Mortal

Mortal


Capítulo veintisiete

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Capítulo veintisiete

ROM SE PASEABA CERCA de la orilla del río Lucrine, mirando hacia arriba por segunda vez en los últimos cinco minutos para considerar la posición del pálido brillo de sol sobre un delgado manto de una formación de nubes. Una hora después del mediodía. Inclinó la cabeza, y deseó que se le calmaran los nervios que constantemente se le habían crispado en la última hora. Quizás habían tenido problemas para encontrar el lugar.

Pero no… precisamente ayer Saric había venido aquí con todo su ejército.

Varias posibilidades le estallaron en la mente. Tal vez Saric había reconsiderado e incumplido su palabra. Quizás a Feyn la habían comprometido, aprisionado o, peor aun, matado. ¿Y si los sangrenegras hubieran hallado el campamento mortal en el valle Seyala y estuvieran marchando hacia allá ahora mismo?

Era posible que Feyn hubiera rechazado la idea y se hubiera negado a venir. O conocía una mejor manera de hacer las cosas. O tenía un plan que la llevaría a él por otros medios. Sin duda, ella no se mostraba tan insensible por la misión mortal como parecía.

Rom resguardó sus pensamientos y miró hacia el río donde Javan, uno de los hombres que lo había acompañado, daba de beber a su caballo. Se trataba de uno de los exploradores nómadas más diestros. Telvin, uno de los custodios de Rom, se hallaba sobre su montura en la colina, perfilado contra el cielo. Él sería el primero en ver si alguien se acercaba.

El río no era hondo en sus orillas, las aguas de un torrente más antiguo que había cambiado el curso en el último medio siglo. En el mundo del Orden, se trataba de la misma vía acuática… una que se había desviado de su propio lecho. Pero por las normas nómadas la nueva vía acuática constituía una nueva creación, y como tal también había merecido un nuevo calificativo. Los nómadas lo llamaban Chava, nombre que significaba «vida»: el grito de batalla, proclama, esperanza y propósito para cada mortal. El mapa nómada estaba lleno de tales nombres alterados para valles, praderas y vías acuáticas.

Aquí el nombre estaba bien puesto, pensó Rom. El terreno ofrecía pinos y robles tiernos cerca de las orillas del río, y un pequeño bosquecillo natural de olivos como a diez metros de distancia. Le habían dicho que en el mundo antiguo los árboles significaban paz. Esperaba que significaran lo mismo hoy día.

A través del valle las colinas del este se abrían a las llanuras del sur. Incluso desde aquí Rom podía ver la evidencia del ejército de Saric en la tierra aún revuelta debido a cascos de caballos y pisadas humanas. El informe de Roland en cuanto a la cantidad de los sangrenegras lo había tenido en vela la mitad de la noche. Se había levantado al amanecer aun más consciente de la naturaleza crítica de su reunión con Feyn, la cual, por dudosa que pudiera ser desde el punto de vista de Roland, era la mejor posibilidad ante ellos. Seguramente era de este modo o a través de la guerra.

Miró hacia el sur, exhalando un largo suspiro.

—¿Cuánto tiempo quieres esperar? —preguntó Javan, subiendo el caballo por la orilla, como si Rom estuviera esperando que los muertos se levantaran.

Pero Rom había visto amomiados levantarse antes.

—El tiempo que sea necesario.

—¿Cómo sabemos que no nos han alejado del campamento y ahora mismo lo están…?

—¿Dudas de la habilidad de Roland para defenderlo? —interrumpió bruscamente Rom.

—Nunca —corrigió rápidamente Javan.

—Yo ni siquiera lo pensé.

Pero, la verdad sea dicha, Rom no sabía cuánto tiempo podían esperar. Si ella no estaba aquí en una hora o dos, él tendría que suponer que no iba a venir. ¿Estaba el Creador decidido a ver el exterminio de todos ellos?

Maldijo en voz baja y se dirigió hacia su caballo. Entonces sonó el silbato.

Rom levantó bruscamente la cabeza y vio a Telvin cabalgando a toda velocidad colina abajo y gesticulando hacia el horizonte del sur.

Dos jinetes habían rodeado la colina, ambos vestidos de cuero negro. Uno de ellos montaba un garañón gris. Llegó la pestilencia, débil en medio del viento. Sangrenegras.

El pulso de Rom se estremeció.

Pudo verlos claramente: un hombre, ancho de espaldas, sobre un caballo más grande que el otro. Cabalgando a su lado… Feyn. La inclinación de la barbilla femenina, la trenza negra sobre el hombro, las inconfundibles manos enguantadas sosteniendo las riendas.

Ella había venido. Gracias al Creador, había venido.

—¿Los ves? —preguntó Telvin deteniendo su caballo y desmontando al vuelo.

—Sí. Ponte al lado de Javan. Nada de agresividad de parte de ninguno de ustedes dos.

Rom caminaba de un lado al otro, los brazos cruzados, mientras Feyn y su guardia se abrían paso por el valle aparentemente sin prisa. Ahora él pudo detectar el hedor de un ligero temor. Cautela, de parte del sangrenegra. De algo más… curiosidad. Y otro olor que él no pudo reconocer en absoluto.

Feyn frenó a cincuenta pasos, dejando que su escolta se acercara solo. Javan escupió a un lado, una reacción común entre los nómadas ante la fetidez. Telvin, por su parte, se mantuvo firme, inmóvil.

—Usted tiene un hombre más —advirtió el sangrenegra deteniéndose, asintiendo y examinándolos.

—No sabíamos a cuántos esperar —respondió Rom.

—Haga retroceder a uno de sus hombres.

—Javan. Déjanos solos.

El nómada lo miró. Claramente se creía mejor cualificado para quedarse. Pero, para su crédito, no dijo nada. Aunque miraba fijamente al sangrenegra, se dirigió a su corcel, montó, y giró alrededor. Se uniría a los otros tres exploradores que vigilaban el inevitable indicio de otros sangrenegras que sin duda andaban cerca… Saric no era tonto, y Rom tampoco.

—¿Satisfecho?

—Usted hablará a campo abierto —advirtió el sangrenegra.

—Por supuesto. A solas.

El hombre entrecerró los ojos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Rom.

—Janus —contestó el sangrenegra después de titubear.

—Óyeme, Janus. La soberana ha venido como garantía para un intercambio. Ninguno de nosotros nos perderemos de vista.

Él pareció sopesar la idea, volteó a mirar a Feyn, quien asintió levemente con la cabeza.

Está preocupado por ella…

El guerrero se volvió.

—Ustedes dejarán sus caballos conmigo y permanecerán a este lado de las rocas —expresó mirando hacia el norte, donde el valle comenzaba a estrecharse.

—Dejaré el caballo contigo y con mi hombre, Telvin. Permaneceremos en el valle.

El sangrenegra asintió y espoleó su corcel hacia el montículo donde Telvin sostenía las monturas tanto de él como de Rom. Feyn esperó hasta que su escolta se detuvo y dio media vuelta, a diez pasos de Telvin. Evidentemente satisfecha, hizo caminar poco a poco su caballo hacia adelante.

Las venas oscuras debajo de la piel le trazaban el cuello y las mejillas como débiles garras bajo la difusa luz del día. Unos herméticos ojos lo observaban como estanques llenos de lodo, incapaces de reflejar la luz del sol. Ella no lucía joyas, solo una capa de montar de cuero, túnica y pantalones y botas de cuero.

Feyn puso el pie en el estribo y giró con elegancia de la silla de montar. Su escolta silbó y el caballo se dirigió hacia el montículo, tan bien entrenado como cualquier corcel nómada. Su enemigo parecía más refinado de lo que Rom había imaginado.

El hedor de la muerte, ofensivo como carne rancia, se concentraba en las narices de Rom a medida que Feyn acortaba la distancia entre ellos. Indudablemente, era sangrenegra.

Y sin embargo totalmente majestuosa.

—Me dijeron que estaría el príncipe nómada, Roland —indicó la soberana.

—Un cambio de planes. Solo te pido que me escuches.

—Simplemente resultó ser una maquinación para hacerme venir. ¿Por qué?

—No tienes nada que temer, te lo aseguro.

La mirada de la mujer revoloteó por encima de Rom, revisando rápidamente las colinas al fondo, luego reposó otra vez en él. Comenzó a quitarse los guantes. El grueso anillo de su cargo se veía enorme en sus dedos tan delgados.

—Muy bien, Rom Sebastian. Aquí estamos. Di lo que tengas que decir.

—Gracias, mi señora —enunció él apoyándose en una rodilla e inclinando la cabeza antes de levantar la mirada.

—¿Nos inclinamos en ceremonias, entonces, incluso aquí? —exclamó Feyn observándolo con franca evaluación y un toque de diversión.

El líder de los mortales sonrió levemente y tomó la mano que ella le extendía. Como era la costumbre, le besó el anillo, frío en los labios de él.

—Muestro respeto donde es debido —contestó el hombre.

Me conociste una vez. Te convencí entonces. Permíteme transformar otra vez tu corazón.

—La primera vez que puse la mirada en ti entraste en mi recámara y me secuestraste. Y ahora me besas el anillo —declaró la soberana, retirando la mano—. ¿Te has vuelto un hombre de respeto?

—Siempre fui un hombre de respeto, pero ya sabes eso.

Rom se puso de pie. Durante los nueve años de letargo de Feyn, los hombros y las piernas de Rom se habían endurecido por las horas en la silla de montar, por la cacería y el interminable entrenamiento. Él ya se había notado la ligera aparición de patas de gallo en los bordes de sus ojos y el leve engrosamiento de las cejas.

Pero Feyn estaba tan alta y tan esbelta como había sido una vida antes. Aunque habían pasado nueve años, ella no había envejecido. Podría haber sido la misma mujer que conociera cuando Rom tenía veinticuatro años.

Podría haber sido.

Pero entonces estaban esos ojos. Y las venas oscuras que fluían con nueva sangre.

—No más formalidades. Es evidente que te tomaste muchas molestias para traerme aquí. No perdamos el tiempo.

—Me parece bien —concordó él, y miró a su hombre, que sin duda podía oírlos si decidiera escuchar a pesar de la distancia—. Camina conmigo.

Feyn y Rom caminaron hacia el cañón a paso deliberado, y de pronto él no supo cómo empezar. Ella cortó primero el embarazoso silencio.

—Esta solicitud de una ley para proteger a los mortales siempre fue un engaño.

—No necesariamente, no. Como opción, yo presionaría para que se acepte.

—No tienes intención de entregar al muchacho.

Así de simple. Directo al grano. Pero él sabía que ella lo habría supuesto en el momento en que vio que Roland no había venido, como se le indicó a Saric. Los pudieron haber convencido de que el príncipe nómada traicionaría a Jonathan, pero nunca Rom.

—No.

—Entonces no recurras a la falsedad de entretenerme o de que quieres cortejarme. Di qué es lo que deseas.

Él siguió caminando en silencio, escogiendo con cuidado sus palabras antes de hablar. Era obvio que esto no iba a ser fácil.

—¿Bien?

—Quiero ver concluido lo que iniciamos hace nueve años. Solo tú tienes el poder de hacer eso, Feyn.

—Verlo concluido quizás no incluya a Jonathan como una vez pensaste. A pesar de lo que pudiste haber creído, no estoy en posición de ordenar cualquier cosa que yo desee.

—Eres la soberana.

—¿Aún tan ingenuo, Rom? Envidio tu idealismo, si no estuviera tan equivocado.

—¿Idealismo? Yo lo llamaría destino. Tú sabes lo que ambos hemos sacrificado para llegar a este día —expresó él haciendo a un lado la ansiedad que lo barría como una oleada de tormenta. Así no. Nunca la convencerás de esta manera.

Se detuvieron bajo la sombra de un árbol. Telvin y el sangrenegra se habían movido de sus posiciones, y se hallaban ahora muy lejos del alcance del oído, incluso de un mortal.

Feyn se volvió hacia Rom, con los brazos cruzados. Él debía llevarle otra vez la mente al lugar que esta ocupara hace nueve años, cuando ella saboreó vida por primera vez. De no lograrlo, su objetivo estaría perdido.

—Ya sabes que esto es una estupidez.

Lo que estremeció a Rom fue más el tono inalterable que las palabras de ella. Quizás Roland tenía razón: la esperanza que había puesto en la mujer nacía más de emoción irracional que de lógica razonable. Como ella lo manifestara: estupidez.

Pero no. Debía haber un vestigio de verdadera vida detrás de esos ojos oscuros.

—El Orden ve al Caos como tontería. ¿Concuerda Saric con esto?

—No —contestó ella demasiado pronto, pues él la había agarrado por sorpresa.

—¿Y tú? ¿Crees que el Caos fue una estupidez? ¿Que la vida que una vez experimentaron los humanos fue convenientemente aplastada? ¿Que cualquier clase de vida como esa se debe prohibir hoy día? ¿Es estupidez esto?

—No.

—Y sin embargo, antes de que yo te trajera vida todo eso era estupidez para ti. Por favor, no vuelvas a cometer el mismo error. No soy estúpido.

—No, pero todos nos equivocamos a veces. Traerme engañada solo para hablarme al oído lejos de Saric no solo es idealista, sino estúpido.

Ella lo veía todo a través de eso.

—Veremos —manifestó él.

—Yo ya lo hice.

—¿De veras? —objetó Rom, y miró a Telvin, quien estaba cerca del sangrenegra abajo en el valle, masticando tranquilamente un tallo de hierba—. Dime qué come mi hombre ahora.

Ella le siguió la mirada, pero no respondió.

—Un tallo de hierba. Es evidente que mi vista es mucho mejor que la tuya, como lo es la vista de todos los mortales que han recibido vida a través de la sangre de Jonathan.

—Solo tú dices eso.

—Y tu hombre se está rascando algo en el cuello. ¿Tiene salpullido?

—Veo que tienes buena vista —asintió ella pestañeando—. Igual que un perro.

—¿Me comparas con un animal?

—No. Vamos, Rom, ambos sabemos por qué me trajiste aquí. Pudiste haberme enviado un mensajero para decirme por qué debo renunciar a mi soberanía en favor de Jonathan. No hubiéramos perdido el tiempo. ¿Era tu intención frustrarme?

—Mi intención es usar todos los recursos, excepto la fuerza bruta, para ayudarte a comprender tu destino.

Feyn caminó hacia el tronco del árbol y bajó la mirada hacia el valle. Rom la dejó pensar por algunos minutos y se apoyó en una roca cercana. Tenían tiempo.

—Déjame hablarte de destino, Rom —objetó Feyn, quien no estaba ansiosa por dejar que pasara el tiempo—. Ese destino ya está sobre nosotros. Estoy viva, y soy soberana según toda la ley de sucesión. A no ser que yo dimita, no hay manera de que Jonathan asuma mi cargo. Pero ambos sabemos que si yo fuera a dimitir, Saric me mataría y se convertiría en soberano.

Ella volteó a mirarlo.

—Ese, Rom, es el destino —concluyó—. Y no se puede alterar. No ahora.

—A menos que Saric no te matara. A menos que hallemos una manera de dominarlo.

—Tú no has visto su poder.

—No, pero Roland sí. No subestimes a los nómadas.

—Estás suponiendo que tengo algún interés en dimitir.

—No. Estoy suponiendo que lo harás una vez que recuerdes quién es Jonathan.

—Entonces supones mal. Saric tiene mi lealtad inquebrantable.

—Hoy sí. Óyeme, eso puede cambiar.

—Sinceramente, lo dudo.

—Las dudas se pueden borrar.

Un fuego se extendió por los ojos de Feyn, y Rom no estaba seguro de si se trataba de un desafío o una mirada de diversión. Sea como sea, la mujer estaba inamovible.

—Por favor, Feyn. Solo óyeme.

—¿No lo he hecho?

—No se trata de quién sea soberano o no, Feyn —añadió él levantándose y poniéndose junto a ella—. Jonathan podría gobernar junto a ti. Sí, sería necesario lidiar con Saric, así como con el senado. Deshacer la muerte es una tarea gigantesca, de acuerdo, pero te ruego que consideres lo valiosa que es. El mundo debe ser libre.

—Y vivir como se vivió una vez —manifestó ella, volviendo a apartar la mirada.

—¡Sí! —exclamó Rom, e instintivamente se acercó y le tocó el brazo. Pensó al instante en retirar la mano, pero, al no apartarla Feyn, la dejó—. Al menos podemos concordar en eso como un inicio. Conozco la vida. Tú la has conocido. Si el deber de una soberana no es brindar vida, ¿cuál es entonces?

—Me malinterpretas, Rom —reclamó Feyn, mirándolo—. Yo traeré vida. Pero no renunciaré a mi soberanía.

—Entonces encontremos otra manera de que Jonathan gobierne contigo.

—Aportaré mi vida. La vida que se me concedió. No la de Jonathan. Rom bajó la mano.

—La vida de Saric no es vida. ¡Seguro que puedes ver eso!

—¿No lo es?

—¡Vida, Feyn! Vida, como experimentaste una vez. Con alegría. Esperanza. Amor. Amaste una vez. ¿O lo has olvidado?

—No. No lo he olvidado —concordó ella mientras los tendones del cuello le sobresalían—. Y amo otra vez.

—¿Amas? ¿A quién? ¿A Saric? ¿Puedes llamar amor a una lealtad exigida?

—¿Quién eres tú para dictaminarme lo que es amor? ¿Cómo es eso de amar? Una vez conocí el amor, por una hora muy corta contigo, Rom. Te amé y me rechazaste a causa de Avra. Ni siquiera te podía culpar. Pero incluso entonces supe que una parte de ti me amó en respuesta.

Rom nunca había admitido a alguien sus confusos sentimientos por Feyn. En el momento los había sentido como una traición, como si el amor, una vez dado, existiera solo en cantidad finita y no se pudiera compartir o dar a otra persona. Sin embargo, ¿no había él amado a Triphon como seguramente había amado a Avra? Del mismo modo en que aún amaba a Jonathan, ¿con todo su corazón?

¿Del mismo modo en que aún amaba a Feyn?

—Lo que ahora sientes por Saric no puede ser amor. Así como la sangre de tus venas no es verdadera vida.

—¿No lo es? —declaró ella con las cejas arqueadas—. ¿Eres tan arrogante para no creer que yo sienta esperanza por este reino mío? ¿Por lo que yo podría aportar al mundo? ¿No crees que desee ser recordada con cariño? ¿Tratada con amor? ¿Crees que no siento la más profunda atracción de amor en mis venas en este mismo instante? ¿Quién eres tú para decirlo?

—¡Eso no es más que alquimia! ¡Química en tu sangre!

—¡Todas las emociones son causadas por elementos químicos! ¿Qué es el amor sino la avalancha de endorfinas en el torrente sanguíneo?

Rom se pasó una mano por el cabello y se alejó.

—No es lo mismo.

—¿No lo es?

—¡No! —exclamó volviéndose—. Feyn. Piensa en Jonathan. Mil doscientos mortales han salido de sus venas.

Doce mil han salido de las de Saric.

—¡Jonathan nació con vida en sus venas! No la ingirió, no se la inyectaron ni la alteraron. Nació con ella en la línea de séptimos. Es su destino, no el de Saric, construir un nuevo reino de vida, ¡libre de la esclavitud de la muerte!

—La vida fue quitada debido a la sangre alterada —declaró ella—. ¿Aseguras ahora que no se puede devolver de la misma forma?

—¡Sí! ¡No! Pero la vida de Saric no es vida. Tú sientes… no puedo negarlo. Crees que tienes amor, tal vez amas realmente de alguna manera… no lo sé. ¿Pero no puedes ver que la intención de Saric es esclavizar al mundo? Él no tiene intención de ofrecer libertad a ningún ser… a ti menos que a nadie.

Había tantas cosas que él deseaba decir, todas cuidadosamente ensayadas en una secuencia lógica. Pero en realidad todo se había derrumbado ahora.

—¡Saric está contra toda gota de verdadera vida y libertad de las venas de Jonathan! No solo es un dictador, sino el enemigo de la vida misma. Él reemplazaría un virus que al menos trajo paz, con otro que le dará poder absoluto. Ambos sabemos que Saric intenta matarte y reinar él solo. ¡Al menos debes haber concluido eso!

Feyn lo miró, y él se preparó para recibir su ira. Pero puesto que los ojos de ella se empañaron, lo único que pudo hacer era suavizar el tono.

—Perdóname, no deseo ser insensible. La verdad es que no puedo soportar la idea de que te puedan hacer algún daño. Pero la ley es clara. Si mueres, Saric es soberano. Al traerte a la vida se aseguró su propio ascenso al poder. Solo es cuestión de tiempo que decida que ha llegado el momento de tomar ese poder.

Feyn no replicó con comentarios o argumentos ingeniosos que atentaran contra lo que era demasiado obvio. Una tormenta se le generaba en la mente, y Rom tenía la intención de avivarla.

—Solo deseo proteger tu vida y asegurar el destino de Jonathan. Piensa conmigo. Tú viste el pergamino, la profecía. Creíste en ella. Diste tu vida por ella una vez; por favor, no ofrezcas tu vida para deshacerlo todo.

—Según tú, nunca estuve viva.

—No es cierto. Tuviste vida ese día. Y es a esa parte de ti a la que apelo ahora. Dime, ¿es falsa la vida de Jonathan?

—¿Cómo sabes que no existan muchas maneras de vivir? ¿Cuán egocéntrico, cuán etnocéntrico, debe ser alguien para decir: «La mía es la única manera»?

—¿Quién puede decir que la vida de servidumbre de Saric debe ser la manera correcta de vida? —objetó bruscamente el hombre—. ¡Él te llevará a la muerte con tanta seguridad como que Jonathan te devolverá a la vida!

Rom se colocó frente a ella y le agarró las manos.

—Feyn —indicó, mirándola a los ojos—. Tú y yo estuvimos unidos una vez. Tú creíste en las palabras de Talus, el custodio cuyo relato tradujiste ese día en la pradera. ¿Recuerdas?

—Sí —contestó ella en voz baja.

—Todo lo que tradujiste respecto a la sangre y a Jonathan resultó ser cierto.

La expresión de la soberana era impasible.

—Diste tu vida por ello, Feyn. No eres alguien que toma decisiones precipitadas, por lo que entiendo tu lucha ahora. Fuiste entrenada para pensar de modo estratégico y metódico toda tu vida. Y sin embargo conociste algo diferente.

La soberana no hizo ningún esfuerzo por discutir.

—Si todo hubiera salido como lo planeamos, deberías estar despertando dentro de cuatro días… no delante del rostro de Saric, sino delante del mío y el de Jonathan. Delante de mortales que te veneran por el precio que pagaste por ellos. Si solo supieras cómo he anhelado ese día, cuántas veces lo he imaginado…

Le soltó las manos. Feyn no tenía idea de la cantidad de noches que él había pensado en ella. Las veces que había esperado que el custodio regresara de Bizancio para oír que estaba intacta, protegida en letargo. Las noches que se había entretenido a medias en compañía de las mujeres que Roland le había enviado… noches que invariablemente habían terminado en que lo dejaran por asuntos más interesantes cuando él se mostraba insensible por las insinuaciones de ellas.

Feyn bajó la mirada, pero no antes de que Rom viera lágrimas brotándole en los ojos.

—La manera en que las cosas son ahora… no es como deberían ser, Feyn. Esto no es por lo que trabajamos. Por lo que te sacrificaste. No hiciste todo eso para que te convirtieras en títere de Saric. Lo hiciste porque creíste. Y lo hiciste sabiendo que yo estaría aquí, mientras estuviera vivo, esperándote.

Las lágrimas se deslizaban por los ojos de Feyn y le rodaban por las mejillas. Se las secó con la mano que no llevaba el anillo del cargo, sino solo la sencilla piedra de luna que él recordara de mucho tiempo atrás.

—Y ahora… —balbuceó Rom meneando la cabeza—. Mis manos están atadas. Aparte de una guerra que costará muchísimas vidas y que enviará una ola de temor a través de Europa Mayor, no habrá manera de conseguir que Jonathan obtenga el poder. Tú eres la única que puede componer esto ahora. Por favor, Feyn. Te lo estoy suplicando.

—Tú siempre pareces estar suplicándome, Rom —expresó ella levantando la mirada hacia él.

—Solo porque primero me suplicaron a mí.

—¿Quién?

—¡El destino, cuando la sangre llegó primero a mis manos! Así que ahora te lo ruego.

Ella asintió, ausente, aunque no muy de acuerdo.

—Solo puedo dar lo que ya di, Rom —enunció ella tranquilamente—. Ya he muerto una vez. Ahora que encuentro vida y poder me pides que dimita.

—Escúchame, Feyn. Piensa con cuidado. ¿Puedes decir que ahora sientes lo mismo que ese día conmigo hace nueve años? El día en que el sol ardía en tu pálida piel… ¿recuerdas? Salimos cabalgando en un semental gris de los establos reales en las afueras de la ciudad. Uno exactamente como aquel en el que viniste hasta aquí.

Ella escuchaba, mirando hacia el horizonte.

—Las anémonas estaban florecidas —continuó Rom, bajando aun más la voz—. Te canté un poema, porque lo pediste como un regalo, y te lo di de buena gana… lloraste.

Los labios de Feyn se abrieron, pero no expresó palabra alguna.

—Me pediste que me fuera contigo. Que viviera contigo. Que llevara a Avra si yo quería… reías. Nunca te he visto reír desde entonces. Pero lo hiciste, y estabas hermosa. No eras soberana. Ni de la realeza. Sino una mujer con un corazón que amaba.

Rom se le acercó mientras hablaba, con la fetidez a muerte concentrándosele en la nariz. La fragancia de ella había sido hermosa una vez, un perfume exótico y embriagador, fuerte como el vino abundante. Ahora tenía un olor tan fétido que ningún mortal que no fuera Jonathan podría aguantar estando cerca.

Le tocó la mejilla y ella volvió los ojos hacia él. Oscuros, insondables. Estaba desesperado por hallarla dentro de aquellos ojos.

Los dedos de él se deslizaron por el mentón de la mujer hasta la parte trasera del cuello.

—Dime que recuerdas lo que te digo —pidió.

Rom se dijo que no debía ansiar el sabor de ella. Su olor. ¿Qué mortal había besado alguna vez a un amomiado? Y sin embargo unió los labios a los de ella sin reserva alguna.

No halló dulzura. Se había ido la fragancia del aliento femenino, la humedad de la lengua, dulce contra la de él, los labios de ella, carnosos y suaves a la vez.

El aliento, cuando ella exhaló, resultó fétido en las fosas nasales de Rom. Y aun así le deslizó la mano por el cabello mientras los labios de Feyn se abrían debajo de los de Rom, como en sorpresa ante la reacción de ese cuerpo femenino, solo que ahora se involucraba el corazón.

La boca de ella sabía a podredumbre. Pero esta era Feyn, la mujer que Rom había conocido y amado. No importaba cuán nauseabundo afirmaran sus sentidos que era esta acción suya. Él no estaba allí para tomar, sino para dar. Para ayudarla a recordar.

De pronto, Feyn se apartó, los labios entreabiertos como en estado de shock.

O aturdida por la comprensión.

Cualquier mortal habría tenido el mero pensamiento de que lo que él acababa de hacer era sencillamente repugnante. Pero esto era lo único que a Rom se le ocurrió para volver a atraerla.

—¡Eres demasiado atrevido!

—Perdóname. Pero no me digas que no recuerdas cómo sentiste la vida ese día.

—Eso no importa —objetó ella.

No obstante, la determinación en su tono había sido cortada por la confusión.

—Lo que pides es imposible —agregó, enderezando la espalda—. No soy una niña a la que engañas haciéndole beber sangre como hiciste una vez. Sí. Te amé. Pero ese día pude haber amado a cualquiera que me hiciera sentir de ese modo. A cualquier rostro que estuviera ante mí en ese momento. Incluso como amo el rostro que vi el momento en que salí del letargo.

Saric.

—Seguramente no quieres decir eso.

—Eres muy bueno diciéndome qué puedo y qué no puedo sentir, Rom Sebastian. Dictaminas si de veras vivo o no, y si la vida que traigo es real o falsa. Ya no más.

Rom se alejó, desesperado. No podía permitir que Feyn se le escabullera así no más. Habían llegado demasiado lejos. ¡Había visto cómo brotaban lágrimas de esos ojos!

La enfrentó, preparado.

—Entonces te pido que lo veas. Por mi bien, y el tuyo, velo otra vez.

—¿A quién?

—A Jonathan. El niño por el que diste la vida.

—Lo he visto. Lo llevaste cuando invadiste mi alcoba. Y ahora estás aquí conmigo lejos de la ciudad como hiciste hace muchos años. Esta vez la historia no se repetirá. Te daré el estatuto que quieres, protegiendo a los nómadas, pero es lo único que puedes pedir y esperar recibir de mí.

—Enfrenta en persona a quien estás rechazando. Aquel que sería soberano si se lo permitieras. Quien llevó la vida que ahora hay en mis venas. Por lo menos, mira al Creador de los mortales en contraposición con el mundo que gobiernas. Comprueba si él no es la misma fuente de vida. Habla con él, y luego decide.

—Pides demasiado.

—Solo pido algunas horas de tu tiempo.

Feyn desvió la mirada. Por un momento, el corazón de Rom se paralizó.

—¿Cuándo?

—Mañana por la noche, en nuestra Concurrencia.

—¿Dónde es esta Concurrencia? —preguntó ella después de meditar un rato.

—En nuestro campamento.

Rom estaba seguro de que Roland objetaría. Sin embargo, ¿qué alternativa tenían? Muy poca.

—Solo para ver al muchacho —advirtió Feyn después de lanzarle una larga mirada.

—Sí, por supuesto. Y para ver la vida de los mortales en celebración. Nada más.

—Ya ampliaste tu petición.

—No más —expresó él levantando las manos en rendición poco entusiasta—. Lo juro.

—Me atendré a esa promesa.

Rom exhaló hondo, pensando en el curso de acción que debían tomar. La llevarían con los ojos vendados y la mantendrían en una yurta fuera del campamento, no para la privacidad de ella, sino debido al hedor. Ningún mortal toleraría el olor a muerte dentro del campamento, especialmente en la Concurrencia, aunque en realidad a Rom ya no le importaba cómo esto afectaría la celebración, qué sensibilidades ofendería la presencia de ella, o qué pudiera decir alguien más.

Solo oraba porque el joven no defraudara a la soberana.

Silbó hacia Telvin y el sangrenegra en la distancia.

—Rom…

—No te hará daño ver cómo vivimos. No tienes nada que temer.

—Rom.

—Sí —contestó él mirándola.

—Debes saber algo.

—¿De qué se trata?

Telvin se acercaba trayendo el caballo de Rom, y Janus llevando tanto el suyo como el de Feyn.

—Tengo que regresar en dos días.

Rom sintió que se le arrugaba la frente.

—Desde luego.

Sin embargo, el momento del regreso de Feyn también dependía del curso de acción que tomaran con Saric, lo cual a su vez dependía totalmente de la interacción de Feyn con Jonathan.

—Tengo que regresar en dos días o moriré.

—Tonterías. Saric no te puede alcanzar aquí. No conoce la ubicación del campamento.

—No importa —objetó ella—. Necesito su sangre cada tres días. Dependo de ella.

—¿Qué estás diciendo? —inquirió él, deteniéndose.

—Que no puedo vivir sin él. Saric ha diseñado la sangre en mí de modo que yo requiera más de la suya o que muera. Físicamente. Permanentemente.

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