Illuminati

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Prólogo a la edición española

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Prólogo a la edición española

El historiador Richard Hofstadter, en su ensayo El Estilo Paranoico en la Política Americana, argumenta que muchos de sus colegas «imaginan muy a menudo la existencia de una vasta o gigantesca conspiración como la fuerza motivadora de fondo en los acontecimientos históricos. ¡La realidad es que la historia misma es una conspiración!».

Durante muchos años, la teoría de la conspiración ha sido sistemáticamente despreciada por gran parte de los historiadores norteamericanos de cierta relevancia y, desde luego, por la práctica totalidad de los europeos. Para estas mentes analíticas y eruditas, la existencia de uno o varios grupos de seres humanos empeñados en trabajar en la sombra, durante largos períodos de tiempo y siguiendo planes cuidadosamente trazados, para hacerse con el poder es poco menos que un argumento de una novela fantástica o de una serie televisiva de entretenimiento. Por supuesto, la primera labor de cualquier conspiración es convencer al resto de la sociedad de que no existe conspiración alguna.

El caso es que, con su actitud, contagiaron a la mayoría de la sociedad persuadiéndola de que los villanos de película que pretenden convertirse en una especie de reyes del planeta (sin explicar nunca para qué) eran simple fruto de la imaginación de guionistas y escritores. Además, siempre quedaría en alguna parte el agente 007 o el Indiana Jones de turno para desbaratar sus planes. Conspiración no es una palabra políticamente correcta, sobre todo en España, donde hasta hace poco se asociaba a la coletilla judeomasónica, tan utilizada durante el franquismo.

Sin embargo, los brutales atentados del 11 de septiembre de 2001 y del 11 de marzo de 2004 han conmocionado muchas conciencias, porque, pese a las investigaciones políticas, judiciales y periodísticas, quedan demasiados puntos oscuros. Los ciudadanos de todo el mundo han podido comprobar que las redes conspiratorias son mucho más sucias, complejas e inquietantes de lo que creían. Y que al frente de las mismas no hay un Señor del Mal, tirando de todos los hilos, sino que las responsabilidades se difuminan, se pierden, se deshacen en una maraña de datos y apuntes contradictorios que parece sugerir la existencia de grupos más o menos amplios de conjurados.

Internet, el único medio de comunicación del planeta donde todavía cualquier persona puede publicar lo que desee, se ha convertido en los últimos tiempos en un hervidero de opiniones, informaciones y desinformaciones que demuestra la cada vez mayor desconfianza del ciudadano común en las instituciones oficiales, así como su creciente interés por conocer qué hay de cierto detrás de las teorías conspiratorias. En un reciente artículo, el historiador británico Timothy Garton Ash narraba su experiencia en California durante la última convención demócrata, que dio el espaldarazo a la candidatura de John F. Kerry como aspirante a la presidencia en las elecciones de 2004 en Estados Unidos. Garton Ash confirmaba que la cultura de la sospecha ha echado raíces en ese país, cada día más militarizado: «El ejército es con mucho la institución en la que más confían los estadounidenses; cuatro de cada cinco ciudadanos dicen confiar en los militares frente a sólo uno de cada cinco que confía en el Congreso. En la campaña presidencial predominan las imágenes de guerra. Es como si Bush y Kerry se presentaran, sobre todo, para el cargo de comandante en jefe». El mismo se dejó llevar por cierta alarma «al ver lo fáciles de manipular que eran mis propias emociones, porque la convención demócrata estaba dirigida como una película de Hollywood». Lo cierto es que el conocido director de cine Steven Spielberg contribuyó al rodaje del documental de presentación de Kerry. Quizá, precisamente, esa sensación de verse manipulado esté en la raíz de la desconfianza de los norteamericanos hacia sus instituciones y de su propensión a la búsqueda de conspiraciones.

Y si es verdad que existe un grupo de personas confabuladas para dominar el mundo, ¿quiénes son, exactamente? Según a quién se la hagamos, obtendremos respuestas diferentes a esta pregunta. Algunas de ellas de lo más pintoresco, como las que achacan la conjura a distintos grupos, desde los judíos hasta los neonazis pasando por la CIA, el Vaticano, la Mafia, la ONU, la masonería, las multinacionales y hasta los extraterrestres. Sin embargo, muchas de las investigaciones más serias llevadas a cabo en Estados Unidos durante los últimos años han hecho tomar cuerpo a una teoría específica que acaba señalando siempre en la misma dirección: los Illuminati.

Los Illuminati o Iluminados de Baviera, dirigidos por Adam Weishaupt, nacieron como sociedad secreta a finales del siglo XVIII en Ingolstadt, al sur de Alemania y, oficialmente, no sobrevivieron a ese siglo como grupo organizado. Como veremos, un grupo cada vez mayor de estudiosos disiente y recuerda que los principales líderes de los Illuminati nunca fueron detenidos. Creen que desde entonces siguieron maquinando en la sombra y cedieron el testigo a sus sucesores, que operaron a través de organizaciones similares con nuevos nombres. El canadiense William Guy Carr, autor del clásico La niebla roja sobre América, resume así los planes de los Illuminati: la destrucción del mundo tal y como hoy lo entendemos, aniquilando la cultura occidental y el cristianismo, así como las naciones clásicas. A cambio, apoyarían la fundación de un gobierno planetario que instauraría un culto mundial a Lucifer y reinaría sobre una masa homogénea de seres humanos desprovistos de cualquier diferencia de raza, cultura, nacionalidad o religión, y cuya única función sería trabajar esclavizados al servicio de sus amos. Para forzar el éxito definitivo, los Illuminati se habrían infiltrado en sociedades internacionales, partidos políticos, logias masónicas, bancos y grandes empresas, religiones organizadas… impulsando desde estas instancias todo tipo de movimientos subversivos, crisis financieras y políticas, guerras y conflictos hasta crear una inestabilidad mundial insoportable. En ese momento, «cuando las masas, desesperadas por el caos que las rodea, busquen a alguien que las saque del estupor, los Illuminati presentarán a su rey, que será aclamado por todos en todas partes y se hará así con el poder».

El propio Carr reconoce que cualquiera que oiga semejante argumento por primera vez puede pensar que su fantasía no tiene límites. En una sociedad cada vez más materialista y escéptica como la occidental, donde para muchas personas palabras como ángeles, demonios, Dios o Lucifer suenan a ajadas supersticiones propias de la Edad Media, es un error habitual pensar que lo que no concebimos o que nos parece irracional será también inconcebible e irracional para otros.

Si una conspiración como la de los Illuminati fuera cierta, suele argumentarse, se sabría de alguna forma y alguien habría tomado medidas al respecto. Lo más notable del caso es que se sabe, y desde hace mucho, pero el ser humano tiene muy mala memoria. Sus planes se hicieron públicos en el siglo XVIII (por ello se les persiguió ya entonces) y la mayor parte de los datos que aparecen en este libro ya han sido publicados antes. Pero no se ha tratado de relacionarlos entre sí, de encajar las piezas unas con otras, debido, según algunos, a los múltiples entretenimientos que distribuyen los agentes Illuminati en forma de fútbol, programas de telebasura, revistas del corazón, juegos informáticos, etcétera, que absorben el tiempo y la mente de los ciudadanos. ¡Si hasta se permiten el lujo de parodiarse a sí mismos apareciendo como los villanos en películas como Tomb Raider, la primera adaptación al cine del personaje de video juegos Lara Croft!

En las páginas siguientes trataré de organizar y exponer toda esa información, describiendo los últimos e intensos trescientos años de la historia de la humanidad como posiblemente nadie la contó nunca. Veremos cómo se repiten las «casualidades», cómo el mes de mayo aparece una y otra vez en distintos hechos históricos, cómo ciertos grupos de poder de distintas partes del mundo comparten los mismos e inesperados socios, cómo lo que formalmente no tiene ninguna explicación la adquiere en cuanto se cambia de lugar el foco que ilumina los hechos. Veremos entrar y salir constantemente de escena a los Illuminati y a sus asociados.

Y hablando de casualidades, recientemente la revista española Época publicaba su número 1015, ilustrado en portada con una fotografía de un envejecido Henry Kissinger bajo un sorprendente titular: «El club Bilderberg. Los amos del mundo». En el interior se incluía un reportaje sobre la última conferencia anual de este exclusivo club, uno de los más influyentes y poderosos del planeta, del cual hablaremos también en este libro. Es uno de los escasísimos reportajes de este tipo que han aparecido en un medio de comunicación, una circunstancia curiosa teniendo en cuenta que los bilderbergers incluyen entre sus filas a los más importantes ejecutivos y directores de prensa y medios audiovisuales de todo el mundo. Por cierto, esa conferencia se organizó el mes de junio de 2004 en Stresa, Italia. Pocas semanas después se producía una grave crisis del petróleo que afectaba a toda la economía mundial y que, según los propios expertos de la OPEP, «no tiene ningún sentido ni base racional». Se han buscado explicaciones en la guerra de Irak o en el aumento de consumo de potencias emergentes como China y la India, pero ninguna de ellas ha resultado satisfactoria.

¿Casualidad?

PAUL H. KOCH

Finales de agosto de 2004, Oberhausen, Viena

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