Katerina

Katerina


XXXI

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XXXI

En estos campos abiertos no hay secretos. La campesina con la que me había encontrado había difundido el rumor, un rumor que enseguida levantó el vuelo. Ahora se veían paisanos en la parte alta de las colinas, señalándome con el dedo: «Ahí está, el monstruo». Fuerte era mi deseo de arrancar una rama, subir y azotarles. Me temblaban las manos y las sentía llenas de fuerza, y sin embargo mis piernas ya no eran las de antes, ahora estaban hinchadas y me pesaban. Aun así, no me mordí la lengua, y grité: «Malvados, habéis matado a los sacerdotes, y habéis mancillado el altar, y Dios ya no mora entre vosotros».

Esa misma noche, acolché el suelo del templo con paja. Sorprendentemente, este poquito de paja cambió el aspecto de las ruinas, y me senté a rezar salmos durante horas. El cántico me excitó los sentidos, y luego no veía sino visiones de luz.

Entretanto, acabó el verano. Los campos se tiñeron de color marrón, y unas nubes bajas descendieron de las alturas, cubriéndolos. De repente, vi a los judíos de otoño. Los judíos de otoño eran gente solitaria, con grandes maletas en la mano. Solían hacer sus trayectos a pie. Los judíos de otoño, casi todos, eran altos, y podía vérseles apoyados contra un árbol, junto a un manantial, o a veces en las afueras del pueblo, sentados y observando. Los niños les tenían miedo, no sé por qué, y los adultos les echaban, como se echa a un caballo ajeno.

Yo pasaba la mayor parte del día en las ruinas. A veces sentía que mis años más lejanos estaban ahora cerca, y oía la voz de mi madre: «¿Dónde estás? ¿Por qué no llevas el ganado a pastar? Ya es tarde». A veces no oía nada, solo veía: a mi madre en el establo y a mi padre junto a la valla, dando tragos a una botella. Una sonrisa fría y disoluta le cubría el rostro, y no lejos de él estaban sus dos hijos bastardos, iguales a cuando se me habían aparecido en aquella ocasión, muy juntos en una carretita, como convictos que vuelven a la cárcel después de la jornada de trabajo.

Ahora el otoño se iba haciendo más transparente, y supe que ya no quedaban judíos en el mundo, y que solo en mí habían encontrado refugio por un instante. Esa certeza me llenó de un miedo repentino, y salí. Por el camino de arriba pasaba una carreta llena de heno. En el momento en que me vieron, los campesinos levantaron los brazos y gritaron: «Ahí está el monstruo». Tenía las manos llenas de energía otra vez y levanté la voz, gritando: «Perros malvados. Entre vosotros hubo sacerdotes ancianos, que preservaban la fe, que coloreaban este cielo con sus días de fiesta, comerciantes que llevaban fragancias preciosas en sus maletas. Esos seres, los torturados descendientes de Jesús, andaban por aquí recordando a todo el mundo que existe una vida verdadera. Los odiábamos… con un odio sin final. Les robábamos en cuanto teníamos ocasión. Les mordíamos, les pegábamos. Cómo nos gustaba maltratarles. Y, en invierno, salíamos a cazarles. Y así hicimos durante años, año tras año, con un odio sin final. Ahora les hemos asesinado. Los hemos asesinado a todos, pero debéis saber que nadie de este pueblo puede decir que no ha vertido esa sangre».

Vagaba a lo largo del río durante horas. Cuando llovía, me refugiaba en las ruinas. Había casas judías a las que habían despojado de todo, pero para mí sus ruinas eran como templos. Conocía hasta el último rincón. A veces encontraba un candelabro o un cáliz, objetos sacramentales, que me traían a la mente el recuerdo de los días de fiesta, de Pésaj y de Shavuot.

Y así caminaba, de ruina en ruina. La desnudez yacía expuesta hasta el tuétano de los huesos. Pero justo ahí, entre aquellos restos erectos, se me revelaron los judíos como nunca los había visto antes: como los servidores ocultos de Dios.

Solo aquí me atreví a pedir que me dejaran unirme a esa tribu oculta. Aceptadme, pedí. No sabía si merecería que me concedieran esa gracia. No tenía a nadie en el mundo más que a vosotros. No pedía ningún favor especial, ni para aquí ni para el reino de la verdad, solo vuestra proximidad. Desde que os conocí os he amado. Os amo como sois. No me molesta ninguno de vuestros gestos, ninguno de vuestros movimientos. Amo vuestro caminar como es, sin cambiar nada. Puedo cocinar, coser, limpiar el patio, traer la compra del mercado. Ya no soy joven, pero puedo hacer todo ese trabajo. Ya me conocéis.

Tiempo después, llegaron los días fríos, y lloré mucho. Los niños subían a las colinas y gritaban: «¡Ahí está el monstruo!». Mi deseo de perseguirlos era feroz, pero sabía que las piernas no me llevarían.

Un día, a última hora de la tarde, mientras estaba aún sentada recitando salmos, vi a un joven espiándome a través de la ventana. No dudé, y con un solo movimiento del brazo le agarré y le dije: «¿Qué te pasa, mal bicho?». Tenía el rostro pequeño, como el de un pastor, y la inocencia le cubría los labios.

—No tengo la culpa de nada —dijo, agitándose entre mis manos.

—¿Por qué gritaste «monstruo»?

—Todo el mundo lo estaba gritando.

—De ahora en adelante, mejor que yo no oiga esa palabra —dije, arrojándole fuera.

El chico se quedó un instante en el sitio, sorprendido de haberse escapado con tan liviano castigo. Aquella semana, llegaron las fieras lluvias del otoño.

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