Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Canis lupus familiaris terra americana Staffordshire

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Canis lupus familiaris terra americana Staffordshire

Nos ponemos en marcha. Nada de dormir. Oigo cómo laten nuestros corazones, oigo la suma de los latidos, inaudita taquicardia al ritmo acelerado del camión, directos hacia la catástrofe. Me mantengo alerta. El peligro es inminente. Lo noto. Mi amo está nervioso. Tiene los intestinos llenos de excrementos. Percibo el olor a amoniaco mezclado con el sudor. Baja la ventanilla de su lado y tira el cigarrillo consumido. Entra un viento helado. El frío gana. Se disuelve el sudor de mi amo, se congela sobre su piel y se reseca. Enciende otro cigarrillo antes de subir la ventanilla. Acelera. Construye frases incomprensibles y las suelta a intervalos regulares en mitad del silencio.

«Espero que el camión no nos vaya a dejar.»

«La carretera está chunga de la hostia.»

«Rooney no debe estar a punto de llegar.»

Él no parece oír la voz de mi amo. Bajo la pálida luz primaveral, su rostro es de mármol. Las venas afloran a la superficie de su piel. El sistema venoso, de un azul lechoso, irriga su cuerpo y asegura su supervivencia. Está vivo, pero yo no quiero que me toque, no quiero que me dé ninguna muestra de amistad, quiero que se disuelva, que su materia se fraccione. No obstante, es claramente un humano, y nada me es tan caro como los humanos, pero este es un mentiroso. Percibo demasiado bien el pánico del niño encerrado en su interior como para dejarme engañar por su cara. Dirige los ojos hacia mi amo. Le pregunta:

—¿Cómo va a ser la cosa?

—No lo sé. En Cornwall tendremos que llamar a Coach. Él nos dirá cómo cruzar la frontera.

—¿Hay que cruzar la frontera?

—Sí.

—Creía que la reserva estaba en Quebec.

—Una parte. Hay otra en Ontario y otra en el estado de Nueva York. La reserva es una isla partida en tres.

—¿Y nosotros adónde vamos?

—A un pueblo llamado Saint-Régis.

—¿En qué parte está?

—En la de Quebec.

—¿Y hay que cruzar la frontera?

—Sí. Primero hay que pasar por el puente de Cornwall, cruzar la frontera americana y luego volver a cruzar la canadiense para entrar de nuevo en Quebec y llegar hasta el pueblo de Saint-Régis, que está en la otra punta de la isla. Es la única vía de acceso oficial.

Me da asco la transparencia de su piel. Me resulta odiosa la cualidad rojiza de su cuello, atrozmente erizado, que me hace pensar en los cadáveres desmembrados y desplumados de las aves de corral. Cuando habla, puedo oír cómo el plástico pegajoso de su saliva envuelve cada sonido de cada palabra y cada palabra de cada frase y es un suplicio para quien tiene oídos como los míos. Noto cómo me vienen unas ganas irreprimibles de abalanzarme sobre su boca, de arrancarla y no dejar más que un enorme agujero, vacío y silencioso, en mitad de su cara. Me pongo a gruñir. Motherfucker!!, me grita mi amo y yo intento contenerme, pero la oleada es poderosa y mi voluntad no puede hacer nada. Me pongo de pie. Calm down, Motherfucker!! Ladro. Calm down!! La exhortación me deja indiferente. Gruño, me vuelvo hacia el hombre y le enseño los colmillos. Su cuerpo empieza a exhalar ese vaho verdusco, salpicado de terror, propio de las criaturas sin fuerza y sin coraje. Tiene miedo. Eso me saca de mis casillas. Mi amo grita Motherfucker!! Sit you fuckin bastard!! Mi amo está sujeto al movimiento del camión, atado al volante que tiene entre las manos. Motherfucker, no!! No lo obedezco. Las palabras de los humanos no son la sangre de las bestias. ¡Detén a tu perro!, grita el hombre, y me abalanzo sobre él. ¡Quiero separar su cuerpo de su cabeza! Busco su garganta, la abyecta caverna de su voz. Se acurruca y se protege la cara con las manos. Le muerdo el puño y tiro con todas mis fuerzas. La saliva sale a raudales por mi boca. Se oyen gritos. Sacudo la cabeza. Con toda la fuerza de mi cuello. Algo se desgarra, tiro más aún, pero las reducidas dimensiones de la cabina del camión me impiden encontrar un punto de apoyo. Resbalo, me caigo, vuelvo a subir al asiento sin dejar de apretar los dientes. En la boca solo tengo jirones de tela. Tenso los músculos, me doy un nuevo impulso, embisto contra su cabeza, busco sus orejas. Tropiezo con sus rodillas levantadas. Atrapo una mano, la quita, me da un puñetazo, me abalanzo otra vez. Intento morderle el sexo, arrancarle los testículos, vaciarle el bajo vientre. Levanta las piernas. Le muerdo en el muslo. Aúlla. Esta vez noto cómo la sangre me inunda la boca, caliente, hirviente, noto cómo los colmillos se hunden en la carne. Lo odio. Lo tengo. Cierro la mandíbula. Ya nada podrá hacer que lo suelte. Me dispongo a arrancarlo todo. Pero una mano de mi amo me agarra de las narices y la otra me retuerce los testículos. El dolor es inaudito. Let him go!! Let go!! Now!! Obedezco, aflojo el mordisco, gruño y suelto un profundo gemido. El camión está parado en el arcén de la autopista. Los coches pasan a toda velocidad. La puerta está abierta. Sin soltarme, mi amo me saca al exterior. Estoy sobre la grava y ya sé lo que me espera. Agacho la cabeza, tengo los ojos llenos de sangre, demuestro mi sometimiento, gruño en señal de desamparo. Pero no es suficiente. Fucking asshole!! Su pie se hunde en mi vientre, su puño se estrella contra mi cráneo. El dolor no es nada comparado con la pena. Que me pegue, que me haga daño, que me insulte, pero que no me abandone. ¿Qué puedo hacer? Me tiro al suelo, me aplasto contra la tierra y suplico porque aún quiera algo de mí. Grita, pero no lo oigo, chilla, pero no lo escucho; gimo y tiemblo. Quiero quedarme a su lado, no quiero que me separen de él, no quiero.

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