Lolita

Lolita


Segunda Parte » Capítulo 10

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A veces… Vamos, ¿con qué frecuencia, Bert? ¿Puedes recordar cuatro, cinco o más ocasiones de estas? ¿O es que ningún corazón humano sería capaz de sobrevivir a dos o tres? A veces (nada puedo contestar a esa pregunta), cuando Lolita se disponía fortuitamente a cumplir con sus deberes escolares y chupaba un lápiz y se recostaba de lado, en un sillón, con ambas piernas sobre el brazo, yo olvidaba toda mi contención pedagógica, perdonaba todas nuestras riñas, renegaba de todo mi orgullo masculino y me arrastraba literalmente de rodillas hasta tu sillón, Lolita. Tú me echabas una mirada con un gris signo de interrogación en tus ojos. «Oh, no, no empecemos de nuevo» (incredulidad, exasperación). Pues nunca te dignabas creer que yo pudiera sentir el deseo —sin intenciones específicas— de hundir mi cara en tu falda tableada, amor mío. La fragilidad de tus brazos desnudos… Cómo anhelaba envolver esos brazos, y tus cuatro miembros límpidos, encantadores —un potrillo acurrucado—, y tomar tu cabeza entre mis manos indignas y estirar hacia atrás la piel de tus sienes y besar tus ojos achinados y… «Por favor, déjame en paz, ¿quieres?», decías. «Dios mío, déjame tranquila». Y yo me levantaba del suelo, mientras tú me mirabas crispando el rostro en una imitación deliberada de mi tic nerveux. Pero no importa, no importa, soy un miserable, no importa, sigamos con mi desgraciada historia.

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