Harmony

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Kate » Capítulo 1

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El hombre bien trajeado hizo un gesto indicando que la situación se encontraba bajo control.

—Tome asiento. ¿Señor…?

—William de Westchester. El último Juglar de Nueva York —Respondió Will haciendo una reverencia dieciochesca.

—¿Y desearía desayunar algo el señor William de Westchester?

—¡Es usted muy amable! ¡Pero, en hora tan temprana, mi pituitaria, rebelde por naturaleza, nunca lo aprobaría! Se trata de una afección molesta y muy poco civilizada. Pero dejemos de hablar de mí… ¿Con quién tengo el gusto…?

—Puedes llamarme Bruce. Bruce McKellen.

—Muy bien señor Bruce McKellen. Ahora debo irme. Ha sido un placer. Bajo prescripción médica, preciso de una o dos ingestas diarias de cierto brebaje… No sé si me entiende… Mano de santo para la pituitaria… Pero terriblemente caro para un pobre diablo como yo.

—¿Estás enfermo, Will? ¿De qué medicamento se trata? Puedo acompañarte a una farmacia y…

—¡Hablamos del famoso tónico del doctor Jack Daniel´s! Estoy seguro de que Clothilde, —Respondió Will señalando el mostrador. —Estará más que encantada de despachar uno o dos, si fuese menester.

Bruce se levantó riendo de buena gana. Deslizó un billete de cincuenta dólares en un bolsillo de la gabardina de Will y se despidió con una reverencia.

—Que tenga usted un buen día, mi querido y ciertamente trastornado, William de Westchester.

—¡Toda locura tiene su propia lógica! ¿No cree? —Respondió Will ondeando victorioso su billete antes de pedir a gritos un bourbon con mucho hielo.

  Bruce, todavía sonreía recordando el pintoresco encuentro cuando se topó con Kate en el ascensor.

—¡Buenos días! —Saludó de buen humor.

—Bruce… —Respondió Kate somnolienta.

—El artículo de Paul Sander se ha publicado hoy.

—Si… Disculpa… Esta es mi planta. —Respondió Kate con aire indiferente.

—¡Buen trabajo! —Exclamó Bruce antes de seguir subiendo hasta el piso cincuenta y dos.

Kate colgó la mochila de cualquier manera en el perchero. Las noches de insomnio estaban pasando factura.

Encendió el ordenador con pereza.

—¡Saludos a la joven estrella del New York Times! —Exclamó Bill Walsh asomando la cabeza, una vez más, por la puerta del despacho.

Kate se sobresaltó.

—Bill… Tienes que dejar de hacer eso…

—¿Hacer qué?

—¡Aparecer de improviso en mi despacho dándome sustos de muerte!

—Vamos… No es para tanto… —Respondió Walsh sonriendo.

—No estoy de humor. He dormido poco y tengo un aspecto horrible. —Hizo saber oficialmente Kate.

—Procuraré entonces no mirar la cara de la Medusa. Sólo quería darte la enhorabuena. Hoy se ha publicado el primer artículo de nuestro corresponsal en el espacio.

—El mérito es de Paul Sander. Él lo escribió.

—Pero tú conseguiste que ocurriera. De no haber sido por ti, Spanoulis se habría salido con la suya. ¿Te importa si le cuento a Paul lo ocurrido?

Kate le miró extrañada.

—¿Es necesario?

—Estoy seguro de que se sentirá agradecido.

—Como quieras. —Respondió Kate bostezando.

—Gracias, Kate.

—Si… Si… Y ahora, lárgate… La muerte por dolor de cabeza es un acto íntimo.

Bill miró a la joven preocupado.

—Tienes mal aspecto. Parece que te haya arrollado un camión.

—Estoy perfectamente.

—Genial. —Dijo Bill enarcando las cejas. —Que te diviertas.

Kate observó como Bill cerraba con cuidado la puerta del despacho y venciendo al agotamiento, descolgó el teléfono para a continuación marcar el número de Fort Rock Financial Services and Consulting en Connecticut. No es que una aproximación tan directa fuese un plato de buen gusto pero necesitaba atajar el problema de raíz. 

—¿Qué otra cosa puedo hacer?… Es hora de remover un poco el avispero. – Se dijo mientras marcaba.

Una voz amable le indicó que si no sabía la extensión de la persona con la que quería hablar, esperara.

Al cabo de unos segundos, una operadora respondió.

—Fort Rock Financial Services and Consulting. Mi nombre es Betty, ¿En qué puedo ayudarle?

Kate no se anduvo con rodeos.

—Al habla Katherine Brennan. Trabajo para el New York Times y estoy escribiendo un artículo basado en ciertos informes elaborados por ustedes. Quisiera hacer algunas preguntas.

—Publicamos cientos de informes todos los años…

—¿Le suena el índice Paschendale?

Un silencio incómodo se produjo al otro lado de la línea.

—¿Hola?… ¿Sigue usted ahí?…

—No se retire por favor. Le paso con nuestro departamento de relaciones.

Kate esperó. Una voz nerviosa respondió al otro lado del aparato.

—¿Quién es?

—Hola… —Dijo Kate empezando a explicar de nuevo el motivo de su llamada.

—¿Afirma usted tener documentos financieros de Fort Rock en su poder?

—Desde luego aparece su firma en ellos. La mayoría son simples balances pero hay algo que no entiendo en sus valoraciones.

—Tiene usted 24 horas para devolver esos informes, señorita Brennan.

Kate sintió como se encendían todas las alarmas.

—¿Me está amenazando? – Preguntó la joven desafiante.

—Es evidente que esos documentos han sido obtenidos de manera ilegal. Si no satisface de manera inmediata la demanda que le he formulado, tendrá usted que atenerse a las consecuencias. —Respondió su interlocutor.

—¿Con quién hablo? ¿Quién es usted? —Quiso saber Kate.

—Eso no importa. Tiene 24 horas.

—Pero…

La voz sonó categórica.

—¿Puedo preguntarle algo, señorita Brennan?

—…

—¿No debería estar usted ocupando su tiempo en nuevas responsabilidades?

Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Kate.

—Un momento… ¿Cómo sabe…?

La comunicación se cortó bruscamente y Kate se quedó mirando aterrada el auricular.

—¿Qué demonios…? —Consiguió balbucear.

Kate sintió nauseas.

—¿Qué es lo que está pasando? —Se preguntó desorientada.

Su teléfono móvil comenzó a sonar.

Kate se levantó. Se sentía mareada y el smartphone no paraba de sonar en el interior de la mochila.

—¿Diga?…

—¿Kate? ¿Estás bien?…

—¿Papá…? —Preguntó extrañada.

—¿Estás en el periódico?… No te muevas de ahí. Tenemos que hablar.

Kate se apoyó en la pared mientras todo el despacho daba vueltas.

A continuación, se desmayó.

 

 

 

 

Etah.

Groenlandia.

Viernes Sept./26/2036

Wicca +0

 

La bandera de Dinamarca ondeaba sujeta a la antena del viejo Rodman 810r que luchaba contra las olas de un mar embravecido. En medio de la borrasca, la embarcación consiguió embocar el muelle así que Kunuk sacó trapo, jabón y cepillo de la carretilla oxidada con la que trabajaba.

Los motores rugieron durante la maniobra de atraque y del Nordlys descendió un hombre corpulento de grandes ojos grises, nariz aguileña y labios rectos bien proporcionados.

Adrian Hjort comenzó a sacar las mochilas con el equipo fotográfico. Tenía las mejillas enrojecidas por el viento y el cabello rubio empapado de agua salada y estaba ansioso por tomar algo caliente en la taberna.

—¿No suerte hoy señor Hjort?

—No Kunuk. Hoy no ha habido suerte. —Respondió Adrian dejando uno de los trípodes sobre la madera descascarillada del embarcadero.

Kunuk miró al océano e hizo un gesto de desaprobación, como si regañase al mar por no permitir que el señor Hjort hiciera su trabajo.

—Yo puedo hacer ofrenda a Qailertetang y no más tormentas… —Dijo Kunuk extendiendo las manos muy serio.

Adrian sonrió.

—No será necesario Kunuk. ¡Vuelvo a Copenhague!

El chico puso cara de tristeza.

—Kunuk echará de menos a señor Hjort.

—Yo también me acordaré de ti. —Afirmó Adrian.

—¿Limpio barco? ¡50 coronas señor Hjort! —Preguntó Kunuk.

Adrian miró al muchacho con lástima. Presentaba un aspecto desarrapado envuelto en aquel enorme manto de pieles.  

—Casi parece un espectro… —Se dijo Adrian. —De acuerdo Kunuk, dale un repaso.

—¡Kunuk rápido! ¡Kunuk bueno!

—Estaré en la taberna. —Dijo Adrian cargando los bultos al hombro.

—¡Naaja guapa! ¡Pechos grandes! —Dictaminó Kunuk.

Adrian todavía se estaba riendo cuando atravesó el umbral del Jolly Fish. La cantina olía a tabaco y a madera mezclados con suaasat y cerveza. Los aromas de las noches tranquilas, repletas de historias de pescadores.

Naaja saludó a Adrian con familiaridad.

—¡Hjort! ¿Cómo estás?

—¡Cansado y muerto de frío!

—¿Cómo es que has vuelto tan temprano?

—La cosa se puso difícil, con esta borrasca es imposible sacar fotos. —Respondió Adrian desanimado.

—Lo siento… —Otra vez será.

—No pasa nada, tengo material suficiente. —Dijo Adrian. —Vuelvo a Copenhague.

Naaja enarcó las cejas y se mordió los labios.

—Sabes que no te irás de aquí sin darme un beso. ¿Verdad?

Hjort sonrió.

—Será lo último que haga antes de zarpar. Te lo prometo. —Respondió Adrian guiñando un ojo.

—¿Quieres comer algo?

—Cualquier cosa caliente vendría bien.

—¡En seguida!

Adrian aprovechó el tiempo que tardaría Naaja en traer la comida para pensar sobre su estancia en Groenlandia. El trabajo había sido duro pero en la agencia estaban contentos. Tenía suficiente material y algunas fotos eran realmente buenas. Ballenas, focas, morsas, renos… ¡Osos polares! Cuando Naaja era niña, abundaban. Luego se convirtieron en una especie al borde de la extinción.

El cambio climático de principios de siglo propició el incremento del turismo en Groenlandia y la afluencia de cruceros aumentó el nivel de vida de los habitantes de la isla. El comercio de todo tipo de souvenirs floreció y con un clima más suave, también se empezaron a explotar algunos recursos naturales hasta entonces prisioneros del glaciar.

—Ya casi no hay osos. —Había respondido Naaja con tristeza cuando Adrian preguntó dónde encontrarlos.

Un gran plato de suaasat apareció en la mesa como por arte de magia y el penetrante aroma a laurel hizo rugir el estomago del danés.     

—Hay apetito… —Dijo Naaja.

—¡Me comería una ballena!

—Come despacio, vikingo.

Adrian sonrió seductoramente.

Naaja era aún una mujer atractiva. Alta y de figura esbelta la patrona del Jolly Fish no había dejado de coquetear con Adrian desde el día en que se conocieron.

Hjort se quedó mirando mientras ella volvía al mostrador. La noche caía ya sobre Etah y los primeros clientes comenzaban a llegar al local. A Adrian le gustaba aquel ambiente y la idea de tener que regresar a Dinamarca le causaba agobio.

—Laisa, los niños, el divorcio… —Pensó de mala gana.

Le costaba asumir que su matrimonio hubiese terminado en tan poco tiempo pero nada había que él pudiese hacer.

—Será mejor que lo afrontes de una vez. —Se dijo tomado un trago de cerveza.

Adrian renunció al postre y decidió que iba siendo hora de descansar.

Un torbellino envuelto en pieles atravesó la taberna como un vendaval.

—¡50 coronas! ¡50 coronas!

Kunuk demandaba el pago acordado por su trabajo.

—¡Barco limpio! ¡50 coronas!

Adrian sonrió y le dio el dinero al muchacho que salió corriendo, dando saltos.

Naaja intentó retenerlo.

—¡Kunuk! ¡Es tarde! ¡No te quiero ver por el muelle! ¿Me has oído?

—¡Pechos grandes! ¡Pechos grandes!

—Pobre chico…. La vida no le ha tratado bien. —Afirmó Naaja.

—¿Qué ocurrió? —Quiso saber Adrian.

—Su padre, Anori, salió una mañana a pescar y nunca más volvimos a saber de él. Nada peor puede ocurrirle a una joven esposa inuit. La madre de Kunuk, se vio obligada a sacar al niño adelante de cualquier manera posible.

Adrian frunció el ceño. No estaba seguro de querer seguir escuchando.

—El muchacho siempre ha sido un poco lento y muchos se ríen de él pero Kunuk tiene mejor corazón que cualquiera de nosotros.

—¿Qué ocurrió con la madre?

—Timmia murió. Demasiados clientes, demasiado alcohol… Llega un día en el que no puedes más. Se tiró por la borda en uno de esos barcos. —Afirmó Naaja en referencia a los cruceros fondeados en el muelle.

Adrian sintió un nudo en la garganta.

—Pobre Kunuk. ¿Dónde vive? ¿Quien se ocupa de él?

—Siempre anda de aquí para allá… Yo dejo que duerma aquí a veces, pero no suele ser lo habitual. 

Adrian hizo todo el camino desde el Jolly Fish hasta su cabaña en las afueras de Etah pensando en Kunuk.

—Debo considerarme afortunado. Tengo dos hijos sanos y Laisa es una persona razonable. Es posible que con algo el tiempo nuestra relación sea más llevadera.

Adrian entró y dejó las mochilas en el recibidor, se lavó los dientes y cayó agotado en la cama todavía dando vueltas a estos pensamientos.

Temía que Laisa nunca le perdonara.

—Nunca me traiciones y todo irá bien. – Le susurró al oído ella el día de la boda.

En la primera oportunidad que hubo, Adrian la engañó con una becaria en la oficina.

Fue una tontería, una larga jornada de trabajo que terminó fuera de control.

Nada serio.

Pero había bastado.

Laisa se enteró y entonces todo acabó. 

Por eso había aceptado el trabajo en Groenlandia.

Necesitaba olvidar.

Lo que le despertó a las tres y once minutos de la mañana fue el aire frío entrando por el quicio de la ventana.

Somnoliento y tiritando, Adrian se tapó con el edredón.

La ventana no cerraba bien.

—Tengo que calzarla con algo. —Murmuró odiando tener que salir de la cama.

Entonces, lo escuchó.

Un golpe contundente y seco en el piso de abajo. A continuación un haz de luz blanca entró por la puerta del dormitorio. Provenía del salón y era tan intenso que por un instante no pudo dejar de pestañear.

—Es como estar directamente bajo todos los focos del estadio del FCK. —Pensó de manera un tanto absurda.

Extrañado, Hjort se puso el edredón por encima y se dispuso a bajar.

Escuchó pasos.

Había alguien más en la cabaña.

—¿Naaja? Preguntó. —¿Kunuk?

A medida que descendía por las escaleras, una silueta se iba proyectando en la pared.

Adrian tragó saliva y decidió afrontar la situación.

—¿Quién es usted? —Preguntó con voz firme.

Un hombre uniformado se dio la vuelta.

Sujetaba un casco en la mano derecha.

—Pero…

El rostro del visitante expresó tanta sorpresa como el de Adrian.

Hjort se tuvo que apoyar contra la baranda de la escalera.

Aquel hombre era idéntico a él.

—¿Qué demonios…? —Consiguió balbucear.

Por la nariz del intruso comenzó a salir un abundante hilo de sangre.

El casco cayó al suelo y el militar se derrumbó al tiempo que Adrian percibía un fuerte sabor a hierro en la boca.

También él, había comenzado a sangrar.

—Oh Dios mío… —Musitó confundido.

Lo último que Adrian pudo hacer antes de morir, fue darse cuenta de un detalle en la indumentaria del extraño.

Una identificación.

CORONEL ADRIAN HJORT.

EJÉRCITO DEL AIRE.

ESTADOS CONFEDERADOS DE AMÉRICA.

 

 

 

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