Igor

Igor


Capítulo diez

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Capítulo diez

Pasó por el Starbucks de la esquina para comprar un vaso grande de buen café; lo único que anhelaba a primera hora de la mañana era obtener una buena dosis de cafeína que la mantuviera con los ojos abiertos. Más tarde tal vez se sentiría capaz de lidiar con el café acuoso que preparaba Jordan en la máquina que estaba en la oficina.

Salió de la cafetería y se tocó la sien; sentía punzadas en la cabeza y por detrás de los ojos, ya que había dormido poco y nada después de que regresó a su casa tras abandonar el hotel.

Increíblemente, no había conseguido ni por un instante dejar de pensar en Grayson, ya que se había pasado el resto de la noche repasando una y otra vez cada momento que habían compartido. Tampoco había podido dejar de considerar lo magnífico que había sido el sexo con él. Incluso, aunque no quería aceptarlo, sabía que nunca había sentido una atracción tan instantánea ni una excitación tan profunda en toda su vida por otro hombre; todo lo que habían hecho, por más que habían sido tres veces las que habían tenido sexo, le sabía a poco… pero no porque hubiera sido poco, Grayson era un amante extraordinario, sino porque quería más de todo eso.

Por más que lo intentara, no podía obviar que quería más de Grayson; sin embargo, era plenamente consciente de que no era posible, ya que el problema radicaba en que él no debía enterarse jamás de que ella era la hermana de Arya, la persona que lo traicionó. No quería que la odiase; prefería que a él le quedara un buen recuerdo de la noche que habían pasado revolcándose en la cama del Sheraton.

Cerró levemente los ojos y luego se colocó sus Ray-Ban espejadas mientras sorbía de su humeante café sin dejar de caminar. Sus recuerdos volaron al día en que él descubrió el cebo que su hermana le había puesto; incluso rememoró la humillación que él tuvo que soportar por parte de su padre, y la forma despectiva en que toda su familia lo había tratado.

Agitó la cabeza y volvió a sorber de su café al tiempo que llegó al estudio de fotografía y entró.

* * *

«¿En qué mierda me he convertido?», se preguntó desde la esquina cuando la vio llegar. Iba vestido con un conjunto de chándal negro y llevaba puesta la capucha, que ocultaba parcialmente su rostro; incluso, cuando vio que ella se acercaba, se escondió tras un automóvil que estaba aparcado en el bordillo.

El caso es que, tras culminar su rutina de ejercicios en las máquinas del gimnasio de su casa, Grayson salió a correr para cubrir los kilómetros que a diario recorría para su entrenamiento, y había terminado allí, merodeando en su lugar de trabajo, como si él fuera un acosador.

Jamás había actuado de esa manera con ninguna otra mujer.

La villa italiana donde vivía estaba a menos de un kilómetro de distancia del estudio fotográfico de Emerson, así que, sin pensárselo dos veces, para no dar lugar al arrepentimiento, había salido en esa dirección.

Cuando llegó, se cuestionó seriamente lo que estaba haciendo, pero resolvió que no le importaba. Se había pasado el resto de la noche pensando en esa chica, y su atracción por ella se hizo cada segundo más insoportable que antes de haberla hecho suya. Sentía su cuerpo en llamas, con la sensación única de estar aún dentro de ella, drenando todo su placer.

«Esto es diferente… y me asusta», se dijo mentalmente.

Tocó los pendientes que llevaba en el bolsillo del chándal y empezó a andar en dirección al estudio.

Contarle que había salido a correr para entrenar parecía casi perfecto y no sonaba como una excusa, aunque él supiera que sí lo era.

La puerta se abrió, sin darle oportunidad de llamar.

—¿En qué puedo ayudarte? —le preguntó el hombre que salía de allí.

—Busco a Emerson.

—¿Se puede saber quién la busca, y para qué?

—Me llamo Grayson, y necesito hablar con ella. Es… por algo personal.

* * *

—Tienes un aspecto terrible, tus ojeras llegan hasta el suelo. Es evidente que no has pegado un ojo en toda la noche —le dijo Cristiano, apoyándose con las manos en su escritorio, mientras ella dejaba su

bolso y se sentaba tras la mesa.

—Estás en lo cierto, Cris —le contestó, dispuesta a soportar el interrogatorio que se avecinaba, segura de que, hasta que no se lo contase todo con todo lujo de detalles, él no la dejaría en paz—, pero no por lo que te estás imaginando. Antes de las dos de la mañana estaba metida en mi cama.

—¿Quééééé? No me digas que el fortachón resultó ser una gran decepción.

—No, no lo fue. Es sólo que me fui antes de que la noche terminara.

—Pero… ¿lo hicisteis o no?

—Sí, lo hicimos, tres veces, y fue… glorioso cada vez. Y créeme que, de haberme quedado, seguramente lo habríamos hecho muchas veces más, pero me fui mientras él dormía.

—Cobarde, huiste de él entre las sombras. Tú no eres así, Emerson. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te perdiste la oportunidad de disfrutar hasta el último minuto?

Ella se encogió de hombros, apesadumbrada por el sentimiento, que no parecía del todo verdadero si no lo admitía.

—Emers —habló Jordan, entrando en su oficina e interrumpiendo la charla—, preguntan por ti.

—¿Quién? Si es otro vendedor de seguros, ya te dije bien claro que no los vuelvas a dejar pasar. Esta semana ya han venido cuatro.

—Soy yo.

—Es él —indicó Jordan, señalando hacia atrás y sin darse la vuelta, mientras se relamía los labios indicando grotescamente que Grayson estaba más que apetecible.

—Grayson… —contestó, extrañada y con la voz un poco temblorosa.

De inmediato se sintió horrorosa, pues sabía que ella tenía un aspecto de mierda, mientras que él, tan temprano, parecía escapado de una portada de Men’s Health. Había salido tan amargada de casa que ni siquiera se había preocupado por lo que se ponía; estaba segura de que ni siquiera uno de los colores de su ropa combinaba con otro.

Durante unos segundos se quedaron en silencio, mirándose a los ojos, como si sólo ellos dos estuvieran allí.

«Dios mío, está increíble.»

La pura visión la hizo retorcerse en su silla, dirigiéndola casi a conseguir un orgasmo. Apretó los muslos mientras el deseo se intensificaba entre ellos.

King llevaba puesta una sudadera sin mangas con capucha y gafas espejadas de aviador. Sus tonificados brazos en completa exhibición la enviaron en caída libre al momento en el que la sostuvo en la ducha para empalarla sobre su gruesa polla. La visión era surrealista, pues estaba segura de que sus bíceps estaban más hinchados que la noche anterior, lo que la llevó a conjeturar que tal vez, muy temprano, había estado entrenando.

—Hola, Emers. —Gray entró esquivando a Jordan y se paró frente al escritorio, luego lo rodeó y se inclinó para rozar suavemente sus labios con los suyos.

Ella sonrió, incómoda, y de inmediato miró por encima del hombro de éste, encontrándose con la mirada de Cristiano. Sabía que había visto muy bien cómo la había saludado, así que no le extrañó que su amigo tuviera una ceja elevada, dejando flotar un interrogante en el aire.

—Cristiano, ¿cierto?

Grayson se apartó y, girándose, le tendió la mano a éste.

—El mismo. ¿Cómo estás?

—Muy bien, ¿y tú?

—Intrigadísimo, me acabas de cortar el cuento. —Ella le dedicó una mirada aniquiladora, y entonces su amigo intentó arreglarlo de alguna forma—. Emerson me estaba hablando de un trabajo que nos han pedido —agregó, aunque sin sonar muy convencido—. No te preocupes, Em; luego seguimos. —Le guiñó un ojo—. Atiende a tu visita.

Se movió en dirección a la puerta y de camino empujó fuera a Jordan, advirtiendo que no le quitaba el ojo de encima a Gray. Finalmente los dejaron solos.

—Siéntate, Grayson. Sinceramente, no esperaba verte hoy.

Utilizó un tono despreocupado, o al menos creyó que lo hacía, pues estaba decidida a dejar de lado sus deseos. Aunque estuviera salivando por él, sabía con exactitud que no podía darse el lujo de demostrárselo, pues lo mejor era alejarlo más pronto que tarde.

Tragó el nudo que se le formó en la garganta y sintió que el corazón se le hundía en el estómago.

Él se estiró en la silla, y se quitó las gafas de sol y la capucha. Después metió la mano en su bolsillo y dejó sobre la mesa de trabajo los pendientes.

—No tienes que decirme que no había prisa —dijo él con una sonrisa de lado, como si tuviera el poder de leerle la mente—. Todas las mañanas salgo a correr sin rumbo fijo, así que hoy lo he hecho en esta dirección.

Ella lo miró incrédula; había corrido hasta allí y ni siquiera parecía cansado. Su resistencia era asombrosa.

Antes de que ella pudiera decir algo, Grayson se puso de pie y caminó tras el escritorio, corrió su sillón, empujándolo hacia atrás, y apoyó sus brazos a ambos lados de ella, en los posabrazos, enjaulándola y provocando que Emerson quedara sin una sola gota de aliento.

—Sé muy bien lo que acordamos anoche, y sé exactamente lo que ambos queremos, así que… como ninguno quiere involucrarse más que en sexo, cuando he entrado y te he visto, he pensado que no hay nada de malo en que nos volvamos a follar. Anoche te fuiste muy pronto, tenía la habitación para nosotros hasta media mañana, y, la verdad, siento que nos perdimos poder experimentar algunas cosas más, juntos. Planeaba ponerte en varias posiciones y no tuvimos oportunidad. —Levantó una ceja en una expresión inquisitiva, esperando una respuesta por su parte.

Emerson abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Grayson, con su proximidad, estaba consumiendo todo el oxígeno en la habitación y se le estaba haciendo dificultoso respirar.

Él se inclinó un poco más y reclamó sus labios; su lengua se abrió paso y hurgó con excitación en el interior de su boca. Con facilidad, tiró de ella y la puso de pie, atrayéndola contra su duro cuerpo, provocando que de inmediato Emers sintiera la longitud de su abultada polla incrustada en su vientre.

Finalmente, él detuvo el beso y ella deseó que no la soltara, pues temía acabar despatarrada en el suelo.

Cuando él se apartó, ella dejó escapar un gemido; se sentía demasiado mareada, pero, a la vez, más viva que nunca.

Gray apoyó su trasero contra el escritorio y cruzó los brazos sobre su musculado pecho.

—¿Estás de acuerdo?

Asintió con la cabeza y se mordió el labio; estaba segura de que él podía advertir claramente cómo la vena en su cuello palpitaba acelerada.

No podía ayudarse a sí misma con él tan cerca, invadiendo su espacio, y por supuesto no podía siquiera pensar en rechazarlo. Estaba haciendo el tonto sin hablar, inmersa en la nube de deseo en la que él la había envuelto, pero debía decir algo.

—Supongo que una vez más estará bien —logró responder—. Conectamos bien anoche en la cama.

Miró en el espejo azul de sus ojos y vio que sus pupilas se dilataban por el deseo. Estaba convencida de que él se sentía tan lujurioso como ella. Bajó la mirada a su entrepierna y notó que su miembro se veía monstruosamente duro bajo su chándal. Él advirtió dónde depositaba ella la mirada y se miró la entrepierna; sin pudor, se acomodó el paquete y le dijo:

—Sí, estoy seriamente en problemas. Tu cercanía me pone así de duro, y te juro que estoy conteniéndome para no tirarte ahora mismo sobre esta mesa y follarte sin parar, pero… respetaré tu lugar de trabajo. ¿A dónde quieres ir? ¿Paso a buscarte esta noche por aquí o por tu casa?

—Envíame mejor un mensaje con el sitio donde quieres que nos encontremos, prefiero ir en mi coche.

—¿Para huir más fácilmente de madrugada?

—Soy una mujer independiente; me gusta decidir cuándo me voy de algún lugar, así que espero que eso no hiera tu orgullo de macho alfa.

—No lo hace, en absoluto. Sólo intentaba ser caballeroso yéndote a buscar para que no tuvieras que conducir. Mi propuesta no tiene por qué herir tu orgullo feminista.

—Entonces, si no te molesta, prefiero ir por mis propios medios.

—De acuerdo. Quieres ir a cenar también o…

—Consigue una habitación —lo cortó—. Si lo que estamos acordando es follarnos unas veces más, el acuerdo no tiene por qué implicar que tengamos que salir en plan de cita.

—Me parece bien.

Lo que siguió fue un beso frenético, apasionado e imprudente. Él se movió tan rápido sobre ella que Emerson sólo atinó a sostenerse de su cuello. La había cogido por la nuca y estaba devorando su boca de una manera loca, succionando su lengua y sus labios, hasta quitarle todo el aliento. Tanto fue así que ella creyó que en ese momento, quien la poseía, era Igor, el que luchaba sobre un ring, el que no aceptaba jamás una derrota.

Grayson deslizó una mano por su costado y la dejó apoyada en el nacimiento de su trasero, luego la bajó un poco más y le apretó las nalgas, aprisionándola más contra su fornido cuerpo. Un gemido ahogado partió de la garganta de ambos y fue la señal precisa de que todo se estaba descontrolando más de la cuenta.

Sin embargo, parecía imposible que alguno de los dos se detuviera. Él metió la mano por la cinturilla de su holgado pantalón de tiro bajo y le acarició las nalgas sin dejar de besarla; luego quitó la mano y cogió una de sus piernas, enroscándola en su cintura. Frotó su erección contra la bragueta de ella y pensó por un instante en faltar a su palabra y no respetar que estaban en el lugar de trabajo de Emers.

Se apartaron, y ambos respiraron con dificultad, mirándose con ansias. Él levantó la mano y acarició los mullidos labios de Emerson, resiguiéndolos con el pulgar, como si estuviera arrepentido de que el roce de su barba los hubiera dejado tan irritados. Se acercó, le dio un suave beso y luego dijo:

—Te enviaré las señas del lugar donde nos encontraremos. No te quito más tiempo.

Salió de allí aturdido, fue hasta el Starbucks de la esquina, compró un café, regresó al estudio, llamó y le abrió la puerta una mujer que no había visto nunca antes.

—¿Puedes dárselo a Emerson de mi parte?

—Claro —contestó, extrañada y admirando sin disimulo el físico de Gray—. ¿De parte de quién?

—Cuando ella lea el vaso, entenderá quién se lo envía.

Se colocó la capucha y las gafas después de que aquella mujer recogiera el vaso de café y se marchó.

—Em —habló Abby, la encargada de making of, entrando en su oficina—. Un chulo que estaba para pasarle la lengua de punta a punta como si fuera un cono de helado te ha traído esto.

Emerson sonrió embobada y cogió el vaso de café.

—Me ha dicho que, cuando leas lo que ha escrito ahí, sabrás quién te lo envía.

Emerson leyó.

Te pido disculpas por hacer que tu café se haya enfriado. No me permites invitarte a cenar, ni tampoco que te recoja y te lleve, pero me he tomado el atrevimiento de reponer tu café.

Había una flecha que indicaba que girara el vaso.

Me he excedido con el texto =) La próxima vez…

De nuevo había una flecha para que girara el vaso.

… no sé si tendré la voluntad suficiente como para no olvidar el lugar donde estamos; es una advertencia, por si te estás preguntando de qué va esto: pienso volver y sorprenderte muchas veces más, me gusta follar contigo.

Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que Abby aún permanecía de pie frente a ella, esperando una explicación.

—¿Qué?

—No puedo creer que te estés tirando a semejante tipo. ¿De dónde lo has sacado? Acabamos de llegar a Menlo Park y tú ya tienes una conquista, te juro que me siento deprimida. —Hizo un mohín—.

Hace seis meses que sólo tengo cita con mi vibrador; te odio… Emerson Campbell. Por favor, pregúntale si tiene un amigo y salimos los cuatro.

—Abby…

—No seas egoísta… Soy tu amiga de la secundaria, y, sí, estoy claramente necesitada, no me avergüenza decirlo. Supongo que debe de tener amigos tan buenorros como él.

—No lo sé… Sólo tenemos sexo; no pretendo indagar demasiado en su vida.

—Sólo tenemos sexo. —Abby la imitó hablando—. ¿Y lo dices así, tan despreocupada, y sin apiadarte de tu amiga? —Ella se sentó sobre el escritorio—. Eres una desvergonzada, cuentas dinero delante de los pobres.

—Si no buscases una relación seria cada vez que conoces a un hombre, en tu vida tendrías mucha más acción.

—No hace falta que me lo digas, ya lo sé, pero no puedo, sabes que soy muy enamoradiza. Soy un desastre y los hombres huyen de mí atemorizados de que los lleve a la capilla de Elvis en Las Vegas en medio de la noche.

Las dos se desternillaron hasta las lágrimas y hasta que la barriga les dolió de tanto reír.

* * *

Durante todo el trayecto de regreso, no hizo más que pensar en los besos y en el pequeño cuerpo de Emerson moldeándose contra el suyo. Estaba empezando a resignarse a pensar en ella, y a aceptar que sus curvas lo tenían atrapado en un sentimiento que jamás imaginó sentir.

Ella era pasión, deseo, fuego… y sólo quería quemarse en ella, sin importar las consecuencias.

Llegó a la villa italiana que compartía con el resto de los luchadores, entró por el gran pórtico de medio punto hecho en madera alemana y empujó una de las hojas que lo conformaban; luego atravesó el vestíbulo de entrada, con techos abovedados realizados en ladrillo italiano, y en el camino oyó murmullos provenientes de la sala, así que fue allí donde se dirigió.

—Hola, tíoooo.

—Hola, pequeño gigante.

Daniel Júnior corrió a su encuentro y Igor lo levantó en el aire, haciéndolo girar. Besó el cuello del chiquillo, provocando que éste riera a carcajadas por las cosquillas que su barba le transfirió. El crío era el hijo de Kaysa, quien en la actualidad se hacía llamar Ellie Carter; ella había tenido que cambiar su identidad y la de su niño para salvaguardar sus vidas de la mafia rusa, ya que había sido prisionera de esa organización. Viggo, uno de sus compañeros luchadores, fue el encargado de rescatarla de las garras de esos traficantes de vidas humanas, al igual que al pequeño, a quien también le dio su nombre y apellido y al cual trataba como si fuera un hijo de su propia sangre.

En la sala también encontró a Zane y a Ariana; esta última estaba recostada en el sofá mientras su marido le masajeaba los pies. Su embarazo ya estaba bastante avanzado, y en uno pocos meses nacería el primogénito de la pareja.

—Danieeeeeeel —la voz de Ellie se oyó desde la cocina—, me has hecho perseguirte por toda la casa, ¡ven a bañarte!

El crío se retorció en los brazos de Igor.

—Tío, no permitas que mi mamá me atrape; ella me tira de las orejas para lavármelas, prefiero que después me bañe mi papá.

—Shhh… En ese caso, te bajo y te ocultas detrás de mí.

Apenas Ellie entró en la sala, Igor le guiñó un ojo y pidió compasión señalando al pequeñín, que se escondía tras él.

—Es imposible darle una buena educación a este niño si todos aquí en la casa lo consentís.

—Déjanos malcriarlo —acotó Zane—. No seas gruñona.

—Veremos qué dirás cuando nazca tu hija y te desautoricemos. Cuando ella crezca, seguramente querrá traer algún noviete… y yo seré la primera en ayudarla para que no te enteres.

—El niño no se quiere bañar en este momento, no entiendo por qué comparas ese hecho con que algún malnacido se quiera follar a mi pequeña.

—¿Qué es follar, tío? —inquirió Daniel Júnior, aferrado a las piernas de Igor. Todos se partieron de risa por el brete en el que se encontraba Zane, ya que el crío estaba en plena etapa de preguntar por todo y, hasta que no le contestaban y sus dudas quedaban todas subsanadas, no se detenía.

—Shhh… Tu mamá se dará cuenta de que estás ahí —le dijo Zane, intentando persuadirlo para que éste olvidara su pregunta.

Por detrás, Viggo entró corriendo y agarró al niño, suspendiéndolo en el aire mientras simulaba que lo hacía planear.

—Te atrapéééééé.

—Papiiiii, no quiero que mamá me bañe; hazlo tú, por favor.

—Ok, yo te ayudaré a hacerlo, pero las orejas hay que lavarlas bien, como dice mamá.

—Tío Igoooor. —El chiquillo jugó una carta más, buscando su ayuda.

—Cariño, me temo que es todo lo que puedo hacer.

Viggo y su familia se fueron hacia la casita de huéspedes que ellos ocupaban, la cual había sido remodelada y ampliada, para adaptarla, cuando su hijo fue a vivir con ellos.

Igor se quedó con la vista perdida mirando cómo se marchaban y, aunque después de estar en la guerra creyó que no era posible que algún hecho lo asombrara, no pudo dejar de hacerlo al considerar el gran cambio ocurrido en la personalidad de Viggo… De ser un hombre solitario, taciturno, tosco y que renegaba de la vida, pasó a ser otro totalmente diferente; de un tiempo a esta parte siempre se lo veía jovial y agradecido de haber dejado entrar el amor nuevamente en su corazón.

Agitó la cabeza; eso no era para él, jamás lo probaría, que lo disfrutasen otros, porque él no estaba dispuesto a que su vida se convirtiera en un gran culebrón mexicano, ya que tarde o temprano las cosas nunca terminaban bien.

—Zane —dijo Igor antes de irse hacia la cocina para beber algo con lo que hidratarse—, necesito que me facilites entradas para la lucha del fin de semana y, en lo posible, que sean buenos sitios.

—A tan sólo dos días del combate será difícil conseguir buenas localidades. ¿Cuántas quieres?

—Que sean cuatro, por favor. Mueve tus hilos, hombre; necesito que sean para la primera fila… Ya sabes que nunca te pido nada.

—Veré qué puedo hacer.

* * *

Después de que Gray se fuera del estudio, Jordan y Cristiano irrumpieron en su despacho y no le permitieron eludir el tema hasta que ella no soltó todos los detalles del encuentro de la noche anterior, y de la visita matutina que Grayson le había hecho en su lugar de trabajo.

—Me arrepiento de haber sido tan débil y de haber aceptado pasar otra noche con él.

—Deja de mentir, no te arrepientes en absoluto. Te conozco y, cuando tus ojitos brillan de esa manera, en lo único que estás pensando es en si se la vas a mamar antes o después de echar el primer polvo.

—Jordaaan… —Ella intentó mostrarse ofendida, pero la verdad era que no podía dejar de fantasear con el encuentro de esa noche.

—¿Por qué estás tan callado, Cristiano?

—Porque no sería tu mejor amigo si no te recomendara que lo dejaras pasar.

—¿Qué dices? No le hagas caso, reina; nadie puede quitarte lo bailado.

—Cállate, Jordan —lo urgió Cris.

—No lo haré. Creo que esta mañana, mientras me duchaba, éste de aquí ha debido de golpearse la cabeza y yo no me he enterado.

—Deja tus estupideces para otro momento y cállate.

—No lo haré. Estoy convencido de que las oportunidades no hay que dejarlas pasar.

Cristiano puso los ojos en blanco, ignorando a Jordan, y se estiró sobre el escritorio para coger las manos de Emerson.

—Yo también lo creo —afirmó Cristiano—, pero no quiero que sufras.

Emerson bufó, agobiada.

—Puedo bromear, puedo decirte que el tipo está para que te lo montes sin parar, hasta que te chupe incluso el cerebro… Ya sabes que ayer te alenté para que salieras con él, pero… te he visto mirarlo hoy y… tu mirada no era sólo de deseo.

Ella cogió una gran bocanada de aire, pero no lo negó.

—Sabemos que él odia a tu familia y tú estás tomando ventaja al usar el apellido de tu abuela, así que, por tu bien, antes que te enganches más, dile quién eres en verdad antes de volver a tirártelo.

—No quiero que me odie también, prefiero que guarde un buen recuerdo de mí. Cancelaré la cita, pero no le diré quién soy.

Jordan puso los ojos en blanco, se levantó del asiento y, antes de marcharse, soltó una frase sarcástica.

—Al final, importa una mierda si las cosas no salen como queremos, porque vale más tener cicatriz por valiente que piel intacta por cobarde…, y no lo digo yo, lo dijo Bruce Lee.

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