Nadia

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ANTES de trasladarse a Hai Bunab, Ahmed vivía con su madre y sus hermanos en Benramdán, un pueblecito perdido de Mitiya. Pero su familia es oriunda de Kef Lajdar, en las montañas del Adas Telliano que dominan la ciudad de Medea. Fue allí donde pasó toda su infancia. Según él, su madre y su padre también habían estado enamorados. Pero su padre tenía debilidad por las mujeres, sobre todo por las casadas. En el pueblo su reputación era muy mala, y por eso sus hermanos no le querían. Le consideraban la oveja negra de la familia. Tenía líos con mujeres de varios pueblos. En una ocasión, uno de los maridos engañados, que además era amigo suyo, decidió matarle. Le invitó a comer y puso veneno en su plato. El padre de Ahmed murió días después en medio de atroces sufrimientos. Al ver sus contorsiones, los hermanos pensaron que sólo era dolor de estómago. No sospecharon que le habían envenenado. Dejaron pasar varios días antes de alarmarse. Sólo cuando vieron que perdía el cabello a mechones le llevaron al hospital. El médico diagnosticó el envenenamiento y les dijo que era demasiado tarde para salvarle. Nadie denunció al envenenador, a pesar de que sus hermanos sospecharon enseguida de quién se trataba. La familia estaba tan avergonzada que prefirió echar tierra sobre el asunto. En esa época la madre de Ahmed estaba embarazada de dos meses, esperaba su cuarto hijo, que tiene mi edad —nacimos el mismo día—. Ahmed era su tercer hijo. Sus cuñados, que no la querían, la mandaron a su casa en cuanto enterraron a su marido y se quedaron con los hijos.

Los tres niños encajaron muy mal la partida de su madre y la muerte de su padre. Se sintieron completamente desamparados. Además, sus tíos y las mujeres de éstos les trataban como esclavos, sin ningún miramiento. Aunque eran unos niños, les hacían trabajar de firme. El mayor sólo tenía ocho años, y Ahmed, el pequeño, tres. Era el más revoltoso y todos los días le pegaban. A pesar de su edad, le mandaban con sus hermanos a guardar las vacas o las ovejas en los prados. Pasaban allí todo el día, sin comer. Por la noche, cuando volvían, tenían que conformarse con los restos, si quedaban. Los tres hermanos no se matricularon nunca en la escuela, mientras que sus primos, que vivían en la misma casa, sí iban. Los tíos decían que no podían mandar a la escuela a todos los niños de la familia. Alguien tenía que quedarse para cuidar el ganado. De todos modos, Ahmed aprendió el alfabeto árabe durante los meses que asistió a la escuela coránica, lo que más adelante le sirvió para leer y escribir. Era tan desdichado que se fugó varias veces. Intentó reunirse con su madre, que había vuelto a Benramdán con sus hermanos. Pero éstos, que tampoco querían sobrinos, avisaban a su abuelo paterno para que fuera a buscarle. Y el abuelo se lo llevaba después de darle una buena tunda, por supuesto. Una vez el abuelo tuvo que esperarle durante dos días, porque Ahmed se escondió en el bosque. Pero el hambre y el frío le obligaron a volver a la casa, creyendo que el abuelo ya se habría marchado. No tuvo más remedio que seguirle… llorando.

Ahmed era un chico avispado. Desde muy pequeño le gustaba el dinero y sabía arreglárselas para ganarlo. De niño les proponía a los ganaderos de la zona cuidarles las ovejas y las vacas, a la vez que las de sus tíos, a cambio de pequeñas cantidades. Con sus hermanos se había fijado una meta: amasar una pequeña fortuna para reunirse con su madre en Benramdán e instalarse con ella fuera de casa de sus tíos. A los 15 años Ahmed se sintió con fuerzas para intentarlo de nuevo. Aunque era el más pequeño, fue él quien animó a sus hermanos a seguirle, y un buen día se presentaron los tres en casa de su madre. Esta vez los tíos maternos, al tener que vérselas con tres muchachotes no se atrevieron a echarles. Además, no llegaban con las manos vacías, sino con unos ahorros que les permitirían mantenerse durante algún tiempo. Uno de los tíos vació un gallinero y les permitió que se instalaran allí provisionalmente.

Los Shaabani (ese era su apellido) eran lo que podríamos llamar una familia de trabajadores. Alentada por la presencia de esos cuatro muchachos —el más joven, que llevaba en el vientre cuando murió su marido, ya era adolescente—, la madre también se puso manos a la obra. Hacía dulces que sus hijos vendían en el mercado de Benramdán. También criaba gallinas ponedoras y vendía los huevos a la gente del pueblo. Los muchachos trabajaron de mozos en el mercado de Bugara[10]. Eran forzudos, y los asentadores apreciaban su resistencia en el trabajo. A base de gastar poco y ahorrar mucho, la familia Shaabani pudo reunir un poco de dinero. Pero no era suficiente para comprar o alquilar una casa y salir del gallinero en el que vivían. Un día la suerte sonrió a Ahmed. Se encontró en la calle una cartera con 30.000 dinares —las malas lenguas decían que la había robado, pero él juraba por todos los santos que se la había encontrado—. Esta cantidad, sumada a la que había ahorrado la familia con su trabajo, les permitió comprar por 150.000 dinares una casa en Hai Bunab muy cerca de la nuestra. En realidad, por ese precio poca cosa podían comprar. La vivienda era espaciosa y con varias habitaciones, pero sólo tenía las paredes y el techo. Las puertas y las ventanas eran simples huecos. Mucha gente compra casas así. En primer lugar porque la escasez de vivienda es tan grande que lo importante es tener un techo, y luego porque esas casas, evidentemente, son más baratas que las terminadas. Sus compradores las van completando después a su gusto.

En Hai Bunab la madre siguió con sus actividades comerciales. Sabía hacer muchas cosas. Alfombras, por ejemplo, para vender. También siguió vendiendo dulces y huevos. Con las ganancias de este pequeño comercio los Shaabani compraron un furgón con el que el mayor de los hermanos abrió una línea de transporte entre Hai Bunab y Baraki. Más adelante reformaron una de las habitaciones de la casa que daba a la calle y abrieron una tienda de alimentación, de la que se hizo cargo el segundo de los hermanos. Luego compraron dos vacas, y la madre se dedicó a producir y vender leche, suero y mantequilla —los productos lácteos fabricados al modo tradicional, muy apreciados por los habitantes de la gran ciudad, son muy caros—. Toda la familia trabajaba, pero el dinero lo guardaba la madre. En cambio, cada vez que compraban algo lo ponían a nombre del hermano mayor. Es una tradición nuestra. Así, poco a poco, se convirtieron en una de las familias más ricas de la aldea. Terminaron de construir su vivienda, la amueblaron y les quedó una casa muy apañada y cómoda. No les faltaba nada. El hermano mayor, Bilal, era muy piadoso, pero egoísta. Nunca estaba satisfecho y lo quería todo para él. No compartía nada con sus hermanos. Como además era el ojito derecho de su madre, ella le daba la razón en todo. Pero no era tan malo como el segundo, Nuredin, que más tarde me hizo mucho daño.

Los dos acabaron decapitados por los «patriotas»[11] y sus cuerpos fueron arrojados a un barranco.

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