sollozar. Conmovida por su amistad, por su profundo afecto, gratuito y generoso, no he podido ofrecerle nada a cambio. ¿Cómo estar a la altura de un regalo así, que me demostraba lo que tiene de sublime el simple gesto de tenderle una mano al prójimo? Se ha puesto de pie y he visto cómo se alejaba. No me he entretenido. Me he colado entre la pared y el radiador. Me he inmovilizado. He recuperado el aliento y la atención. No todos los humanos son trampas, no todos son veneno, quiero decir con esto que no todos son humanos, algunos no han sido infectados por la gangrena.