Horror

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Entre los muertos

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Entre los muertos

GARDNER DOZOIS y JACK DANN

Los horrores inherentes a este tema son muy obvios. Pensar que sería posible aumentarlos mediante una pincelada de Fantasía Siniestra y el reconocimiento de lo que un ser humano puede hacer (y hará) cuando se le ofrece la oportunidad precisa en el momento adecuado, no es simplemente añadir ácido a la quemadura. Éste es un relato de terror en todo el sentido de la palabra.

Gardner Dozois vive en Filadelfia, es autor de la aclamada novela Strangers (Extraños) y ha compilado, tanto con Jack Dann como por su cuenta, la flor y nata de las antologías editadas en la última década. Jack Dann vive en Binghamton, Nueva York, y es autor de obras tan apreciadas como Junction (Empalme) y Timetripping (Viaje en el tiempo). Escribe con poca frecuencia, pero con una fuerza tan suave como la de un martillo.

Bruckman descubrió que Wernecke era un vampiro cuando ambos fueron a la cantera aquella mañana.

Estaba agachado para coger una gran piedra cuando creyó oír algo en la hondonada cercana. Miró alrededor y vio a Wernecke inclinado sobre un Musselmann, un muerto viviente, otro hombre que no había podido soportar la terrible realidad del campo de concentración.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Bruckman en voz baja.

Wernecke alzó la cabeza, sorprendido, y se tapó la boca con la mano, como si indicara a Bruckman que guardase silencio.

Pero Bruckman estaba convencido de haber visto manchas de sangre en la boca de Wernecke.

—El Musselmann, ¿está vivo? —Wernecke había arriesgado su vida a menudo para salvar a algún prisionero. Pero ¿arriesgar la vida por un Musselmann?—. ¿Qué pasa?

—Fuera.

De acuerdo, pensó Bruckman. Mejor dejarlo en paz. El hombre estaba pálido, quizás tenía tifus. Los guardianes lo trataban con gran dureza, y Wernecke era el prisionero de más edad de la cuadrilla. Que se sentara un momento y descansara. Pero ¿y esa sangre?…

—¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo? —gritó a Bruckman uno de los jóvenes guardianes de las SS.

Bruckman cogió la piedra y, como si no hubiera oído al nazi, se alejó de la hondonada, caminando hacia el oxidado carretón situado en los carriles que llevaban a la valla de alambre de púas del campo. Intentaría desviar la atención del guardián. Pero éste le gritó que se detuviera.

—Descansando un poco, ¿eh? —preguntó, y Bruckman se puso tenso, preparado para recibir una paliza.

Aquel guardián era nuevo, iba pulcramente vestido, sin una mancha…, y era una incógnita. Se acercó a la hondonada y vio a Wernecke y al Musselmann.

—Ajá, así que tú amigo está cuidando enfermos.

Hizo un gesto para que Bruckman lo siguiera a la hondonada.

Bruckman había hecho lo imperdonable: metido en un lío a Wernecke. Maldijo en silencio. Llevaba en aquel campo de concentración el tiempo suficiente para saber tener la boca cerrada.

El guardián dio una violenta patada en las costillas de Wernecke.

—Quiero que pongas al Musselmann en el carretón. ¡Venga!

Dio otra patada a Wernecke, como si acabara de pensar en hacerlo. El prisionero gimió, pero se puso en pie.

—Ayúdalo a llevar al Musselmann al carretón —dijo el guardián a Bruckman.

Después sonrió y trazó un círculo en el aire: el símbolo del humo, el humo que brotaba de las altas chimeneas situadas detrás de ellos.

Aquel Musselmann estaría en el horno al cabo de una hora y sus cenizas pronto flotarían en el ardiente y viciado aire, igual que si fueran las partículas de su alma.

Wernecke dio una patada al Musselmann y el guardián rió entre dientes antes de hacer un gesto a otro miembro de las SS que estaba observando y retroceder un par de metros. Se detuvo con las manos en las caderas.

—Vamos, muerto, levántate o vas a morir en el horno —susurró Wernecke mientras se esforzaba en poner en pie al caído.

Bruckman ayudó al tambaleante Musselmann, que gemía débilmente. Wernecke le dio un bofetón.

—¿Quieres vivir, Musselmann? ¿Quieres volver a ver a tu familia, notar el tacto de una mujer, oler a hierba después de segarla? Pues muévete.

El Musselmann arrastró los pies entre Wernecke y Bruckman.

—Estás muerto, ¿eh, Musselmann? —lo provocó Bruckman—. Tan muerto como tu padre y tu madre, tan muerto como tu cariñosa esposa, si es que alguna vez tuviste una, ¿no? ¡Muerto!

El Musselmann gimió y sacudió la cabeza.

—No está muerta, mi mujer…

—Ah, habla —dijo Wernecke, en voz lo bastante alta para que la oyera el guardián que caminaba un paso detrás de ellos—. ¿Tienes nombre, cadáver?

—Josef, y no soy un Musselmann.

—El cadáver dice que está vivo —comentó Wernecke, de nuevo en voz alta para que el nazi lo oyera. Luego, en un susurro, añadió—: Josef, si no eres un Musselmann, debes trabajar ahora, ¿lo entiendes?

Josef tropezó y Bruckman lo agarró.

—No lo toques —dijo Wernecke—. Que camine él solo hasta el carretón.

—Al carretón no —tartamudeó Josef—. La muerte no, no…

—Entonces agáchate y coge piedras, demuestra al cerdo del guardián que puedes trabajar.

—No puedo. Estoy enfermo, soy…

—¡Un Musselmann!

Josef se agachó, cayó de rodillas, pero cogió una piedra y se levantó con ella en la mano.

—Ya lo ve —dijo Wernecke al nazi—, aún no está muerto. Todavía puede trabajar.

—Te he ordenado que lo lleves al carretón, ¿no es cierto? —dijo el guardián, malhumorado.

—Demuéstrale que puedes trabajar —dijo Wernecke a Josef—, o seguramente vas a ser humo.

Y Josef se alejó de Wernecke y Bruckman dando tumbos, inclinado como si fuera detrás de la piedra que sostenía.

—¡Cogedlo! —gritó el guardián.

Pero su atención se vio desviada de Josef por otros prisioneros que, intuyendo complicaciones, estaban congregándose en las cercanías. Otro guardián se puso a chillar y a dar patadas a los hombres más cercanos, y el nuevo lo ayudó. De momento, se había olvidado de Josef.

—Pongámonos a trabajar, no sea que venga otra vez —dijo Wernecke.

—Siento haber…

Wernecke se rió e hizo un agitado gesto con la mano: humo ascendiendo.

—Todo es azar, amigo mío. Suerte. —De nuevo la risa—. Ha sido un pecado venial —y su semblante pareció oscurecerse—. Pero no lo hagas otra vez, no sea que piense que tú eres gafe.

—Carl, ¿te encuentras bien? —preguntó Bruckman—. He visto sangre cuando…

—¿Te sangran las llagas de los pies por la mañana? —repuso Wernecke, enojado.

Bruckman asintió, sintiéndose estúpido y turbado.

—Lo mismo pasa con mis encías. Y ahora vete, desgraciado, y déjame vivir.

Se separaron y Bruckman intentó hacerse invisible, intentó imaginar que estaba dentro de las rocas, la tierra y la arena, en el aire asfixiante. Solía jugar a eso cuando era niño. Cerraba los ojos y, puesto que él no veía a nadie, fingía que nadie podía verlo. Y así era nuevamente. Fingir que los guardianes no podían verlo era una forma de sobrevivir tan buena como cualquiera.

Debía otras excusas a Wernecke, otras disculpas que no podía pedir. No debía haber preguntado por la enfermedad de Wernecke. Daba mala suerte hablar de esas cosas. Así se lo había dicho Wernecke cuando él, Bruckman, llegó a los barracones. De no haber sido por Carl, que había compartido su comida con él, podía haberse convertido en un Musselmann. O estar muerto, que era lo mismo.

El día era supurantemente caluroso, y tanto vigilantes como prisioneros tosían. El aire estaba viciado, el sol era una mancha en el turbio y amarillento cielo. Todos los colores eran ilógicos: las cenizas de los hornos alteraban la luz, y los hombres iban asfixiándose poco a poco con los restos de amigos, esposas y padres muertos. Los guardianes estaban reunidos tranquilamente, hablaban en voz baja, observaban a los prisioneros, y se percibía una perversa libertad…, como si vigilantes y presos no mantuvieran ya la misma relación, como si todos fueran partes de la misma carnosa máquina.

Al atardecer, los vigilantes interrumpieron la hipnosis de coger, gruñir y sudar y formaron en filas a los prisioneros. Volvieron al campo a través de los campos, junto a las vías férreas, la valla electrificada y las torres cónicas y cruzaron la entrada principal.

Bruckman trató de anular un peligroso recuerdo extraviado de su esposa. La recordó como en una alucinación: ella estaba en sus brazos. El vagón apestaba a sudor, heces y orina, pero Bruckman había estado tanto tiempo allí que ya se había acostumbrado al olor. Miriam estaba durmiendo. De pronto descubrió que estaba muerta. Mientras chillaba, los olores del vagón abrumaron a Bruckman, los olores de la muerte.

Wernecke le tocó el brazo, como si comprendiera, como si pudiera ver a través de los ojos de Bruckman. Y éste sabía qué estaban diciendo los ojos de Wernecke: «Otro día. Estamos vivos. Contra viento y marea. Hemos vencido a la muerte». Josef caminaba junto a ellos, pero continuaba tambaleándose mientras se deslizaba de nuevo hacia la muerte, mientras se transformaba en un Musselmann. Wernecke lo ayudaba a marchar, lo empujaba.

—Deberíamos dejar morir a este hombre —dijo a Bruckman.

Bruckman se limitó a asentir, pero notó que un escalofrío recorría su sudorosa espalda. Estaba viendo de nuevo la cara de Wernecke como la había visto un instante por la mañana. Manchada de sangre.

Sí, pensó Bruckman, deberíamos dejar morir al Musselmann. Todos deberíamos estar muertos…

Wernecke sirvió el agua tibia con trozos de nabo que flotaban encima, el líquido que pasaba por sopa para los prisioneros. Todos se hallaban sentados o arrodillados en las toscas tablas del suelo, ya que no había sillas.

Bruckman tomó su ración, contó sorbos y bocados, hizo un esfuerzo para demorarse. Más tarde daría un mordisquito al pan que guardaba en el bolsillo. Siempre guardaba un bocado de comida para más tarde. En el mundo sin fin del campo de concentración había aprendido a ofrecerse cosas deseables. Mejor soñar con pan que perderse en el presente. Ése era el sino de los Musselmänner.

Pero siempre soñaba con comida. El hambre le acompañaba todos los instantes del día y de la noche. Los momentos que pasaba comiendo realmente eran en cierto sentido los más difíciles, porque nunca había suficiente para satisfacerle. Notaba el gusto de algo blando en su paladar, y al cabo de un instante la sensación desaparecía. El vacío adoptaba forma de dolor: comer dolía. Por comida, pensó, habría matado a su padre, o a su mujer. Que Dios lo perdonara, y miró a Wernecke… Wernecke, que había compartido el pan con él, que había muerto un poco para que él pudiera vivir. «Es mejor persona que yo», pensó Bruckman.

Había oscuridad en los barracones. Una simple bombilla colgaba del techo y formaba nítidas sombras en los cavernosos dormitorios. Dos hileras de tablas de metro y medio de anchura ocupaban tres lados del barracón, estantes de madera donde los presos dormían sin mantas ni colchones. En lo alto de la pared norte había una ventana de rejilla que dejaba pasar la austera luz de los focos klieg. En el exterior, las luces convertían el terreno en una cadavérica imitación del día; sólo dentro de los barracones era de noche.

—¿Sabéis qué noche es hoy, amigos míos? —preguntó Wernecke.

Se hallaba sentado en el fondo del barracón con Josef, que hora tras hora recuperaba su condición de Musselmann. La cara de Wernecke tenía un aspecto hueco, contraído a la luz de la ventana y la bombilla. Sus ojos estaban hundidos y en su alargada cara profundas arrugas aparecían desde la nariz hasta las comisuras de los finos labios. Su cabello era negro, y mucho menos abundante que cuando Bruckman conoció al prisionero. Era un hombre muy alto, de casi metro noventa de estatura, y ello lo hacía sobresalir entre un gentío, detalle peligroso en un campo de concentración. Pero Wernecke tenía métodos secretos para confundirse entre el gentío, para volverse invisible.

—No, dinos qué noche es hoy —dijo Bohme, el viejo loco.

Que hombres como Bohme sobrevivieran era un milagro o, como pensaba Bruckman, la confirmación de que existían hombres como Wernecke, que de alguna forma encontraban fuerzas para ayudar a vivir a los demás.

—Es Pascua —dijo Wernecke.

—¿Cómo lo sabe? —murmuró alguien, pero poco importaba cómo lo sabía Wernecke, porque él lo sabía…, aunque en realidad no fuera Pascua en el calendario.

En los pobremente iluminados barracones, era Pascua, la fiesta de la libertad, el momento de dar gracias.

—Pero ¿cómo podemos celebrar Pascua sin un seder? —preguntó Bohme—. Ni siquiera tenemos matzoh —se lamentó.

—Tampoco tenemos velas, ni una copa de plata para Elías, ni el hueso de pierna, ni haroset…, y tampoco celebraría yo el rito con el traif que los nazis tienen la generosidad de darnos —replicó Wernecke, sonriente—. Pero podemos rezar, ¿no? Y cuando salgamos de aquí, cuando estemos en nuestros hogares el año que viene si Dios quiere, entonces comeremos doble: dos afikomens, una botella de vino para Elías y los haggadahs que nuestros padres y los padres de nuestros padres usaron.

Era Pascua.

—Isadore, ¿recuerdas las cuatro preguntas? —preguntó Wernecke a Bruckman.

Y Bruckman oyó su propia voz. Volvía a tener doce años y se hallaba en la mesa alargada junto a su padre, que ocupaba el lugar de honor. Sentarse al lado de su padre era un honor de por sí. «¿En qué se diferencia esta noche de las demás? Las demás noches comemos pan y matzoh. ¿Por qué esta noche sólo comemos matzoh?».

M’a nisht’ana balylah hareah

El sueño no acudió a Bruckman esa noche, aunque estaba tan cansado que se sentía como si la médula de sus huesos estuviera borrada y sustituida con plomo.

Yacía en la penumbra, notando el dolor de sus músculos, notando la ácida mordedura del hambre. Normalmente estaba tan aturdido por el cansancio que podía vaciar su mente, cerrarse y caer con rapidez en el olvido, pero no esa noche. Esa noche estaba percibiendo cosas de nuevo, el ambiente calaba en él otra vez, de un modo desconocido desde su llegada al campo. El calor era sofocante y el aire estaba cargado de hedores, de muerte, sudor y fiebre, de rancia orina y seca sangre. Los que dormían se agitaban y revolvían, como si pelearan con el sueño, y mientras dormían, muchos hablaban, murmuraban o chillaban. Vivían otras vidas en sueños, condensadísimas vidas soñadas rápidamente, porque pronto amanecería y una vez sucediera eso iban a mandarlos al infierno. Apretujado entre ellos, con durmientes apelotonados por todas partes, Bruckman pensó de pronto que aquellos pálidos cadáveres estaban muertos ya, que estaba durmiendo en una tumba. De repente vio de nuevo el vagón. Y su esposa, Miriam, estaba muerta otra vez, muerta, pudriéndose y no iban a enterrarla…

Resueltamente, Bruckman vació su mente. Se encontraba desasosegado y tembloroso, y pensó si volvería a presentarse el tifus, pero no podía permitirse esa preocupación. Los que no dormían no podían sobrevivir. «Regula tu respiración, esfuérzate en relajar los músculos, no pienses. No pienses».

Por alguna razón inexplicable, pese a lograr anular incluso el recuerdo de su fallecida esposa, Bruckman no pudo librarse de una imagen, la sangre en los labios de Wernecke.

Había otras imágenes mezcladas con ésa, los brazos alzados y la cara levantada hacia arriba de Wernecke mientras él dirigía los rezos, el pálido y tenso rostro del tambaleante Musselmann, Wernecke levantando la cabeza, sobresaltado, mientras se hallaba inclinado sobre Josef… Pero los febriles pensamientos de Bruckman volvieron a la sangre, y vio una y otra vez en la susurrante y fétida oscuridad: el acuoso lustre de la sangre en los labios de Wernecke, el embreado goteo de la sangre en las comisuras de sus labios, igual que un gusanillo escarlata…

En ese momento una sombra pasó por delante de la ventana, negramente perfilada un momento en el áspero resplandor blanco, y Bruckman dedujo por la altura y el extraño encorvamiento de la sombra que se trataba de Wernecke.

¿Adónde iba? A veces un prisionero era incapaz de aguardar la mañana, cuando los alemanes les permitían hacer una nueva visita a la trinchera utilizada como letrina, e iba avergonzado a un rincón apartado para orinar en la pared, pero Wernecke era demasiado veterano para hacer eso… Casi todos los prisioneros dormían en las tablas, en especial en las noches frías, que pasaban apiñados para darse calor. Pero algunas veces, en tiempo caluroso, algunos se apartaban de las maderas y dormían en el suelo. El mismo Bruckman había pensado hacerlo, ya que los inquietos cuerpos de los durmientes que le rodeaban aumentaban sus dificultades para dormir. Tal vez Wernecke, que siempre tenía problemas para acomodarse en los atestados huecos, estaba buscando un sitio donde tumbarse y estirar las piernas…

En ese momento Bruckman recordó que Josef se había dormido en el rincón del barracón donde Wernecke había estado sentado para rezar, y que los demás lo habían dejado allí, solo.

Sin saber por qué, Bruckman se encontró de pie. Tan silenciosamente como el fantasma en el que a veces creía estar transformándose, caminó por el barracón en la misma dirección seguida por Wernecke, sin comprender qué hacía ni por qué lo hacía. El rostro del Musselmann, Josef, parecía flotar ante sus ojos. Le dolían los pies y sabía, sin necesidad de mirarlos, que estaban sangrando, dejando tenues rastros detrás de él. En ese rincón había menos luz, al estar lejos de la ventana, pero Bruckman sabía que debía de encontrarse ya cerca de la pared, y se detuvo para que sus ojos se amoldaran a la casi oscuridad.

En cuanto su vista se adaptó a la menor iluminación, Bruckman vio a Josef sentado en el suelo, apoyado en la pared. Wernecke estaba inclinado sobre el Musselmann. Besándolo. Una mano de Josef estaba enredada en el cada vez más escaso cabello de Wernecke.

Antes de que Bruckman pudiera reaccionar (sabía que esa clase de incidentes había ocurrido un par de veces anteriormente, pero le asombró enormemente que Wernecke estuviera implicado en tal indecencia) Josef soltó el cabello de Wernecke. El brazo levantado cayó fláccidamente a un lado, y la mano chocó con el suelo con un golpe apagado pero fuerte que necesariamente debía de ser doloroso…, pero Josef no emitió sonido alguno.

Wernecke se incorporó y dio media vuelta. La luz más intensa que entraba por la elevada ventana iluminó momentáneamente su cara mientras se levantaba.

La boca de Wernecke estaba manchada de sangre.

—¡Dios mío! —exclamó Bruckman.

Sobresaltado, Wernecke se asustó. Después dio dos rápidas zancadas y agarró por el brazo a Bruckman.

—¡Silencio! —musitó.

Sus dedos eran fríos y duros.

En ese momento, como si el brusco movimiento de Wernecke fuera una señal, el cuerpo de Josef se deslizó hacia el suelo pegado a la pared. Mientras los otros dos observaban, fugazmente atraídos por la visión, Josef cayó al suelo y su cabeza golpeó las tablas del piso con el mismo ruido que podría haber producido un melón. No hizo gesto alguno para evitar la caída o proteger su cabeza, y en ese momento yacía inmóvil.

—Dios mío —repitió Bruckman.

—Silencio, ya te lo explicaré —dijo Wernecke, con los labios aún lustrosos a causa de la sangre del Musselmann—. ¿Quieres perdernos a todos? Por el amor de Dios, guarda silencio.

Pero Bruckman se había soltado bruscamente de la mano de Wernecke y se hallaba arrodillado junto a Josef, inclinado sobre él igual que el otro prisionero unos momentos antes. Apoyó la palma de su mano en el pecho de Josef, sólo un instante, luego le tocó un lado del cuello. Bruckman alzó la vista lentamente hacia Wernecke.

—Está muerto —dijo, en voz más baja.

Wernecke se acuclilló al otro lado del cadáver de Josef, y el resto de la conversación tuvo lugar en murmullos muy cerca del pecho del fallecido, como amigos que conversan junto al lecho de otro amigo enfermo que por fin se ha entregado a un espasmódico sueño.

—Sí, está muerto —dijo Wernecke—. Estaba muerto ayer, ¿no? Hoy simplemente ha dejado de andar.

Sus ojos quedaban ocultos en las más pronunciadas sombras próximas al suelo, pero aún quedaba luz suficiente para que Bruckman viera que su compañero se había limpiado los labios de sangre. O se los había relamido, pensó Bruckman, y sintió que se apoderaba de él un espasmo de asco.

—Pero tú… —balbuceó Bruckman—. Tú… estabas…

—¿Chupando su sangre? —repuso Wernecke—. Sí, he chupado su sangre.

La mente de Bruckman estaba aturdida. No podía enfrentarse a eso, no podía comprenderlo.

—Pero ¿por qué, Eduard? ¿Por qué?

—Para vivir, naturalmente. ¿Cuál es el objetivo de todos los que estamos aquí? Si quiero vivir, necesito sangre. Sin sangre, me arriesgaría a una muerte aún más segura que la que nos ofrecen los nazis.

Bruckman abrió y cerró la boca, pero ningún sonido brotó de ella, como si las palabras que deseaba pronunciar estuvieran tan melladas que no pudieran pasar por la garganta.

—¿Un vampiro? —logró gruñir por fin—. ¿Eres un vampiro? ¿Igual que en las leyendas antiguas?

—Los hombres me llamarían así —dijo tranquilamente Wernecke. Hizo una pausa y asintió—. Sí, así me llamarían los hombres… Como si pudieran comprender algo simplemente asignándole un nombre.

—Pero, Eduard —contestó débilmente Bruckman, casi de mal humor—. El Musselmann

—Recuerda que Josef era un Musselmann —dijo Wernecke. Inclinó el cuerpo hacia delante y habló con más brusquedad—. Se había quedado sin fuerzas, estaba hundiéndose. De todas formas, habría estado muerto por la mañana. Le he cogido algo que ya no necesitaba, pero que yo necesitaba para vivir. ¿Qué importancia tiene eso? Hombres muertos de hambre en botes salvavidas han comido los cuerpos de sus compañeros muertos para sobrevivir. Lo que yo he hecho ¿es peor que eso?

—Pero él no estaba muerto. Lo has matado tú…

Wernecke guardó silencio unos instantes.

—¿Qué otra cosa mejor podía haber hecho por él? —dijo por fin, en voz muy baja—.

No pienso disculparme por lo que he hecho, Isadore. Hago todo lo que puedo para vivir. Normalmente sólo quito un poco de sangre a unos cuantos hombres, la suficiente para sobrevivir. Y eso no es justo, ¿eh? ¿No he dado comida a los demás, para ayudarlos a vivir? ¿A ti, Isadore? Sólo en contadas ocasiones cojo más que un mínimo a un solo hombre, aunque siempre estoy débil y hambriento, créeme. Y jamás he arrebatado la vida a una persona que deseara vivir. Al contrario, he ayudado a muchos a luchar por la supervivencia, con todos los medios a mi disposición, y tú lo sabes.

Extendió el brazo como si quisiera tocar a Bruckman, pero lo pensó mejor y volvió a poner la mano en su rodilla. Sacudió la cabeza.

—Pero estos Musselmänner, los que han renunciado a la vida, los muertos vivientes… Para ellos es un favor quitársela, darles el solaz de la muerte. ¿Te atreves sinceramente a negar eso, aquí? ¿Te atreves a decir que es mejor para ellos ir por ahí muertos, sufriendo los golpes y abusos de los nazis hasta que su cuerpo no aguanta más, y entonces los echan al horno y los queman como si fueran basura? ¿Te atreves a decir eso? ¿Dirían ellos eso, si comprendieran su situación? ¿O me darían las gracias?

De pronto Wernecke se incorporó, y Bruckman hizo lo propio. Cuando la cara del primero quedó de nuevo a la luz, Bruckman vio que aquellos ojos estaban llenos de lágrimas.

—Tú has vivido soportando a los nazis —dijo Wernecke—. ¿Te atreves a llamarme monstruo? ¿No sigo siendo judío, a pesar de todo? ¿No estoy aquí, en un campo de concentración? ¿No soy también un perseguido, tan perseguido como cualquiera? ¿No corro tanto peligro como el que más? Si no soy judío, díselo a los nazis…, ellos parecen creer lo contrario. —Hizo una pausa, sonrió amargamente—. Y olvida tus supersticiosas leyendas. No soy un espíritu nocturno. Si pudiera convertirme en murciélago y volar lejos de aquí, lo habría hecho hace tiempo, créeme.

Bruckman sonrió mientras pensaba en ello, después hizo una mueca. Los dos hombres evitaron mirarse, Bruckman observó el suelo, y se produjo un tenso silencio, interrumpido únicamente por los suspiros y gemidos de los hombres que dormían en el lado opuesto del barracón.

—¿Y él? —dijo Bruckman sin alzar la vista, aceptando tácitamente la derrota—. Los nazis encontrarán el cadáver y habrá problemas…

—No te preocupes —repuso Wernecke—. No hay señales obvias. Y nadie hace autopsias en un campo de concentración. Para los nazis, Josef será un simple judío más que ha muerto a consecuencia del calor, de hambre, enfermo, por un fallo cardiaco.

Bruckman levantó la cabeza en ese momento y ambos hombres se miraron a la cara un instante. Aun sabiendo lo que sabía, le resultaba difícil ver a Wernecke como una persona distinta de la que aparentaba ser: un judío envejecido y cada vez más calvo, encorvado y delgado, de ojos tristes y rostro fatigado y penoso.

—Bien, Isadore —dijo por fin Wernecke, con suma naturalidad—. Mi vida está en tus manos. No cometeré la grosería de recordarte cuántas veces la tuya ha estado en las mías.

Y se fue, volvió a las tablas de dormir, una sombra que no tardó en perderse entre otras sombras.

Bruckman permaneció solitario en la penumbra durante largo rato, y luego imitó a su compañero. Fue precisa toda su fuerza de voluntad para no observar por encima del hombro el rincón donde yacía Josef, y aun así Bruckman imaginó que los ojos del muerto le miraban con reproche mientras se alejaba, mientras dejaba a Josef en la fría y apartada compañía de los muertos.

Bruckman no concilio el sueño esa noche, y por la mañana, cuando los nazis destrozaron la grisácea quietud que precedía al alba al irrumpir en el barracón con gritos, agudos silbidos y ladridos de perros policía, se sintió como si tuviera mil años.

Los hicieron formar en dos columnas, todos temblando con el desapacible viento matutino, y partieron hacia la cantera. La pegajosa niebla del amanecer aún no se había disipado y Bruckman, mientras la recorría, mientras atravesaba el blanco vacío sin sombras, se sintió más que nunca igual que un fantasma, suspendido incorpóreamente en una especie de limbo entre el cielo y la tierra. Sólo la picadura de piedras y escorias en sus llagados y sangrantes pies lo mantenía anclado al mundo, y él se aferró al dolor como si fuera un cabo salvavidas, y se esforzó en librarse de la sensación de aterimiento e irrealidad. Por más extraños, por más extravagantes que hubieran sido los hechos de la pasada noche, eran reales. Dudar de ellos, pensar que todo había sido un febril sueño provocado por el hambre y el agotamiento equivalía a dar el primer paso para convertirse en un Musselmann.

«Wernecke es un vampiro», pensó Bruckman. Ésa era la cruel, dura realidad que, del mismo modo que la realidad del campo de concentración, había que afrontar. ¿Acaso era una realidad más surrealista, más increíble que la pesadilla que rodeaba a los prisioneros? Debía olvidar los cuentos que su vieja abuela le había contado, las «leyendas supersticiosas» a que se había referido el mismo Wernecke, relatos sólo en parte recordados que fundían sus rodillas en cuanto pensaba en la sangre untada en la boca de Wernecke, en cuanto pensaba en los ojos de su compañero observándole en la oscuridad…

—¡Despierta, judío! —refunfuñó el vigilante que marchaba junto a él al mismo tiempo que le golpeaba suavemente el brazo con la culata del fusil.

Bruckman se tambaleó, logró conservar el equilibrio y siguió marchando. «Sí, despierta», pensó. «Amóldate a la realidad del caso, tal como te amoldaste a la realidad del campo». Se trataba tan sólo de otro hecho desagradable al que tendría que adaptarse, debía aprender a soportarlo…

Soportarlo, ¿cómo?, pensó, y se estremeció.

Cuando llegaron a la cantera, la niebla se estaba disipando, remolineaba junto a los presos fragmentada y deshilachada, y comenzaba ya a hacer calor. Allí estaba Wernecke, con su casi calva cabeza brillando débilmente con la áspera luz matutina. No desaparecía con la luz del sol, una leyenda supersticiosa refutada…

Se pusieron a trabajar como golems, como una muchedumbre de mecanismos de relojería.

La falta de sueño había agotado las escasas reservas de fuerza que poseía Bruckman, y el trabajo fue muy duro para él ese día. Hacía tiempo que había aprendido todos los trucos, sabía aprovechar las oportunidades, sabía «equivocarse» en el momento oportuno, conocía los métodos seguros para obtener breves momentos de reposo, los métodos para efectuar un mínimo de trabajo con la máxima ostentación de esfuerzo, los métodos para evitar atraer la atención de los guardianes, para esfumarse entre el anónimo gentío de prisioneros y no destacar…, pero ese día su cabeza estaba confusa y atontada, y ningún truco dio resultado.

Su cuerpo le parecía una hoja de vidrio, frágil, a punto de convertirse en polvo, y la penosa y artrítica lentitud de sus movimientos le sirvió para ganarse gritos, primero, y golpes después. El vigilante le dio dos patadas por añadidura antes de que pudiera levantarse.

De nuevo en pie tras enormes esfuerzos, Bruckman vio que Wernecke estaba mirándole, la cara vaga, los ojos inexpresivos, una mirada que podía significar cualquier cosa.

Bruckman notó la sangre que goteaba en las comisuras de sus labios y pensó, la sangre…, está mirando la sangre…, y una vez más se estremeció.

Bruckman hizo un esfuerzo para trabajar con más celeridad, y aunque sus músculos ardían de dolor, no volvieron a golpearle y el día pasó.

Cuando formaron para regresar al campo, Bruckman, casi de modo inconsciente, se aseguró de no estar en la columna de Wernecke.

Esa noche, en el barracón, Bruckman vio que Wernecke hablaba con otros hombres, se esforzaba en ayudar a un novato a adaptarse a la espantosa realidad del campo, animaba a alguien sumido en la desesperación a vivir para escupir a sus verdugos, bromeaba con otros veteranos usando las frases insulsas, siniestras y amargas que pasaban por humor entre los prisioneros, arrancaba una tenue sonrisa e incluso de vez en cuando alguna carcajada. Y finalmente Wernecke dirigió las oraciones de todos, alzó su fuerte y calmada voz para pronunciar otra vez las antiguas palabras y darles nuevamente significado…

«Nos mantiene unidos», pensó Bruckman, «nos mantiene en pie. Sin él no duraríamos una semana. Eso debe valer un poco de sangre, un poco de todos los hombres, tan poco que ni duele… Los prisioneros no le escatimarían eso, si lo sabían y si lo entendían realmente… No, él es una buena persona, mejor que todos nosotros, a pesar de su terrible mal».

Bruckman había evitado la mirada de Wernecke, no había hablado con él en todo el día, y de pronto notó una oleada de vergüenza que recorría su cuerpo al pensar con qué vileza había tratado a su amigo. Sí, su amigo a pesar de todo, el hombre que le había salvado la vida… De forma deliberada, miró a Wernecke, bajó y subió la cabeza y, con cierta timidez, sonrió. Al cabo de un momento Wernecke le devolvió la sonrisa y Bruckman sintió un calorcillo cada vez mayor y el alivio desencogió sus entrañas. Todo iba a ir bien, tan bien como podía ir allí…

Sin embargo, en cuanto la iluminación interior se apagó esa noche y Bruckman se encontró acostado solo en la oscuridad, empezó a hormiguearle la piel.

Un instante antes había sido incapaz de mantener los ojos abiertos, pero tras la repentina oscuridad se sintió tenso y palpitantemente despierto. ¿Dónde estaba Wernecke? ¿Qué estaba haciendo, a quién estaba visitando esa noche? ¿Se hallaba en la oscuridad en ese mismo momento, arrastrándose, acercándose poco a poco…? «Basta», pensó Bruckman, inquieto, «olvida las leyendas supersticiosas. Se trata de tu amigo, un buen hombre, no un monstruo…». Pero no consiguió dominar el miedo que erizaba el vello de sus brazos, no pudo evitar que siguieran apareciendo espeluznantes imágenes…

Los ojos de Wernecke, chispeando en la oscuridad… ¿Brillaba ya la sangre en los labios de Wernecke, mientras la chupaba…? El recuerdo de la sangre que manchaba los amarillentos dientes de su compañero dejó a Bruckman frío y nauseoso. Pero la imagen que no consiguió apartar de su mente esa noche fue la de Josef en el momento de desplomarse tan débil y siniestramente, en el momento de golpearse la cabeza en el suelo… Bruckman había visto morir de formas más horrendas durante su estancia en el campo de concentración, había visto fusilamientos, palizas mortales, fiebre alta y espasmos agónicos, casos de pulmonía con los enfermos escupiendo con la tos sangrientos jirones de pulmón, había visto prisioneros colgando como carbonizados espantapájaros en las vallas electrificadas, desgarrados por los perros… Pero por alguna razón era la blanda, pasiva, casi reposada caída de Josef hacia la muerte la única que le turbaba. Eso, y la repugnante flojedad de los brazos de Josef, repantigado igual que un inservible muñeco de trapo, con el pálido y demacrado rostro brillando lleno de reproches en la oscuridad…

Como no podía soportarlo más, Bruckman se levantó temblorosamente y se alejó entre las sombras, de nuevo sin saber adónde iba o qué hacía, pero arrastrado por un vago instinto que ni él mismo comprendía. En esta ocasión avanzó con gran cautela, a tientas y esforzándose en no hacer ruido, esperando ver en cualquier momento la sombra negra como el carbón de Wernecke alzada ante él.

Se detuvo, ya que un tenue sonido raspaba sus orejas, continuó avanzando, con más cautela todavía, se agachó, casi se arrastró por el mugriento suelo.

El instinto que lo guiaba, fuera cual fuese (¿sonidos oídos e interpretados de forma subliminal, quizá?) había elegido perfectamente el momento de su llegada. Wernecke tenía un hombre tumbado en el suelo, tal vez un prisionero que había arrastrado entre la apretujada masa de hombres que dormían en las tablas, alguien del borde exterior de cuerpos cuya presencia no iba a ser echada de menos, o quizás alguien que había decidido dormir en el suelo, en busca de soledad o más comodidad.

Fuera quien fuese, el desconocido se debatía entre las manos de Wernecke, pero éste lo dominaba con facilidad, casi con indiferencia, de un modo que denotaba gran fuerza física. Bruckman oyó los esfuerzos que hacía la víctima para chillar, pero Wernecke lo aferraba por el cuello, prácticamente estaba estrangulándolo, y el único sonido audible era un sibilante jadeo. El desconocido se agitaba entre las manos de Wernecke igual que una cometa en manos de un niño, una cometa flotando con el viento. Y con deliberados movimientos, Wernecke calmó al desgraciado como si fuera una cometa, lo apretó, lo dejó liso en el suelo.

Wernecke se agachó y acercó los labios a la garganta de la víctima.

Bruckman contempló la escena horrorizado, sabiendo que debía gritar, chillar, hacer algo para despertar al resto de prisioneros, pero incapaz de actuar, incapaz de abrir la boca, de forzar sus pulmones. El miedo lo paralizaba, como a un conejo en presencia de un animal de presa, un terror más agudo e intenso que todos los terrores que había experimentado.

La resistencia de la víctima fue debilitándose, y seguramente Wernecke debía de haber aflojado la estranguladora presión de su mano, ya que el otro hombre estaba diciendo algo en voz apagada y confusa.

—No hagas eso…, por favor…, no…

El desconocido había estado golpeando la espalda y los costados de Wernecke, pero en ese momento el ritmo del tamborileo se hizo más lento…, más lento…, y cesó. Los brazos del desgraciado cayeron fláccidamente al suelo.

—No lo hagas… —musitó.

Gimió y murmuró palabras incomprensibles durante algunos segundos más y finalmente enmudeció.

El silencio se prolongó uno, dos, tres minutos, y Wernecke continuó inclinado sobre su víctima, que ya había dejado de moverse…

Wernecke se estremeció, como dominado por un escalofrío, igual que un gato desperezándose. Se levantó. Su rostro quedó iluminado por la luz que entraba por la ventana, y allí estaba la sangre, brillantemente negra a la áspera luz de los focos klieg. Bajo la atenta mirada de Bruckman, Wernecke se relamió: su lengua, también negra a causa de la especial iluminación, se deslizó como si fuera una sinuosa serpiente por los labios, con movimientos bruscos, sin desaprovechar una sola gota de sangre…

«Qué aspecto tan presumido tiene», pensó Bruckman, «igual que un gato que ha descubierto la leche…». Y la cólera que llameó en su interior al pensar en eso le permitió actuar y recuperar el habla.

—Wernecke —dijo roncamente.

Wernecke miró tranquilamente en dirección a él.

—¿Otra vez tú, Isadore? —preguntó—. ¿No duermes nunca? —Hablaba con pereza, con ironía, sin reflejar sorpresa, y Bruckman pensó que su compañero debía de haber reparado en su presencia desde hacía rato—. ¿O simplemente disfrutas mirándome?

—Mentiras —contestó Bruckman—. Todo lo que dijiste era mentira. ¿Por qué te tomaste esa molestia?

—Estabas excitado —dijo Wernecke—. Me sorprendiste. Me pareció preferible explicarte lo que tú querías oír. Si quedabas satisfecho era una fácil solución al problema.

—«Jamás he arrebatado la vida a una persona que deseara vivir» —repuso amargamente Bruckman, parodiando a su compañero—. «Sólo quito un poco de sangre a unos cuantos hombres». ¡Dios mió, y yo te creí! ¡Hasta sentí pena por ti!

Wernecke hizo un gesto de indiferencia.

—Casi todo era cierto. Normalmente sólo quito un poco a unos cuantos hombres, con suavidad, con cuidado, de forma que nunca se enteran, de forma que por la mañana sólo estén un poco más débiles que lo que de todos modos estarían…

—¿Como con Josef? —contestó Bruckman, iracundo—. ¿Como el pobre diablo que mataste ayer por la noche?

Wernecke continuó mostrando indiferencia.

—He tenido poco cuidado las últimas noches, lo admito. Pero me hace falta reponer fuerzas. —Sus ojos chispearon en la oscuridad—. Las cosas están tocando a su fin aquí. ¿No lo notas, Isadore, no te das cuenta? La guerra acabará pronto, todo el mundo lo sabe. Antes de eso, abandonarán este campo, y los nazis nos trasladarán al interior… o nos matarán. Aquí me he debilitado, y pronto necesitaré todas mis fuerzas para sobrevivir, para aprovechar la primera posibilidad de fuga que se presente. Debo estar preparado. Y por eso he accedido a volver a beber mucho, a saciarme por primera vez en muchos meses…

Wernecke se relamió, quizá de forma inconsciente, y esbozó una suave sonrisa.

—No aprecias mi comedimiento, Isadore —prosiguió—. No comprendes cuán difícil ha sido para mí contenerme, coger sólo un poco noche tras noche. No comprendes cuánto me ha costado ese comedimiento…

—Eres muy generoso —se burló Bruckman.

Wernecke rió.

—No, pero soy un hombre racional. Me enorgullezco de serlo. Vosotros, los demás prisioneros erais mi única fuente de alimento, y he tenido que actuar con mucho tacto para asegurarme de que duraríais. No tengo acceso a los nazis, al fin y al cabo. Estoy atrapado aquí, tan preso como tú, aunque creas otra cosa…, y no sólo he tenido que buscar formas de supervivencia en el campo, ¡también he tenido que procurarme alimento! Ningún pastor ha vigilado su rebaño con tanta ternura como yo.

—¿Eso éramos para ti, ovejas? ¿Animales que acabarán sacrificados?

Wernecke sonrió.

—Exactamente.

—Eres peor que los nazis —dijo Bruckman en cuanto logró dominar en parte su voz.

—Me cuesta creerlo —repuso tranquilamente Wernecke, y por un momento reflejó cansancio, como si algo inimaginablemente viejo e indeciblemente fatigado se hubiera asomado por sus ojos—. Este campo de concentración lo construyeron los nazis…, no es obra mía. Los nazis nos mandaron aquí, no yo. Los nazis han intentado mataros todos los días desde entonces, de una forma u otra…, y yo me he esforzado en manteneros con vida, incluso corriendo riesgos. Nadie está más interesado en la supervivencia de su ganado que el propio ganadero, aunque de vez en cuando sacrifique un animal inferior. Os he dado comida…

—¡Comida que no te servía para nada! ¡No has sacrificado nada!

—Eso es cierto, desde luego. Pero tú la necesitabas, recuérdalo. Fueran cuales fuesen los motivos, te he ayudado a sobrevivir aquí…, a ti y a otros muchos. Haciendo eso también actuaba por interés personal, desde luego, pero después de haber sufrido la experiencia de este campo, ¿cómo se puede creer en cosas como el altruismo? ¿Qué importancia tiene la razón que me indujo a ayudar…? A pesar de todo, te ayudé, ¿no es cierto?

—¡Sofisterías! —dijo Bruckman—. ¡Racionalizaciones! Juegas con las palabras para justificarte, pero no puedes ocultar lo que eres en realidad: ¡un monstruo!

Wernecke sonrió levemente, como si las palabras de Bruckman lo divirtieran, e hizo ademán de alejarse, pero el otro preso alzó un brazo para impedírselo. No se tocaron, mas Wernecke se quedó inmóvil, y una nueva y estremecedora clase de tensión cobró repentinamente existencia en el aire que los separaba.

—Yo te pararé los pies —dijo Bruckman—. Te pararé los pies de alguna manera, evitaré que cometas estos actos horribles…

—Tú no harás nada —repuso Wernecke. Su voz era ronca, fría y categórica, como si una roca hablara—. ¿Qué puedes hacer? ¿Informar a los otros? ¿Quién te creería? Pensarían que te has vuelto loco. ¿Hablar con los nazis, pues? —Wernecke rió ásperamente—. También pensarían que te has vuelto loco, y te llevarían al hospital…, y no es preciso que te diga cuáles son las posibilidades de salir de allí con vida, ¿eh? No, no harás nada.

Wernecke dio un paso al frente. Sus ojos eran brillantes, inexpresivos y duros, como hielo, como los despiadados ojos de un ave de presa, y Bruckman sintió que una morbosa oleada de miedo interrumpía su cólera. Se apartó, se echó hacia atrás de modo involuntario, y Wernecke pasó junto a él y aparentemente lo rozó sin tocarlo.

Una vez superado el obstáculo, Wernecke se volvió para mirar fijamente a Bruckman, y éste tuvo que recurrir a la poca obstinación que conservaba para no apartar la mirada de los ojos de su compañero, duros como ágata.

—Tú eres el animal más fuerte e inteligente, Isadore —dijo Wernecke en tono sosegado, natural, casi como si meditara—. Me has sido útil. Todos los pastores necesitan un buen perro ovejero. Yo sigo necesitándote, para que me ayudes a controlar a los demás, y para que me ayudes a mantenerlos de pie el tiempo preciso para satisfacer mis necesidades. Ése es el motivo de que haya perdido tanto tiempo contigo, en vez de matarte el primer día. —Se alzó de hombros—. Así pues, seamos racionales. Tú no te metes conmigo, Isadore, y yo te dejaré en paz. Permaneceremos apartados y nos preocuparemos de nuestros asuntos respectivos. ¿Sí?

—Los otros… —balbuceó Bruckman.

—Deben cuidarse ellos mismos —dijo Wernecke. Esbozó una sonrisa con un ligero y casi invisible movimiento de sus labios—. ¿No te he enseñado eso, Isadore? Aquí todos debemos cuidar de nosotros mismos. ¿Qué importa lo que pueda pasarle a otro? Dentro de pocas semanas casi todos estarán muertos de todas maneras.

—Eres un monstruo —repuso Bruckman.

—No soy muy distinto a ti, Isadore. El fuerte sobrevive, sea cual sea el precio.

—No me parezco en nada a ti —dijo Bruckman, con odio.

—¿No? —inquirió Wernecke, con ironía, y se alejó.

Dio unos pasos, cojeó, se agachó y se esfumó en las sombras, convirtiéndose de nuevo en el inofensivo y viejo judío.

Bruckman permaneció inmóvil un momento. Luego, con pasos lentos y de mala gana, se acercó al rincón donde yacía la víctima de Wernecke.

Era uno de los recién llegados con los que Wernecke había hablado por la tarde. Y naturalmente estaba bien muerto.

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