Nada

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Tercera parte » 22

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Antes de que Ena se marchase, por fin, a pasar sus vacaciones en una playa del norte, volvimos a salir los tres: ella, Jaime y yo, como en los mejores tiempos de la primavera. Yo me sentía cambiada, sin embargo. Cada día mi cabeza se volvía más débil y me sentía reblandecida, con los ojos húmedos por cualquier cosa. La dicha esta, tan sencilla, de estar tumbada bajo un cielo sin nubes junto a mis amigos, que me parecía perfecta, se me escapaba a veces en una vaguedad de imaginación parecida al sueño. Lejanías azules zumbaban en mi cráneo con ruido de moscardón, haciéndome cerrar los ojos. Entre las ramas de los algarrobos veía yo, al abrir los párpados, el firmamento cálido, cargado de chirridos de pájaros. Parecía que me hubiera muerto siglos atrás y que todo mi cuerpo deshecho en polvo minúsculo estuviera dispersado por mares y montañas amplísimas, tan desparramada, ligera y vaga sensación de mi carne y mis huesos sentía… A veces encontraba los ojos de Ena, inquietos, sobre mi cara.

—¿Cómo es que duermes tanto? Tengo miedo de que estés muy débil.

Esta cariñosa solicitud sobre mi vida se iba a terminar también. Ena debería marcharse al cabo de unos días y ya no volvería a Barcelona, de regreso del veraneo. La familia pensaba trasladarse directamente desde San Sebastián a Madrid. Pensé que cuando empezara el nuevo curso lo haría en la misma soledad espiritual que el año anterior. Pero ahora tenía una carga más grande de recuerdos sobre mis espaldas. Una carga que me agobiaba un poco.

El día en que fui a despedir a Ena me sentí terriblemente deprimida. Ena aparecía, entre el bullicio de la estación, rodeada de hermanos rubios, apremiada por su madre, que parecía poseída por una prisa febril de marcharse. Ella se colgó de mi cuello y me besó muchas veces. Sentí que se me humedecían los ojos. Que aquello era cruel. Ella me dijo al oído:

—Nos veremos muy pronto, Andrea. Confía en mí.

Creí entender que volvería al poco tiempo a Barcelona, casada con Jaime, quizá.

Cuando el tren arrancó nos quedamos el padre de Ena y yo en el gran recinto de los ferrocarriles. El padre de Ena, al quedarse repentinamente solo en la ciudad, parecía un poco abrumado. Me invitó a subir a un taxi y pareció un poco desconcertado de mi negativa. Me miraba mucho con su sonrisa bondadosa. Pensé que era una de esas personas que no saben estar solas ni un momento con sus propios pensamientos. Que no tienen pensamientos quizá. Sin embargo, me era extraordinariamente simpático.

Tenía la intención de volver a casa desde la estación, dando un largo rodeo a pesar del calor húmedo y pesado que lo apretaba todo. Empecé a caminar, a caminar… Barcelona se había quedado infinitamente vacía. El calor de julio era espantoso. Atravesé los alrededores del cerrado y solitario mercado del Borne. Las calles estaban manchadas de frutas maduras y de paja. Algunos caballos, sujetos a sus carros, coceaban. Me acordé repentinamente del estudio de Guíxols y entré en la calle de Montcada. El majestuoso patio con su escalera ruinosa de piedra labrada estaba igual que siempre. Un carro volcado conservaba restos de su carga de alfalfa.

—No hay nadie, señorita —me dijo la portera—. El señor Guíxols está fuera. Ya no viene nadie, ni siquiera el señor Iturdiaga, que se ha marchado a Sitges la semana pasada. El señor Pons tampoco está en Barcelona… Pero puedo darle la llave, si gusta subir; el señor Guíxols me ha dado permiso para entregársela a cualquiera…

No había sido mi propósito al llegar hasta allí, siguiendo el hilo de mis recuerdos, el de entrar en el estudio que ya sabía que estaba cerrado. Acepté, sin embargo, la proposición. De pronto se me aparecía como una perspectiva venturosa, aquella de poder estar un rato protegida por la vacía tranquilidad de la casa, por la frescura de sus muros antiguos. El aire cerrado tenía aún un olor tenue a barniz. Detrás de la puerta donde Guíxols acostumbraba a guardar sus provisiones encontré olvidada una pastilla de chocolate. Los cuadros estaban cuidadosamente cubiertos con telas blancas y parecían espectros envueltos en sudarios. Almas del recuerdo de mil conversaciones alegres.

Llegué a la calle de Aribau cuando ya oscurecía. Al salir del estudio había reanudado, durante largo rato, mi desesperanzada caminata por la ciudad.

Al entrar en mi cuarto encontré un olor caliente de ventana cerrada y de lágrimas. Adiviné el bulto de Gloria, tumbada en mi cama y llorando. Cuando se dio cuenta de que entraba alguien se revolvió furiosa. Luego se quedó más tranquila al ver que era yo.

—Estaba durmiendo un poquitín, Andrea —me dijo.

Vi que no se podía encender la luz porque alguien había quitado la bombilla. No sé qué me impulsó a sentarme en el borde de la cama y a tomar una mano de Gloria, húmeda de sudor o de lágrimas, entre las mías.

—¿Por qué estás llorando, Gloria? ¿Crees que no sé que estás llorando?

Como aquel día estaba yo triste, no me parecía ofensiva la tristeza de los demás.

Ella no me contestó al pronto. Después de un rato murmuró:

—¡Tengo miedo, Andrea!

—Pero ¿por qué, mujer?

—Tú antes no le preguntabas nada a nadie, Andrea… Ahora te has vuelto más buena. Yo bien quisiera decirte el miedo que tengo, pero no puedo.

Hubo una pausa.

—No quisiera que Juan se enterase de que he estado llorando. Le diré que he dormido, si me nota los ojos hinchados.

No sé qué latidos amargos tenían las cosas aquella noche, como signos de mal agüero. No me podía dormir, como me sucedía con frecuencia en aquella época en que el cansancio me atormentaba. Antes de decidirme a cerrar los ojos tanteé con torpeza sobre el mármol de la mesilla de noche y encontré un trozo de pan del día anterior. Lo comí ansiosamente. La pobre abuela se olvidaba pocas veces de sus regalitos. Al fin, cuando el sueño logró apoderarse de mí, fue como un estado de coma, casi como una antesala de la muerte última. Mi agotamiento era espantoso. Creo que llevaba alguien mucho rato gritando cuando aquellos gritos terribles pudieron traspasar mis oídos. Quizá fue sólo cuestión de instantes. Recuerdo, sin embargo, que habían entrado a formar parte de mis sueños, antes de hacerme volver a la realidad. Jamás había oído gritar de aquella manera en la casa de la calle de Aribau. Era un chillido lúgubre, de animal enloquecido, el que me hizo sentarme en la cama y luego saltar de ella temblando.

Encontré a la criada, Antonia, tirada en el suelo del recibidor, con las piernas abiertas en una pataleta trágica, enseñando sus negruras interiores, y con las manos engarabitadas sobre los ladrillos. La puerta de la calle estaba abierta de par en par y empezaban a asomarse algunas caras curiosas de los vecinos. Al pronto tuve sólo una visión cómica de la escena, tan aturdida estaba.

Juan, que había acudido medio desnudo, dio una patada a la puerta de la calle para cerrarla en las narices de aquellas personas. Luego empezó a dar bofetones en la cara contraída de la mujer, y pidió a Gloria un jarro de agua fría para echárselo por encima. Al fin, la criada empezó a jadear y a hipar más desahogadamente, como un animal rendido. Pero enseguida, como si esto hubiera sido sólo una tregua, volvió a sus gritos espantosos.

—¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Está muerto!

Y señalaba arriba.

Vi la cara de Juan volverse gris.

—¿Quién? ¿Quién está muerto, estúpida?…

Luego, sin esperar a que ella le contestara, echó a correr hacia la puerta, subiendo, enloquecido, las escaleras.

—Se degolló con la navaja de afeitar —concluyó Antonia.

Y por fin empezó a llorar desesperada, sentada en el suelo. Era un espectáculo inusitado ver lágrimas en su cara. Parecía la figura de una pesadilla.

—Me había avisado que le subiera temprano un vaso de café, que se marchaba de viaje… ¡Me lo avisó esta madrugada!… Y ahora está tirado en el suelo, ensangrentado como una bestia. ¡Ah!, ¡ay!, Trueno, hijito mío, ya no tienes padre…

De toda la casa empezó a oírse algo así como un rumor de lluvia que va creciendo. Luego gritos, avisos. Por la puerta abierta, nosotras, paralizadas, veíamos subir a la gente de los pisos hacia el cuarto de Román.

—Hay que avisar a la policía —gritó un señor grueso, el practicante del tercero, bajando la escalera, muy excitado.

Le oímos las mujeres de la casa, que formábamos un estúpido racimo, temblorosas, sin atrevernos a reaccionar delante de los increíbles acontecimientos. Antonia gritaba aún, y sólo se oía aquella voz entre el compacto y extraño grupo que formábamos Gloria y ella, la abuela y yo.

En un momento determinado sentí que volvía a correr mi sangre y me dirigí a cerrar la puerta. Al volverme vi a la abuelita, por primera vez, dándome cuenta real de su presencia. Parecía encogida, aplastada toda bajo el velo negro que, sin duda, se había puesto para dirigirse a su misa cotidiana. Estaba temblando.

—Él no se suicidó, Andrea…, él se arrepintió antes de morir —me dijo puerilmente.

—Sí, querida, sí…

No le consolaba mi afirmación. Tenía los labios azules. Tartamudeaba para hablar. Los ojos humedecidos no dejaban que sus lágrimas brotaran francamente.

—Yo quiero ir arriba… Quiero ir con mi Román.

A mí me pareció mejor complacerla. Abrí la puerta y la ayudé a subir, peldaño por peldaño, aquella escalera tan conocida. Ni siquiera me daba cuenta de que aún no me había vestido y que sólo una bata cubría mi camisón. No sé de dónde había salido la gente que llenaba la escalera. En el portal se oían las voces de los guardias tratando de contener aquella avalancha. A nosotras nos dejaban pasar mirándonos mucho. Yo sentía despejárseme la cabeza por instantes. A cada escalón me subía una nueva oleada de angustioso miedo y de repugnancia. Las rodillas empezaban su baile nervioso que me dificultaba el andar. Juan bajaba desolado, amarillo. Nos vio de pronto y se paró delante de nosotras.

—¡Mamá! ¡Maldita sea! —no sé por qué la imagen de la abuela había desatado su furia. Le gritaba rabioso—: ¡A casa enseguida!

Levantaba un puño como para pegarle y se levantó un murmullo entre la gente. La abuela no lloraba, pero su barbilla temblaba en un puchero infantil.

—¡Es mi hijo! ¡Es mi niño!… ¡Estoy en mi derecho de subir! Tengo que verle…

Juan se había quedado quieto. Sus ojos se volvían escrutando las caras que le contemplaban con avidez. Un momento pareció indeciso. Al fin cedió bruscamente.

—¡Tú, abajo, sobrina! ¡No se te ha perdido nada a ti! —me dijo.

Luego enlazó a su madre por la cintura y casi arrastrando la ayudó a subir. Oí que la abuela empezaba a llorar, apoyada en el hombro del hijo.

Al entrar en nuestro piso encontré que una multitud de personas se habían acomodado también allí y se esparcían invadiendo todos los rincones y curioseándolo todo, con murmullos compasivos.

Infiltrándome entre aquella gente, empujando a algunos, logré escurrirme hasta el apartado rincón del cuarto de baño. Me refugié allí, y cerré la puerta.

Maquinalmente, sin saber cómo, me encontré metida en la sucia bañera, desnuda como todos los días, dispuesta a recibir el agua de la ducha. En el espejo me encontré reflejada, miserablemente flaca y con los dientes chocándome como si me muriera de frío. La verdad es que era todo tan espantoso que rebasaba mi capacidad de tragedia. Solté la ducha y creo que me entró una risa nerviosa al encontrarme así, como si aquél fuese un día como todos. Un día en que no hubiese sucedido nada. «Ya lo creo que estoy histérica», pensaba mientras el agua caía sobre mí azotándome y refrescándome. Las gotas resbalaban sobre los hombros y el pecho, formaban canales en el vientre, barrían mis piernas. Arriba estaba Román tendido, sangriento, con la cara partida por el rictus de los que mueren condenados. La ducha seguía cayendo sobre mí en frescas cataratas inagotables. Oía cómo el rumor humano aumentaba al otro lado de la puerta, sentía que no me iba a mover nunca de allí. Parecía idiotizada.

Entonces empezaron a dar porrazos en la puerta del cuarto de baño.

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